El Correo de España” continúa publicando la serie de artículos sobre la novela “HAMBRE” de Knut Hamsun, Premio Nobel de Literatura 1920, que ha escrito Julio Merino en recuerdo de los españoles que ya empiezan a pasar hambre.

En medio del “infierno” que estamos viviendo por el asesino virus que nos han traído los falsos Reyes de Oriente y sumidos en el llanto y crujir de dientes que nos hemos ganado a pulso por permitir que los comunistas Pedro y Pablo nos gobiernen… y rodeados ya por el paro, el hambre y la miseria, se me escapó del baúl de Mis Recuerdos hace unos días  una novelita (de solo 190 páginas) que leí en mis años de estudiante y recién llegado a Madrid, cuando supe, de verdad, lo que era el hambre (cuando engañaba a mi estomago contemplando los escaparates de ultramarinos, con las tripas de salchichón, chorizo, lomo y jamones colgando, de la calle San Bernardo).

Aquella grandísima novela por la que el noruego Knut Hamsun recibió el Premio Nobel de Literatura de 1920 se llama “HAMBRE”, simplemente “Hambre”, y es la historia de un escritor que se muere de hambre mientras lucha por triunfar y que se entera, y vive, y sufre, y padece, y llora y aprende lo que es no comer, no tener qué comer, y cerrar los ojos y ver un trozo de pan y soñar que alguien le ha invitado a un banquete y que se está comiendo el mundo.

Hamsun escribió “Sult” (“Hambre”) en 1888 y fue la llave que le abrió la puerta de la fama y le permitió entrar en el templo de los Grandes de la literatura mundial y ocupar con Kafka y Thomas Mann la cúspide de la novelística del Norte. De él llegó a decir Hemingway que le “había enseñado a escribir”.

La historia de “Hambre”, escrita en primera persona, nos hace reflexionar. Las idas y venidas por las calles, el hambre, el ocio, las ganas de escribir, la forma peculiar de entender la vida y, en resumen, todo convierten a esta novela en una obra maestra que deja a Bukowski a la altura de un aficionado ya que Hamsun demuestra que los recursos estilísticos no están reñidos con la calidad literaria. Es posible que el autor no sea, precisamente, el mejor para leer en estos tiempos de crisis pero sí debería ser leído, como muchos profesores noruegos me comentan, por esos jóvenes paisanos de Hamsun que piensan, como hacíamos nosotros hace años, que viven en una burbuja que puede reventar a poco que se les acabe el petróleo.

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Aunque nacido en Noruega, cerca del Círculo Polar Ártico, Hamsun, tras ejercer diversos oficios y llevar una vida errante y aventurera, se marchó a los Estado Unidos, con tan solo 23 años, y allí permaneció hasta 1888. Fruto de su experiencia como emigrante escribiría “La vida espiritual de la Norte América moderna”, donde expresó su recelo hacia el mestizaje americano y se desilusionó tanto que se volvió a su tierra natal y nunca más volvió a salir. Según sus biógrafos era un hombre muy de campo, muy lugareño, tanto que llegó a vivir y pasar grandes etapas de su vida en un cómoda cabaña del bosque, donde se encerraba a escribir sin dejar entrar a nadie, ni siquiera su mujer, y en ese entorno de bosques y nieve escribió sus otras grandes novelas como “Pan” o “La bendición de la tierra”.

Pero Hamsun cometió el error de su vida cuando siendo de espíritu anarquista como era, se enamoró del nazismo y de Hitler a partir de 1933, lo que le costó la muerte “civil” al que le condenó el “Agit-pro” comunista y el figurar en la lista negra de los escritores malditos. A pesar de eso la obra de Hamsun acabó imponiéndose y hoy es lo que nunca debió dejar de ser: uno de los grandes escritores de la historia.

Y no oculto que “HAMBRE” ha resucitado y ha reaparecido en mi vida cuando hace unos días, y en uno de mis paseos obligado tras mis dos infartos obligados, me tropecé con una larga cola de buena gente que aguardaban su turno para poder comer o coger una bolsa con la comida del día para sus hijos.

