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María Fernanda Linares de Maura nació el 5 de abril de 1919, o sea que cuando aparece en la vida de Don Juan en 1946 tiene 27 años. Era de Madrid. Su padre, Don Teófilo Linares Rivas, había sido, porque murió en 1945, uno de los médicos que se forjaron al lado del insigne Don Gregorio Marañón. Catedrático de Histología de la Facultad de Medicina de la Universidad Central e íntimo colaborador de Marañón en el Hospital Central de Madrid y en su obra “Manual de medicina interna”. Su madre, Doña María de Maura Zárraga, había sido, hasta su jubilación por enfermedad, profesora de Historia Contemporánea en el Instituto Lope de Vega, y procedía por línea colateral de la familia del gran político Don Antonio  Maura. Su abuelo, Don Andrés Linares Campos, predilecto de Don Santiago Ramón y Cajal, con quien colaboró en la “Doctrina de las neuronas”  llegó a ser uno de los más estudiosos del sistema nervioso y el cerebro.

 

A los 27 años María Fernanda era una mujer muy atractiva y muy guapa. Rubia y de formas casi perfectas. Eso sí, poco habladora y con una seriedad que a veces y a primera vista resultaba antipática. Estaba soltera y ya era conocida por sus estudios sobre el cerebro humano en el mundo de la medicina española.

 

