El Nuevo Orden y la Satanocracia acusan tal grado de imbricación que el uno no puede concebirse sin la otra: son dos nudos paralelos que alimentan idéntico propósito: si el primero (NOM) se vincula a la parte estructural y organizativa del entramado planificado por la Sinarquía, la segunda alimenta el impulso espiritual e intelectual que da significado al primero.

Hemos acotado la definición del concepto de “Sinarquía” como el sustrato sobre el que se retroalimenta el gobierno oculto mundial; una de las mejores descripciones de la Sinarquía nos la ofreció el P. Julio Meinvielle (en su obra El Progresismo Cristiano); a ella remitimos: “La Sinarquía no es propiamente el comunismo ni el capitalismo –aunque pueda considerarse como variante de uno y otro–; es más bien en términos hegelianos, una síntesis o superación de uno y otro. Síntesis dialéctica del capitalismo [tesis] y del comunismo [antítesis] en un socialismo tecnocrático [síntesis], que conserva del comunismo el igualitarismo y la nivelación social, y del capitalismo el manejo y la organización de la sociedad a través de los grupos financieros empresariales. Nivelación universal y total en lo cultural-religioso […] Adviértase bien que no digo cultural y religioso, sino cultural-religioso porque en el plano sinárquico las expresiones culturales y filosóficas se confunden con las religiones, de suerte que se camina hacia una confluencia igualitaria de científicos-filosóficos-pensadores-religiosos, y en esto se incluye no sólo a católicos, judíos, protestantes, budistas, musulmanes, sino también a los ateos. En la concepción sinárquica, las religiones no son sino expresiones del hombre, y así como el hombre se expresa en la economía y en la política, también se expresa en su dimensión espiritual por la cultura y la religión. La Sinarquía es expresión total de todo lo humano –un humanismo integral– y una adoración del Hombre, culto del Hombre que, en realidad, es el culto cabalístico del “ojo que todo lo ve” de la Cámara de meditación de las Naciones Unidas o el culto de Satán”.

Pese a lo acertado de esta lectura hegeliana, convendría hilar todavía más fino: de entrada, la Sinarquía no sería tanto una entidad, ni un algo, ni tampoco unos ellos; quien la defina en estos términos estaría alejándose de lo que es: la Sinarquía comporta una inercia. Y es una inercia porque es el resultado cuantitativo, e impersonal, de miles de nodos de poder mundial coaligados en un mismo punto de fuga; estamos hablando de una multiplicidad de líneas de acción socio-económica que confluyen cual si de una tela de araña se tratase.

En el mundo antiguo, la Sinarquía (syn [integración/concentración] + arkhia [poder/gobierno]) era la unión de varios príncipes coaligados para la dominación de los pueblos; hoy es algo mucho más sutil y diabólico, cohesionado en la unión de las fuerzas financieras y económicas multinacionales, asociadas en un tremendo poder a otros organismos multilaterales, para así gobernar al Sistema-mundo a su libre voluntad y por medio de las tácticas recurrentes de diseño (conflictos bélicos, explotación humana, difusión de enfermedades y pandemias, masificación en núcleos urbanos, ignorancia y/o atraso de las masas, etcétera). Todas las sociedades humanas han sido sometidas, bien por agrado, bien por la fuerza, a los designios de esa inercia sinárquica.

En el plano de las relaciones de poder, existen una serie de “niveles sinárquicos”, tal y como demostró Guillermo Alfredo Terrera en su ya clásico estudio sobre la Sinarquía; estos niveles serían tres, a saber: 1) Sinarquía exotérica, 2) Sinarquía esotérica [falsa] y 3) Sinarquía esotérica [auténtica]. Y su disposición no se desplegaría tanto en altura (a la manera de las pirámides de poder clásicas) como en profundidad, como si de un escenario teatral se tratase, con sus diferentes telones superpuestos, de modo que el primer nivel cubra a los subsiguientes.

Tanto la sinarquía exotérica como la sinarquía esotérica (falsa) no son ningún secreto, al contrario: la primera acopia las sinergias del ramo financiero, y su rastro de visibilidad no son sólo sus fabulosos rascacielos y los logos luciferinos que sus marcas mundanas refrotan obscenamente sobre sus víctimas potenciales, sino también el otro rastro, el del dinero sucio que van derramando (puesto que el dinero es también el gota a gota de la sangre comprada); esta sinarquía exotérica aparece intervenida por la falsa sinarquía esotérica, que haríamos mejor en llamar interfaz pseudoesotérica o contra-iniciática (René Guénon), y que acopia el grueso de los adherentes a la masonería y los contubernios discretos en sus más variadas caricaturas: bajo la irrisoria mirada del mandilero filántropo, un tedio solemne retumba en las logias del Occidente apóstata. Ni que decir tiene que esta sinarquía contra-iniciática es a su vez manipulada y/o accionada por la auténtica sinarquía esotérica, no visible, aquella en cuyas constituciones y estatutos aparece codificada una doctrina hermética auténtica, con su escalera jerárquica única y sus rituales iniciáticos destinados al conocimiento de las élites escogidas.

Satanocracia: La destrucción del Viejo Orden Cristiano es un ensayo nacido con la vocación de identificar las causas de la crisis de la civilización europea, cuyas primeras fisuras comenzaron a manifestarse en el ya alejado siglo XIV con el auge de la filosofía nominalista, acentuándose exponencialmente a partir del masónico siglo XVIII (el Siglo de las Luces). 

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José Antonio Bielsa Arbiol: Satanocracia: La destrucción del Viejo Orden Cristiano. Letras Inquietas (Agosto de 2020)

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