¡Dios, colas para comer en España!

¡Manifestaciones con pancartas que gritan “PAN Y TRABAJO”!

¡CUATRO MILLONES de españoles sin trabajo y más de un millón de familias luchando por un trozo de pan!

Pues, pasen y lean unas páginas de “Hambre”, porque tengo la impresión que los “españolitos” de mañana (y mañana ya es hoy) van a tener que aprender a vivir y convivir, como el personaje sin nombre de Hamsun con el hambre… gracias a los desalmados que están llevando España a la miseria… Aunque de paso van a saber lo que es escribir bien, pues Knut Hamsun sería un admirador de Hitler, pero eso no le quita que sus novelas hayan sido admiradas por todos los Grandes de la literatura del mundo. 

 

CONTINUACIÓN

¡¡Llevo tres largos días sin comer!!

Abrí los ojos. ¡Para qué tenerlos cerrados si no podía dormir! Las mismas tinieblas reinaban en torno mío, la misma insondable y negra eternidad contra la cual se revolvía mi imaginación, sin poder concebirla. ¿A qué podía compararla? Hice los esfuerzos más desesperados por encontrar una palabra que fuese bastante negra, que pudiera ennegrecerme la boca cuando la pronunciara. ¡Dios mío! ¡Qué negrura! Me distraje pensando en el puerto, en los buques, en los monstruos negros que me esperaban. Iban a aspirarme, a engullirme, a retenerme cautivo y a navegar, llevándome a través de mares y de tierras, a través de reinos sombríos que ningún hombre había visto. Me sentía a bordo, atraído por el agua, volando entre las nubes, bajando, bajando.

Lancé un grito ronco, un grito de angustia, y me incorporé. Había hecho un viaje peligroso, lanzado a través de los aires como un objeto. ¡Qué sentimiento de bienestar cuando toqué con la mano el duro camastro! «¡Esto se parece a cuando uno muere -me dije-, es que vas a morir!» Permanecí un instante pensando en esto: iba a morir. Entonces me senté en el lecho y me pregunté severamente: ¿Quién ha dicho que voy a morir? Soy yo quien encontré la palabra: tengo, pues, el derecho absoluto de decir lo que debe significar...» Comprendí que deliraba; lo comprendí antes de terminar de hablar. Mi locura era un delirio de debilidad, agotamiento; pero no había perdido mi conciencia. Y, de repente, una idea atravesó mi cerebro; la idea de que me había vuelto loco. Sobrecogido de terror, salté de la cama. Fui tambaleándome hacia la puerta; que intenté abrir, y dos o tres veces me lancé contra ella para hacerla saltar; di de cabeza contra la pared, me quejé en alta voz, me mordí los dedos y juré...

Todo estaba tranquilo. Sólo mi propia voz chocaba en las paredes. Caí desplomado al suelo, y me sentí incapaz de moverme por más tiempo en la celda. Entonces distinguí en lo más alto de la pared, un cuadrado grisáceo, una mancha blancuzca tenue... era la claridad del día. ¡Ah, con qué delicia respiré! Adopté en el suelo una posición supina y lloré de alegría ante aquella bendita claridad, ante aquel anuncio de luz; sollocé de reconocimiento, envié besos a la ventana y me conduje como un loco. También en aquel instante tenía conciencia de lo que hacía. Todo mi desfallecimiento había desaparecido en un instante, toda mi desesperación y todos mis sufrimientos habían cesado; y, en cuanto podía alcanzar mi pensamiento, no tenía ningún deseo insatisfecho. Me senté en el suelo, junté las manos y esperé pacientemente la llegada de la aurora.

