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Tomás Merino Suárez ingresó en el Seminario de Córdoba poco antes de cumplir los 13 años. Procedía de Nueva Carteya, un pueblecito de la Campiña cordobesa que vivía, como todos los de su alrededor, del aceite y el vino. Sus padres eran humildes y pobres hasta la exageración del hambre y la miseria, pero gente con orgullo que no se conformaba con lo que tenían y lucharon siempre porque sus hijos (ocho, cuatro hembras y cuatro varones) salieran de ese mundo y fueran algo más que ellos. Ser jornalero de por vida y vivir pendientes de uno o varios "señoritos" y de las inclemencias del cielo sólo era "pan para hoy y hambre para mañana"... y por ello ya habían enviado al Ejército como voluntarios a los tres mayores... Así que, a pesar de no llevarse bien con la Iglesia, aceptaron que su cuarto hijo, el más pequeño de los varones, se hiciese monaguillo, pues Don Luis, el párroco, les prometió que velaría por él y le daría estudios.

 

Y cuatro años fue monaguillo el pequeño de los "charranes" (a su padre le llamaban en el pueblo Emilio,"el Charrán"). Pero aquel enclenque y larguirucho muchachuelo no se conformó con eso, y "espabilao" como era, en cuanto vio que allí había bocadillos (en honor de Don Luis hay que decir que desde el primer día al muchacho no le faltó  nunca algo de comer) y libros se puso a leer y hasta aprendió latín, tanto que a veces cuando el sacerdote se trabucaba o se olvidaba de alguna "palabreja", decía el muchacho, se la recordaba él en voz baja. Y no sólo latín, ya que Don Luis le incorporó como uno más a un grupo que empezaba el bachillerato, y a los 12 años ya había aprobado el cuarto curso, porque el "charranito" estudiaba más que ninguno y siempre sacó buenas notas en sus exámenes anuales en el Instituto de Cabra.

 

  Por tanto, a nadie del pueblo sorprendió que Tomás, el hijo de Emilio, "el Charrán", ingresara en el Seminario para hacerse cura. Aunque convencerle no resultó fácil y sólo la firme decisión de Don Luis, el párroco  y su gran protector, doblegaron su voluntad.

 

  • Mira, Tomás, no le des más vueltas, es lo mejor para ti.
  • Pero, Don Luis, si yo no quiero ser cura....
  • Anda, ni yo quería serlo, pero ¿qué hubiera sido yo si no me hago cura?, pues un pobre jornalero y un muerto de hambre... ¡Joder, muchacho, si en mi casa no había más que hambre!... como en la tuya, ¿qué vas a ser tú si no te haces cura, irte al Ejército como tus hermanos? ¿morirte pelando patatas en un cuartel?...
  • Don Luis, en la vida hay otras cosas, puedo estudiar una carrera, puedo hacerme Maestro...
  • Ja, ja,.. -y Don Luis se reía de verdad- ¡qué iluso¡... Tomás, aquí no estudian carreras nada más que los ricos, los hijos de papá, y maestro ¿para qué?... ya sabes lo que dice el refrán, "pasas más hambre que un Maestro escuela".
  • Sí, Don Luis, pero ser cura...
  • ¿Cura? ¿qué pasa con los curas?... los curas al menos comemos y tenemos la vida asegurada, ¿qué no podemos casarnos?... eso tiene otros arreglos. Además, tú ingresas en el Seminario ahora, que sólo tienes, o vas a cumplir los 13, estudias seis o siete años, que ya no te los quitará nadie, y luego ya verás. Que te gusta, sigues y te ordenas, que no te gusta pues te sales, abandonas, como hacen muchos, y entonces sí, entonces te haces Maestro en un santiamén.
  • Bueeeeno, Don Luis, haré lo que usted diga.
  • Pues no se hable más y yo hablaré con tus padres. Pasado mañana son los exámenes de Ingreso de este año y allí estaremos, porque yo iré contigo.

