En las últimas décadas, la divulgación y el aprendizaje de la historia en España se han visto condicionados por una serie de motivaciones políticas e ideológicas que han desvirtuado, en parte, el conocimiento de nuestro pasado, al proyectar, desde el propio sistema educativo y los principales medios de comunicación, una imagen distorsionada del mismo. Por Javier Martínez-Pinna, autor de Lo que hicimos por el mundo (Editorial Edaf)

El origen del secular acomplejamiento histórico español se remonta al siglo XVI, y está relacionado con el intento de los países enemigos de la monarquía hispánica (primero Italia y después Inglaterra, Holanda y Francia), de fomentar una visión negativa de nuestro país con intención de debilitar a la gran potencia hegemónica de aquel tiempo. Esto no debería sorprendernos, pues todos los grandes imperios del pasado, con Roma a la cabeza, han sufrido en carne propia un proceso propagandístico de desprestigio para debilitar sus estructuras y área de influencia. Lo que sí sorprende es que, hoy en día, en España, sigamos tergiversando la historia y asumiendo esa visión negativa y estereotipada de nuestro pasado.

Ante nosotros, no obstante, se abre una visión optimista gracias a la labor desarrollada por una nueva generación de historiadores con una voluntad de servicio público ejemplar al ofrecernos una imagen de nuestra historia sustentada en el análisis serio y desapasionado del pasado. Y en medio de tal escenario de desencanto entre el público general, resulta llamativo que, por fin, la intelectualidad patria está empezando a recuperar una idea más generosa de España como una nación que aportó muchos más hechos positivos que negativos al conjunto de la humanidad.

Lógicamente, como con el resto de naciones y antiguos imperios, en la historia española existen numerosas sombras, pero también muchas luces, y son éstas las que, en un contexto complejo como el actual, deberíamos recuperar para fomentar la concordia entre los ciudadanos, tan erosionada a consecuencia del auge del extremismo ideológico y de los nacionalismos periféricos que siempre han impulsado, con el entusiasta apoyo de sectores ideológicos muy concretos, el desprecio a los símbolos comunes, idealizando los hechos diferenciales con la clara intención de debilitar la idea de España y poner en duda su existencia como nación.

Hoy es más necesario que nunca poner en valor las grandes aportaciones que nuestros antepasados, pensadores, científicos e inventores, nos legaron para hacer del mundo un lugar más justo y habitable. Algo, sin duda, por lo que estar orgullosos. En este sentido, una nación que no es consciente de sus logros y su potencialidad es una nación condenada a vivir postergada, a afrontar un interminable debate con el único objetivo de justificar su propia existencia, sin energías para evolucionar al mismo ritmo que los países de su entorno. Por este motivo, urge mostrar a los ciudadanos españoles que en este país nació el germen de lo que en la actualidad conocemos con el nombre de derechos humanos, que los españoles fuimos los pioneros en prohibir que se esclavizara a los pueblos vencidos y en dictar leyes para protegerlos. Los ciudadanos deben recordar que el imperio español fue integrador, con modelos uniformes de administración, desde México hasta Filipinas, frente a otros imperios depredadores como el inglés, por citar un ejemplo, que impuso modelos basados, en ocasiones, en el exterminio racial o la explotación de la población nativa. Así, la existencia de matrimonios mixtos en la América española, base del posterior mestizaje, fue una realidad desde 1514, mientras que, en Australia, bajo dominio británico, los pueblos aborígenes, en una fecha tan cercana como la década de los sesenta del siglo XX, aún eran considerados parte de la fauna local.

Frente a lo comúnmente aceptado, la idea de un norte culto, rico y refinado, frente a una España pobre y con menor nivel de alfabetización, es completamente errónea. En este sentido, la revolución de la educación española, tal y como la denomina el hispanista Bartolomé Bennasssar, se caracterizó por la explosión de los estudios superiores que situó a Castilla en una posición cimera en lo referente a la formación universitaria y aseguró la reputación de las letras durante el Siglo de Oro, así como la emergencia de una nueva clase social, la de los letrados, que hizo de la administración castellana la más efectiva del siglo XVI. Fue aquí también, en España, donde se realizó la primera gramática de una lengua moderna y los teóricos nacionales fueron los primeros en formular la doctrina del pacto social y la limitación de poderes.