  • Hola, yo soy María Fernanda Linares –dijo nada más entrar en la cafetería “Noviciado” y saludar a Don Juan.
  • Hola, yo soy Juan Sarramayor y te he conocido nada más entrar.
  • Me alegro mucho conocerte, Juan, el profesor Lora me ha hablado mucho y muy bien de ti.
  • También a mí de ti. Ya sabes que es una buena persona.
  • Sí, y de los más doctos de la Universidad española.
  • En “Química Orgánica” es una eminencia. Bueno, pero hablemos de ti. Me dijo el Profesor que estabas en Londres, en el “Instituto St. Mary College”. ¿Qué hacías tú allí?
  • Bueno, empecemos por el principio, porque lo mío arranca en mi infancia. Mi padre era médico, mi abuelo era médico y mis dos tíos eran médicos, y por ello desde que abrí los ojos al mundo yo ya sabía que iba a ser médico y médico soy. Pero, con una influencia muy especial por parte de mi abuelo. Mi abuelo fue un loco del cerebro, un admirador y colaborador de Ramón y Cajal, un hombre que se pasó la vida estudiando e investigando todo sobre el “gran desconocido”, como él le llamaba al cerebro. Según él la Medicina no avanzaría nada hasta que se conociera de verdad el funcionamiento del órgano que rige el cuerpo humano... Y esa pasión fue la que me trasmitió a mí desde pequeña. Porque esa es mi obsesión, descubrir al “gran desconocido”. ¡Sabemos tan poco del cerebro! Te aseguro, Juan, que el día que la Ciencia y la Medicina sepan cómo funciona el cerebro habrá remedio para muchas de las enfermedades que azotan al mundo.
  • Estoy de acuerdo, así es. También yo he pensado y he leído mucho al respecto. ¿Y eso ha sido lo que te llevó a Londres?
  • Bueno, en parte sí, porque allí vive y enseña el Doctor Arrosmith, una de las cabezas más ilustres de la medicina actual y el hombre que más lejos ha llegado en el conocimiento del cerebro. Me interesaba mucho conocer sus trabajos y su obra. Pero, también me interesó ir a Londres porque en el “St. Mary College” trabaja el Doctor Fleming, un buen amigo de mi abuelo, y tenía curiosidad por conocer a fondo el origen de la penicilina.
  • Esto sí que es casualidad, porque Fleming ha sido y sigue siendo una de mis “divinidades”. Sus estudios sobre los hongos y el musgo me traen todavía de cabeza. Pero, volvamos al cerebro, creo que piensas hacer o estás haciendo tu Tesis Doctoral sobre el que tú llamas “gran desconocido”... ¿Hacia dónde vas, cuál es tu objetivo final?
  • Pues, verás, cuando empecé a estudiar a fondo el funcionamiento del cerebro enseguida me inundó el deseo de saber cómo le afectaba lo que venía de fuera y una de las cosas que me surgió de entrada fue la influencia maligna del tabaco, y en especial de la nicotina. Como tú sabes, y seguro mejor que yo, la nicotina atraviesa fácilmente la barrera hematoencefálica y penetra en el cerebro a los pocos segundos de que el fumador haya inhalado algo de humo. También descubrí que su efecto es funesto en el segmento ventral del mesencéfalo y en el “nucleus accumbens” del prosencéfalo, en las áreas que forman parte del sistema de recompensa... ¡Oh, Dios ya me estoy enrollando, no tengo remedio, en cuanto me pongo a hablar del cerebro me pierdo! Pero ¿y tú? Me dijo el profesor Lora que estabas trabajando en “algo” que puede remediar los efectos del tabaco en el ser humano.
  • Sí, así es. Pero, antes me vas a permitir que también yo te hable de mis orígenes, aunque más humildes intelectualmente que los tuyos. Mi padre, que murió al principio de la Guerra y cuando yo tenía 18 años, fue farmacéutico y mi abuelo fue farmacéutico y creo que mi bisabuelo también lo fue y yo nací en una farmacia y rodeado de fármacos por todos lados, por tanto no me quedó otro remedio que estudiar Farmacia. Aunque el motivo principal de mi inclinación farmacéutica me vino por la vía de mi abuelo. Mi abuelo, Tomás Sarramayor, que desgraciadamente murió apenas hace un año, además de regentar su farmacia era un investigador nato. Se pasó la vida delante de un microscopio haciendo experimentos y “ensayitos” en el laboratorio que él mismo se había montado en la rebotica. Y esa pasión investigadora fue la que me conquistó a mí, porque ya de joven pensaba que si un farmacéutico no investiga se queda en un mero vendedor de pastillas.
  • ¿Y lo de la nicotina y el tabaco?
  • Bueno, también eso tiene su explicación. Desde que me vine del pueblo, yo nací en La Adrada de Ávila, a estudiar farmacia, naturalmente me vine a casa de mis abuelos y en mis ratos libres de clases me encerraba con el viejo en el mini-laboratorio y fue allí donde mi abuelo empezó a hablarme de un “preparado” con el que estaba muy ilusionado, el que, al parecer, podía ser una solución para los fumadores, ya que reducía los efectos nocivos de la nicotina y el alquitrán. Y eso le tenía superilusionado, tal vez porque él era un fumador empedernido y ya andaba fatal de los pulmones. Ahí arrancó mi pasión y me puse a trabajar con él intensamente, y fuimos dando pasos importantes... Desgraciadamente mi abuelo murió y me dejó solo en la aventura. A partir de ahí, y te resumo porque también yo pierdo el control cuando hablo de mi “Shiremufriol”...
  • Oye ¿qué es eso del “Shiremufriol”?
  • Bueno, es el nombre que yo le he puesto al “preparado” que hicimos mi abuelo y yo. Sólo se trata de una palabra formada por las iniciales de los cuatro componentes base del “preparado”. O sea, el salvado de trigo, el hinojo, el regaliz y el musgo del “Pinus silvestris”.
  • ¿Y?
  • Pues, aunque queda todo por hacer, creo que voy por buen camino, porque las pruebas que vengo haciendo con gatos apuntan. Según vengo comprobando nuestro “preparado” reduce en buena manera los efectos nocivos de la nicotina.
  • ¡Oh Dios, Juan, esto es interesantísimo, casi me recuerda los orígenes de la penicilina!... ¡Dios, me estás abriendo un mundo!, porque yo hasta ahora sólo he llegado a saber cómo perjudica la nicotina al cerebro y cómo afecta a la sustancia negra, pero no se me había ocurrido pensar que pudiera haber algo que contrarrestase los efectos de la nicotina en el cerebro.
  • “Mafe”, y permíteme que a partir de hoy te llame “Mafe”, porque los nombres compuestos me aterran. María Fernanda igual a “Mafe”. ¿Vale?, no hay que lanzar las campanas al vuelo, todavía.
  • Oye, pues no está mal, nadie me había llamado así, pero a partir de ahora seré “Mafe”. Me parece que tú y yo vamos a tener que estudiar mucho juntos. Creo que me dijiste que te ibas a Alemania, ¿tiene algo que ver tu viaje con tu “penicilina”? -y aquí fue la única vez que María Fernanda derramó una gran sonrisa.
  • En realidad, sí, verás, en cuanto hablé con el profesor Lora y me animó a seguir los experimentos me di cuenta que necesitaba unos laboratorios más apropiados que el de mi abuelo de la rebotica y ya me estoy montando uno nuevo, por eso he querido ir a Alemania, quiero conocer bien los Laboratorios de la Bayer. Si voy a pasar mi vida en un laboratorio prefiero que sea uno de los mejores.
  • Sí señor, está bien pensado. Veo que eres un hombre práctico. En fin, Juan, me tengo que marchar, espero y deseo que en cuanto vuelvas de Alemania me llames y sigamos hablando.
  • Eso haré en cuanto vuelva. Me interesa conocer a fondo el “gran desconocido” y ¡cómo no! a mi nueva amiga “Mafe” – y ahí también el serio de Juan dejó escapar una abierta sonrisa mientras le daba dos besos de despedida en las mejillas.

