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El capítulo quinto se titula Una larga e intensa campaña, y trata naturalmente de ella. La calificación de intensa es insuficiente; se trató de una campaña prerevolucionaria, violenta y con muchos muertos.

No fueron aquellas las típicas elecciones para elegir un parlamento y un gobierno; fueron unas elecciones en las que más que elegir un gobierno se iba a determinar el destino de la nación. En el tono y el contenido de la propaganda se iba más allá de lo que hubieran sido unas elecciones constituyentes.

Esto pensaba la derecha:

Aquellas elecciones no fueron percibidas por buena parte de sus protagonistas como una consulta ordinaria. Desde mediados de diciembre, los dirigentes políticos y sus medios de comunicación afines insistieron en que los españoles iban a tomar una decisión trascendental para el futuro del país.


Para empezar, la constitución del Frente Popular alarmó a los moderados. Eran gentes que habían mantenido una posición liberal desde 1931, pero que ahora no dudaron en asegurar que «la votación del día 16 no es una votación más: es una votación histórica». Porque estaba en juego «el porvenir esencial de España», al abrirse la posibilidad de que el país quedara subordinado a partidos que ponían su ideología revolucionaria por encima de cualquier otra consideración. «La dictadura roja va contra el republicanismo», se advertía desde la prensa centrista. Las elecciones habían dejado de ser un «pleito de derechas y de izquierdas» para convertirse en otro de civilizaciones. «Lo que vamos a decidir mañana», se podía leer en Ahora la víspera de las elecciones, «es si España es un país europeo o asiático, parlamentario o soviético, liberal o esclavizado».


España tiene planteado un problema, que no es de régimen, sino de ser o no ser», afirmó Lerroux en una de sus pocas intervenciones públicas. Por su parte, Maura apeló a la necesidad de que las «clases conservadoras» midieran «en toda su gravedad lo que España arriesga y ellas pueden perder en la próxima contienda».

 


Frente a ella, dijo el exministro [Federico Salmón, cedista], «estamos nosotros». En su opinión, estaba claro que «si triunfan, nos destruirán. Si triunfamos, los destruiremos».


Como declaró Gil-Robles a la prensa, «de una vez se va a ventilar si España va a vivir en un período revolucionario permanente, o si, vencida totalmente y para siempre la subversión, podrá comenzar una época de auténtica construcción nacional».

 

Como dijo Cambó, si ganaran las izquierdas «sabrían que podían hacer todo lo que les viniera en gana, y viviríamos en un estado de guerra civil». Una victoria así, añadió Ventosa, sería el fin de «toda posibilidad de régimen democrático».


Pensémoslo bien: ¿se puede jugar el futuro de un país a los dados de la democracia, metiendo en una urna papelitos con nombres de personas mayormente desconocidas? ¿personas que -como se ha dicho- prefiriríamos no meter en nuestra casa o que no nos dejarían entrar en la suya? Pues eso es la democracia liberal.

 

La izquierda republicana hablaba de “recuperar la república”, como si el gobierno de radical-cedista no fuera legítimo :

 

… la de izquierda republicana había difundido la idea de que los próximos comicios dirimirían si se recuperaba o no la «plena vigencia de la Constitución», tras dos años en los que se había gobernado «contra ella o prescindiendo de ella». Así las cosas, las elecciones decidirían si España iba a ser «un Estado democrático o una dictadura».


«estos dos caminos»: el de «suspender la Constitución» y «perseguir, encarcelar, fusilar a varias personalidades políticas», implantando «una Monarquía fascista», o el de abrir paso a una «España moderna, civilizada, progresiva, justa, humana».


… para la juventud de IR un triunfo conservador daría paso a una situación aún más negativa que la de esos «dos años de tiranía denigrante, de opresión sangrienta y de imperio desvergonzado del libertinaje y del latrocinio en todas las esferas del poder» vividos entre 1934 y 1936.


Augusto Barcia clausuró la asamblea provincial de IR en Cáceres asegurando que España estaba «en plena guerra civil» por culpa de aquellos hombres que habían prometido pacificar los espíritus en noviembre de 1933. «Si el 16 de febrero triunfan en España las derechas», dijo Casares Quiroga, «el 17 se implantará una dictadura».


