Gabriel García nació en Toledo en 1992 y es Graduado en Derecho, además de contar con estudios en mediación. Laboralmente se ha desempeñado en el sector servicios. Ha publicado artículos en medios de divulgación histórica y actualidad política, como los digitales Hispaniainfo, Desde mi campanario, En Marcha y El Correo de España, el periódico Patria Sindicalista y la revista La Emboscadura. Por último, cabe destacar su adscripción a la ilustre Cofradía de la Cuchara de Hierro.

Da la impresión de que desde el 15 M en 2011 hayan pasado 15 o 20 años. Lo que pareció en aquel momento el 15 M una propuesta ilusionante en diversos ámbitos acabó derivando en el comunismo clásico y satélite del PSOE como es Podemos. ¿Cómo fue posible ese proceso?

Este partido llamado Podemos, hoy en el Gobierno por medio de una coalición con los restos, efectivamente, de las siglas del Partido Comunista de España, no debe ser etiquetado como marxista, comunista o términos similares. Y no porque sus referentes no hayan aplaudido el papel de los diferentes partidos comunistas y la Unión Soviética en algún momento de sus trayectorias militantes, que lo han hecho y bastante, sino porque no debemos caer en el error tremendista en el que incurren ellos constantemente cuando, por ejemplo, llaman 'fascista' a Vox para no extenderse mucho en el debate de las ideas y llevarse el debate por la vía fácil. Unidas Podemos y toda esa extrema izquierda institucional posmoderna que campa a su alrededor, a veces en sintonía y otras en clara tensión de egos, representan la enésima generación de progres herederos del Mayo francés de 1968.

Recuerdo que hace tiempo escribió José Paparelli en El Correo de España a propósito de la icónica progre Cristina Pedroche que su discurso presuntamente transgresor de Nochevieja apestaba a naftalina, porque no dejaba de ser lo que llevan repitiendo en las filas de la izquierda desde la década de los 60. Y es que una mala costumbre que tienen los progres es considerar que todas las generaciones que les han precedido han sido excesivamente conservadoras y rancias, pero que ya está aquí la generación presente para enmendar ese error. Todavía recuerdo cuando hace un par de veranos leí algunas novelas del escritor francés Michel Houllebecq escritas en los años 90 y que perfectamente podrían pasar por relatos ambientados en este 2022, lo cual es bastante significativo para señalar esa percepción, con un trasfondo teológico digno de estudio, según la cual la izquierda progresista lucha sin cuartel contra la derecha reaccionaria.

Si leemos el manifiesto de los 'indignados' del 15-M existe una presunta aspiración a la transversalidad, llegando en algún momento a señalar que entre sus filas contaban con miembros más progresistas y otros más conservadores. No obstante, la realidad fue muy diferente. Cualquiera que se acercara durante aquella época a las protestas pudo encontrar una connotación política muy definida por parte de sus integrantes, más allá de la estética 'perroflauta'. Porque obviamente no todos eran 'perroflautas', pero ideológicamente estaba muy claro que era la extrema izquierda posmoderna quien marcaba el ritmo. ¿Alguien recuerda banderas de España rojigualdas en esas convocatorias? Con suerte permitirían alguna y en muy contadas ocasiones, pero nos hartamos de ver banderas de la fenecida Segunda República entre esos manifestantes. Lo mismo podríamos decir en cuanto a reivindicaciones archiconocidas e incluso trasnochadas, como el aborto libre o el papeles para todos. Hay quien considera que Podemos no ha sido el heredero real del 15-M, pero hay muchos puntos en común entre las reivindicaciones más frívolas de los 'indignados', coincidentes con la ingeniería social globalista del momento que tanto impulsaron los gobiernos de José Luis Rodríguez Zapatero, y las reivindicaciones estrella de Unidas Podemos desde el actual Gobierno de España. Habrá quien estime, igualmente, que las reivindicaciones materiales de la juventud 'indignada' son las que está llevando a cabo Yolanda Díaz desde el Ministerio de Trabajo, pero no termina de convencerme la idea de que los 'indignados' pidieran una reforma laboral que contase con el visto bueno del Ibex-35 y la Troika contra la que tanto protestaban.

