harem

Que aquel matrimonio no era normal saltaba a la vista. Ella, la esposa, Maria Antonia, era una mujer poco agraciada físicamente, bajita, y más bien gruesa, [1]desgarbada en su vestimenta. Él, el marido, Don Juan, era un hombre “muy guapo”, al decir de las mujeres, alto, medía 1,91, atlético, de piernas largas y hombros anchos, fuerte, elegante, siempre bien vestido.

 

Pero, por si esas diferencias no eran suficientes estaban las de sus orígenes sociales, económicos y culturales.

 

Ella era hija de un obrero del campo y la mayor de cinco hermanos. Su padre había sido el primer comunista del pueblo (y por ello a María Antonia la conocían como “la hija del comunista”), pobres hasta la exageración. Tanto que la joven se había tenido que poner a trabajar de criada desde los 10 años. Nunca fue a una escuela.

 

Él era el hijo único del boticario del pueblo, Don Tomás, y su madre, Doña Leonor, era hija de un terrateniente de los más ricos de la zona, tal vez por eso le llamaban “el hijo del boticario y la rica”. Aunque el joven Don Juan vivía poco en el pueblo, pues desde que empezó a estudiar el bachillerato lo enviaron a Madrid  a vivir con sus abuelos y sólo iba por el pueblo durante las vacaciones de Navidades, Semana Santa y el verano. Lector empedernido. Y además era un conquistador nato, que traía locas a las chicas del pueblo.

 

Ambos habían nacido en La Adrada, ese pueblecito de la provincia de Ávila, casi unido a Piedralaves, que linda con la de Madrid y se levanta en las estribaciones de la Sierra de Gredos y ve nacer el río Tiétar.

 

En 1.936 ella tenía 28 años y servía en la casa de él y el Don Juan, de nombre y de amoríos, sólo tenía 18. Y ahí comienza esta historia. Porque fue durante las vacaciones de Semana Santa de ese año cuando sucedió lo que marcaría sus vidas. Aquel Miércoles Santo los padres tuvieron que ir a Madrid por un asunto familiar y los dos, el “Señorito” y la criada, se quedaron solos. Solos y en una casa rodeada de un inmenso jardín... y pasó lo que tenía que pasar. El “Señorito”, por entretenimiento y con el orgullo propio de un don Juan, se la cameló con su gran labia y se la llevó al huerto (que “el hijo del boticario” veía unas tetas y un culo y ya no se paraba en barras).

 

Pero, aquel rato de cama tuvo sus consecuencias, porque María Antonia se quedó embarazada y estalló una tormenta más fuerte que las peligrosas y eléctricas que paría la Sierra de Gredos en verano. Porque cuando el boticario y sobre todo Doña Leonor se enteraron del embarazo de la criada y que el presunto padre era “su niño” montaron en cólera y quisieron evitar a toda costa lo que ya era inevitable: la boda. Así que comenzaron a mover ficha y de entrada trataron de comprar a la madre de ella, pero la señora, por dignidad y orgullo político, se negó en redondo y se encerró en un “el que la haga que la pague”... y no sólo la madre, sino también  el padre, que cuando se enteró en la cárcel gritó una vez más contra los ricos y dijo “hay que fusilarlos a todos”. Y La Adrada se dividió, porque unos, los pobres, se pusieron de parte de la boda y otros, los conservadores, defendieron al “Don Juan” y le echaban la culpa a María Antonia por haberse dejado llevar a la cama.

 

    Y en esa guerra estaba el pueblo cuando llegó el 18 de Julio y la Guerra Civil. Al Don Juan le cogió en Madrid y como ya se había apuntado a la Falange  fue uno de los primeros en sumarse al Alzamiento y ponerse a las órdenes del general Fanjul en el Cuartel de la Montaña. Pero, aquello fue un desastre, y si consiguió salvar la vida y escapar de la matanza que hicieron los “rojos” fue por un milagro que se llamó Santiago. Aquella noche, y herido en un brazo, se refugió en casa de un amigo, que era miembro de las Juventudes de la CEDA y allí permaneció varios días sin salir a la calle.

 

   Luego, y cómo  y cuándo pudo, salió de Madrid con la intención de llegar hasta La Adrada y ver qué había pasado con sus padres. Pero, aquello fue una odisea, pues las carreteras eran un guirigay de caravanas  con gente armada de todos los colores políticos que iban de un pueblo a otro disparando a todo el que no levantaba el puño, unos, o hacía el saludo “fascista”, otros. Aquellos días de agosto no había zonas, ni fronteras ni gaitas. Sólo había “manchas”, unas dominadas por el Frente Popular  y otras por las Derechas, e incluso había pueblos que  a ratos eran rojos y a ratos eran azules.

 

  Y así llegó a San Martín de Valdeiglesias, que afortunadamente para él había quedado desde el primer día del lado de los sublevados. Pero, allí se enteró que Sotillos de la Adrada y La Adrada  eran “rojos”. A pesar de eso se atrevió y se enroló en una columna  (tres camiones y cuatro coches llenos de gente con escopetas y algunos guardias civiles) que se disponía a salir hacia Arenas de San Pedro, donde ya se sabía que habían llegados las tropas  de Mola y unirse a la España Nacional... y la cosa funcionó hasta La Adrada, precisamente, donde la columna fue recibida a tiros y hubo que bajarse de los vehículos y repeler la agresión.  Fue visto y no visto, porque los de su pueblo eran cuatro gatos con escopetas, dos fusiles viejos y  unos pocos  cartuchos y balas de fabricación casera.

