La sofistería ha causado estragos en el último siglo. Los malos filósofos, los gárrulos ideósofos, sus publicitas comprados y las legiones de profesores sin ideas (así como una prolífica pléyade de cacógrafos con ínfulas filantrópicas), han llenado los repositorios del orbe con textos y libros de dudosísima honestidad. Pasearse hoy por la sección de “Filosofía contemporánea” de una librería convencional es una experiencia desoladora, sobre todo cuando uno chapotea entre las novísimas producciones del día, es decir, las de nuestros coetáneos.

Las ideas tienen consecuencias”, sentenció Richard Weaber, un insigne filósofo político useño del pasado siglo. Hoy, más que nunca, es importante devolver a la Filosofía su valor, y para ello urge restituir el puesto de honor que la Metafísica merece, tras tantas décadas de atropellos antimetafísicos.

Por eso quiero reseñar un librito de extrema necesidad, recién aparecido y utilísimo: Peter Frederick Strawson: Una defensa de la filosofía del sentido común (Ed. VOCE), escrito por Nuria Celma Crespo. Supone esta obra una amena síntesis en la que se analizan las tesis que fundamentan la ontología que el insigne filósofo británico desarrolló y defendió en su obra Individuos, una obra maestra apenas conocida por estos lares, y tal vez uno del cinco o seis libros de metafísica más importantes del siglo XX.

El libro, en su brevedad, merece un comentario: tras una aproximación general al pensamiento de Strawson, en la que se exponen las bases de su filosofía analítica y los fines teóricos y prácticos que persigue con ella, la autora pasa al análisis de la ontología strawsoniana, y es aquí donde el trabajo se muestra más necesario, puesto que va a permitir enunciar unas reflexiones sobre la vigencia y aplicación práctica de su ontología en la construcción de un mundo mejor. ¿Un mundo mejor? Todavía es posible. Y Peter Strawson nos enseña cómo.

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