En resumen, ese lastre ideológico de extrema izquierda posmoderna en las filas del 15-M explica los posteriores acontecimientos, bien aprovechados por Pablo Iglesias y su equipo, que darían lugar a Podemos y su presencia omnipresente en los medios de comunicación, que en nada ha desmerecido a la que tuvo Vox en su momento. Esto es importante señalarlo, porque más de una vez hemos escuchado a los dirigentes podemitas pedir que se vete el acceso de Vox a los medios de masas. Podemos, presuntamente un partido antisistema o al menos crítico, tuvo a sus representantes a diario en las tertulias de todos los canales. No era, por lo tanto, ninguna amenaza para las élites políticas y económicas globalistas, más bien un vástago radical y revoltoso. Y el terreno estaba abonado para ingresar en el hogar familiar, aun provocando algún estropicio.

Lo interesante es que diez años más tarde la protesta social y contra el Sistema injusto y corrupto en España, protagonizada por los jóvenes, que entonces era de extrema izquierda, hoy es de "extrema derecha". ¿Cómo ha sido posible esa evolución?

 Lo cierto es que ahora hablar del 15-M suena un poco nostálgico, en plan abuelo cebolleta, cuando en realidad las razones materiales que motivaron el apoyo de muchos españoles a los autoproclamados 'indignados' siguen desgraciadamente bien presentes, por desgracia. "Sin casa, sin curro, sin pensión" fue un lema utilizado en aquel entonces por Juventud Sin Futuro, uno de los muchos colectivos de la extrema izquierda que terminaron contribuyendo al auge de Podemos. Hoy, a la vista de lo que ha significado el paso de esas mismas personas por las instituciones de todos los niveles, incluso el mismísimo Gobierno de España, es obvio que la reivindicación sigue más vigente que nunca cuando ha transcurrido una década desde las primeras protestas y acampadas en Madrid, extendidas igualmente a muchos otros lugares de España e incluso del extranjero.

Pero en estos momentos no interesa reclamar casa, curro y pensión para los jóvenes. ¿Por qué? Porque ese entorno ideológico y esas personas se han encontrado con la dura realidad de la realpolitik, es decir, el conflicto entre la teoría y la praxis; es más, no hubo más que ver la reacción que tuvieron el año pasado ante un vídeo difundido por una joven donde reprochaba a los políticos que la ciudadanía había cumplido con las restricciones de la pandemia y que correspondía a los políticos cumplir con su labor, vídeo que desdeñaron como 'populista', curiosamente el mismo término que desde diversos sectores del Régimen del 78 aplicaron tanto al 15-M como a Podemos. Si ese vídeo hubiera sido viralizado estando en el Gobierno el Partido Popular, con o sin Vox, o simplemente con que Unidas Podemos no hubiera formado parte de ningún Ejecutivo, a muchos no les habría parecido tan 'demagogo' o 'populista'.

No sabría decir con exactitud si hoy existe un auge de la llamada extrema derecha entre la juventud. Sí recuerdo que muchos han visto con preocupación que Vox fuera el partido con mayor número de seguidores de Instagram, durante mucho tiempo la red social predilecta de los más jóvenes. Y esto es curioso, porque deja en evidencia la hipocresía de los tiempos que hemos vivido y seguimos viviendo. Cualquier canal de las plataformas de entretenimiento muestra como ejemplo de idealismo y disidencia, prácticamente un Robin Hood del siglo XXI, a personajes con la misma estética perroflautil que veíamos en el 15-M. No obstante, todo joven que quiera defender ideas juzgadas como radicales pero que no pasen por ese filtro inmediatamente sufrirá el desprecio y la reacción desmesurada de sus congéneres, quienes se comportarán exactamente igual que los agentes Smith de la saga de Matrix. Seguro que más de un lector sabrá a qué me refiero.

