En Madrid, entre la calle de la Princesa y el palacio de Liria, hay un jardincillo en el que se encuentra un monumento dedicado a una escritora tan grande como hoy casi olvidada: doña Emilia Pardo Bazán. Sobre una base de granito y un pedestal debido al arquitecto Pedro Muguruza, se yergue la escultura, en piedra caliza, obra de Rafael Vela del Castillo. Sentada y envuelta en una amplia capa, doña Emilia mira desde lo alto hacia abajo. Con ambas manos sostiene un libro que apoya en el reposabrazos derecho de su pétreo asiento. En la cornisa figura la inscripción CONDESA DE PARDO BAZÁN; en la cara delantera del pedestal, un bajorrelieve representa una escena de su amada Galicia: unos bueyes tiran de un carro de heno sobre el que viajan dos mujeres. En la cara posterior podemos leer la inscripción: MONUMENTO ERIGIDO POR / SUSCRIPCIÓN ENTRE LAS MUJERES / ESPAÑOLAS Y ARGENTINAS / PATROCINADO POR LA / DUQUESA DE ALBA / MARQUESA DE SAN VICENTE / DEL BARCO. La ceremonia de inauguración del monumento, el 24 de junio de 1926, fue presidida por los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battenberg.

No está de más recordar que la idea de perpetuar en la memoria de los viandantes a la ilustre escritora se debió a un periodista de El Imparcial en cuyo famoso suplemento literario (Los Lunes de El Imparcial) colaboraron, además de doña Emilia, nada menos que Azorín, Baroja, Benavente, Clarín, Galdós, Ortega, Pereda, Ramiro de Maeztu, Valle-Inclán o Zorrilla.

Emilia Pardo Bazán (La Coruña 16/IX/1851- Madrid, 12/V/1921), hija única de un matrimonio aristócrata y precoz aficionada a la lectura, recibió una educación esmerada. Políglota, viajó por Europa, matrimonió a los 16 años, tuvo tres hijos entre 1876 y 1881 y se separó amistosamente a los 32. El motivo: la polvareda que levantó la publicación en 1883 de su novela La Tribuna y la recopilación de 20 artículos sobre el naturalismo en La cuestión palpitante. (“Mi objeto era decir algo, en forma clara y amena, sobre el realismo y naturalismo, cosas de que se hablaba mucho, pero con ligereza y sin que nadie hubiese tratado el asunto de propósito”). Que una mujer católica, casada, con hijos y que en 1882 había escrito una biografía de San Francisco de Asís, se atreviera a tratar la realidad sin edulcorarla, resultó indigesto para muchos. Pero su independencia tampoco le granjeó las simpatías de quienes invocaban el “realismo” y lo adjetivaban de “social” en un sentido políticamente unívoco. Como aclara Doña Emilia en el prólogo de La Tribuna: “[…] no necesité agrupar sucesos, ni violentar sus consecuencias, ni desviarme de la realidad concreta y positiva, para tropezar con pruebas de que es absurdo el que un pueblo cifre sus esperanzas de redención y ventura en formas de gobierno que desconoce, y a las cuales por lo mismo atribuye prodigiosas virtudes y maravillosos efectos.”

De “La cuestión palpitante” el propio Zola escribió: “Está muy bien escrito. No parece libro de señora; esas páginas no han podido escribirse en un tocador... Tiene capítulos de gran interés y, en general, es una guía excelente para cuantos viajen por las regiones del naturalismo y no quieran perderse en sus encrucijadas y revueltas”.

Es muy probable que doña Emilia recordara muchas veces lo que su padre, el conde don José Pardo Bazán y Mosquera, le dijo un día de su adolescencia en el pazo de Meirás: “Mira, hija mía, los hombres somos muy egoístas, y si te dicen alguna vez que hay cosas que los hombres pueden hacer y las mujeres no, di que es mentira porque no puede haber dos morales para dos sexos”. Idea que la escritora hizo suya y que la llevó a su autonomía radical: “Me he propuesto vivir exclusivamente del trabajo literario, sin recibir nada de mis padres, puesto que si me emancipo de la tutela paterna, debo justificar mi emancipación no siendo en nada dependiente; y este propósito, del todo varonil, reclama en mí fuerza y tranquilidad”. 