¡Qué noche había pasado! Me llenaba de extrañeza que nadie hubiera oído ruido. Es cierto que yo estaba en la sección reservada, muy por encima de todos los detenidos. Un ministro sin domicilio, si así podía decirse, siempre de excelente humor, con la mirada dirigida a la pared, a la ventana cada vez más clara, me divertía en «jugar al ministro», me llamaba von Tangen y me dirigía la palabra en estilo administrativo. No cesaba de fantasear, sólo estaba menos nervioso. ¡Si no hubiera cometido la lamentable botaratada de olvidar en casa la cartera! Señor ministro, ¿no me concedería el honor de conducirle al lecho? Y con toda seriedad y mucha ceremonia fui hacia el camastro.

Había ya tanta claridad, que pude distinguir las dimensiones de la habitación, y un poco más tarde pude ver el enorme cerrojo de la puerta. Aquello me divertía. La obscuridad uniforme, de un espesor tan irritante, de un espesor tal que me impedía verme a mí mismo, se había roto. Mi sangre se tranquilizó, y pronto sentí que mis ojos se cerraban.

Me despertaron unos golpes dados en la puerta. Apresuradamente salté del lecho y me vestí; mi traje conservaba todavía la humedad de la víspera.

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-¿Quiere hacer el favor de presentarse al inspector de día? -me dijo el agente.

«¡Aún habré de llenar algunas formalidades!» pensé con terror.

Entré en una habitación del piso bajo, donde había sentadas treinta o cuarenta personas, todas sin domicilio. Una a una, iban siendo llamadas por el orden de registro, y a cada a se le entregaba un bono de alimentos. El inspector decía a cada momento al agente que había a su lado:

-¿Ha cogido su bono? No olvide entregarles los bonos. Necesitan comer.

Yo miraba los bonos y esperaba que me diesen uno.

-¡Andrés Tangen, periodista!

Avancé y me incliné.

-¡Dios! ¿Cómo es posible que esté usted aquí?

Expliqué todo lo ocurrido, conté la misma historia que la víspera, mentí, con los ojos bien abiertos y sin pestañear, mentí con sinceridad: Me entretuve hasta muy tarde en el café, perdí la llave...

-Sí -dijo sonriendo-, eso es lo que pasa. ¿Ha dormido usted bien al menos?

-¡Como un ministro! -contesté-. ¡Como un ministro!

-Me alegro mucho -dijo, levantándose-. ¡Buenos días!

Y salí.

¡Un bono, un bono también para mí! No había comido en tres largos días con sus largas noches. ¡Pan! Pero nadie me ofreció el bono, y yo no me atreví a reclamar. Inmediatamente hubiera despertado sospechas. Habrían comenzado a bucear en mis asuntos íntimos y hubieran descubierto lo que era realmente; me hubieran detenido por falsa declaración. Salí del Depósito con la cabeza levantada, la altivez de un millonario y las manos cruzadas a la espalda.

Brillaba un sol caliente, eran las diez; en el mercado Young el tráfico estaba en todo su apogeo. ¿Adónde ir? Meto la mano en el bolsillo, y toco mi manuscrito. Cuando fueran las once, intentaría ver al redactor jefe. Permanecí un momento apoyado en la balaustrada, y observé la vida que me rodeaba. Mi traje despedía un vaho húmedo. Reaparecía el hambre royéndome los intestinos, sacudiéndome, produciéndome agudos dolores, como finas picaduras que me hacían sufrir. ¿Pero no tenía ni un amigo, ni un conocido a quien dirigirme? Busqué en mi memoria una persona que me pudiera dar diez öre, y no la encontré. No obstante, el día era espléndido; había mucho sol y mucha luz en torno mío; el cielo se abría, como una mar suave, en las montañas de Lier...

Sin darme cuenta, había emprendido el camino de mi casa.

Tenía un hambre terrible. Cogí del suelo una viruta de madera y la mastiqué. Esto me satisfizo. ¡Cómo no se me había ocurrido antes! La puerta estaba abierta. El palafrenero me dio los buenos días, como de costumbre.

-¡Hermoso tiempo! -dijo.

Fue todo lo que supe decir. ¿Le rogaría que me prestara una corona? Si pudiera, seguramente lo haría con mucho gusto. Además, una vez le escribí una carta.

