Empecé a correr para castigarme, recorriendo al galope una calle tras otra, excitándome con exclamaciones rabiosas, espoleándome furiosamente en silencio cuando quería detenerme. Al llegar a lo alto de la calle de los Saules, me paré, a punto de llorar de rabia por no poder correr más; temblaba todo mi cuerpo, y me dejé caer en una escalinata «¡Arriba!» -me dije-. Y para torturarme más, volví a levantarme y me esforcé en permanecer de pie; me reí de mí mismo, y me deleitaba con mi propio agotamiento. Por fin, al cabo de unos minutos, me concedí, con un movimiento de cabeza, permiso para sentarme; aunque escogí el sitio más incómodo de la gradería.

¡Dios mío, qué bueno era descansar! Enjugué el sudor de mi rostro y respiré el aire fresco a pleno pulmón: ¡Cómo había corrido! Pero no lo lamentaba, lo tenía bien merecido. ¿Por qué diablos había pensado pedir aquella corona? Ahora tocaba las consecuencias. Y comencé a hablarme con dulzura, a amonestarme como podría haberlo hecho una madre. Me sentía cada vez más conmovido, y en mi fatiga y en mi agotamiento me puse a sollozar. Era una pena silenciosa y profunda, un sollozo interior sin una lágrima.

Permanecí en el mismo sitio un cuarto de hora o algo más. La gente iba y venía, sin molestarme. Niños pequeños jugaban acá y allá a mi alrededor. Un pajarillo cantaba en un árbol, al otro lado de la calle.

Un agente de policía se acercó a mí y dijo:

-¿Por qué se sienta usted aquí?

-¿Por qué me siento aquí! -pregunté-. Por mi gusto.

-Hace media hora que le observo -dijo-. Hace ya media hora que está usted sentado.

-Aproximadamente -contesté-. ¿Tienes usted algo más que decirme?

Me levanté furioso, y me marché.

Al llegar al Mercado me detuve, y miré al suelo. «¡Por mi gusto! ¿Era ésta una contestación? Por fatiga, debiste decir con una voz quejumbrosa. No eres más que un buey, nunca aprenderás a ser hipócrita… ¡Por inanición! ¡Y debieras haber resollado como un caballo!»

Al llegar al cuartelillo de los bomberos me paré de nuevo, asaltado por una nueva idea. Hice chasquear mis dedos, a la vez que me echaba a reír, con gran asombro de la gente, y dije: «¡Ahora tienes que ir a casa del pastor Levison! ¡Voto al diablo! Sí, irás. Aunque no sea más que para intentarlo, ¿qué te cuesta? Además, hace muy buen tiempo.»

Entré en la librería de Pascha, encontré en el anuario la dirección del pastor Levison, y me fui para allá. «¡Esta vez, me dije, la cosa es seria! ¡No hagas tonterías! ¿Tu conciencia dices? Nada de puerilidades. Eres demasiado pobre para sostener una conciencia. Tienes hambre y vas para un asunto importante; y además, con prisa. Pero hay que inclinar la cabeza, dar el tono a las palabras y hablar melodiosamente. ¿No quieres? Entonces te abandono, no doy un paso más, tenlo por seguro. Bueno: estás en un estado inquietante, eres el blanco del señor de las tinieblas; por la noche, sostienes una horrible lucha con enormes monstruos silenciosos, que son un horror. Tienes hambre y sed de leche y vino, pero no los posees. Mira adónde has llegado. Ya no te queda, por decirlo así, aceite en la lámpara. ¡Pero crees en la bondad divina, a Dios gracias, y aún no has perdido la fe! Por tanto, juntas las manos y adoptas un aire de satisfacción: tanto crees en la Bondad Divina. Por lo que se refiere al demonio, le odias bajo todos sus aspectos. Un libro de salmos, es otra cosa; un libro de salmos, como recuerdo, un pequeño recuerdo de un par de coronas.» Me paré ante la casa del pastor y leí: «El despacho está abierto de doce a cuatro.»