De voluminosa anatomía, temperamental y coherente con sus principios, Pardo Bazán tuvo amores con algún jovencito y con aquel gigante en lo físico y lo literario: don Benito Pérez Galdós. Amores que se tambalearon cuando doña Emilia tuvo un apasionado desliz con José Lázaro Galdiano. (“Mi infidelidad material no data de Oporto, sino de Barcelona, en los últimos días del mes de mayo, tres después de tu marcha… Me equivoqué: me encontré seguida, apasionadamente querida y contagiada”). Unas relaciones que compatibilizó con su inmensa actividad intelectual. 

Y es que doña Emilia, además de incansable viajera por Europa, fue conferenciante, articulista, cronista, ensayista, editora, crítica literaria y autora de más de seiscientos cuentos, muchos de ellos magistrales, y más de una docena de novelas de mérito. Catedrática de Lenguas Neolatinas de la Universidad Central (en contra de todo el claustro), presidenta de la Sección de Literatura del Ateneo de Madrid; pero por encima de todo, una mujer inteligente, culta, trabajadora, rebelde, amante del pueblo llano, tenaz e independiente. Tal vez, además de Galdós, quien mejor acertó a entenderla fue Leopoldo Alas “Clarín”, cuando dijo de ella: “Es uno de los españoles que más saben y mejor entienden lo que ven, piensan y sienten. Tratar con ella es aprender mucho”.

Doña Emilia admiró a José María de Pereda y a Feijoo (no en vano la revista que fundó en 1891 se llamó Nuevo Teatro Crítico) y, como el sabio benedictino, leyó de todo y escribió sobre casi todo: “… Escribo cuanto me viene en gana, y no temo ser molesta, porque muy dueños son los lectores de no atenderme ni comprarme, de echar a un lado el artículo o el libro”. En esa España en eterno declive –según la tesis negrolegendaria–, en el que la hipocresía, la modorra, el analfabetismo, la pobreza y la postergación de la mujer eran lacras insoportables; pero tiempo también en el que el número y pluralidad de medios escritos contrastaba, a su favor, con los actuales, Pardo Bazán se atrevió a ir contracorriente. Así, escribió: “No tengo autoridad para enseñar; digo mi parecer, y lo digo allí donde pueden oírlo, en El Imparcial, en El Liberal, en El Español, en La Época, aquí, en diez o doce periódicos donde colaboro”. 

Porque también escribió en el lisboeta Diario Ilustrado, la londinense Fortnightly Review, la parisina Matinées Espagnoles, la bostoniana Littell's Living Age, la neoyorquina Nueva Revista Ilustrada, el diario bonaerense La Nación (donde publicó 261 artículos) así como en La España Moderna, ABC, Blanco y Negro, La ilustración Artística o La Ilustración Española y Americana.

 

Emilia Pardo Bazán no se arredró ante ningún tema por áspero que fuera.  De tal manera, en 1886, en el prólogo de El cancionero popular gallego de José Pérez Ballesteros, escribió: “No por eso transijo con que juzgue que se han modificado mucho ciertas ideas mías desde el año de 1883 [...] repito aquí lo que entonces dije: que no hay nacionalidades peninsulares, ni quiera Dios que se sueñe en haberlas, ni permita, si llega este caso inverosímil, que lo vean mis ojos”.

Del mismo modo que en 1898 opinó sobre la guerra de Cuba: “No me dediqué a la bravata y el reto padeciendo no pocas impertinencias cuando la guerra se declaró. Al contrario: me gané dictado de mala española por sostener que a toda costa debía evitarse aquel horrendo y fatídico conflicto… Y nadie me gana en sinceridad para reconocer las lastimosas deficiencias de nuestra vida nacional —en la privada no considero que al escritor le sea lícito intervenir—. Los errores comunes, tiene no sólo el derecho sino el deber de corregirlos hasta donde alcance el publicista, y creyéndolo así he trabajado para extirparlos, arrostrando todo género de riesgos y padeciendo no pocas impertinencias”. O sobre la derrota: “La causa de la derrota con EEUU fue la ciega imprevisión y la concupiscencia verdaderamente criminal de unos gobernantes que desde hace muchísimo tiempo sólo viven preocupándose de ganar las elecciones y colocar a sus paniaguados…” (“El torreón de la esperanza”. En Cuentos de la Patria).