 

Y así fue. Tomás ingresó en el Seminario de San Pelagio y todo se fue desarrollando como el cura Don Luis había previsto. Es verdad que el primer curso lo pasó fatal, porque le costó adaptarse a los horarios rigurosos que imperaban, a la férrea disciplina, a los inacabables rezos y sobre todo a la obediencia ciega. Pero, una vez que se acostumbró ya no tuvo problemas, es más, ya en el segundo curso comenzó a destacar, pues al muchacho se le despertó el "ansia de saber" con el que había nacido y se entregó en cuerpo y alma al estudio y a la lectura. Estudiaba más que sus compañeros y leía más que nadie. Especialmente se "tragó" la Biblia, los Evangelios, las biografías de todos los santos que encontró en la Biblioteca, la Historia de la Iglesia y todo lo que pudo sobre Jesucristo.

 

Sí, fueron cinco cursos agotadores pero rentables, porque durante ese tiempo aprendió latín y griego hasta poder hablar los dos idiomas como o mejor que el castellano. Se especializó en Historia de la Iglesia y se embobó con San Agustín. Las "Confesiones" llegaron a ser su libro de cabecera. Pero, sobre todo fueron años de meditación, porque con el estudio y la lectura le llegaron también las dudas...y eso "allí", en un Seminario donde todo estaba sujeto y atado a las normas de la Santa Madre Iglesia y de las directrices de los Obispos de turno, no era bien visto. Un buen seminarista no podía dudar. Y por ahí le vinieron los primeros problemas, porque cuando un día se atrevió a rebatirle a un profesor las consecuencias del Concilio de Nicea y la llegada de la Iglesia al Poder temblaron hasta las paredes del Seminario, que un simple seminarista se atreviera a decir que "ahí" comenzó la Iglesia a separarse del verdadero Cristianismo provocó un cataclismo. Naturalmente, Tomás fue llamado al orden por el Rector. Que otro día preguntara sobre la corrupción que imperó en Roma durante el Papado de Alejandro VI le costó el primer tirón de orejas serio y hasta dos rosarios en cruz en el comedor a la hora del almuerzo. Y el Rector se lo advirtió muy solemne:

 

  • Muchacho, creo que te estás equivocando, que piensas demasiado...así que te advierto, si quieres ser algún día sacerdote piensa menos y obedece más. Nosotros, y yo el primero, no estamos aquí para pensar, nuestra obligación es aceptar todo lo que diga nuestra Santa Madre Iglesia sin rechistar.

 

 Así que lo que se veía llegar llegó el curso siguiente. Tomás ya llevaba en el Seminario seis años y había cumplido los 19. Y además se había hecho todo un hombre, pues fuese por la buena comida fuese por el mucho deporte que hacía más parecía un atleta que un seminarista.

 

Tomás volvió de las vacaciones rebelde y con las ideas claras sobre la situación de la Iglesia y el Cristianismo en el mundo de hoy. No estaba de acuerdo con lo que veía en el Seminario, ni en las iglesias ni en las Catedrales y mucho menos de lo que pasaba en Roma. Según él había que cambiar todo eso y volver a Jesús y sus Apóstoles. Es decir, al primer cristianismo, en el que todo se basaba en el amor y la pobreza.

 

Y así comenzó el curso. Predicando entre sus compañeros lo que pensaba y tratando de convencerles para que, juntos, pudieran renovar la Iglesia. Pero, eso fue como una declaración de guerra y a partir de ese momento las cosas se le pusieron “negras” (además del “negro” que vestía a diario).

 

Fue en aquellos primeros  meses cuando algunos compañeros comenzaron a llamarle el “Merinista” y a lo que predicaba “Merinoteismo”. O sea, que a partir de ese momento Tomás Merino Suárez se transformó en “Tomás, el Merinista”.

 

Naturalmente, el Rector y los profesores del Seminario se llevaron las manos a la cabeza y sacaron el látigo inquisitorial.