¿Es Vox un partido de ideas radicales?

En absoluto. Es un partido neoliberal que amaga con tintes populistas, en el buen sentido del término. El problema es que en España sufrimos una propaganda ideológica brutal durante el zapaterismo, asentada posteriormente durante los gobiernos de Mariano Rajoy y retomada a continuación por Pedro Sánchez, primero sin mayoría parlamentaria suficiente y después con el apoyo incómodo de podemitas y secesionistas. Y en medio de semejante panorama, como si no fuera poco, cualquier cosa parece radical. Es más, lo que dicen ahora de Vox en los parlamentos, sobre lo fachas horribles que son, es lo mismo que decían los progres hace años en los bares sobre Aznar o Rajoy, o lo que han dicho también de Albert Rivera.

Exactamente lo mismo. Por supuesto, si alguien puede presentarme alguna noticia sobre los socialistas o los de Izquierda Unida ensalzando al Partido Popular como un respetable partido de Estado, en alguna etapa previa al año 2011, le animo a que lo haga porque hasta ahora he sido incapaz; en cambio, alguna declaración les hemos escuchado en los últimos tiempos respecto a que el Partido Popular ha dejado de ser un partido de Estado por pactar con Vox en algún momento. Hasta donde recuerdo, para la izquierda el Partido Popular siempre ha representado lo peor de sus traumas; papel que ahora, sin duda, ejerce Vox. Y entre esos traumas de la izquierda figura señalar al oponente como lo peor de lo peor y que la gente, en lugar de acatar la superioridad moral de los comisarios políticos de turno, no sólo no se calle sino que incluso les rechiste; eso les recuerda demasiado a determinada época que también tienen demasiado interiorizada como traumática.

Esa 'evolución' por la que me pregunta bien podría explicarse, finalmente, en que el complejo de religión que existe entre las filas de la izquierda también ha originado sus herejes, es decir, los jóvenes que no acatan el pensamiento políticamente correcto. Y cuando encontramos a grandes millonarios como Elon Musk diciendo públicamente que lo de la doctrina woke ha ido demasiado lejos, no hay duda que la criatura engendrada por el Sistema ha empezado a ser un lastre incluso para las propias élites.

 La increíble disolución ideológica del PP propició además una débil respuesta contra el proceso separatista catalán. ¿Cómo pudo ocurrir algo así?

Gonzalo Fernández de la Mora apostó en su día por priorizar la gestión por encima de las ideologías. No erró al atribuirles una condición pseudoreligiosa, pero sí al darles fecha de caducidad. Hoy las ideologías ya no representarán ningún cuerpo de doctrina como antaño, pero sus seguidores se mueven y piensan como auténticos devotos.

En este contexto, lo que llama disolución ideológica del Partido Popular no deja de ser el rumbo a la nada emprendido por la derecha española desde la Transición, por no decir de antes. El ensayista Adriano Erriguel ha señalado que la derecha española quedó huérfana doctrinalmente desde el momento en que la Iglesia Católica dejó de servirle como orientación allá por el Concilio Vaticano II. Razón no le falta, desde luego. España no ha tenido una figura equivalente a lo que ha representado Alain de Benoist en Francia, alguien que plantee coordenadas políticas al margen de la cuestión teológica. Los grandes pensadores que ha tenido la derecha y la extrema derecha en España desde la Transición no han salido del marco del catolicismo. Por un lado es positivo, ya que esta fe y sus valores han sostenido nuestra civilización durante siglos, por no decir milenios; el problema es cuando la propia institución eclesiástica huye como de la peste de quienes enarbolan la bandera de los valores católicos en su defensa política.