«Y ahora, nada de puerilidades! -me dije-; ¡esto se pone serio! Vamos, inclina la cabeza, un poco más...» Y llamé a la puerta.

-Quisiera ver al pastor -dije a la criada.

Pero me fue imposible mezclar el nombre de Dios en la frase.

-Ha salido -contestó.

¡Ha salido! ¡Ha salido! Aquello echaba por tierra todo mi plan, transtornaba completamente lo que había pensado decirle. ¿De qué me servía, pues, mi caminata? ¡Bastante había ganado!

-¿Es algo de particular? -preguntó la criada.

-No -contesté-; nada de particular. Pero como hace un tiempo tan hermoso, he querido venir a saludarlo.

Estábamos los dos frente a frente. Intencionadamente, saqué el pecho para llamar su atención sobre el alfiler que sujetaba mi americana; le rogaba con los ojos que viera por qué había venido; pero la pobre no entendió nada.

-Sí, hace un tiempo delicioso. ¿La señora tampoco está en casa?

-Sí, pero tiene reuma, está echada sobre un diván sin poder moverse... ¿Quiere usted que le pase algún recado u otra cosa?

-No, nada de eso. De cuando en cuando, como ahora, doy un paseo para hacer un poco de ejercicio. Es muy bueno después de almorzar.

Eché a andar. ¿Qué necesidad había de prolongar aquella conversación? Además comenzaba a sentir vértigos. No había por qué engañarse, estaba a punto de hundirme del todo. «El despacho está abierto de doce a cuatro». Había llamado una hora más tarde. ¡El momento de la Gracia habla pasado!

En la Plaza del Gran Mercado, me senté en un banco cercano a la iglesia. ¡Dios mío, qué oscuro se me presentaba el porvenir! No tenía fuerzas ni para llorar. En el límite de la tortura, permanecía allí, sin oír ni entender nada, inmóvil y hambriento. Me ardía el pecho, produciéndome un escozor muy doloroso. Masticar virutas ya no me servía de nada; mis mandíbulas estaban cansadas de aquel trabajo estéril, y las dejé en reposo. Me di las gracias. Por otra parte, una cáscara de naranja que había cogido del suelo y empezado a masticar, me produjo náuseas. Estaba enfermo. Tenía las venas de las muñecas, hinchas y azuladas.

Después de todo, ¿por qué había perdido tanto tiempo? A qué correr todo el día de un lado a otro detrás de una corona, para sostener mi vida unas horas más? ¿No era lo mismo que sucediera lo inevitable un día antes o un día después?

Para portarme como un hombre sensato, hubiera debido regresar a casa mucho tiempo antes y acostarme. En aquel momento de lucidez mental, iba a morir; era el otoño, y todo comenzaba a aletargarse. Había ensayado todos los medios, empleado todos los recursos que conocía. Acariciaba sentimentalmente aquella idea, y cada vez que renacía en mí la esperanza de una posible salvación, me revolvía diciendo: «¡Qué loco eres! ¡Ya has comenzado a morir!» Había que escribir algunas cartas, ponerlo todo en orden y estar preparado. Me lavaría cuidadosamente y haría mi cama con aseo; colocaría mi cabeza sobre algunas cuartillas blancas... las más limpias que tuviera... Pondría la colcha verde...

¡La colcha verde! Instantáneamente volví a la realidad, la sangre se me subió a la cabeza y mi corazón latió con fuerza. Me levanté del banco y eché a andar; de nuevo agitó la vida todo mi ser, y obstinadamente acudían a mis labios las mismas palabras: «¡La colcha verde! ¡La colcha verde!» Andaba con paso acelerado, como temiendo no llegar a tiempo y no tardé en hallarme en mi casa, en mi taller de hojalatero.