 

  • Señor Merino Suárez, hasta aquí hemos llegado –casi le gritó el señor Rector– No voy a permitir sus herejías, porque una herejía es decir que la Iglesia está traicionando a Jesucristo y a sus apóstoles. ¿En qué nos diferenciamos nosotros de ellos?
  • En esto, señor Rector -y Tomás le mostró unas imágenes de Jesús y sus apóstoles, en las que se les veía delgados y casi descalzos, y otras del Papa sobre la silla papal y varios cardenales y obispos orondos y redondos.
  • ¡Me estás llamando gordo! –casi gritó el Rector, que era más bien bajo y debía pesar 120 kilos. –Mire prepare sus cosas porque su estancia en el Seminario ha terminado. No quiero verle más por aquí.
  • ¿Puedo hablar, don Remigio –dijo Tomás el “Merinista” suplicante.
  • ¡No! ¡no puede hablar! ... ¡A la calle! ¡no quiero herejes en mi Seminario!

 

Y así, sin más, el angustiado seminarista se fue hacía su cuarto, recogió sus cosas y apenas si tuvo tiempo para despedirse de algunos amigos verdaderos que sí se había conquistado en esos seis años largos. Sin embargo, no todo fueron penas e incluso lágrimas en aquella despedida, porque sucedió algo que humilló al Rector y a los profesores, que cuando Tomás levantó su mano para despedirse de aquellos casi mil seminaristas que le miraban indecisos sonó un fuerte aplauso que debió romper los cerebros del señor Rector y los inquisidores.

 

Pero, a los cinco minutos Tomás arrastraba su maleta de madera por el exterior de la Mezquita Catedral sin saber donde ir. Aunque sus pies le fueron llevando hasta el Cuartel de Lepanto, donde encontraría a dos de sus hermanos mayores.

 

 

 

 

  • No sigo más.
  • Eso ni hablar, está muy interesante, por lo menos termina el capítulo.
  • Bueno, seguiré un poco más –y María Fernanda siguió leyendo.

Uno de ellos había conseguido ser ya Cabo Primero y fue él, Natalio, quien le animó y le reconfortó.

 

  • No hay problema, Tomás, y no te preocupes, donde una puerta se cierra otra se abre … ¡ y esos curas que se vayan a la mierda! Yo alquilé un pisito con lo poco que me paga el Ejército y puedes venirte conmigo desde ya, luego buscaremos un trabajo para ti.

 

Y así comenzó la nueva vida del rebelde “Tomás el Merinista”.

 

¡Ay!, pero la rebeldía del “Merinista” no había terminado ahí y desde que se instaló en el piso de su hermano su mente ya estaba pensando en la venganza, aunque lo de “venganza” no le agradaba. Si iba a predicar la Resurrección del Cristianismo por vía del amor tenía que olvidar la venganza.

 

Y no tardó mucho en reaparecer el rebelde que llevaba dentro porque tan sólo diez días después, un domingo, se plantó ante la puerta de la iglesia de San Nicolás, y a la hora de la Misa Principal desplegó la pancarta que él mismo se había fabricado en su casa la noche anterior y que decía:

“¡HERMANOS!

No entréis en esta Iglesia

llena de lujos y riquezas.

Mientras hay pobres en el mundo.

 

¡¡ JESUCRISTO NO LO HARÍA!”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Y aquello provocó un pequeño disturbio, porque no sólo se paraban incrédulos los fieles que iban a Misa sino también la gente que por ser domingo  se paseaba por el Gran Capitán. Muchos querían saber más y se acercaban a Tomás con ganas de saber lo que el joven predicaba.

 

Claro que la exposición duró poco, pues el párroco, informado por los monaguillos y el sacristán, llamó rápidamente a la Policía acusando a Tomás de “desordenes públicos”. Y la Policía llegó con la máxima rapidez. (¡El orden público era sagrado!) Y aunque no encontraron motivo serio, ni era un delito hacer lo que Tomás estaba haciendo, se lo llevaron detenido a la Comisaría, donde el Inspector Jefe quiso hablar con él en cuanto los agentes le informaron del hecho.

 

  • Muchacho, qué coño hacías tú en San Nicolás. ¿No sabes tú que el orden público es sagrado?
  • Señor Inspector Jefe, exponer una pancarta ante una iglesia no creo que sea un delito.
  • Eso depende, depende de lo que se diga en esa pancarta, a ver ¿qué decías tú en tu pancarta?
  • Aquí la tiene, no tengo nada que ocultar. Y Tomás “el Merinista” desplegó su pancarta ante el Inspector.
  • Bueno, explícame que quiere decir todo esto, porque la verdad yo no entiendo nada. ¿Qué es eso de que Jesucristo no entraría en una iglesia? … Aunque antes quiero que me digas quien eres tú y de dónde has salido.