Al fin y al cabo, como dijo el exministro Albornoz, lo que se ventilaba era si sobrevivía «el espíritu y las esencias de la República encarnados en la Constitución de 1931». Ante eso, no cabía moderación alguna. La disyuntiva la planteó Azaña con rotundidad: el 16 era «una fecha decisiva, crucial, y en la que se juega a cara o cruz de la papeleta electoral el porvenir del régimen republicano». O como dijo Martínez Barrio en Medina del Campo, ellos debían vencer para evitar que, «derrotándonos», se abran «las puertas a todos los horrores de la tiranía, primero; de la guerra civil, después».


Es imposible que los republicanos de izquierda -los “moderados”- creyeran eso, porque la CEDA nunca dio pie para que se pensara eso. En todo caso, no tenían ni derecho a protestar si creían -contra toda evidencia- que la CEDA traería un estado autoritario porque ellos iban en una coalición electoral con socialistas y comunistas que declaraban abiertamente que su propósito era superar aquella república burguesa, es decir, la revolución. Por ejemplo:

 

«En estado de guerra», se advirtió en El Socialista pocas horas después de conocerse la fecha de la convocatoria electoral. El riesgo que se corría era el de ser «invadidos por esas huestes que ahora levantan el brazo».

 

Pero, a diferencia de la izquierda republicana, estos no ocultaron que no tenían «ninguna suerte de ilusiones democráticas», pues poco cabía «esperar de una República burguesa». Consideraban necesario ganar las elecciones porque estaba en juego «un doble objetivo», el de «aplastar al fascismo» y el de «arrancar de los presidios a nuestros camaradas» mediante la amnistía. Los jóvenes, aún más expresivos que sus mayores, llamaban en sus carteles a la victoria electoral para superar una jornada «tan decisiva como las gloriosas de octubre», que no solo «significará un avance victorioso del Socialismo», sino «abrir las puertas de los presidios» y llevar «pan a los hogares».


Para el ugetista Ricardo Zabalza, «el dilema que se ventila el 16 de febrero es Roma o Moscú, o la bandera negra del fascismo o la roja bandera del Socialismo».


Era un «dilema» que no admitía «términos medios», según Mundo Obrero: o abrir «amplios cauces a la libertad y a la democracia», o permitir «la victoria de la dictadura vaticano-fascista».


Insisto: ¿de verdad se puede ventilar el ser de un país metiendo papelitos en un urna? ¿cómo es posible que los ciudadanos -que ostentan la soberanía, según dicen- se jueguen el futuro de su país sabiendo que se encaminan a un enfrentamiento civil a muerte?

 

Mas pruebas de la doblez de los republicanos de izquierda y de las amenazas revolucionarias de sus aliados las izquierdas obreristas, de las que ellos aparentemente no tomaban nota:

 

Frente a las derechas, había que «reintegrar a España la normalidad constitucional», dijo Martínez Barrio. Había que «devolver a la República su contenido sustantivo», pidió Marcelino Domingo, porque los radicales y los cedistas, «enemigos» a los que pronto se les trataría «como se merecen», habían intentado escamotear el «espíritu de la República».


Así, los republicanos del Frente Popular hablaron una y otra vez de «recuperar la República de 1931»


Sin embargo, no sacaron las mismas conclusiones que sus aliados obreristas, que se refirieron con toda claridad a lo de 1931 como una experiencia fallida, en realidad la causa de que la derecha hubiera llegado al poder a partir de 1933


Incluso Martínez Barrio, un exradical que había compartido los términos de la declaración ministerial de Lerroux en diciembre de 1933, acusó a los gobiernos de centro-derecha de hacer una política que había provocado la insurrección. En esos términos, «Octubre» estaba justificado, a decir del antiguo ministro lerrouxista: «A los republicanos sinceramente republicanos se nos presentó esta opción: o colocarnos en el bando de los que habían sido enemigos de la República y casualmente la gobernaban, o ponernos en comunicación de sufrimiento y de persecución con los grupos obreros. No creo que ningún republicano decentemente republicano tuviera la menor vacilación».


Incluso Martínez Barrio aseguró a sus aliados que los mismos republicanos de izquierda no creían que a largo plazo «la República parlamentaria [fuera] una solución definitiva»: «¿Con qué derecho vamos nosotros a sofocar el impulso, la honrada ilusión de los que por razón de la vida, de la mala y triste vida que llevan, quieren construir un mundo mejor?».