-¡Hermoso tiempo! - repitió-. ¡Jem! Tengo que pagar hoy mi habitación. ¿No sería usted tan amable que me prestara cinco coronas? Sólo por algunos días. Ya me hizo usted un favor otra vez.

-No puedo. Crea que me es imposible, Jens Olai -contesté-. Ahora no. Tal vez luego, quizás esta tarde.

Y subí, vacilante, la escalera que conducía a mi cuarto. Allí me tumbé en la cama y rompí a reír. ¡No era divertido que me hubiera ganado por la mano! Mi honor estaba salvado... Cinco coronas... ¡Que el buen Dios le ayude! Lo mismo podrías haberme pedido cinco acciones del Restaurante Popular o una «Villa» en Aker.

Y el pensar en las cinco coronas me hizo reír cada vez más fuerte. ¡Si será tunante! ¡Cinco coronas! ¡A buena puerta llamaba! Mi alegría aumentaba, y yo me abandonaba a ella. ¡Puf! ¡qué olor a cocina hay aquí! ¡El fuerte olor de las chuletas para el almuerzo, puf! Abrí la ventana para airear la habitación y expeler aquel olor repugnante. ¡Camarero, un bistec! Vuelto hacia la mesa, la mesa inválida que he de sostener con las rodillas para poder escribir, me inclino profundamente y digo: «Permítame una pregunta. ¿Desea usted beber vino? ¿No? Soy Tangen, el ministro Tangen. Desgraciadamente, me estuve divirtiendo hasta muy tarde... La llave de la puerta cochera...»

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Y mi imaginación desbocada escapa de nuevo por los caminos de la aventura. Me doy cuenta de la incoherencia de mis palabras, y no pronuncio ni una sin oírla y entenderla. Me digo a mí mismo. «¡Ya vuelves a divagar!» Y, sin embargo, no puedo impedirlo. Era como estar acostado sin dormir y hablar en sueños. Mi cabeza está ligera, sin dolor, completamente despejada, y en mi alma no hay nubes. Voy a la deriva, sin oponer ninguna resistencia.

«¡Entre! ¡Entre usted! ¡Mire, todo es de rubíes! ¡Ylajali, Ylajali! ¡El diván es de seda roja, afelpada! ¡Cómo respira afanosamente! ¡un beso, amada mía, otro, otro! Tus brazos son como el ámbar, tus labios son de fuego... Camarero, he pedido un bistec...»

El sol entraba por mi ventana, oía a los caballos ronzando, abajo, su pienso. Yo masticaba la viruta, de buen humor, con el alma alegre como un niño, mientras palpaba mi manuscrito; yo no pensaba en él, pero mi instinto me decía que existía, mi sangre me lo recordaba. Lo saqué.

Como estaba mojado, lo desdoblé y lo extendí al sol. Luego me puse a pasear por el cuarto. ¡Cómo deprimía su aspecto! En el suelo, por todas partes, trocitos de hojalata; pero ni una silla en donde sentarse, ni un clavo en las desnudas paredes. Nada que pudiera empeñarse o ser devorado. Algunas hojas de papel en la mesa, cubiertas de espeso polvo, constituían toda mi fortuna. La vieja colcha verde sobre la cama, me la había prestado Hans Pauli, algunos meses antes... ¡Hans Pauli! Produje un chasquido con mis dedos. ¡Hans Pauli Pettersen me auxiliaría! Intenté recordar su dirección. ¡Cómo había podido olvidar a Hans Pauli! Seguramente le molestaría mucho que no me hubiese dirigido a él inmediatamente. Vivamente, me pongo el sombrero, recojo mi manuscrito y me precipito escalera abajo.

-¡Oye, Jens .Olai! -gritó en el patio-. Creo que podré hacer algo por ti esta tarde.

