Paseaba yo hace treinta años por las calles del viejo Montevideo durante unas cortas vacaciones, y mi vista se iba deteniendo ante los escaparates de algunas tiendas que llamaban mi atención porque entretenían mi mente haciéndola viajar por lugares remotos y  por épocas pasadas con un leve recorrido de los ojos. Siempre me han interesado las antigüedades y los libros viejos, que capturan el tiempo para nosotros cuando los tenemos en nuestras manos, haciéndonos la ilusión de que el pasado no existe porque formamos un todo con él y podemos convertirlo mágicamente en presente. Además, las tiendas que venden objetos antiguos son muchas veces cajas de sorpresas: su  asiduo visitante encontrará, más  tarde o más temprano,  acomodado entre sus polvorientas estanterías, algún pequeño tesoro: una vieja postal muy apreciada puede aparecer escondida en una lata llena de estampas y fotografías carentes de valor; un sello de correos valioso puede encontrase adherido entre las páginas de una astrosa enciclopedia y, como leemos a veces en la prensa, un avispado negociante puede adquirir un supuesto cuadro de Goya por el precio de una vulgar antigualla. Algo parecido me ocurrió a mí, y ha llegado el momento de contarles esta historia.

Miraba yo el escaparate de uno de estos establecimientos y, al ver que tenía expuestos algunos libros que hablaban sobre el Montevideo de principios del S. XX, pensé en comprar alguno que tuviera buenas fotografías para traérmelo a España de recuerdo,  y me decidí a entrar. Saludé al dueño, que parecía ensimismado examinando el contenido de una caja que debía haber adquirido recientemente y le pedí permiso para husmear a mi aire, no teniendo una idea fija de lo que buscaba, y  él, viendo mi aspecto de turista español de cierta clase, me indicó con amabilidad que pasara y mirara lo que quisiera, que los precios estaban marcados.

Me di una vuelta por aquellas estanterías repletas de libros, muchos de ellos amontonados unos sobre otros por falta de espacio y algunos apilados formando una torre de Babel que amenazaba con venirse abajo al menor tropiezo. Leí por encima los títulos de los libros que veía a mi paso e incluso hojeé alguno de ellos, sacándolo de la quietud de sus estantes y limpiando con la mano de su lomo el vetusto polvo que seguramente lo acompañaba desde hacía muchos años. Uno de ellos era un libro que hablaba del Montevideo modernista, interesante pero en muy mal estado, y decidí devolverlo a su lugar de origen. Algún otro saqué con el mismo resultado. Seguí caminando por aquel laberinto, que me recordaba a la biblioteca infinita del imaginario borgiano, y durante unos minutos no me sentí tentado de volver a perturbar el plácido sueño de ningún otro volumen. Pero de pronto vi en una esquina del local, sobre una vieja silla de madera igualmente polvorienta, una maleta antigua con la tapa levantada: tal vez una reciente adquisición que aguardaba el momento en que el librero la vaciara clasificando y poniendo precio a su contenido. Con curiosidad la abrí del todo e inspeccioné su interior. Como los libros no estaban aún marcados pensé que quizás no estarían a la venta, por lo que le pregunté al librero si podía inspeccionarla y me dio su permiso, advirtiéndome de que no tenían puesto el precio. Me pareció que se trataba de una buena argucia  para valorar por lo alto cualquiera de esos libros que quisiera adquirir a la vista del especial interés que pudiera mostrarle por ellos, así que me dispuse a revisar su contenido con la certeza de que de encontrar algún libro que me gustara me lo trataría de cobrar caro, por lo que yo debía fingir muy poco interés por comprarlo.