 

***

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Y al salir de la cafetería él pensó:

 

“¡Qué mujer más interesante! ¡Qué mujer más culta!... y además es muy guapa y está como un tren. ¡Habrá que estudiar mucho con ella!”

 

Y ella pensó:

 

“¡Qué hombre más inteligente! ¡Qué hombre más interesante! Eso que él llama el “Shiremufriol” puede ser una revolución en la medicina... ¡Y además es muy guapo!... Tendré que estudiar mucho con él.”

 

 

***

 

 

 

“Bueno, ya estamos en París ¡y vaya viajecito que me ha dado la “Lupita”!  Yo no sé si ha sido porque la “niña” se sintió liberada de la vigilancia de su hermana mayor, mi mujer oficial, o porque ella se ha tomado este viaje como su “Viaje de Novios”,  el hecho es que en cuanto nos subimos al tren en la Estación del Norte de Madrid se desató y no ha parado en todo el viaje de hacerme el amor. Según ella un “Viaje de Novios” se limita a cuatro cosas: follar, dormir, comer... y ver monumentos viejos. Así que nada más entrar en el coche cama se desnudó y se quedó en pelotas, y ya no me dio tiempo ni a respirar. Ella misma me desnudó también a mí  y como la camita era tan estrecha se echó encima  y antes de que cantara el gallo ya me había violado. Sería la primera vez, porque de Madrid a Barcelona, de Barcelona a Perpiñán y de Perpiñán a París no ha parado de hacerme “de todo”, y cuando digo “de todo” es todo.  El traqueteo del tren la pone verde que te quiero verde. Y además la cabrona hasta es simpática cuando más excitada está. Todavía en plena orgía de sexo en un momento se salió de mí y dijo:

 

  • Tengo hambre, quiero comer.

 

Y ni corta ni perezosa abrió la maleta (llevábamos tres, una con sus cosas; otra con las mías y una tercera que más parecía un almacén de comida) que había preparado María Antonia, con un jamón cortado en lonchas, varias tripas de chorizo, salchichón y morcilla, un queso entero, latas de anchoas, atún y mejillones y varias barras de pan, ah, y cuatro o cinco botellas de vino de Rioja. Así que la “niña” se puso “morá” y yo me bebí media botella de vino y me comí un bocadillo de jamón.

 

Pero, su emoción y su excitación aumentaron al acercarnos a París y allí ya ardió Troya, porque “Lupita” casi me come todo mi cuerpo, y, repito,  cuando digo todo digo todo. La verdad es que la “Lupita” vuelve loco a cualquiera. Cosa normal cuando se tienen 19 años y unas tetas y un culo de ensueño.