Sin detenerme un momento a reflexionar fui derecho a la cama y me puse a enrollar la colcha de Hans Pauli. ¡Sería bien desagradable que mi feliz inspiración no pudiera salvarme! Me acometieron tontos escrúpulos, pero me elevé por encima de ellos. ¡Los mandé a paseo! Yo no era un santo, un virtuoso idiota; tenía toda mi razón...

Me puse la colcha bajo el brazo, y fui al n.º 5 de la calle de Stener.

Llamé y entré, por primera vez, en la gran sala desconocida. La campanilla de la puerta sonó sobre mi cabeza, con una serie de golpes incoherentes. De una habitación contigua salió un hombre, masticando, con la boca llena de comida, y se colocó ante el mostrador.

-¡Oh! ¿Puede usted darme media corona por mis gafas? Seguramente las recuperaré dentro de unos días.

-¡Hum! ¿Son gafas de acero?

-Sí.

-No, no puedo.

-Claro, usted no puede. Perdone, no era más que una broma. Pero traigo una colcha que no me hará falta en algún tiempo, y he pensado que podría usted quedarse con ella.

-Desgraciadamente, tengo un gran surtido de colchas -contestó-. Y cuando la desenrollé le dirigió una rápida ojeada, y gritó:

-No, perdone usted; eso no me sirve.

-He querido enseñarle primero el peor lado -dije-. El otro está bastante mejor.

-¡Oh; no se moleste; no quiero ver más, y no encontrará por eso ni diez öre. ¡En ninguna parte!

-No, claro que no tiene valor -dije-; pero pensé que podía formar un lote con otra colcha vieja para la almohada.

-No, es inútil.

-Veinticinco öre -dije.

-No, no la quiero ni regalada; esas cosas no entran en mi casa.

Recogí la colcha bajo el brazo, y volví a mi casa.

Una vez allí, hice como si nada hubiera ocurrido; extendí de nuevo la colcha en la cama, la desarrugué bien, como tenía por costumbre, e intenté hacer desaparecer toda huella de mi última tentativa. ¡Parecía increíble! Necesitaba haber perdido el juicio para decidirme a cometer semejante canallada; cuanto más pensaba en ello, más increíble me parecía. Debió de ser un acceso de debilidad, un relajamiento de los resortes de mi conciencia, que me había cogido desprevenido. Por otra parte, no me había dejado caer en la trampa; tuve el presentimiento de que iba por mal camino desde el momento que intenté empeñar ante todo mis gafas. Me regocijé grandemente de no haber tenido ocasión de cometer aquella falta, que hubiera manchado las últimas horas de mi vida.

Aún volví a la población.

Nuevamente: me senté en un banco, cerca de la iglesia de El Salvador, me acurruqué con la barbilla apoyada en el pecho, cansado de la última sobreexcitación, enfermo y agobiado por el hambre. Pasaba el tiempo.

Aún podía permanecer allí una hora larga. Había más luz en la calle que en mi casa; además, me parecía que el estómago no me atormentaba tanto al aire libre; y, de todos modos, volvería a casa demasiado pronto.

Estaba medio dormido, y reflexionaba y sufría cruelmente. Me había metido en la boca una guija, después de limpiarla, para tener algo que chupar. Aparte esto, no hacía ningún movimiento, ni siquiera movía los ojos. Las gentes iban y venían; el ruido de los coches, las pisadas de los caballos y las conversaciones llenaban el ámbito.

Siempre podía intentar empeñar los botones. Claro que de nada me serviría, y además no podía con mi alma. Pero, bien pensado, para ir a mi casa había de pasar precisamente por la casa de empeños.

Por fin me levanté y eché a andar lentamente, a pasos cortos. Empezaba a sentir un gran calor por encima de las cejas, la fiebre subía, y me apresuré con todas mis fuerzas. Volví a pasar ante la panadería, y aún vi el pan. «No, no nos paramos aquí -dije con firme resolución-. ¿Y si entrara a pedir un poco de pan?» Fue un pensamiento fugaz, como un resplandor. «¡Puf!» -rechacé. Y volví a andar, pensando en la amarga ironía de mi suerte, porque demasiado sabía que era inútil entrar a pedir en aquella tienda.