Al llegar al Depósito, veo que son más de las once y me decido a .ir inmediatamente a la Redacción. Ante la puerta de la oficina me paro para comprobar si mis cuartillas están ordenadas; las coloco con cuidado, me las guardo, y llamo. Al entrar, oigo las palpitacrones de mi corazón.

«Tijeras» está en su sitio, como de costumbre. Tímidamente pregunto si está el redactor jefe. No obtengo respuesta. El hombre, armado de grandes tijeras, busca noticias en los periódicos provincianos.

Repito mi pregunta y avanzo.

-El redactor jefe no ha llegado -dice por fin «Tijeras», sin levantar los ojos.

-¿Cuándo vendrá?

-No sé, no puedo decirlo.

-¿Hasta qué hora está abierta la Redacción?

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La pregunta queda sin contestar, y me veo forzado a retirarme. «Tijeras» no se había vuelto a mirarme. Me reconoció por la voz. Como era mal visto allí, no se dignaban ni contestarme. ¡Sería una orden del redactor jefe! He de advertir que desde la aceptación de mi famoso artículo de las diez coronas, le había abrumado con mis trabajos, forzando su puerta casi diariamente con cosas inútiles que tenía que leer de cabo a rabo antes de devolvérmelas. Sin duda acabó por tomar sus medidas... Me puse en camino hacia el arrabal de Homansbyen.

Hans Pauli Pettersen era un estudiante del campo. Habitaba una buhardilla en una casa de cuatro pisos, porque Hans Pettersen era pobre. Pero si tenía una corona, no me la rehusaría. Me la daría. Estaba tan seguro como si ya la tuviera en la mano. Durante todo el camino me entusiasmó aquella corona, tan seguro estaba de tenerla. Encontré la puerta cerrada y tuve que llamar.

-Querría hablar con el señor Pettersen, el estudiante -dije, haciendo ademán de entrar-. Conozco su habitación.

-¿El señor Pettersen, el estudiante? -repitió la criada-. ¿Es el que vivía en la buhardilla? Se ha mudado. No sé dónde, pero rogó que le enviaran la correspondencia a casa de Hermansen, en la calle de la Aduana. -La criada no dijo el número.

Lleno de fe y esperanza, fui a la calle de la Aduana para obtener la dirección de Hans Pauli. Era mi último recurso, y había que aprovecharlo. Por el camino pasé ante una casa recién edificada; en la acera, dos carpinteros estaban acepillando. Cogí del suelo dos virutas relucientes, me metí una en la boca, y guardé en el bolsillo la otra para más tarde. Seguí mi camino. En el escaparate de una panadería acababa de ver un pan de diez öre extraordinariamente grande, el más grande que se podía conseguir por aquel precio...

-Vengo a saber la dirección del señor Pettersen, el estudiante.

-Calle de Bernt Anker, n.º 10, buhardilla... ¿Va usted allí? En este caso podría hacer el favor de llevarle algunas cartas que han llegado para él.

Vuelvo a subir al centro de la ciudad por el mismo camino que había llevado, y paso otra vez ante los carpinteros, que estaban sentados con sus platos entre las rodillas, comiendo un buen almuerzo caliente del Restaurante Popular. Paso de nuevo por la panadería. El pan continúa en su sitio.

Llego por fin a la calle de Bernt Anker, medio muerto de hambre. La puerta está abierta, y subo todos los escalones hasta llegar a la buhardilla. Saco las cartas del bolsillo para poner de buen humor a Hans Pauli al entrar. Seguramente no rechazaría este golpe de mano cuando le explicara las circunstancias en que me encontraba, seguramente no. Hans Pauli tenía un gran corazón; siempre lo dije...

En la puerta encontré su tarjeta. «H. P. Pettersen, estudiante de Teología... Ha marchado con su familia».

Me senté allí mismo, en el suelo, abrumado por una pesada lasitud, un gran aturdimiento. Repetí varias veces maquinalmente. «¡Se ha marchado con su familia! ¡Se ha marchado con su familia!» Luego enmudecí. No había una lágrima en mis ojos, no pensaba nada, no sentía nada. Permanecí allí con los ojos dilatados, mirando las cartas, sin comprender nada.