 

Nos hospedamos en el “Hotel Marengo” (sí, según consta en una placa situada en el hall de entrada en recuerdo de la famosa batalla que le dio el Imperio a Napoleón el Grande). Está situado en pleno corazón de París en el “Boulevard de Montparnasse”. No es gran cosa pero sí lo suficiente para pasar unos cuantos días. Esta vez me ha sorprendido mucho París, o al menos no es el París que yo conocí en 1934 cuando me trajo mi padre en un viaje de estudios, porque todavía se notan mucho los estragos de la Guerra y muchos edificios están en plena reconstrucción.

 

Pero, en cuanto entramos en la habitación y abrimos las maletas la “niña” volvió a la carga y otra vez me tumbó en la cama. Insaciable mujer. Después, y como era la hora del almuerzo, nos fuimos a un restaurante (“Maison Garibaldi”) y comimos a lo bruto pastas italianas. Luego, y dando un paseo por el “Campo de Marte” nos plantamos ante la Torre Eiffel. “Lupita” estaba loca por visitar y subir a la torre más famosa del mundo.

 

Por la noche nos fuimos en un taxi al “Moulin  Rouge”, al otro lado del Sena, y “Lupita” se quedó embobada, y más cuando abrí para ella una botella de verdadero champán francés. Por tanto, no me sorprendió lo que pasó en cuanto llegamos a la habitación del hotel.

 

  • Pero, “Lupe” ¿no te cansas?
  • No me canso, amor mío, me gustas tanto que no me canso de follar contigo.
  • ¡Qué barbaridad!, si me estás dejando seco.
  • Anda, no seas malo y métemela ya – y dicho esto se abalanzó como una tigresa y con sus propias manos metió mi cuerpo en su cuerpo...
  • ¡No!, ¡no me la saques, quiero dormirme así!
  • Pues, yo tengo hambre.
  • ¡Ah, y yo también! – y entonces sí se separó de mi y desnuda se fue a por sus salchichones y chorizos... ¡y eso que habíamos cenado una tabla de patés y “canard à l´orange” en el “Moulin”.

 

A la mañana siguiente, muy temprano, y casi sin dormir por la gran actividad de la “niña”, me fui al Instituto Pasteur, y me fui solo, porque “Lupe” prefirió quedarse en el hotel para ir a ver escaparates y ropa femenina. Al llegar pregunté por el [1]doctor Roux, a quien le llevaba una carta de presentación que me había dado el profesor Lora, mi director de la Tesis Doctoral. Por lo que me dijo en Madrid habían sido compañeros en la Sorbona.

 

Y sin hacerme esperar me recibió el doctor Roux, quien con gran satisfacción de tener noticias de su amigo español me fue enseñando todos los departamentos del Instituto. Desde el de microbiología médica al de microbiología agrícola, pasando por el de química biológica y el de química terapéutica, los de la rabia, la tuberculosis y el cáncer. El doctor Roux se explayó en defensa de los trabajos que se venían realizando en esos momentos en el Instituto, aunque le noté que se entusiasmaba más cuando me llevó al departamento de “patología exótica”.

 

Fue una mañana intensa y que me puso los dientes largos. ¡Dios, aquello sí que eran unos Laboratorios!

 

El doctor Roux se despidió ofreciéndome el Instituto si necesitaba ayuda en la realización de mis experimentos y mi Tesis Doctoral. Un gran hombre, una buena persona y un científico de primera magnitud, por sus trabajos sobre la difteria.

 

Y volví al hotel, y volví a las garras de la insaciable “Lupita”, aunque antes de llevarme de nuevo a la cama tuve que acompañarla de compras, pues la “niña” quería llevarse para Madrid todo un cargamento de ropa interior y medias de cristal.

 

Naturalmente el resto del día y todo el día siguiente lo pasamos visitando monumentos y museos. El Museo del Louvre le obnubiló en especial, por los abundantes desnudos y las estatuas provocativas          (según ella).”

 

[1] Pierre Paul Emile Roux, ( * 17 de diciembre de 1853 en Confolens, Charente, Francia - 3 de noviembre de 1933, París)