Esta es la segunda parte de la reseña de A Sangre y Fuego, de Chaves Nogales. En la primera se daba un repaso a los prólogos y al primero de los relatos.

El segundo relato, La gesta de los caballistas, trata de una partida organizada por un terrateniente andaluz en los primeros días del Alzamiento. Son citados Queipo y el Algabeño, esta vez por sus nombres. Chaves Nogales no practica aquí el “velado” con que cumplimenta a los rojos. Sobre el Algabeño:

“ —De Sevilla ha salido también el Algabeño con su tropa de caballistas, en la que van los mejores jinetes de la aristocracia sevillana y los hombres de su cuadrilla, sus banderilleros y picadores, tan valientes como él y capaces de lidiar lo mismo una corrida de Miura que un ayuntamiento del Frente Popular.”

Las corridas de rojos son una infamia, quizás suscitada por la patraña de Badajoz, que Chaves Nogales también repica sin empacho después.

Lo que sigue es a la vez una falsedad (en los primeros compases de la guerra los falangistas no estaban ni uniformados -salvo la camisa- ni instruidos), un tópico y una contradicción (¿por qué se sonreían si no les divertía?). Es lo que tiene hablar de oídas:

Los falangistas, irreprochablemente uniformados con sus camisas azules, sus gorrillos cuarteleros, sus correajes y sus pantalones negros, remedaban la tiesura y el automatismo militar con tanto celo, que los propios militares de profesión, al verles evolucionar, sonreían benévolamente. El gusto inédito del pobre hombre civil por el brillante aparato militar había encontrado la ocasión de saciarse. A los militares este remedo no les divertía demasiado.


Vamos a tomarnos esto a broma:

Los fascistas, con esa manía reformadora de las costumbres que ataca a todos los partidarios de las dictaduras, querían imponer a los presos una disciplina aparatosa de origen germánico, a base de duchas, gimnasia sueca y tiesura militar.

¿Se queja de la higiene y de la gimnasia de los presos? Mejor que estar hacinados y sucios en la chekas, digo yo.

El capítulo acaba con el hijo pequeño del marqués exiliándose en Gibraltar. Este es uno de los pocos casos (no recuerdo si el único) en que Chaves Nogales presenta con simpatía a una persona del bando “fascista”, quizás porque deserta.

La tercera narración, Y a los lejos una lucecita, trata de la desarticulación de una cadena de comunicación de señales con linterna y código Morse desde el barrio de Salamanca a Valsaín pasando por Navacerrada. La desmontan paso a paso. Toda la historia es inverosímil en grado superlativo. Para empezar, en una cadena tan larga los mensajes llegarían ininteligibles. Y en todo caso, al desmontarla en caliente el receptor se daría cuenta de la detención del emisor anterior.  

“… en el centro, una gran mesa de roble sobre la cual un potente aparato de radio hacía sonar entre tempestuosos ruidos el Horst Wessel y después el Deutschland, Deutschland über alles. —Eso es Sevilla —aseguró un miliciano, que, sin saber a ciencia cierta qué himnos eran aquéllos, conocía ya la música habitual de las fanfarrias sevillanas. (…) el general rebelde iba volcando, como todas las noches, sus retahílas de injurias. «La canalla marxista…». «Esos hijos de la Pasionaria…». «Esos bandidos rojos…».

¿De verdad ponía la radio de Queipo canciones nacionalsocialistas? Podría ser, pero lo dudo. Las “injurias” (canalla marxista, bandidos rojos) están bien traídas y aplicadas. Lo de “hijos de la P.”, obviamente, es metafórico.

El tópico del cura emboscado tampoco falta: “En la coronilla, erizada de pelos cortos y tiesos, se le advertía aún la señal de la tonsura.”

El siguiente texto trata de La Columna de Hierro, tristemente famosa. No hay nada especial en ella; de hecho la realidad de sus crímenes supera en este caso con mucho la pobre ficción (por ejemplo). Si se debe a la falta de maestría de Chaves Nogales o al afán de no recargar las tintas, es discutible. Se introduce la figura de un Brigadista inglés muy convencido e idealista, para que entendamos que aquello eran “excesos inevitables” en toda contienda.

Sigue El Tesoro de Briesca, que trata del caso de los Grecos de Illescas. Lo cuentan aquí otros tercerespañolistas, tratando de dar la impresión de que quienes quemaban iglesias salvaguardaron el tesoro artístico, y ya es decir.

Hay alguna referencia a las espantadas de los milicianos:

Pálidos, desencajados, con el terror pintado en el semblante, llegaban a la plaza de Briesca los milicianos que venían del frente. Después de haber huido a campo traviesa perseguidos por los aviones que los ametrallaban a placer no tenían más obsesión que la de ponerse a salvo, y, enloquecidos por el pavor, asaltaban los autos y las camionetas reservados a los heridos sin atender a nada que no fuese su ciego instinto de conservación. Un grupo de veinte o treinta pretendía a todo trance subirse al camión sanitario para huir más aprisa y hubo un momento en que, ciegos de terror, amenazaron con desalojar a viva fuerza a los heridos para ocupar sus puestos. La bestia humana había roto sus ligaduras.