En el Pasaje de los Corderos, oí un rumor de charla amorosa junto a una puerta; un poco más lejos, había una muchacha asomada a una ventana. Andaba yo tan despacio y con tal circunspección, que parecía llevar alguna idea en la cabeza... y la muchacha salió a la calle.

-¡Hola! ¿Qué tal, querido? ¿Qué? ¿Estás enfermo? ¡Qué cara, Dios me perdone! -Y 1a muchacha se retiró apresuradamente.

Me paré. ¿Qué tenía mi cara? ¿Había comenzado a morir en realidad? Me toqué las mejillas; estaba delgado, no era para menos; estaba desencajado. ¡Dios mío! Volví a andar a pasos cortos.

Nuevamente me detuve. Debía de estar hecho una calavera. Y los ojos pronto se me hundirían en la cabeza. ¿Qué aspecto ofrecía? ¡También era ocurrencia del diablo que uno se desfigurase por tener hambre! De nuevo noté que me invadía la cólera, la última llamarada, el último espasmo. ¡Dios me valga! ¿Qué cara, eh? Estaba dotado de una cabeza que no tenía semejante en todo el país; de un par de puños que, ¡vive Dios!, podían moler y pulverizar a un descargador; y con todo, en plena ciudad de Cristianía, tenía que ayunar hasta perder la figura humana. ¿Tenía aquello sentido, estaba dentro del orden y de la medida? Había hecho todo lo hacedero, me había reventado noche y día, como caballejo de pastor, había estudiado hasta que se me saltaban los ojos, había ayunado hasta perder la razón. ¿Qué diablos tenía, en cambio? Hasta las prostitutas rogaban a Dios que me quitara de su vista. Pero ahora se había acabado... ¿Comprendes? acabado; aunque el diablo se metiera por medio ¡habría que acabar!... Con creciente furor, rechinando los dientes al sentirme tan acabado, seguí, entre quejas y juramentos, echando pestes, sin cuidarme de las gentes que pasaban a mi lado. Volví a martirizarme voluntariamente golpeándome la frente contra los faroles, hincándome las uñas en las palmas, mordiéndome la lengua como un demente cuando hablaba con claridad y riendo furiosamente de mi daño.

«Sí, pero ¿qué hacer?», me pregunté por fin. Golpeé el suelo con el pie varias veces, repitiendo: «¿Qué hacer? ¿Qué hacer?» Un caballero que pasaba en aquel momento, me dijo sonriendo:

-Tiene usted que hacerse detener.

Le miré. Era uno de nuestros célebres médicos de señoras, llamado «El Duque». Tampoco él comprendía mi estado, él, un hombre al que yo conocía, al que había estrechado la mano. Me tranquilicé. ¿Detener? Sí, tenía razón; yo estaba loco. Sentía la locura en mi sangre, la sentía latir en mi cerebro. ¡Aquel era el fin que me estaba reservado! ¡Sí, sí! Continué mi camino, lenta y tristemente. ¡Ya sabía dónde iría a parar!

Me detuve en seco. «¡Pero no a presidio¡ -me dije-. ¡Eso no!) Mi voz estaba ronca de angustia. ¡Rogué, supliqué al vacío que no me detuvieran! Porque volverían a llevarme al Depósito, me encerrarían en una sombría celda en la que no habría ni un rayo de luz. ¡No, eso no!» Aún quedaban otras salidas que no había probado. Las intentaría, me impondría aquel trabajo, emplearía en él mi tiempo e iría sin descanso de puerta en puerta. Allí estaba, por ejemplo, Cisler, el comerciante de música; no había puesto los pies en su casa. Podría encontrarse remedio... Me pareció discurrir tan bien, que otra vez lloré de emoción. «¡Todo menos que me arresten!»

