Es importante, cuando se aborda la cuestión de la libertad, distinguir ante todo los diferentes sentidos de esta palabra y precisar que la libertad de la que hablamos, a la que se llama también el libre albedrío, es esencialmente el poder de querer, o sea de determinarse sin impulso de ninguna fuerza extraña a la propia voluntad.

No hay que confundir el libre albedrío entendido así con lo que podemos llamar la libertad física, o sea el poder de hacer lo que uno quiere, que es únicamente la condición del ejercicio exterior del libre albedrío, y que puede ser suprimido sin que el propio poder de determinación sea por ello en modo alguno afectado.

La libertad civil es el poder de hacer, sin ser molestado por los otros, lo que uno quiere, con tal que esto no sea contrario a los intereses de los otros: es una forma de la libertad física y se puede decir que es el uso del libre albedrío garantizado por la constitución social.

La libertad política es el poder de influir en mayor o menor medida en la constitución de la sociedad en la que se vive: es, al menos teóricamente, la garantía de la libertad civil.

Finalmente, se da a veces el nombre de libertad moral al estado de un hombre que no tuviese que luchar contra las pasiones: este estado ha sido contemplado por los estoicos y también por Spinoza como si constituyese el verdadero ideal moral.

La libertad o el libre albedrío, es esencialmente el poder de querer, de determinarse sin impulso de ninguna fuerza extraña a la propia voluntad”.

Estas palabras pertenecen a René Guénon, el gran maestro, pensador y referente por excelencia de la Filosofía y la Tradición Perenne. Cuando Hablamos de Guénon hablamos de la Tradición con mayúsculas, de metafísica absoluta, trascendente, hablamos de un auténtico antimoderno intransigente que no se contaminó ni con la historia ni con el tiempo.

Fue un aristócrata de la espiritualidad y el intelecto que reivindicó su extrañeza y lejanía de estar en el mundo moderno. Guénon siempre estuvo más allá, en otro lugar. Siempre nos recordó nuestros orígenes y que su olvido llevó a la sociedad moderna a este punto de decadencia, de fin de ciclo.

Si la libertad es esencialmente el poder de querer está en nuestras manos querer volver al origen unido a la llamada Suprema Identidad, a la esencia a al Ser mismo frente al vacío y la nada de un mundo sin tradición que se encuentra presente en todos los tiempos y lugares, y que el hombre moderno la perdió casi irremediablemente.

Podemos elegir entre el orden de lo espiritual, el plano metafísico y trascendente o el plano profano y decadente, y eso es ejercer el libre albedrío.

Seamos como René Guénon, seamos hombres de Tradición, con Historia, cultura e identidad. Seamos trascendentes, libres para conservar nuestro origen y transmitirlo hacia el futuro. Seamos libres, pero de verdad.