Entrevista a Daniel Gómez Aragonés. Licenciado en Humanidades, posee la Suficiencia Investigadora y el Diploma de Estudios Avanzados (DEA) en el área de Historia. Nombrado Académico Correspondiente en 2018 por la Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo. Autor de “La invasión bizantina de Hispania 533-625. El reino visigodo frente a la expansión imperial” (2013), “El esplendor del Reino Visigodo de Toledo” (2015), “Vouillé, 507. El nacimiento del Regnum Gothorum de Toledo” (2016), “Bárbaros en Hispania y Suevos, Vándalos y Alanos en la lucha contra Roma” e “Historia de los Visigodos” (2020). 

Durante mucho tiempo la imagen popular de la etapa visigoda es como un período de transición entre la Hispania Romana y la invasión musulmana, como una especie de Edad Oscura.

Por fortuna todo eso lo hemos ido superando poco a poco, aunque bien es cierto que, a nivel de planes educativos, incluso en las universidades, la cuestión visigoda pasa muy de puntillas. Y la etapa visigoda no es algo que simplemente sucede entre la época romana y la reconquista, es mucho más. Sobre todo, porque cuando hablas de reconquista tienes que saber qué se está reconquistando, qué se está restaurando. Esa es la clave. Sin olvidar el inmenso legado del reino visigodo de Toledo con sus luces y sus sombras, que constituye un período fundamental en la historia de España.

Un período en el que tenemos a San Isidoro de Sevilla.

Si me permites la comparación, San Isidoro es la mano definitiva en una partida de cartas, es un personaje abrumador. San Isidoro es el faro intelectual del occidente europeo durante la antigüedad tardía y la primera fase de la alta edad media. Un personaje que habríamos visto en muchas películas si estuviese ligado a la historia de Francia, Inglaterra o Alemania. Cada vez que voy al Museo Arqueológico Nacional en Madrid, donde hacemos visitas guiadas mi compañero Gonzalo Rodríguez y yo, paso por la Biblioteca Nacional y allí te encuentras las estatuas de Lope, Cervantes, de Alfonso X, y en un lugar destacado está San Isidoro de Sevilla. Un hombre que a principios del siglo VII escribe una obra enciclopédica como son las “Etimologías”, que escribe la “Historia de los godos, suevos y vándalos”, una fuente histórica fundamental para conocer nuestro pasado. Un autor que escribe la alabanza a España, “De Laus Hispaniae”. Un texto que define perfectamente lo que fuimos, lo que somos y, quién sabe, tal vez lo que lleguemos a ser. Es un personaje que hay que recuperar y revalorizar sin ningún género de duda.

Siempre se señala la Toma de Granada y a los Reyes Católicos como los artífices de la unidad territorial y religiosa de España. Pero España es un país católico desde el Tercer Concilio de Toledo del año 589.

Así es. Uno de los grandes hitos de la Hispania Gothorum, del reino visigodo de Toledo, es que, en el Tercer Concilio de Toledo y bajo el auspicio del rey godo Recaredo, se produce la conversión al catolicismo. Se pasa del cristianismo arriano, que es una vertiente herética que niega la Santísima Trinidad y la condición divina de Cristo, al catolicismo. Desde ese momento, la identidad y la esencia de España es católica. Esto es así, y esto incluso lo pongo en el libro, independientemente de las legítimas creencias o no creencias que podamos tener en la España del año 2021. Cada uno puede tener sus creencias, pero lo que no podemos negar es que la historia, la cultura, el arte, la idiosincrasia, el imaginario colectivo popular, algo que se ve en los pueblos y en la gente, es cristiano católico, y evidentemente también con un montón de elementos sincréticos provenientes del paganismo, por hechos tan importantes como el Tercer Concilio de Toledo. Y es que el catolicismo es un rasgo identitario de lo español.

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Esto además supone para la historia visigoda una unión clarísima entre monarquía e iglesia, entre trono y altar, lo que a mí me gusta denominar como un vínculo sagrado entre lo que es el plano horizontal y el plano vertical. Lógicamente, esto no podemos verlo ahora bajo nuestra perspectiva del siglo XXI, esta perspectiva posmoderna donde estas cosas simplemente nos parecen hechos políticos, religiosos e históricos que se mencionan y punto. No, porque si quieres entender bien está época tienes que entender que esto no es un hecho baladí, sino que es un hecho fundamental que condicionaba el día a día de todas las personas que vivían en el reino visigodo de Toledo.     