¿Cisler? ¿Quizá me lo indicaba Dios? Su nombre se me había ocurrido sin motivo, y vivía allá en el quinto infierno; pero quise ir a verle en seguida. Conocía el camino por haber ido con frecuencia a comprar algo de música, en los buenos tiempos. ¿Le pediría media corona? Quizá le molestase si no le pedía una corona entera.

Entré en la tienda, y pregunté por el dueño; me introdujeron en su despacho. Allí estaba sentado, guapo, vestido a la última moda, y examinaba unos papeles.

Balbucí una excusa, y le expuse mi pretensión. Forzado por la necesidad de dirigirme a él... Quizá no tardaría en devolverle el dinero... Cuando recibiera el importe de mi artículo en el periódico... Me prestaría un gran servicio...

Hablaba todavía, cuando se volvió a su mesa y continuó trabajando. Cuando terminé, me lanzó una mirada oblicua, movió su hermosa cabeza y dijo: «¡No!» Simplemente: «No». Ni una explicación. Ni una palabra.

Mis piernas no me sostenían y hube de apoyarme en la pequeña barandilla pulida. Intentaría otra vez. ¿Por qué había acudido su nombre a mi memoria en el barrio de Vaterland? Sentí unas punzadas en el lado derecho y comencé a sudar. «¡Jem! Realmente estaba muy débil -dije- «bastante mal, ¡ay!, y seguramente dentro de cuarenta y ocho horas podría devolvérsela. ¡Si quisiera ser tan amable!».

-¿Por que acude a mí, buen hombre? Para mí es usted sencillamente un X entrado de la calle. Vaya usted al periódico, donde le conocen.

-¡Nada más que por esta tarde! -dije-. La Redacción ya está cerrada y tengo mucha hambre.

Meneó la cabeza sin interrupción y seguía moviéndola, cuando ya tenía yo la mano en el picaporte.

-¡Adiós! -dije.

«No era un signo del Altísimo», pensé; y sonreí amargamente; «así yo también podía hacer indicaciones si fuera necesario:.. Me arrastré durante un cuarto de hora, y después otro, descansando aquí y allá sobre un escalón. ¡Con tal de que no me detengan! Todo el tiempo me perseguía el terror de la celda, sin dejarme un momento de reposo; cada vez que encontraba un agente en mi camino, me escabullía por una calle transversal para evitar el encuentro. «Andaremos otro poco -me dije- y probaremos la suerte de nuevo. Alguna vez se encontrará el remedio...»

Era un modesto almacén de mercería, donde nunca había puesto los pies. Sólo había un hombre detrás del mostrador; un despacho interior con una placa de porcelana en la puerta, y una larga hilera de tablas. Esperé a que la última cliente hubiera abandonado la tienda, una joven con dos hoyuelos. ¡Qué aspecto tan dichoso tenía! No quise impresionarla a mi favor con mi americana cerrada con un alfiler, y me volví.

-¿Desea usted algo? -preguntó el dependiente.

-¿Está el dueño?

-Está de excursión por Jotunheimen -contestó-. ¿Tenía usted algo importante para él?

-Se trata de pedir algunos öre para comer -dije intentando sonreír-. Estoy hambriento y no tengo un cuarto.

-Entonces está usted tan rico como yo -dijo, y comenzó a colocar paquetes en fila.

-¡Oh, no me despida usted... todavía! -dije, y un estremecimiento recorrió todo mi cuerpo-. Realmente estoy casi muerto de hambre, hace ya varios días que no tomo nada.

Con toda seriedad, sin decir nada, empezó a volverse los bolsillos, uno tras otro. ¿No quería creer su palabra?

-Solamente cinco öre -dije. Le devolveré diez dentro de unos días.

-Buen hombre, ¿quiere usted que robe la caja? -preguntó impaciente.

-Sí -dije-, tome cinco öre de la caja.

