Alguien nos ha hecho creer que entre la ciencia y la existencia de Dios hay poca o nula sintonía. Indagando entre los racionalistas descubrí lo que pensaban algunos científicos, los más grandes sabios. Que no sean mis palabras, sino las de ellos mismos, las que aclaren esta cuestión. Las afirmaciones de éstos son de una claridad meridiana y, claro, no son los únicos.

El fundador de la mundovisión moderna, Copérnico (1473-1543), se preguntaba: ¿Quién no adorará al Arquitecto de todas las cosas? Y uno de los mayores astrónomos, Johannes Kepler (1571-1630), decía lo que sigue: Dios es grande, grande es su poder, infinita su sabiduría.

Newton (1643-1727), que fue el fundador de la Física teórica clásica escribió: Lo que sabemos es una gota, lo que ignoramos un inmenso océano. La admirable disposición y armonía del Universo, no ha podido sino salir del plan de un ser omnisciente y omnipotente.

El descubridor de las nociones básicas de la electricidad, Volta (1745-1827), afirmaba: Yo confieso la fe santa, apostólica, católica y romana. Doy gracias a Dios que me ha concedido esta fe. Su colega Ampere (1775-1836), descubridor de la ley fundamental de la corriente eléctrica, tampoco se quedaba atrás en sus afirmaciones: Cuán grande es Dios, y nuestra ciencia una nonada.

Uno de los más grandes matemáticos y científicos alemanes, Gauss (1777-1855), escribió: Cuando suene nuestra última hora, será grande e inefable nuestro gozo al ver a quien en todo nuestro quehacer sólo hemos podido vislumbrar.

Darwin (1803-1882), autor de la teoría de la evolución, afirmó: Jamás he negado la existencia de Dios. Pienso que la teoría de la evolución es totalmente compatible con la fe en Dios.

Por su parte, Edison (1847-1931), que fue uno de los inventores más fecundos, no dudó en afirmar: Mi máximo respeto y mi máxima admiración a todos los ingenieros, especialmente al mayor de todos ellos: Dios. Lo mismo que el inventor de la telegrafía sin hilos y Premio Nobel en 1909, Marconi (1874-1937): Lo declaro con orgullo: soy creyente, creo no sólo como católico, sino también como científico.

El propio Albert Einstein (1879-1955), fundador de la Física contemporánea, autor de la teoría de la relatividad y Premio Nobel en 1921, confirmó: Todo aquel que está seriamente comprometido con el cultivo de la ciencia, llega a convencerse que en todas las leyes del Universo está manifiesto un espíritu infinitamente superior al hombre.

Charles Townes compartió el Premio Nobel de Física en 1964 por descubrir los principios del láser, fue quien dijo: Siento la presencia e intervención de un ser Creador que va más allá de mi mismo, pero que siempre está cercano.

Termino con una anécdota real. Un joven estudiante iba sentado en un medio de transporte al lado de un anciano y observó que éste iba rezando el rosario. Pasado un rato, el joven se atrevió a decir a su compañero de viaje: ¿Por qué en vez de rezar no aprovecha el tiempo para instruirse más? – y añadió- Puedo enviarle algún libro para que se instruya. El anciano sacó una tarjeta y dijo al joven: Le agradeceré que envíe su libro a esta dirección. En la tarjeta el estudiante pudo leer: Luis Pasteur, Instituto de Ciencias de París.