harem

¡Ay, pero Don Juan ya se había puesto nervioso! Porque la cara y el cuerpo de la señorita, o señora, Amparo se le habían quedado grabados y algo había comenzado a removerse en su interior. Cosa lógica por otra parte,  ya que Amparo, así a primera vista era una chica impresionante. No tendría más de treinta años (aunque pronto sabría que tenía cuarenta y dos) y además despedía juventud por todas partes. No era muy alta, pero eso lo suplía con unos tacones bien altos. Su pelo era abundante, muy rizado y muy negro, le tapaba las orejas y cuando movía la cabeza hasta media cara.

 

Sus ojos azules eran pequeños, su boca enorme y sus labios los más sensuales que había visto nunca. ¡Ah, pero sus pechos, redondos y abultados, eran tremendamente llamativos a la vista! ¡”Joder, joder”! ¡”Qué tetas”! –se dijo Don Juan, que ya las estaba viendo al desnudo-. Y luego estaban sus caderas, sus muslos y sus piernas (aunque no pudo mirar mucho, pues además llevaba un vestido que le llegaba por debajo de la rodillas, eso sí muy ajustado)... ¡O sea, una mujer interesante, muy interesante!

 

“Está claro, ¡Dios me quiere poner a prueba otra vez. Bueno, pues si Dios así  lo quiere así será”!

 

Y Don Juan se fue a la calle para distraerse y quitarse de la cabeza los malos pensamientos. ¡Ay, “Mafe”, ay!