Doña Emilia también demostró clarividencia cuando, quince años antes de que Julián Juderías publicara su ya clásica obra, tuvo la lucidez de desvelar y poner nombre a esa losa que, creada por los protestantes ingleses, alemanes y holandeses, tanto ha pesado a los españoles de bien desde hace cinco siglos. Así, en la conferencia titulada “La España de ayer y la de hoy. La muerte de una leyenda”, pronunciada en la Sociedad de Conferencias de París el 18 de abril de 1899, dijo: “La leyenda se pega; la comunicamos a los extranjeros porque la llevamos en la masa de la sangre; y esa funesta leyenda ha desorganizado nuestro cerebro, ha preparado nuestros desastres y nuestras humillaciones… La leyenda negra española es un espantajo para uso de los que especialmente cultivan nuestra entera decadencia, y de los que buscan ejemplos convincentes en apoyo de determinada tesis política. He supuesto que la leyenda se desvanece y disipa hoy; temo, sin embargo, que aún subsista, y hasta se levante amenazadora –como los dragones de boca flamígera que vemos pintados en los retablos– queriendo tragarse a los que osamos ser veraces.  Requiérese cierto valor cuando hay que hablar en el extranjero de la patria española. No ha de faltarme este valor profesional, ya que otra clase de valor no es a mí a quien España podía exigirlo”. 

Clarividencia, profundo conocimiento de la sociedad española en general y la gallega en particular, a Pardo Bazán le preocupó la educación y la situación de la mujer en España. La mujer educada en la obediencia y la sumisión: “… no puede llamarse educación sino doma [...] la liberación de la mujer sólo puede lograrse por medio de una educación completa y sólida que la libere por fin de su eterno infantilismo […] Para el español, por más liberal y avanzado que sea, no vacilo en decirlo, el ideal femenino no está en el porvenir ni aún en el presente, sino en el pasado. La esposa modelo sigue siendo la de cien años hace […] Para el español, todo puede y debe transformarse; sólo la mujer ha de mantenerse inmutable y fija como la estrella polar […] Preguntad al hombre más liberal de España qué condiciones tiene que reunir la mujer según su corazón, y os trazará un diseño muy poco diferente del que delineó Fray Luis de León en La perfecta casada, o Juan Luis Vives en La institución de la mujer cristiana [...] Millones de mujeres españolas no saben leer ni escribir […] Si me preguntasen cómo podrá España seguir existiendo, qué hacer para conseguirlo, diré que lo primero, instruirse, lo segundo, instruirse, lo tercero, instruirse, y después, desenvolverse con arreglo a su naturaleza

Doña Emilia Pardo Bazán defendió a las mujeres desde la cordura, el conocimiento de la historia, el argumento sólido, la cultura crítica y el trabajo infatigable: “Lo primero instruirse...” ¡Qué contraste con el actual feminismo, ignorante, totalitario y necio! Un feminismo de pancarta y odio, ayuno de argumentos; de provocación y sectarismo;  vacuo y agresivo; un insulto a la inteligencia que supedita el mérito a la cuota, verborreico, banal, televisivo. Un feminismo para el que la mujer sólo es una palabra,  un mero instrumento en su afán de dominio. Un movimiento esencialmente destructivo, abanderado por fanáticas iletradas incapaces de hacer una labor respetable. Aunque bien mirado, para qué instruirse, esforzarse o trabajar, si basta con una determinada ideología. 

En Madrid, desde su pedestal, doña Emilia Pardo Bazán mira hacia la calle de la Princesa. La calle donde, casi en frente del monumento, estuvo el palacete de Pozas y hoy residencia de personas mayores. Allí vivió sus últimos seis años. En el próximo mes de mayo se cumplirá un siglo de su muerte. No esperemos homenajes de las feministas profesionales.