Los primeros libros que contenía la maleta versaban sobre poesía modernista, uruguaya y argentina. Los releí por encima y no encontré calidad suficiente en ellos, al menos para mi criterio personal, por lo que rápidamente los deseché. Otros trataban de culturas indígenas de la Amazonía, o de costumbres de la burguesía uruguaya de finales del S. XIX, o eran manuales gastronómicos. Pero uno de ellos, algo voluminoso,  llamó mi atención porque contenía buenas fotografías del Montevideo de los años veinte del pasado siglo y se encontraba en buen estado. De entre sus páginas se veía sobresalir una postal en blanco y negro con la imagen de un gaucho. La leí y vi que se trataba de una breve felicitación de cumpleaños a un tal Enrique Amorim. Ya conocía por lo menos el nombre del propietario original de esos libros.  Seguí hojeando el libro con interés y advertí que tenía dos hojas algo separadas entre sí por lo que supuse que quizás incorporaba algún plano o mapa desplegable que lo hacía más interesante. Pero al abrirlo por ese lugar comprendí que no se trataba de un complemento propio del libro sino de un papel independiente, tamaño holandesa, plegado en dos dobleces. Lo abrí para ver de qué se trataba y, conforme mis ojos recorrían sus letras, la emoción más fuerte que se puede imaginar me invadió de lleno dejándome sin respiración.

El papel contenía un poema manuscrito, con una dedicatoria en su parte superior y  una ilustración a pluma a su derecha que representaba una guitarra solitaria  recostada sobre la arena de una playa, con unas gaviotas esquemáticamente trazadas en lo alto. De su caja de resonancia salían peces como si fueran notas musicales que parecieran ascender también al cielo:  una imagen muy surrealista y evocadora. La dedicatoria decía:  “Para mi amigo Enrique, una guitarra que enamora hasta a las algas con su tañido de peces verdes y caracolas marinas”. Y el poema era éste: 

Pena sonora y muda

 

En los bucles de tu pelo

vierte la luna callada

regueros de plata y oro

de las sortijas que guarda.

Cuando vengas por la vega,

si no llevas tu guitarra

dile a los mirlos que canten

a dúo con tus enaguas.

Yo no quiero verte, niña,

como un surtidor de lágrimas

sino como espejo nítido

de una aurora germinada.

 

Seis capullos te nacieron

del naranjel de tu alma

y con la brisa rezuman

azahar sobre tu cara.

El río no te lo lleves

que tras de ti van sus aguas

dejando surcos vacíos

y pena muda en Granada.

¡Ay, pena que vagas sola

al filo de una navaja

dejando una estela negra

de luto por donde pasas!

 

Tras el último verso, a la derecha, solo el nombre de su autor junto a un garabato:  “Federico” .

Un temblor recorrió todo mi cuerpo como si me hubiera alcanzado un rayo. Tenía sin duda entre mis manos una poesía inédita de Lorca, escrita e ilustrada por su propia mano: una auténtica fortuna. Muchos años más tarde supe que su destinatario, Amorim, fue un uruguayo que había hecho una intensa amistad con el genial poeta de Fuentevaqueros en una de sus giras por Hispanoamérica en los años treinta del pasado siglo.

Pero no acababa aquí mi sorpresa. Mi emoción llegaría  al paroxismo  cuando le di la vuelta al papel, porque los garabatos que se veían antes de desplegarlo del todo eran otro dibujo y otra dedicatoria de otro autor para otro destinatario… Lorca había escrito ese poema sobre un papel que contenía un dibujo ¡firmado por el propio Dalí!. Estaba hecho a vuelapluma, como improvisado,  a una sola tinta. Consistía en un piano de cola que por el extremo opuesto al teclado se transformaba en un cisne con dos cabezas y con extraños cuernecillos que le crecían por todas partes. Sobre la firma  “Salvador Dalí” figuraba esta curiosa dedicatoria: “Para Federico: un piano con muchas puñetitas”.

Tenía en mis manos una auténtica fortuna. Pero si quería que fuera mía no debía aparentar emoción alguna al adquirir ese libro. El dibujo pertenecía al libro por adhesión,  y  si yo lo adquiría estaba comprando también el dibujo que no había sido advertido y separado por el librero. Así que hice acopio de diez o doce libros más o menos voluminosos de la maleta, no sin antes revisar concienzudamente todo su contenido, y avancé con ellos hacia el vendedor simulando tener poco interés en comprarlos.  Si me ponía un precio muy caro quizás me perdería como cliente y yo podría hallar libros de temática similar en otras tiendas.