Pasaron diez minutos, quizá veinte, tal vez más, y seguía sentado en el mismo sitio, sin mover ni un dedo. Sentía aquel triste abandono como un peso.

Alguien subía la escalera. Me levanté y fui a su encuentro diciendo:

-Venía a ver al señor Pettersen, el estudiante... traigo dos cartas para él.

-Se ha marchado con su familia -contestó la mujer-. Pero volverá después de las vacaciones. Si quiere usted puedo quedarme con las cartas.

-Sí, muy bien, gracias -dije-; así las encontrará al volver. Quizá contienen algo importante. Buenos días.

Salí, me paré en plena calle, y dije apretando los puños: «¡Voy a decirte una cosa, mi querido Buen Dios!» Y proferí las más insensatas imprecaciones.

Di algunos pasos y me paré de nuevo. Súbitamente cambié de actitud, uní las manos, incliné la cabeza a un lado, y con voz dulce me pregunté: «¿Pero acaso te has dirigido a Él, hijo mío?»

La entonación no era justa.

-¡Con una E mayúscula, lo dije, con una E grande como una catedral! Así: «¿Pero acaso te has dirigido a Él, hijo mío?» Bajé la cabeza y adopté una voz afligida para contestar: «No».

Tampoco esta vez era justa la entonación.

No puedes hacerte el hipócrita, aunque eres loco. Hay que decir: «Sí, he invocado a mi Dios y a mi Padre». Y hay que dar a las palabras la más piadosa melodía que hayas oído jamás. Veamos, así. Sí, está mejor. Pero hay que suspirar, suspirar como un caballo que tiene retortijones de tripas. ¡Así!»

Ensayaba la lección mientras andaba, golpeaba impaciente el suelo con el pie cuando no me salía bien, y me llamaba estúpido, con gran asombro de los peatones, que se volvían a mirarme.

Masticaba mi viruta sin interrupción, y marchaba vacilante por las calles tan aprisa como podía. Sin darme cuenta, me encontré en la Plaza del Ferrocarril. El reloj del Salvador marcaba la una y media. Me paré un instante, y me puse a reflexionar. Un sudor de cansancio perlaba mi rostro y me corría por los ojos. «¿Vamos a dar una vuelta por el muelle?» «¡Claro que sí tienes tiempo!» Condescendí, y bajé hasta el muelle del Ferrocarril.

Allí estaban los buques, la mar ondulada bajo el sol. Por todas partes había movimiento y actividad, mugidos de sirenas, mozos cargados con cajas, cantos alegres de los boteros de las pinazas. Cerca de mí estaba sentada una vendedora de pasteles, con su curtida nariz inclinada sobre su mesita de mercancías, absurdamente llena de golosinas. Me volví con repugnancia, porque invadía todo el muelle, con olor de comida. ¡Puf! ¡Abrid las ventanas! Me dirigí a un caballero que se sentaba a mi lado, y le expliqué del modo más convincente aquel abuso: vendedores de pasteles por aquí, vendedores de pasteles por allá... ¿No? Convendría, por tanto, que... Pero el hombre, cogido de sorpresa, no me dejó terminar el discurso; se levantó y se fue. Me levanté también y le seguí, firmemente resuelto a sacar al hombre de su error.

-Aun desde el punto de vista de la higiene -le dije poniéndole la mano en el hombro...

-Perdóneme, soy extranjero, y no conozco los reglamentos acerca de la higiene -dijo, mirándome con terror.

«¡Ah, bien! La cosa cambiaba si era extranjero... ¿No podría hacerle algún favor? ¿Acompañarle a visitar la ciudad? Sería un placer para mí, y no le costaría nada...»

Pero el hombre quería a toda costa desembarazarse de mí, y cruzó la calle a grandes zancadas para ganar la otra acera.