La propuesta de Gonzalo Fernández de la Mora en El crepúsculo de las ideologías tenía sentido en su contexto. El problema es que sus relevos en lo que ha terminado siendo el Partido Popular no pueden compararse ni por asomo en cuanto a categoría intelectual o política. Uno puede leer al que fuera ministro y diplomático del franquismo y estar de acuerdo o no, pero no duda que era una figura de nivel y, que yo sepa, jamás renegó de su pasado político. Nada que ver con un Pablo Casado, profesional de la política y con un currículum académico en entredicho, cuyos discursos son un vulgar copia y pega del constitucionalismo más cutre; por no decir que ni siquiera le alcanzaba la sesera, a pesar de todos los asesores con los que ha contado, para saber que todavía quedan templos católicos donde en el fin de semana del 20 de noviembre se pide por el alma de Francisco Franco, el difunto Jefe de Estado al que aclamaron sus predecesores de Alianza Popular.

Pero para llegar hasta Pablo Casado, hoy desaparecido del mapa político, antes hubo una etapa intermedia con José María Aznar. Mucho le han reprochado su pasado falangista, concretamente entre los falangistas independientes y opositores del Movimiento Nacional, pero bajó su gobierno se condenó institucionalmente la sublevación cívico-militar del 18 de Julio de 1936. También quedan para el recuerdo sus pactos con el secesionismo vasco y catalán. Con semejante predecesor, no es de extrañar que el Partido Popular liderado por Mariano Rajoy, sobre todo durante la primera legislatura, olvidara todo su discurso de la oposición al zapaterismo y asumiera, una por una e incluso de buena disposición, todas las medidas de ingeniería social de los socialistas. Y, desde luego, tampoco cabe duda que Mariano Rajoy consideraba que el problema secesionista iba a resolverse por medio de acceder al chantaje de turno; el problema estaba en que los chantajistas, al contrario que el Gobierno del Partido Popular, sí tenían un objetivo claro más allá de la legislatura.

¿Cuáles serían los principales cambios entre 2011 y 2020 que reconfiguraron el régimen del 78?

La España del Régimen de 1978 se sostenía en torno a un bipartidismo inestable: por un lado, lo que Juan Manuel de Prada ha denominado el Partido del Régimen, es decir, el Partido Socialista, sobre el cual sería digno de estudio cómo Felipe González y su gente pudieron comer el terreno a la derecha heredera del franquismo que hasta 1982 mantuvo el control del Estado; por otra parte, los herederos de esa derecha política en el Partido Popular que, puntualmente y siempre por deméritos de los socialistas, han accedido al poder, sobre todo a escala nacional, con sensación de interinidad; y por último, un puñado de partidos y coaliciones, destacando Izquierda Unida y los secesionistas, que puntualmente respaldaban a un Gobierno o, al menos, ofrecían imagen de pluralidad.

El 15-M pareció romper la situación descrita. Incluso Cayo Lara, entonces dirigente de Izquierda Unida, llegó a ser increpado por activistas. Tan en serio se tomaron aquella posible ruptura entre la vieja y la nueva política que Pablo Iglesias no pactó con Izquierda Unida hasta 2016, cuando fue consciente de que por separado habían alcanzado su máximo y era preferible compartir los resultados.

Diez años después nos encontramos con que en las instituciones públicas no existe mayor democracia directa que facilite un control más amplio por parte del ciudadano a la clase política. Eso sí, de vez en cuando nos informan por medio de portales de transparencia muy resultones lo que cobran o poseen sus señorías; también sus cambios en el currículum, aunque esto último, tras una temporada de preocupación máxima, ya ha dejado de ser noticia.

Y algo que nos encontramos ahora en las instituciones es que los problemas que provocaban los partidos políticos se han agravado a causa del mayor número de candidatos a obtener escaño. Hay quien quiere ver un cierto retorno al bipartidismo imperfecto de antaño, pero parece muy complicado que Unidas Podemos o Vox vayan a desaparecer a corto o medio plazo.