Caballero se esforzó por hacer pedagogía y mostrar que la alternancia política era una premisa de la democracia burguesa que no iba con ellos. No era «posible» que «el capitalismo deje el camino libre al proletariado para establecer el nuevo régimen», porque no había «ninguna clase que abandone el poder voluntariamente». Por eso, no había que perder de vista que el objetivo era «conquistarlo», y hacerlo «revolucionariamente»,


De hecho, la constitución de un bloque electoral «antimarxista» en 1933 ya había supuesto una declaración de guerra al PSOE, confirmada luego por los hechos que «provocaron» la revolución. De ahí que sentenciaran: … no cabe ahora reprocharnos que acudiéramos a la violencia en el mes de octubre. Primero, porque las jornadas de octubre no fueron más que la respuesta obligada a la violencia social.

 

Para Álvarez del Vayo, no se iba a «pedir a los republicanos» que ayudaran a «instaurar la dictadura del proletariado», pero sí que coadyuvaran a esa «etapa intermedia» que sirviera para imponer «el predominio civil sobre el clerical», «dis[olver] los focos fascistas, depur[ar] los institutos armados y restable[cer] la aplicación de las leyes sociales». Para El Socialista, era «necio ocultar» que el PSOE se aprestaba a la lucha electoral «sin ninguna suerte de ilusiones democráticas», pues tenían claro «lo poco o nada que […] cabe esperar de una República burguesa, aunque esté gobernada íntegramente por quienes más afines se creen a nosotros»


Queremos decir a los elementos de derecha que, si triunfamos en las elecciones, cumpliremos nuestro deber con los aliados (aplausos), y continuaremos nuestro camino en defensa de nuestros ideales […] pero si triunfan las derechas no habrá remisión; tendremos que ir forzosamente a la guerra civil declarada (grandes y prolongados aplausos) […]. No se hagan ilusiones las derechas, ni digan que esto son amenazas; son advertencias. Ya saben que nosotros no decimos las cosas por decirlas […]. Lo decimos porque llevamos dentro del corazón y del cerebro el propósito de hacerlo (grandes aplausos).


Que nadie piense, dijo Jesús Hernández, que «hemos dejado a un lado la misión que históricamente tenemos que cumplir». Ellos «personifica[ban] Octubre», y, al igual que sus camaradas socialistas, declaraban orgullosos que «no nos arrepentimos de nada», que «nuestros mártires y nuestros héroes» pedían «venganza». Que el término venganza despertara grandes aplausos al pronunciarla Hernández no era extraño dado el contenido habitual de los discursos en los mítines conjuntos de socialistas y comunistas.


Mundo Obrero no dejó de insistir en que «las tareas fundamentales de la revolución democrático-burguesa» no se cumplían con el triunfo del día 16, sino que se iniciaban. Y, por supuesto, no cabía repetir «la verbena del 14 de abril», porque los republicanos que habían tolerado la «villana represión» no habrían de «marchar[se] sin conocer algo de lo que ha de ser la justicia popular».


A España solo cabía, para José Díaz, «limpiarla de una vez de los enemigos del pueblo». Ellos no eran contrarios a la República, pero la República que defendían era la que «el pueblo necesita[ba]». ¿Y cuál era?: «Ved el ejemplo de Rusia. ¿Por qué no seguir su ejemplo? Esa sí que es una República, de la cual se puede enorgullecer el pueblo».

 

No puede decirse más claro. Lo habían intentado hacía solo dos años, y lo iban a volver a hacer, esta vez sin titubeos.


Mientras tanto las (¿desbocadas?) juventudes de la CEDA amagan, pero los líderes no les dejan dar. A lo más que llegan es a decir que si la izquierdas quieren la revolución, ellos tienen derecho a defenderse. Como si hiciera falta decir lo obvio:

 

A nadie puede extrañar que, con esos mimbres, en la campaña electoral de las derechas no faltaran todo tipo de equívocos.


Los más desbocados fueron las Juventudes; su publicación periódica, J. A. P., utilizó un lenguaje que alertaba no ya contra la revolución, sino que apelaba, también, al derecho a defenderse frente a ella.


Por supuesto, la JAP abjuraba de la República de 1931: había un problema no «de forma de gobierno, sino de régimen». Era necesario uno «de autoridad, de jerarquía, de austeridad, de justicia, de limitación de libertades, de repulsa a la democracia vocinglera».


Pidieron «aniquilar la revolución», «dictar otra Constitución» y «sentar las bases de un Estado nuevo», lo que no era poco, pero sus militantes no organizaron milicias armadas ni hicieron declaraciones similares a las de Falange, «dispuesta a utilizar sus fuerzas por todos los medios legales e ilegales para la conquista del poder». No por casualidad los falangistas denunciaban a los cedistas por su incapacidad «de saltar las barreras legales para salvar a España». Y Primo de Rivera descalificaba por igual el primero y el segundo bienio, y acusaba a la CEDA de estar al servicio de intereses particulares y egoísmos empresariales.