-Mire, si me los deja a buen precio me los llevo todos. No es exactamente lo que busco pero ya volveré otro día con más tiempo.  Los he cogido todos de la maleta…

Yo había dejado el dibujo y la postal insertados donde me los había encontrado -me parecía lo más honrado-  confiando en que el librero  no revisase a fondo la mercancía que me llevaba,  acostumbrado a encontrarse todo tipo de  papelajos sin valor dentro de los libros que adquiría y revendía. Contó los libros que me quería llevar, comprobó que no tenían escrito su precio y que, por tanto, procedían de esa vieja maleta y, más como si los valorara por su estado y por su peso que como si estimara su valor intrínseco, me pidió una cantidad que me pareció bastante alta pero no inasequible. Titubeé como si me pareciera excesiva y le pedí una rebaja. Temiendo quedarse sin comprador pero con gesto adusto me hizo un pequeño descuento y, tras unos segundos de quedarme pensativo y mirar en mi billetero, le di mi aprobación:

-Está bien. Otro día a lo mejor le regateo más, pero hoy tengo prisa.

Le di su dinero y  salí de su establecimiento con naturalidad con todos los libros metidos en una bolsa de plástico. Fue justo al salir a la calle y cruzarla en dirección a mi hotel cuando la emoción volvíó a tomar tal posesión de mi persona que el corazón me empezó a dar tumbos y creí que me iba a dar un infarto.

Me quedaban algunos días de vacaciones, pero apenas volví a salir del hotel; y cuando lo tuve que hacer llevé a todas partes mi tesoro dentro de un sobre en el bolsillo de mi chaqueta, procurando no acercarme demasiado a nadie ni transitar por alguna calle poco concurrida. Montevideo ya no existía para mí: ni sus museos, ni sus parques, ni sus restaurantes, ni sus monumentos. Solo existía mi tesoro.

¿Pero debía ser mío y solo mío?... Cuando lo traje a España lo primero que hice fue alquilar una caja de seguridad en un banco para ponerlo a buen recaudo. No podía hablar de ello a nadie si no quería que al instante se enterara todo el mundo y eso me creara infinidad de problemas, incluyendo un posible conflicto diplomático entre España y Uruguay de incierto resultado. Yo quería simplemente vivir en paz, con la felicidad que me proporcionaba el mero hecho de saberme poseedor de tal objeto, y no tenía pretensión alguna de convertirlo en dinero: no lo necesitaba para vivir. Aparte de ello, corría el riesgo de que si lo subastaba públicamente  el Gobierno no lo declarara inexportable, dejándolo salir de España para desgracia de nuestro rico patrimonio histórico-artístico. De ninguna manera podía yo consentir eso. Pero tampoco quería privarme en vida del orgullo de poder contemplar, cuando se me antojara, aquella doble obra de arte de valor incalculable.

Y ahora veo llegado el  momento de tomar una decisión trascendental acerca de su destino. No quiero que sea por vía de legado testamentario cuando ese objeto entre a formar parte del patrimonio español, porque entonces no podré participar de esa gran alegría colectiva que tal operación generará en el mundo de la cultura. Siempre ha venido a mí, como un ejemplo a imitar,  la figura del barón Thyssen trasladando su inmensa colección de obras de arte desde Suiza hasta España y cediéndola a nuestro país por un precio irrisorio,  recibiendo en vida el afecto y la máxima consideración que el pueblo español puede dar a sus grandes benefactores. Sí: yo querría  sentirme como un pequeño barón Thyssen y hacer patria con este gesto de magnanimidad; pero, a diferencia de aquél, yo no voy a pedir dinero a cambio: ni mucho ni poco. Este tesoro será entregado al Estado para que el Gobierno lo deposite en el lugar que estime más idóneo para su exposición temporal o permanente: un lugar  que cuente con las más estrictas medidas de seguridad para su preservación en las mejores condiciones posibles para que pueda ser disfrutado adecuadamente por las generaciones venideras, ya  sea la Biblioteca Nacional, el museo del Prado u otra institución pública de similar categoría.