No obstante, tal vez el mayor problema institucional haya sido la definitiva normalización del secesionismo, incluso el implicado en acciones terroristas. Yo crecí en una España donde no era extraño regresar del colegio y escuchar por televisión que ETA había asesinado a alguien, con la correspondiente condena rotunda por parte de la sociedad; ahora, muchísimos jóvenes que no han vivido eso consideran que el terrorismo ha sido algo provocado por cuestiones políticas y que con diálogo todo quedará resuelto, pero que en cualquier caso es un asunto del pasado que no debe tocarse. Y en cuanto al secesionismo oficialmente no violento pero que justifica altercados violentos, da la impresión de que ahora mismo se encuentra agotado ante la incapacidad de haber movilizado en exceso sin resultados concretos pero no dudemos que, tarde o temprano, volverán a las andadas, siendo lo peor que llevan ventaja de décadas gracias al adoctrinamiento en las escuelas, algo que los gobiernos centrales no parecen por la labor de reclamarles, y mucho menos el presidido por Pedro Sánchez.

¿Por qué los nuevos partidos, más que una alternativa al bipartidismo, a su juicio no han hecho más que agravar los problemas?

Los problemas existentes se han agravado, simplemente, porque el premio que conlleva obtener actas y cargos para esos partidos ahora debe repartirse entre varios más. Como mucha gente depende de que salgan unos u otros, se pone en marcha toda la maquinaria propagandística; y si tienen que intoxicar a la población, lo hacen sin ningún reparo. Sinceramente, he sentido vergüenza ajena escuchando a personas por la calle repitiendo como papagayos las consignas de turno que han leído por Twitter o han escuchado por televisión.

La nueva era que algunos aventuraban con el 15-M no ha derivado en ningún retorno a la Transición, época que en el imaginario se recuerda como de ilusión e interés por excelencia de los españoles hacia la política, sino a la más pura demagogia. Los eslóganes de la última campaña electoral autonómica en Madrid son el mejor ejemplo: "Comunismo o libertad" o "Fascismo o libertad". Es posible que Isabel Díaz Ayuso y Pablo Iglesias hablaran sobre estas cuestiones cuando tomaban cervezas tras los programas de La Tuerka, pero por ahora no parece que vayamos a saberlo.

¿A que atribuye la pérdida de derechos laborales y del llamado Estado de Bienestar?

En su ensayo sobre la trayectoria histórica del capitalismo, Santiago Niño Becerra apunta al fin de los llamados Treinta Años Gloriosos como el principio del fin del Estado del Bienestar. Los años 80 estuvieron marcados por gobiernos abiertamente neoliberales en Estados Unidos y Reino Unido, pero aquí fueron el Partido Socialista y Felipe González quienes acataron las directrices de la Unión Europea para desmantelar la industria española y reducir el papel de España a un país centrado en el sector servicios, sobre todo el turismo. Posteriormente Zapatero reivindicaría que su partido era "socialista de sociedad, no de Estado", en la línea de Tony Blair en Reino Unido. La izquierda pasó de este modo de buscar revertir las desigualdades desde el mismo Estado a promocionar la libertad de oportunidades, un discurso claramente liberal e individualista que omite que unos siempre tienen mejor panorama vital y personal que otros.

Izquierda y derecha oficiales, por la tanto, han cooperado en la desmantelación del Estado de Bienestar, a pesar del discurso de los progres de turno, porque la izquierda ha aceptado el discurso económico de la derecha y la derecha el discurso moral de la izquierda, en perfecta simbiosis. Para ello han utilizado las agendas globalistas; ahora se habla mucho de la Agenda 2030, pero es que previamente hubo una 2020 y otra 2010 que no dejan de ser lo mismo, una versión progresista del modelo capitalista de producción. Obviamente, si desde las instituciones se fomenta una sociedad con valores cada vez menos sólidos y más hedonistas, no es de extrañar que se reduzca la población y el número de cotizantes necesarios para la Seguridad Social no sea el adecuado, buscando salvar ese obstáculo con la importación de mano de obra extranjera, coincidiendo aquí tanto las élites capitalistas como las ONG en la función de capataces esclavistas de nuevo cuño. Si esto coincide con una época donde los avances sanitarios permiten una mayor esperanza de vida, llegamos a lo que recientemente definimos en El Correo de España como la hipoteca del Estado de Bienestar, porque es algo necesario y que debemos salvar pero, ahora mismo, insostenible. Si no revertimos la crisis de natalidad, y si no apostamos por un modelo realmente productivo y que ofrezca empleo de calidad, los cambios a tener lugar son muy inciertos pero, por desgracia, nada positivos, sobre todo para los más jóvenes.