Y algún detalle gracioso:

Los anarquistas habían creado un titulado Grupo Gastronómico de la FAI que consagraba a la custodia de los depósitos de jamones a los más bizarros y heroicos de sus milicianos.

El encargado de hacer inventario del tesoro artístico se cansa de tanta tontería y se va se comisario político al frente. No le gusta lo que ve, y acaba harto del “pueblo”:

 —¿Vencer? ¿Con esa canalla? ¡Nunca! No venceremos nunca. Arnal le miró con mal ceño: —Eso que llamas canalla es el pueblo. ¿Sabes? —¡Una vil canalla! ¡Un rebaño de borregos! ¡Que se vayan! ¡Que sigan corriendo! ¡Vete tú también, que eres de su ralea! Yo soy militar, ¿sabes? ¡Militar! Y voy a enseñaros a ti y a esos cobardes y a los fascistas, a todos, cómo se puede morir con decoro. ¡El pueblo! ¡Puaf! ¡Qué asco!

Al final se hace matar llevándose a la tumba el sitio donde había guardado los Grecos. Como sabemos, la historia no fue así.

El siguiente cuento trata de “los moros que trajo Franco”, a los que se retrata como mercenarios oportunistas:

—¡No, si los moros son muy bolcheviques! ¿Verdad, Mustafá? —preguntaba un tercero encarándose amistosamente con uno de los aturdidos prisioneros. Los moros, como si quisieran corroborar esta ingenua presunción, se desgañitaban dando vivas a la República.

¡Viva la  Muerte! Cuenta el caso de unos derechistas a quienes el Alzamiento sorprende en un hotel de la sierra madrileña, uno de ellos consigue escapar y en Valladolid no se atreve a tratar de rescatar a unas milicianas entre las que está una de las empleadas del hotel que le perdona la vida. Se llama Tirón y no hace falta mucha imaginación para cambiar la T por una G.

 

Esta es una bonita caricatura de los alzados:

Mientras él y los demás huéspedes del hotel dormían soñando un paraíso de desfiles marciales, jornales bajos, rentas altas, procesiones y fiestas de la raza, el criado Pascual y las tres muchachas, Rosario, Carmen y Adela, salieron sigilosos y se encaminaron a la casa del pueblo de Miradores, donde se habían concentrado los hombres de izquierda del pueblo.

El cura del pueblo estuvo hasta el último momento haciendo fuego con su carabina desde una tronera del campanario. Cuando, ya de día, los milicianos consiguieron subir a la torre se apoderaron de él, le voltearon y le lanzaron al espacio. Su sotana negra revoloteó un instante en el cielo blanquecino del amanecer como un pajarraco disparatado.

Los falangistas recorrían después las calles de Valladolid formando grupos que se enardecían repitiendo triunfalmente su grito de guerra: —¡Viva la muerte! —¡Viva la muerte!

A propósito de salarios bajos, el falangista Girón fue el ministro mas comprometido con los aspectos sociales: El Caudillo ordena a Girón de Velasco aumentar los salarios de los obreros.

Otro cuento, Bigornia, trata de un artesano independiente y fuerte que lucha con los milicianos sin pertenecer a ningún grupo político. Un carácter interesante, aunque sin matices.

Hay una referencia a esa falsedad que sigue circulando hoy en día a pesar de estar más que refutada y explicada en su génesis:

 

“fue uno de los que cayeron en la horrenda matanza que hicieron los fascistas en la plaza de toros de aquella ciudad.”

Consejo Obrero presenta el caso de dos trabajadores no sindicados que son despedidos sin miramientos por el consejo obrero de la empresa. Se apuntan a la CNT para que los reintegren, pero uno de ellos ha estado afiliado a la Falange y es descubierto y finiquitado; el otro es enviado al frente, de carne de cañón.

El libro original tenía ocho narraciones, a las que se le han añadido dos en esta edición. Quizás no se incluyeron en la original por el poco interés narrativo. La primera es Hospital de sangre y presenta la historia de la prima de Prieto que era monja. Trabaja en un hospital de las vascongadas. Y presenta el caso especial de esa zona:

Era norma general en el país vasco el no llevar a los hospitales atendidos por religiosas más que a los heridos creyentes, «casheros» vascos, casi todos; los mineros de Asturias, ateos casi sin excepción, eran hospitalizados en los centros servidos por personal sanitario laico.


Pura hipocresía vascongada. La otra es El refugio, en la que mueren en un bombardeo unos niños que tratan de protegerse en uno de ellos.

Y eso es todo. Como testimonio, el libro no vale gran cosa. No es sincero ni creíble, suena hueco: en resumen, es una impostura. Como literatura vale aún menos; el cuento o relato corto es lo más difícil de la narrativa y no perdona la falta de técnica de este periodista.

El texto de A Sangre y Fuego, de Chaves Nogales, se puede leer aquí: https://www.pdfdrive.com/a-sangre-y-fuego-e194197487.html