 

Y entonces y muy brevemente, Tomás le contó al Señor Inspector un poco de su biografía y de su estancia y salida del seminario.

 

  • Joder, Tomás, tú no sabes eso de que “con la Iglesia hemos topado”. ¿Cómo se te ocurre a ti, un pobre diablo, enfrentarte a la poderosa Iglesia Católica?
  • Señor Inspector, yo no me enfrento a la Iglesia ni a nadie, yo sólo pretendo que los cordobeses, los españoles y el mundo entero conozcan mi religión.
  • ¿Y cual es tu religión?
  • ¡La resurrección del cristianismo! ¡La vuelta a la verdad de Jesucristo!... La iglesia actual ya no sigue los pasos de Jesús.
  • ¿La resurrección del cristianismo? Tú estás loco, jovencito –y aquel maduro policía ya a punto de jubilarse, se llevó las manos a la cabeza y comenzó a rascarse algo incrédulo.
  • No, yo no estoy loco, llevo seis años leyendo la Biblia y los Santos Evangelios y ahí está bien claro que la Iglesia ya no es la iglesia de Jesús, ni la de los principios del cristianismo.
  • Pero ¿me quieres explicar qué Iglesia defiendes tú?
  • No, Señor Inspector yo no quiero ni defiendo una Iglesia nueva, a mí lo que me gustaría es que la Iglesia, mi Iglesia, nuestra Iglesia, volviese a ser la Iglesia del amor que Jesucristo predicó antes de ser crucificado en el Gólgota
  • Pero, de amor sólo no se vive...
  • Sí, es verdad, pero habría que hacer lo que hizo Jesús y los Apóstoles que le siguieron: Echarse a los caminos y desde la humildad y la pobreza tratar de convencer a los hombres de que Dios es la verdad y el amor.
  • ¡Uy, uy, uy!, demasiado pides tú. En el mundo siempre habrá gentes buenas y malas, como siempre habrá ricos y pobres.
  • Sí, porque la Iglesia se puso al lado de los ricos y se olvidó de los pobres. Y yo me pregunto ¿cómo puede la Iglesia Católica atesorar en sus Iglesias y en sus Catedrales y mucho más en el Vaticano tantas riquezas mientras millones de personas mueren de hambre en el mundo?
  • ¡Oh, Tomás, que mal lo vas a pasar si sigues por ese camino!
  • Lo sé, Inspector, pero estoy convencido de que en el mundo habrá muchas buenas personas que piensen como yo.
  • Está bien, muchacho, yo no te puedo detener, porque en realidad tú no has hecho nada, ni hay desorden público, como denunció el párroco de San Nicolás. Pero, te advierto que no podré hacer nada por ti si me creas algún problema en las calles de Córdoba.
  • Pues, lo siento Señor Inspector Jefe, porque yo seguiré predicando la verdad de Jesús aunque esté en la cárcel.

 

 

Lo que no sabía el Inspector Jefe es que allí fuera estaba, y había sido testigo de todo lo sucedido, el redactor de sucesos del “Diario Córdoba”, Roberto Camacho, y que a la salida pudo entrevistar al ex-seminarista. Por ello se sorprendió, como el Rector y los profesores del Seminario, y como otros muchos cordobeses, al ver la información que se publicó al día siguiente en las páginas de Sociedad del periódico. En un gran titular se podía leer:

 

SURGE EN CÓRDOBA EL “MERINOTEISMO”. Habla para el “Córdoba” el ex-seminarista  que ayer fue detenido por hablar de la “Nueva Iglesia” a las puestas de San Nicolás. “Yo no pretendo cambiar nada, lo que me gustaría es que el cristianismo volviese a sus orígenes y a Jesucristo”.

 

Y con foto incluida venía una larga entrevista con el joven Merino Suárez en la que hablaba largo y tendido de sus ideas. Más o menos las mismas que le había expuesto al Inspector Jefe en su despacho del día anterior.