¿Cuándo se ha dado el último cambio de paradigma y en qué consiste?

Tal vez el punto de inflexión tuviera lugar en 2020. Ante la incapacidad para gestionar correctamente la crisis sanitaria provocada por el Covid-19, el Gobierno de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias intensificó sus discursos triunfalistas y priorizó la propaganda institucional sobre las presuntas maravillas de la Agenda 2030. El proyecto de la Estrategia España 2050, por otra parte, vino a representar la primera vez en mucho tiempo que un Gobierno español hacía planes más allá de su legislatura. En realidad era un refrito de la Agenda 2030 con aportaciones supuestamente altruistas de muchos expertos, pero necesitaban tener un proyecto propio; tengamos en cuenta que la Agenda 2030 fue asumida por España durante la etapa de Rajoy y si en algo se han caracterizado durante años en la izquierda es en hacer creer a su electorado que son todo lo contrario al Partido Popular, a pesar de asumir sus mismas políticas globalistas.

Transcurridos un par de años, animo al lector a que busque titulares de aquellos días. Una persona que los lea dentro de cien años posiblemente piense que Pedro Sánchez y Pablo Iglesias nos salvaron del Covid-19 en 2020, a pesar de que en el 2022 todavía andamos con las mascarillas puestas en algunos lugares. Es uno de los motivos por los que decidí escribir este libro: dejar constancia que la gestión de la crisis sanitaria por parte de Partido Socialista y Unidas Podemos fue un absoluto desastre. Y por si alguien se lo pregunta, no creo que Partido Popular y Vox lo hubieran hecho mucho mejor; pero la Historia se tiene que escribir sobre los hechos acaecidos y no sobre política ficción.

¿Por qué son inconstitucionales los estados de alarma de 2020?

Los estados de alarma de 2020 fueron declarados inconstitucionales porque, a juicio de este tribunal, el Gobierno de Pedro Sánchez no aplicó la legislación correctamente, ya que el estado de alarma resultaba menos adecuado para restringir movimientos que el estado de excepción. La cuestión es que el Gobierno tenía prisa por declarar el estado de alarma y posteriormente prorrogarlo con apoyo del Congreso, en lugar de solicitar directamente al Congreso el estado de excepción, porque los contagios aumentaban y el tiempo corría en su contra. ¿Por qué? Porque jamás estuvieron dispuestos a renunciar a su baño de masas del 8 de Marzo. Al priorizar su agenda ideológica por encima de las vidas y seguridad de los españoles, el Gobierno presidido por Pedro Sánchez desoyó varios avisos de Seguridad Nacional y no tomó medidas hasta que era demasiado tarde. Y las medidas que tomó, como pudimos comprobar, fueron totalmente chapuceras y al margen de la ley. Si el Gobierno no fue capaz de aplicar correctamente la ley, ¿Qué credibilidad puede tener a la hora de pedir sacrificios a la población? Prácticamente ninguna.

Posteriormente no hubo ninguna autocrítica, e incluso desde la propia izquierda justificaron que saltarse la ley había sido lo correcto porque salvaron millones de vidas. Hasta ese punto llega su fanatismo. Si no existiera el estado de excepción, podrían resultar mínimamente creíbles, pero temo que no es el caso. Operaron al margen de la legalidad porque se consideran intocables, tanto como incompetentes y nefastos que son para España. Y si algo debemos exigir es no olvidar a las víctimas de tan miserable y criminal gestión.