Atención especial merece el estudio del pensamiento de los teólogos y juristas vinculados a la Universidad de Salamanca, encabezados por Francisco de Vitoria, uno de los más grandes pensadores del Occidente cristiano, conocido como el padre del Derecho Internacional moderno y uno de los primeros y más destacados defensores del concepto de «guerra justa», así como de la dignidad, como seres humanos, de los indios del nuevo continente. En De Potestate Civili expuso el concepto de una comunidad de los pueblos (un primitivo antecedente de la Sociedad de Naciones) fundada sobre la base del Derecho Natural, y no del uso de la fuerza. El planteamiento de Fray Francisco es totalmente novedoso ya que en el seno de la comunidad internacional se adoptarían decisiones en base a intereses globales por «consenso de la mayor parte de todo el orbe». Toda su doctrina jurídica se inspiró en la doctrina cristiana, en el Derecho Natural y en el Derecho Romano, y recoge influencias de la filosofía moral de Séneca, Cicerón y Aristóteles. Para Francisco de Vitoria, todos los hombres nacían libres y nadie era superior a los demás. Es pionero, por lo tanto, en la consideración de que existen derechos universales, que definía como «derechos naturales», por lo que en su pensamiento predomina una tendencia iusnaturalista frente a otra iuspositivista de épocas posteriores, como mera voluntad del legislador.

Uno de los campos en los que más destacaron los profesores de la Escuela de Salamanca fue, por supuesto, el de la reflexión teológica ya que en el siglo XVI el conocimiento de Dios se convirtió en el primer objetivo de estudio y enseñanza en los principales centros de enseñanza de la cristiandad. En este campo destacó la figura de Melchor Cano, auténtico creador de la denominada teología positiva. La Escuela alcanzó altas cotas con Domingo de Soto, defensor del libre arbitrio y estudioso de la obra de Aristóteles, un teólogo que fue el primero en establecer que un cuerpo en caída libre sufría una aceleración constante, por lo que su pensamiento es clave a la hora de comprender el posterior estudio de la gravedad realizado por Galileo y Newton. Del mismo modo, analizó numerosos problemas económicos como la determinación del precio justo, los problemas de la usura y la actividad mercantil, una labor que fue continuada por Martín de Azpilicueta, precursor, junto a otros maestros de la Escuela de Salamanca, de la Economía Clásica del siglo XVIII, cuyos principales exponentes fueron Adam Smith y David Ricardo.

En Lo que hicimos por el mundo ponemos en tela de juicio el supuesto atraso científico y tecnológico de España a lo largo de la historia, aunque sin negar, como es obvio, la miopía de una buena parte de nuestra clase política dirigente que, hasta en nuestros días, no ha sabido o querido comprender la importancia de invertir en investigación como única forma de garantizar el desarrollo armónico del país, optando por subvencionar actividades mucho menos productivas por espurios intereses políticos. A pesar de estos inconvenientes, y del carácter inmovilista de una buena parte de nuestra clase dirigente a lo largo de la historia, España alumbró auténticos genios que anticiparon desde el libro electrónico al teleférico, desde el submarino al autogiro. Es muy probable que si pensamos quién fue el inventor que utilizó por primera vez una máquina de vapor y aún tuvo tiempo para patentar un traje de inmersión y equipos de buceo, diseñar nuevos sistemas de ventilación de minas o un pequeño submarino, nuestro sentido común nos sugiera algún célebre nombre francés o inglés del siglo XIX. Nada más lejos de la realidad, porque todos estos prodigios se los debemos a uno de los personajes más fascinantes de nuestro pasado: el militar español Jerónimo Ayanz de Beaumont.

            Con Lo que hicimos por el mundo propongo a los lectores emprender un viaje por la historia de España de la mano de unos personajes cuyo recuerdo debemos reivindicar.  Es un libro pensado para todo tipo de público, dedicado a todos los que fuimos educados a considerar la historia de España como una interminable sucesión de fracasos, y a los estudiantes que nunca han escuchado hablar de los españoles ilustres que pusieron su granito de arena (mayor o pequeño) para hacer de éste un mundo mejor.