Y la unificación territorial llega en el 625 con la toma de Cartagena que, curiosamente, estaba en manos del Imperio Romano de Oriente, el Imperio Bizantino.

Si, todo esto formaba parte de lo que se llama la Renovatio Imperii, un proyecto del emperador bizantino Justiniano para recuperar los territorios de occidente perdidos a manos de distintas monarquías germánicas. Tuvo algunos éxitos gracias al general Belisario, que es un personaje de película, como la conquista del reino vándalo del norte de África y la conquista del reino ostrogodo de Italia. Los bizantinos llegaron a España a mediados del siglo VI en el contexto de una guerra civil entre dos facciones godas, la del rey legítimo Agila y el usurpador Atanagildo, y se asentaron en el Levante, siendo sus dos núcleos más importantes Málaga y Cartagena. A partir de ese momento, los distintos reyes godos desde Atanagildo lanzan diversas campañas para recuperar el territorio hasta que solo queda una pequeña franja en Cartagena que es recuperada por Suintila en el 625. En ese momento, toda la península ibérica, toda Hispania, junto con una parte del sur de Francia, queda bajo el poder de los reyes godos. Este es otro hito de la historia de España, es decir, la unificación peninsular no es algo único y exclusivo de los Reyes Católicos, sino que hay un rememorando mucho más atrás con la unificación de Suintila. Este es otro elemento más que bajo mi punto de vista, entre muchísimos matices, nos permite hablar del reino visigodo como germen de España.

Respecto a la unificación, en “Adiós España”, de Jesús Laínz, se explica cómo el nacionalismo vasco pretende presentar los enfrentamientos de los visigodos con los vascones como una especie de lucha nacional.

Tuve una entrevista con la revista ON del Grupo Diario de Noticias del País Vasco y Navarra donde el titular fue que la palabra que mejor puede definir la relación entre el reino visigodo y los vascones es la espada. Hubo muchos enfrentamientos en los que la victoria siempre acababa del lado godo. Los vascones bajaban de sus montañas para saquear el rico y fértil valle del Ebro, atacando incluso ciudades como Pamplona o Zaragoza, y también participando como tropa mercenaria apoyando a facciones godas en conflictos internos del reino. Pero siempre acabaron derrotados, tenemos el caso de Leovigildo y la fundación de Victoriaco (identificada según algunas hipótesis con Vitoria Gasteiz) o la de Suintila y la fundación de Ologicus (Olite), de hecho, las crónicas dicen que cuando los vascones vieron llegar a Suintila con sus tropas, no ofrecieron resistencia, soltaron las armas y se sometieron. Por decirlo de alguna manera era como un protocolo habitual, los vascones bajaban de las montañas a rapiñar, los godos respondían con una campaña de castigo, les vencían y los sometían.

Los vascones eran para los godos una especie de tapón necesario que compartían en esa parte geográfica con los francos. Hay que entender que, en el siglo VII, una vez que Suintila conquista Cartagena, los visigodos se quedan sin enemigos, solo quedaban los francos y los vascones les venían bien para, entre muchas comillas, realizar operaciones de maniobra. La historia de los vascones entre los siglos V y VIII es muy interesante, pero querer presentarla como una resistencia que sirva para justificar una presumible independencia vasca, es querer arrimar el ascua a su sardina por parte de sectores del separatismo intransigente. Lo que no nos debe llevar a negar el carácter rebelde e irredento de determinadas poblaciones vasconas.

Un carácter irredento que encontramos en los astures, los cántabros y en tantos pueblos de la península.

Si, y de hecho también hubo elementos rebeldes en esa zona en la época visigoda, pero cuando alguien “se salía un poco del redil”, llegaba la campaña de castigo y el pago de tributos. Una cosa es que en tus montañas puedas actuar de forma autónoma y otra cosa es hablar de “nación independiente” ajena a todo lo que sucede. Es como negar la romanización de las tierras vasconas que evidentemente no es comparable a la de la Bética, al igual que sucedía en la Britania romana donde no todas las zonas tenían el mismo nivel de romanización. Pero pensar que alguien viviese de una manera independiente a lo que decía Roma, véase el ejemplo de los cántabros con Augusto. Hay que escapar de esa visión de la historia, tanto como la de la idea de una España monolítica. Una de las grandes riquezas de España es su diversidad y su heterogeneidad, que ya la recoge San Isidoro en su alabanza a España. Tan mala y deleznable me parece esa visión de una España única e impuesta como la otra visión de un separatismo intransigente. Todo es mucho más sencillo. En una réplica reciente a un artículo de Pedro Insua sobre el sentido de los visigodos con respecto a nuestra historia, mi respuesta fue que España es mucho más que una idea o una nación, hay que entenderla como un concepto de patria, como un lugar de pertenencia de tus ancestros, un lugar al que te sientes vinculado por un legado inmenso, un legado que no te hace sentirte ni mejor ni peor que otros, pero que tienes que querer, porque no hacerlo es como no querer a tus padres o a tus abuelos.    