-No seré yo quien haga eso --contestó, y agregó-: Y permítame decirle que ya hemos terminado este asunto.

Salí, enfermo de hambre y rojo de vergüenza. ¡No, había que terminar! Verdaderamente, había llegado muy lejos. Me había mantenido durante muchos años, durante muchas horas crueles en el camino recto, y he aquí que de pronto caía en la mendicidad más embrutecedora, degradaba mi pensamiento y llenaba mi alma de impudencia, no avergonzándome, para hacerme más interesante, de llorar ante los más modestos comerciantes. ¿Y de qué me había servido? ¿No estaba igual que antes, sin un trozo de pan que llevarme a la boca? Sólo conseguí disgustarme a mí mismo. ¡Sí, sí; había que acabar! No tardarían en cerrar la puerta de mi casa, y tenía que apresurarme si no quería volver a dormir al Depósito...

El miedo me prestó fuerzas. No quería dormir en el Depósito. Con el cuerpo doblado y la mano apoyada en el costado izquierdo para calmar un poco las punzadas, me arrastré con la vista fija en el suelo, para no tener que saludar a mis conocidos, y me apresuré hacia el cuartelillo de los bomberos. A Dios gracias, sólo eran las siete en el reloj de El Salvador, y tardarían tres horas en cerrar la puerta. ¡Qué miedo había pasado!

No me quedaba nada que intentar, había hecho cuanto podía. «¡No haber obtenido nada en todo el día! -pensé-. Si se lo contara a alguien, no me creería, y si lo escribiera, dirían que lo he inventado. ¡Nada en ninguna parte! ¡Bah, ya sé qué hacer; ante todo, no tratar de inspirar piedad! ¡Puf! ¡Qué cosa tan desagradable! Te aseguro que me repugna. Si toda esperanza se ha perdido, bien, ¡que se pierda! Por otra parte, ¿no podría coger un puñado de avena en la cuadra?» Un rayo de luz, un rayo... yo sabía que la cuadra estaba cerrada con llave.

Acudí en mi ayuda y fui hacia mi casa a paso de tortuga. Sentí sed, felizmente por primera vez en todo el día, y por el camino busqué una fuente donde beber. Estaba demasiado lejos del Departamento de Carnes, y no quería entrar en una casa particular. Tal vez pudiera esperar hasta llegar a mi casa, bastaría un cuarto de hora. Además, no estaba seguro de poder sostener un buque de agua. Mi estómago no toleraría nada. Hasta la saliva que tragaba me daba náuseas.

¡Pero y los botones! ¡Aún no había intentado nada con los botones! Me paré en seco y sonreí. ¡Quizás estaba en ellos la solución! ¡Mi perdición no era tan irremediable! A lo mejor conseguiría diez öre, al día siguiente encontraría otros diez, y el jueves me pagarían mi artículo en el periódico. ¡Ya vería cómo se arreglaba! ¡Haber podido olvidar los botones! Los saqué y los miré al emprender la marcha. La alegría oscureció de tal modo mi vista, que no veía ni por dónde iba.

¡Qué bien conocía yo el gran sótano, el refugio de las tardes sombrías, mi vampiro amigo! Todos mis objetos habían desaparecido en aquel antro, uno a uno: mis escasos objetos familiares, mi último libro. En los días de subasta bajaba por gusto de espectador, y me alegraba si mis libros caían al parecer en buenas manos. Magelsen, el actor, tenía mi reloj, y estaba casi orgulloso por ello. Un conocido compró un almanaque, en el que estaba mi primer ensayo poético; y mi gabán fue a parar al taller de un fotógrafo, como accesorio. Por lo tanto, no tenía por qué arrepentirme de lo sucedido.

Llevaba los botones preparados en la mano, y entré.

«Mi tío»[1] está sentado a su mesa y escribe.

-No tengo prisa -le dije, ante el temor de que se molestara por mi pretensión.