¿Gratis del todo?

¡Sí! Pero, lógicamente, un gesto desinteresado de esta naturaleza se merece al menos la celebración de una cierta ceremonia que lo realce. No se lo voy a enviar al Gobierno por correo certificado con acuse de recibo para que lo guarde en un archivo hasta más ver y para que el mérito se lo acabe atribuyendo un día un ministro de cultura diciendo que lo encontró en un cajón.

¡No! La donación al Estado de tal posesión bien merece una celebración por todo lo alto. A mí se me ha ocurrido que el Gobierno puede invitarme a una cena de gala en el Palacio de Oriente presidida por Sus Majestades los Reyes y con asistencia de, al menos, el presidente Sánchez, el ministro de Cultura D. Miguel Octavio Iceta, la directora de la Biblioteca Nacional Dª Ana Santos, el Director del Museo del Prado D. Miguel Falomir, y alguna representación del partido político VOX, como D. Santiago Abascal.

No es cuestión  ahora de entrar en el menú que debe servirse en tan distinguida cena; pero creo no deben faltar las ostras del suroeste francés (de Arcachón especialmente), caviar blanco “Almas” de beluga del mar Caspio y  trufas negras del Perigord (o acaso blancas del Piamonte). También me gusta el faisán, la langosta, la merluza de pincho del Cantábrico y el solomillo de ternera; pero esto ya son detalles que dejo a la libre elección de la autoridad competente en materia gastronómica. Todo ello debe ser convenientemente acompañado por los mejores vinos de la Borgoña, pues si no, la cena se quedaría coja.

Y ya a los postres (para mí unas natillas) yo podría leer un discurso que tengo preparado y que versa sobre la invención de la rima ondulante, esa novedad literaria de calado histórico que un servidor de ustedes creó hace unos años y comenzó a difundir en un programa radiofónico, y de la que ha venido dado cumplida cuenta en este mismo medio digital a lo largo de diversos artículos. Ciertamente, este discurso nada tiene que ver con mi donación al Estado de la obra de la que estoy tratando; pero me vendrá muy al pelo para solicitar al Gobierno la próxima plaza que se quede libre para ocupar una silla en la Real Academia Española. ¿Acaso alguna de las eminencias que ahora se sientan en ellas ha inventado algo?… Que yo sepa no.

Terminaré mi disertación y haré lo siguiente: Me tomaré la última cucharada de postre que quede en mi plato y el último trago que quede en mi copa y, con la mayor parsimonia, sacaré de un maletín un estuche metálico y hermético cerrado con una llave de seguridad y lo pondré sobre la mesa, junto a su llave, apartando mis cubiertos. Y entonces, antes de abrirlo delante de las cámaras de los periodistas que quieran grabar tan trascendental acto, les pediré que me excusen para ir a tomar algo de fresco a los jardines de Sabatini, porque seguramente la emoción que me invada será tan alta que necesitaré un respiro y algo de ejercicio para enfrentarme a esa solemnidad manteniendo la entereza y el decoro que  la ocasión requiere.  Me imagino que también será muy alta la tensión que esta situación de espera genere entre todos los comensales y asistentes a la ceremonia, por lo que les vendrá bien apurar algunas copas más de champán o de licor mientras se produce mi regreso.

Y como no quiero que alguien pueda pensar que mis palabras son una mera promesa que luego incumpliré con alguna excusa, quiero que este mismo escrito que están leyendo constituya el contrato de donación pura y simple de este tesoro al Estado y con todas las garantías de la ley, cuyos efectos quedarán únicamente suspendidos hasta el momento de su entrega misma por mi persona al Gobierno en la ceremonia citada.  Así, por el presente documento, libre y voluntariamente declaro con carácter firme e irrevocable la donación del citado tesoro artístico  al pueblo español, en la ciudad de Madrid, siendo las 8 horas del día 28 de Diciembre de 2021. Firmado y rubricado.