El drama español se hace ya apocalíptico. En lamentable coincidencia, cada vez que algún gerifalte de los que mandan (aunque no gobiernan) anuncia que la lucha contra el terrorismo está consiguiendo positivos resultados, llegan los terroristas y ensangrientan las calles de nuestras ciudades. Ya no se detienen ni ante la mismísima sede del Estado, ni ante Madrid, capital (antes) de España y símbolo de la nación entera. Sus últimos crímenes han tenido un destinatario claro: el Ejército. Al Ejército le han dicho, en estos cinco años de democracia, más piropos que a lo largo de los cuarenta pasados y oprobiosos. También le han matado más soldados, suboficiales, oficiales y jefes que en ningún período de paz, a lo largo de nuestra historia contemporánea. (Habrá que aclarar que, teóricamente, estamos en un período de paz).

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A partir del 23-F (el día del gran susto, como alguien le ha llamado), hasta las plumas más reacias a lo castrense, se volcaron en elogios a la fidelidad, el temple, la disciplina y la serenidad de las Fuerzas Armadas. Palabras, palabras, palabras. Los mismos diputados que parecían extasiarse de admiración ante el Ejército, torpedeaban las medidas antiterroristas (serias) que el gobierno intentaba adoptar. Ayuntamientos viles se negaron a condenar en acta el terrorismo e incluso, en el colmo de la indignidad, a dejar constancia de su condolencia por las víctimas. El siniestro Carrillo tuvo la inicua audacia de achacar a la extrema derecha esta última oleada de sangre.

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Las reacciones oficiales no se diferenciaron de las habituales: enérgica repulsa, solemnes exequias, condecoraciones a título póstumo. Y hasta el próximo cadáver. Siguen en sus escaños los parlamentarlos que defienden a ETA, que trafican con ETA y que se identifican con ETA. Sigue glorificándose a los asesinos que, de tarde en tarde, son capturados por la policía. No se diga si alguno muere; entonces, hay paros generales, manifestaciones y funerales solemnes, con homilías enternecedoras a cargo de obispos y clérigos infames. Aunque la prensa oficial, la oficiosa y la oficinista, cumpliendo consignas, condena, también enérgicamente, lo sucedido. Ni que decir tiene, la condena se dirige al terrorismo de cualquier signo.

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¿PERO qué signo tiene el terrorismo? Solo uno, el del marxismo. Resulta grotesca la obsesión del gobierno (no se diga de los partidos de izquierda) por aclarar siempre esta imparcialidad en la lucha contra el caos y los atentados callejeros. Aquí parece que la única monstruosidad cometida en cinco años haya sido la matanza de Atocha (5 muertos). Nadie usa el sustantivo para hablar de California 47 (12 muertos y 80 heridos), de la cafetería Rolando (13 muertos y 80 heridos), del hotel Corona de Aragón (80 muertos), de Barajas, de la Estación de Chamartín, de la calle del Conde de Peñalver. Eso, por lo visto, no fueron matanzas; tan solo, incidentes desdichados.

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Lo más grotesco es la excusa de siempre: se trata del inevitable precio de la democracia; estamos en sus primeros pasos, siempre difíciles; quieren la involución, pero no la conseguirán; no perderemos la serenidad; hemos de dar ejemplo, ahora más que nunca, de firmeza y confianza. Porque, naturalmente, se trata de salvar la democracia, de consolidarla, cueste lo que cueste. Sucede que está costando demasiado; y que tampoco la democracia (ni ningún otro sistema político) puede ser fin, sino medio. Medio de lograr la prosperidad, la convivencia, la alegría, y la paz de los españoles.

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AL principio de la carrera de crímenes solían preguntarse algunos periódicos, en sus editoriales: ¿Hasta cuándo? Ya no. Ya parece que se acepta, dolorosamente, trágicamente, fatalmente, que esta sangría tiene que continuar. ¿Es que no hay forma de evitarla? ¿Es que, de verdad, en serio, la democracia exige semejante tributo? Si así fuera, yo la rechazaría desde ahora mismo. Pienso todavía, pese a todo, que la culpa es de quienes la montaron, la prostituyeron, la desvirtuaron y continúan amparándose en su nombre para llevar adelante sus particulares objetivos. Unos, al dictado de Moscú. Otros, de intereses también externos. Algunos, por culpa de su miopía, de su estulticia, de su inepcia para gobernar.

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Pero el desastre debe tener unos límites. Unos límites que quizás están a punto de rebasarse, si no se han franqueado. A partir de ellos, nada importará ya nada. Ni siquiera la democracia; porque ¿dónde podrá ejercitarse, si nos habremos quedado sin España?

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  1. VIZCAINO CASAS

(Heraldo Español nº 56, 27 de mayo al 2 de junio de 1981)