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Volví al banco y me senté. Estaba muy agitado, Y, el gran organillo que había comenzado a tocar un poco más lejos, aumentó mi agitación. Una música rígida, metálica, un fragmento de Weber acompañaba a una muchacha una melancólica canción. El organillo tenía tonos de flauta, impregnados de sufrimientos, que se infiltraban en mi sangre. Mis nervios comenzaron a sacudirme como si vibraran al unísono, y un instante después caí de espaldas en el banco, gimiendo y tarareando el aire de Weber. ¡Qué no inventarán nuestros sentimientos cuando nos aprieta el hambre! Me sentía absorbido por esta música, disuelto, convertido en música; chorreaba, me sentía muy distintamente chorrear música, mientras volaba muy alto por encima de las montañas, danzando en las zonas luminosas.

-¡Un öre! -dijo la muchacha tendiendo su platillo de hojalata-. ¡Sólo un öre!

-Sí -respondí inconscientemente, levantándome de un salto y rascándome los bolsillos. Pero la niña, creyendo que quería engañarla, se alejó enseguida sin decir nada. Aquella muda resignación era demasiado para mí; si me .hubiera injuriado, me hubiese parecido mejor; «no tengo ni un öre -le dije-; pero me acordaré de ti más tarde, quizá mañana. ¿Cómo te llamas? ¡Ah! Es un bonito nombre, no lo olvidaré. Hasta mañana entonces...»

Aunque no dijo una palabra, comprendí que no me creía, y lloré de desesperación porque aquella muchachita no quería creerme. La llamé otra vez, y rápidamente me quité la americana para darle mi chaleco. «Voy a indemnizarte -le dije-; espera un momento...» Pero no tenía chaleco.

¿Cómo se me ocurrió buscarlo? Hacía ya varias semanas que no era mío. ¿Qué me sucedía? La muchacha, asombrada, no esperó más y se retiró apresuradamente. Me fue forzoso dejarla marchar. La gente se arremolinó en torno mío, y reía; un agente se abrió paso, se acercó a mí y preguntó qué ocurría.

-¡Nada -contesté-; absolutamente nada! Quería dar mi chaleco a esa chiquilla... para su padre... No tienen por qué reírse así. No tenía más que ir a casa y ponerme otro.

-¡Basta de hacer tonterías en la calle -dijo el policía-. ¡Ea, márchese! -Y me empujó por los hombros-. ¿Son suyos estos papeles? -me gritó.

-¡Ah, pardiez, sí! ¡Es mi artículo para el periódico! Son escritos muy importantes. ¡Cómo he podido ser tan imprudente!...

Cogí mis cuartillas, comprobé que estaban en orden, y me dirigí a la Redacción, sin detenerme un instante ni para volver la cabeza. Eran las cuatro en el reloj del Salvador.

La Redacción estaba cerrada. Bajé la escalera sin hacer ruido, temiendo que me oyesen como un ladrón, y me paré, indeciso, después de cruzar el umbral. ¿Qué hacer? Me apoyé en la pared, con la vista fija en el suelo, y medité. Me incliné a coger un alfiler que brillaba a mis pies. Si descosiese los botones de mi americana, ¿qué me darían por ellos? Quizá no servían para nada. Los botones no eran, al fin y al cabo, más que botones; pero los cogí y los miré y remiré por todas partes, y los hallé casi nuevos. Me pareció una idea luminosa; podía descoserlos con la mitad de mi cortaplumas y empeñarlos. La esperanza de poder vender aquellos cinco botones, me devolvió pronto el valor, y me dije: «¡Ya ves cómo todo se arregla!» Mi alegría me dio ánimo, y me puse inmediatamente a descoser los botones, uno a uno. Mientras, monologaba en silencio de esta forma.