Mi voz tenía un tono tan extrañamente hueco, que apenas la reconocí yo mismo, y mi corazón batió como un martillo.

Vino hacia mí, sonriendo, según su costumbre; colocó las dos manos abiertas sobre el mostrador, y me miró sin decir nada.

-Sí, tengo aquí una cosa, y quería preguntarle si encontraría algún empleo para ella..., algo que no hacía más que molestarme en casa, se lo aseguro; una verdadera calamidad, unos botones.

-¿Y bien, qué es eso, qué clase de botones son? -Y acercó sus ojos a mi mano.

-Si pudiera darme algunos öre... Lo que quiera... Usted mismo.

-¿Por esos botones? -«Mi tío» me miró estupefacto-. ¿Por esos botones?

-Lo justo para comprar un cigarro, lo que valgan. Pasaba por la puerta y he querido enterarme.

Entonces e1 viejo usurero se echó a reír y se volvió a su mesa sin agregar una palabra. Me quedé allí plantado.

A decir verdad, no había concebido grandes esperanzas, y, sin embargo, creía posible obtener algo. Aquella risa era mi sentencia de muerte. Tampoco serviría de nada tratar de colocarle mis gafas.

-Naturalmente, pondría en el lote mis gafas, es lógico -dije quitándomelas-. Sólo por diez öre, o si usted quiere, por cinco öre.

-Ya sabe que no puedo darle nada por sus gafas -dijo «Mi tío»-; ya se lo he dicho.

-Pero me hace falta un sello -dije con voz sorda-. No puedo ni echar las cartas que he escrito. Un sello de diez o de cinco öre, como usted quiera.

-¡Vaya con Dios, y déjeme en paz! -respondió, haciéndome un gesto con la mano.

«¡Bueno, bueno, no hablemos más!», me dije. Maquinalmente recogí las gafas y los botones, y salí. Di las buenas noches y cerré la puerta detrás de mí, como de costumbre. ¡Vaya, que no hay remedio! Me paré en el descansillo de la escalera y miré una vez más los botones. «¡Pensar que no valen nada! ¡Y, sin embargo, son botones casi nuevos! ¡No puedo comprenderlo!»

Mientras estaba sumido en estas consideraciones, pasó a mi lado un hombre en dirección al sótano. En su prisa me había tropezado, nos excusamos los dos, y me volví para mirarle.

-¡Cómo! ¿Eres tú? -gritó al pie de la escalera. Subió y le reconocí-. ¡Dios mío, qué aspecto tienes! -dijo-. ¿A qué has venido aquí?

-¡Oh... negocios! ¿Bajas tú? -le dije.

-Sí. ¿Qué has traído?

Temblaban mis piernas, me apoyé en la pared y tendí mi mano abierta con los botones.

-¡Diablo! -gritó-. ¡Eso es demasiado!

-Buenas noches -dije, haciendo ademán de marchar, porque los sollozos rompían mi pecho.

-¡No, espera un momento!

¿Qué tenía que esperar? También él iba a empeñar, quizá llevaba un anillo de bodas, habría ayunado varios días, debería dinero a su patrona.

-Sí -respondí-. Si te das prisa...

-Naturalmente -dijo cogiéndome del brazo-. Pero lo que te digo; no te creo, eres idiota; es mejor que bajes conmigo.

Comprendí su intención, y de repente me invadió un puntillo de honor y contesté:

-¡No puedo! He prometido estar en la calle de Bernt Anker a las siete y media y...

-¡A las siete y media, muy bien! Pero son las ocho. Llevo el reloj en la mano, es lo que voy a entregar. ¡Vamos, entra, pecador hambriento! Sacaré por lo menos cinco coronas para ti.

Y me empujó hacia el sótano.

 

 

[1] Juego de palabras intraducible. En jerga vulgar, al sinónimo de nuestro Monte de Piedad se le llama «Mi tía». Y el protagonista de la obra llama «Mi tío» al dependiente. (N. del T.)