… la CEDA se diferenció al defender con vehemencia la colaboración con los radicales y rechazar las acusaciones monárquicas de haber apuntalado la República del 31.


Uno de los más explícitos en sus críticas a ese pluralismo democrático fue José María Valiente, antiguo líder de la JAP, y ya en 1936 alineado abiertamente con los tradicionalistas. Este criticaba la democracia porque impedía la estabilidad en el Gobierno: en ella «todo son vacilaciones, fluctuaciones» y «no hay principios».


Patético el papel de la CEDA. Los monárquicos, por el contrario, ven claro que aquella república quería destruir España:

 

…  los monárquicos autoritarios, ya fuesen en su versión tradicionalista o en la de Renovación Española, tuvieron su propio discurso diferenciado de la derecha posibilista.


Para empezar, Renovación y la Comunión Tradicionalista se reafirmaron en su posición: «Nuestra política, nuestro programa, nuestro lema son claros y definidos; los mantenemos íntegros, sintiéndonos cada vez más tradicionalistas y más monárquicos de la gloriosa, legítima y tradicional Monarquía española», se podía leer en El Siglo Futuro. No, por tanto, cualquier monarquía, sino las versiones contrarias al constitucionalismo.


Calvo Sotelo juzgaba incompatible la República con «las esencias» conservadoras, y consideraba peregrino que la CEDA se mantuviera dentro del ámbito republicano «creyendo que podrá transformarlo desde dentro».


… había que asumir el «fracaso» del Estado republicano y su condición «esencialmente revolucionaria», de tal forma que «sin revolución, la República no existe, porque toda la República es Octubre».


Su error fundamental era, como argüían monárquicos como Serrano Jover o el carlista Rodezno, pensar que se podía frenar una revolución desde dentro de la misma.


Así las cosas, no es extraño que las diferencias entre las posturas de Calvo Sotelo y Gil-Robles no se redujeran durante la campaña, sino al contrario. Al legalismo del segundo, Calvo contestaba con una sinceridad hiriente. El líder del Bloque Nacional hizo explícita la idea de que la «obediencia» era «la contrapartida de la legalidad», de manera que faltando la segunda, como ellos pensaban que faltaba, era «antipatriótico mantener la primera». Y ante esa violencia, que era «el estribillo y palanca del socialismo», entonces «la sociedad» necesita «apelar también a la fuerza» para una «defensa eficaz».


Los radicales y republicanos de centro están igualmente alarmados:

 

Aún desde posiciones liberales y democráticas, el lenguaje de los republicanos de centro y derecha fue similar al cedista en la denuncia del peligro revolucionario. El antiguo jefe de filas de Azaña, Melquíades Álvarez, compartió mítines con el líder de la CEDA asturiana, Fernández-Ladreda.


… el líder liberal-demócrata [Fernández-Ladreda] añadía que los «grupos de insensatos» que ya en 1931 le «llamaban reaccionario» habían hecho una Constitución contraria a «las creencias del pueblo español», y que por ello era un «papel prácticamente inservible».


Además, para los radicales, que habían presidido el Gobierno de la «represión» de «Octubre», lo de perder o ganar ante el Frente Popular se convertía en una cuestión de supervivencia.


… en la campaña [Maura] aseguró que los cedistas habían «gobernado con lealtad a la República» 

Esta es la mejor refutación de las hipócritas acusaciones de los republicanos de izquierdas que acusaban a la CEDA de “fascismo”.


Los portelistas de la operación de centro de Alcalá-Zamora son incapaces de encontrar hueco:

 

… la necesidad de encontrar un hueco entre las dos grandes coaliciones, llevó a los portelistas a marcar distancias frente al «extremismo de izquierda» y al «extremismo de derecha», apelando a una política respaldada por la «fuerzas neutras», necesarias para «centrar esta lucha» y organizar «la pura democracia».


En las elecciones de febrero del 36 no se iba a efectuar simplemente un nuevo reparto de cartas para ver quien sería la mano en el siguiente partida. La izquierda planeaba quedarse con la baraja y robar todas las fichas. La derecha en vez de dar un puñetazo en la mesa aceptó el envite de los tahúres rojos.