«Sí, ya ve usted; están un poco desfondados, es un apuro momentáneo... ¿Usados, dice usted? No, se engaña. Si hay alguien que use sus botones menos que yo, me gustaría verle. Debo advertirle que llevo siempre la americana desabrochada; es una costumbre adquirida en mi casa, una particularidad… No, no, desde el momento que usted no quiere, no digo nada. Pero necesito, por lo menos diez öre por estos botones... Pero, ¡Dios mío!, ¿quién dice que debe usted hacer eso? Cállese y déjeme en paz... Sí, puede ir a buscar a la policía. Yo esperaré aquí mientras busca usted un agente. Y no le robaré nada... ¡Muy bien, buenos días, buenos días, buenos días! Me llamo Tangen. Me estuve divirtiendo hasta un poco tarde...»

Alguien bajaba la escalera. Instantáneamente volví a la realidad, reconocí a «Tijeras» y me apresuré a guardar los botones en el bolsillo. Quería pasar de largo, aun sin contestar a mi saludo, tan absorto iba en la contemplación de sus uñas; pero le detuve, y le pregunté si estaba el redactor en jefe.

-No está.

-¡Miente usted! -dije, y con un descaro que me asombró a mí mismo proseguí-: Es necesario que le hable, se trata de un asunto urgente. Puedo comunicarle un informe de la Presidencia del Consejo.

-¿No puede usted decírmelo a mí, en todo caso?

-¿A usted? -dije, midiéndole con la mirada.

Aquello surtió efecto. Inmediatamente volvió a subir conmigo y abrió la puerta. Sentí que el corazón se me subía a la garganta. Apreté violentamente las mandíbulas para darme ánimo, llamé y entré en el despacho del redactor en jefe.

-Buenos días. ¿Ah, es usted? -dijo afablemente-. Siéntese.

Si me hubiera señalado la puerta, me habría producido mejor efecto. Me sentía a punto de llorar y dije:

-Le ruego que me perdone...

-Siéntese -repitió.

Me senté y le expliqué que tenía un artículo que me agradaría mucho ver publicado en su periódico. Tanto trabajo y tantos esfuerzos me había costado.

-Lo leeré -dijo al cogerlo-. Sin duda, todo lo que escribe le cuesta esfuerzos; pero es usted demasiado violento. ¡Si pudiese usted ser un poco más circunspecto! Hay siempre demasiado nervio. Pero lo leeré.

Se volvió hacia la mesa.

Me engañaba con promesas mentirosas. ¿Me atrevería a pedirle una corona? ¿Explicarle por qué siempre tenían nervio mis artículos? Seguramente me ayudaría; no sería la primera vez.

Me levanté ¡Jem! Pero recordé que la última vez que le vi, se quejó de falta de dinero y envió al ordenanza a cobrar algunas notas con que reunir una pequeña cantidad para mí. Quizá hoy estaría en el mismo caso. No, no lo haría. ¿No veía que se disponía a trabajar?

-¿Tiene usted algo más que decirme? -preguntó.

-No -dije, procurando dar firmeza a mi voz-. ¿Cuándo puedo volver a saber algo?

-¡Oh! Cuando usted quiera; dentro de dos días, por ejemplo.

No pude hacer la petición que tenía en los labios. La amabilidad de aquel hombre me parecía ilimitada, y yo debía demostrar que la apreciaba. Antes morir de hambre. Me marché.

Ni aun cuando en la calle sentí de nuevo los ataques del hambre, me arrepentí de haber abandonado el despacho sin haberle pedido la corona. Saqué del bolsillo la segunda viruta, y me la metí en la boca. De nuevo me sentí aliviado. ¿Por qué no había hecho aquello antes? «Debería darte vergüenza -me dije en voz alta-. ¿Cómo se te ha podido ocurrir la idea de pedir a ese hombre una corona y comprometerlo una vez más?» Fui extremadamente duro conmigo mismo, y me reproché la descarada idea que había tenido. «¡Caramba, es lo más innoble que conozco! -dije-. ¡Asaltar a un hombre y casi arrancarle los ojos, sencillamente porque tú, perro miserable, necesitas una corona! ¡Ea, en marcha! ¡Más aprisa! ¡Más aprisa, vago! ¡Ya te enseñaré yo!»