 

   Sin embargo, para el “niño” Don Juan fue un desastre, ya que recibió un balazo en el hombro que le abrió un gran boquete y le provocó una gran hemorragia... y así, malherido y casi moribundo, le llevaron hasta su casa, que estaba a dos pasos del lugar de la “batalla”. ¡Ay, pero lo que encontró allí sí que era una tragedia! Porque en el casi mes que se llevaba de guerra en el pueblo habían pasado muchas cosas. Entre ellas y lo que más le afectó fue la muerte de su padre. Claro que de todo ello no se enteró hasta que se recuperó de la carnicería que tuvo que hacerle Don Matías, el médico del pueblo, para extraerle la bala sin más instrumento que un diminuto bisturí, sin anestesia alguna, sin gasas y sobre la mesa del comedor.

 

    ---  Mamá, ¿dónde está mi padre?  —dijo en cuanto pudo articular palabra varios días después. —¿Qué hace “ésta” aquí? –se refería a Agustina, la madre de María Antonia, la embarazada.

   ---   Hijo, tu padre ha muerto –respondió Doña Leonor seria y lacónica.

   ---   ¿Cómo? ¿De qué?

   ---   Ya te lo contaré, ahora tienes que curarte.

---  Está bien, mamá....¿Y “ésta”? ¿Cómo es que está aquí?

---  También te lo contaré después. Ella es la que te está curando. Don Matías no está.

 

  Y es que  Doña Leonor tuvo miedo de contarle en esos momentos toda la verdad, porque sabía que le iba a afectar mucho y su estado de salud seguía siendo grave. La verdad era cruel por partida doble.

 

  Los hechos fueron así. La noche del 18 de Julio, en cuanto llegó a La Adrada la noticia de la sublevación militar, Don Tomás, el boticario, reunió en su casa a los del Comité de la CEDA y otros cuantos amigos para comentar las noticias y sobre todo para ver qué debían hacer ellos, las Derechas... y en eso estaban cuando se presentó un grupo de milicianos, o lo que fueran, con el alcalde del Frente Popular al frente, que no era otro que el comunista Galán, el padre de María Antonia, y  detuvieron a todos los reunidos, aunque a dos que quisieron resistirse y luchar los asesinaron allí mismo. A los demás se los llevaron casi a las rastras y los fusilaron sin más cuando los llevaban a La Iglesuela, a la altura del  puente sobre el Tiétar.

Y no se llevaron también a Doña Leonor, porque cuando dos de aquellos exaltados ya la arrastraban hacia la calle Agustina, que iba en el grupo como uno más, se interpuso y se colocó delante de la Señora, y gritó: “¡A la Señora no se la toca, ella no tiene culpa de nada!” Y gracias a ese gesto de la madre de la embarazada María Antonia salvó la vida la madre del “niño” Don Juan, el presunto padre de la criatura, que ya iba para los cuatro meses de vientre.

 

           Pero, aquello cambió en pocos días, porque enterados en Piedralaves de los fusilamientos asesinatos de La Adrada y La Iglesuela, una mañana se presentó en el pueblo y lo rodearon una columna de “Derechas” que no se anduvo por las ramas y en la misma plaza fueron fusilando a todos los del Frente Popular que no habían podido escapar, y el primero de todos al Señor Alcalde, el comunista Galán. También fueron a buscar a su mujer, Agustina, para lo mismo, pero allí se toparon con Doña Leonor, quien con escopeta en mano, se enfrentó a los cuatro del grupo y les gritó cuando ya la arrastraban hacia fuera: “¡Alto ahí, a esa ni se la toca y al que la toque lo mato ahora mismo!”, y tan convincentes fueron sus palabras y sus gestos que los sujetos, asustados, soltaron a la mujer y salieron por pies del jardín y desaparecieron. A partir de ese día, y tras abrazarse en silencio las dos mujeres, la familia del comunista se trasladó a vivir, por deseo expreso de Doña Leonor, a su casa y por eso estaban allí cuando llegó el Señorito al borde de la muerte. En la Casa Grande cabían todos.

 

             ¡Ay, pero el enfermo no sólo no mejoraba sino que iba a peor, pues la herida se había infectado y  la fiebre se lo comía, a pesar de las curas y las mil atenciones de las dos madres y de la “novia”. Ni siquiera los emplastes que comenzó a ponerle Agustina parecían dar resultado. Los hacía con el musgo que a diario arrancaban de los pinos de la cercana Sierra los otros hijos, y que al decir de los viejos eran muy curativos para las heridas infectadas. Hasta que un día, ya del mes de Agosto, Doña Leonor, que creía que su hijo podía morir de un momento a otro, tomó una decisión sublime para ella. Mandó a Pedrito, el pequeño de los hermanos de María Antonia, a buscar a Don Domingo, el párroco del pueblo y en cuanto llegó el sacerdote le dijo:

  • Padre, mi hijo se muere, así que quiero que le dé la Extremaunción y lo case con esta señorita que lleva un hijo suyo en el vientre. No quiero que mi nieto nazca sin tener un padre y unos apellidos. ¿Qué valor tiene el matrimonio “in articulo mortis”?

---   Todo Doña Leonor. Para la Santa Madre Iglesia es tan válido como el que pueda realizarse gozando de plena salud. Eso sí, hacen falta dos testigos.

  ---       Pedrito –casi gritó Doña Leonor entonces- vete ahora mismo al Ayuntamiento y le dices al Señor Alcalde que Doña Leonor tiene urgencia de verle.

      Y así se casaron Don Juan Sarramayor, “el hijo del boticario y la rica”, y María Antonia Galán, “la hija del comunista”... IN ARTICULO MORTIS.

[1] desgarbado, da 1.(adj.)Se aplica a lo que carece de garbo, gracia o proporción.

(Continuará...)