El mundo romano que acaba de mencionar se funde con lo visigodo y, como bien dice, es el origen de España. De hecho, la reconquista es la idea de la restauración del reino visigodo.

Uno de los estigmas que se tienen muchas veces con la cuestión goda es que cuando algunos autores o historiadores, entre los que yo me incluyo, hablamos de los godos mucha gente entiende que hablamos de un pueblo “puro”, monolítico, que no ha ido cambiando a lo largo de la historia. Los godos, desde que salen del sur de Suecia hasta que llegan a la península ibérica, son un pueblo en continua evolución. Es una confederación que va absorbiendo otros pueblos germanos y no germanos, y esa capacidad de absorción a través del núcleo aristocrático hace que sean más capaces de adaptarse y de configurar una identidad goda que tiene aportes de los pueblos esteparios, como alanos, sármatas o hunos, y del elemento romano. Los godos son el pueblo germano más y mejor romanizado y eso hay que verlo de un modo extremadamente positivo. Siempre he defendido, junto con otros historiadores, que los españoles a nivel genético somos a grandes rasgos celtas e iberos, a nivel cultural, la cultura de España como la de gran parte del occidente europeo es romana. Pero a nivel del proyecto identitario e ideológico somos el reino visigodo de Toledo.

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Una de las mejores formulas para abordar la etapa visigoda es entender la inmensa herencia romana que es fundamental para generar el reino visigodo de Toledo. Un reino que se pierde con la invasión musulmana, pero cuyo legado, herencia y esencia se comienzan a recuperar a finales del siglo VIII en lo que se llama “neogoticismo” o “visigotismo”, con personajes tan importantes como Alfonso II el Casto o Alfonso III el Magno. Y luego ese elemento neogótico lo encontramos en Asturias, León y Castilla, y también en Navarra, Aragón o los condados catalanes. Por eso es tan importante la reconquista de Toledo en 1085 por parte de Alfonso VI, que es como un golpe para la España cristiana y también para la musulmana, e incluso para toda Europa. Se ha reconquistado la Urbs Regia, la cruz, el poder político de la cruz, volvía a Toledo.

Para entender nuestra historia tenemos que abordarla como un todo. La historia es un río al que se van sumando afluentes que son hitos históricos, y todo eso desemboca en el gran océano que es el conocimiento histórico. Por eso, si queremos entender realmente lo que fue el periodo visigodo, tenemos que irnos también a lo que es Roma, Al-Ándalus y la reconquista. Nuestra historia es apasionante y, como suelo decir, cuando la conocemos solo podemos enamorarnos de ella.     

Toledo sigue siendo una ciudad majestuosa, una ciudad imperial, pero ¿cómo era la capital del reino visigodo?

Toledo era una ciudad bellísima, fascinante, luminosa. Por decirlo de alguna manera, en el siglo VII en el mediterráneo había dos faros, uno inmenso en oriente, Constantinopla, y un remedo en occidente, Toledo. Los reyes godos convierten a Toledo en una auténtica ciudad regia con su palacio, con la basílica de Santa María, con la basílica de Santa Leocadia, con la basílica pretoriense de los apóstoles Pedro y Pablo, con sus murallas, su complejo episcopal, su biblioteca y su Tesoro Real, ese mítico tesoro de los reyes godos y el más importante de las monarquías germánicas. Por lo tanto, tuvo que ser una ciudad que no podemos imaginar solamente con lo que es el casco antiguo, porque abarcaba la vega baja donde está el famoso yacimiento en torno al circo romano, la fabrica de armas y el río Tajo. Hablamos de una ciudad inmensa que tenía dos modelos como eran Ravena y Constantinopla, y una ciudad que era un referente a todos los niveles: político, religioso, económico, social y cultural. Si Toledo ha sido lo que ha sido en la historia, en el marco legendario y mitológico, es gracias a haber sido la capital de los reyes godos. Si no hubiese sido así, toda esa fama y halo mítico que todavía la acompaña no sería igual, ni muchísimo menos. Este legado se ha mantenido a lo largo de la historia, hasta ahora, en el siglo XXI, en el que somos responsables de respetarlo y conservarlo.