José Antonio Martínez Climent (Alicante, 1965), cursa estudios de biología en Valencia. Desligado del movimiento ecologista y de la Universidad, trabaja como ecólogo profesional para la Administración española, aunque en vista de la rigidez que ésta impone pronto abandona el ámbito estatal, pasando al sector privado, donde dirige, codirige o asesora investigaciones a largo plazo sobre la gestión del hábitat, cohabitación entre caza y preservación de poblaciones de depredadores y presas, uso de hábitat y pasos migratorios de aves rapaces, estudios de impacto ambiental etc. Su trabajo se desarrolla en España, Finlandia, Escocia y los EEUU. A la vez, consta un número indeterminado de otros trabajos: intérprete, relaciones públicas, actor, empresario... Interesado desde joven en la literatura y la filosofía, en 2015 se publica su primera novela, de título engañoso (La tierra del grajo, una saga aristocrática), seguida por Vida y embajadas de Girolamo Farnese, veneciano (finalista del Premio Iberoamericano Verbum de Novela en 2016; una rama de aquella saga), Campo de víboras (ganadora de dicho premio en 2017; un ahondamiento en la España rural que hoy todos desprecian), Diccionario de insultos extraídos y trasvasados de la obra de Francisco de Quevedo (nada que añadir).

Cabe destacar la reciente Un lugar sagrado donde cazar (una revisión del espionaje aristocrático durante la Guerra Fría), que analiza en esta entrevista.

¿Por qué un libro ambientado en la Revolución de octubre de 1917?

Desde la Grecia de los Siete Sabios, pasando por la Revolución francesa, son incontables las ramificaciones que ha producido la idea, notablemente interesada y alicorta, de que la res publica lo es todo. Lo cierto es que la confusión entre lo público y la república es pueril, pero de consecuencias nefastas para la persona singular. Lo vemos hoy en España, cuando, siguiendo su crecimiento natural, la democracia lo invade todo, muy especialmente el cuerpo legal que compone el estado de derecho, hasta el punto de someter las leyes al efecto corrosivo de presupuestos ideológicos que, de facto, tienen valor superior a las propias leyes. Y no hay que olvidar que el comunismo es la forma más lograda de la democracia moderna: nace exactamente de lo que hay en el corazón del demos. Además, los partidos comunistas se arrogan todos los poderes y se apropian del Estado como mecanismo de terror- terror que siempre comienza a circular bajo formas sentimentales, aparentemente benefactoras, demoníacas.

Como nos recuerda Nabokov, durante un breve periodo de su infancia, en la lejana y un tanto ausente Rusia de su niñez, poblada de enormes fincas agrícolas y una sensata nobleza terrateniente del todo ajena a los excesos en que otros nobles caían, hubo una posibilidad, encarnada en la acción política, financiera y estética de su padre, sus correligionarios y el campesinado de sus fincas, de haber ido por otro camino. En ningún momento hubiera necesario llegar a los extremos sentimentales del conde Tolstói, que, sin embargo, podrían haber tenido un lugar preeminente. Ese camino lo cegó la Revolución del 17: sabían, casi por intuición, que era su mayor enemigo. Un lugar sagrado donde cazar vuelve la vista hacia ese fantasma, entre otros.

Sin duda, fueron malos tiempos para iniciar una carrera diplomática...

La vida de los diplomáticos rusos durante la Revolución del 17 y los muchos años que siguieron hasta la caída del Muro de Berlín fue de lo más resbaladizo, incluso en el terreno personal; pero a nosotros, cómodos lectores del siglo XXI, la complejísima urdimbre de relaciones antagonistas, cómplices, dúplices, nos proporciona un material de lo más interesante que, además, es susceptible de ser tratado en el cine y en la literatura.

... de modo que el protagonista se debate entre...

Diría que Sergey Alexandróvich tiene muy claro cuál es su lugar en el mundo, y el de los demás, por mucho que en el ambiente diplomático, o dicho con claridad, en los ambientes del espionaje galante, todo es dúctil hasta extremos delirantes. Pero hay que decir que la política no es, ni mucho menos, el fundamento de ese conocimiento, de esa certeza. Aunque al hombre occidental moderno, pequeñoburgués hasta en sueños, le parezca imposible, hay fuentes, tierras y mares más allá de la política, de la mediata y estrecha posición en el mundo que dispone la política.

... entre una Rusia que ya no existe y...

Desde luego, aquella Rusia, como dije, existió durante un corto periodo, apenas en algunas fincas propiedad de cierta nobleza terrateniente agrupadas en torno al padre de Vladimir Nabokov, por ejemplo; y el comunismo la redujo a una toma de posición interior, a una emboscadura, al corazón de unos pocos individuos. Los EEUU se arrogaron la posición de alternativa única al comunismo, lo que resulta del todo risible, en especial viendo cómo los viejos presupuestos soviéticos resucitan en la nueva Administración norteamericana (y en toda Europa, cortesía del Centro y la Moderación). Pero, insisto, no se trata única o sustancialmente de ideas y ejecutivas políticas, sino del lugar y de la propiedad del individuo, que, además, entiende la literatura como una forma de estar en el mundo. Diría que Ernst Jünger lo vio con gran claridad.

¿Cuál es la verdadera vocación, la verdadera devoción del protagonista?

Se me hace difícil responder a esa pregunta sin desvelar más de lo que quisiera sobre la novela. La respuesta cabal está esparcida conscientemente entre la primera y la última página, no sólo en la historia que se cuenta, sino en la forma en que se hace- es decir, en el estilo.

¿El amor es una de esas fuerzas?

Sin duda. El amor no es esa disposición moralista, tenebrosamente psicológica y abiertamente carcelaria que dispone el feminismo, una de las palancas que hoy emplea el comunismo, sino una pujanza intolerable en el corazón que exige un tributo de carne y de sangre, y, he aquí el misterio, del espíritu. Así lo entienden y así lo viven algunos de los protagonistas.

¿A qué responde el título Un lugar sagrado donde cazar?

Al campo de fuerzas descrito en el texto, que obra en propiedad, más o menos efectiva, del ya no tan joven príncipe Sergey Alexandróvich.

¿Qué podría aportar su novela a los lectores?

Josep Brodsky dijo en una ocasión que las novelas que trataban, directa o indirectamente, con el ambiente diplomático y de espionaje durante la Guerra Fría le parecían muy interesantes, pero mal escritas, con un estilo deficiente. Me he aplicado en ese punto. De ahí se desprende todo lo demás.