Hace algunas tardes, al pasar por delante del viejo edificio de la Capitanía General coruñesa, mi paseo coincidió con el toque de Oración que pone fin al día militar.

Tras el arriado de Bandera, a los acordes del Himno Nacional, sonó el toque con el que recordamos, cada atardecer, al ocaso, a todos los que dieron su vida por España.

Me detuve y adoptando la posición de firmes, aguardé mientras dos Soldados arriaban la enseña patria, hecho que pasó totalmente inadvertido, a tenor de la actitud mostrada, para el resto de las personas que se encontraban en aquel lugar en el momento referido.

Unos niños, jugaban y gritaban en las inmediaciones, en tanto que sus madres y padres -había más madres-, junto a otras personas, se afanaban en sus charlas y comentarios, sentados en una terraza que asoma a la plaza, mientras tomaban un café. Incluso alguno de los que transitaban por las inmediaciones, tampoco hizo ademán de detenerse por respeto a la Bandera Nacional y al recuerdo de todos aquellos que, un día, dieron su vida por España. A nadie le importó nada de lo que allí estaba sucediendo, siguiendo cada uno con su vida, como si tal cosa, sin mostrar respeto alguno a la Enseña que estaba siendo arriada a los acordes del Himno Nacional. Aquello, al parecer, no iba con ellos y, por tanto, no podían detener ni por un par de minutos su no hacer nada diario, eso sí, debidamente ocultos tras los perniciosos bozales.

Lo que vi, además de producirme una profunda sensación de desolación, me produjo la natural preocupación, llegando, una vez más, a la conclusión de que una gran parte de lo que nos sucede, en todos los sentidos, es consecuencia de la lamentable formación de las sucesivas generaciones, provocada por ese afán de los políticos -los socialistas son los principales culpables por el tiempo que han ocupado la poltrona del poder, aunque no le va a la zaga el PP que, cuando pudo hacerlo, no cambió absolutamente nada- de alejar de la sociedad, en especial de los más jóvenes, cualquier atisbo de la más elemental cultura patriótica o de sentimiento nacional, ese que cohesiona a cualquier sociedad organizada, no vaya a ser que evoque los tiempos de Franco o que no le guste a la ralea progre y separatista.

Recordé, entonces, una anécdota que me refirió mi hermano Carlos hace algún tiempo. Se encontraba en Ciudad de Méjico, concretamente en la conocida plaza del Zócalo, donde, sobre un gran mástil, ondea la Bandera Nacional de la Nación hermana. Debía de ser a la caída de la tarde. Alguien se le acercó y le dijo “caballero, dentro de unos minutos se arriará la Bandera y sonará nuestro Himno Nacional, le ruego que, pese a no ser mejicano, adopte usted una postura de respeto”.

Por supuesto, mi hermano así lo hizo ya que toda Bandera Nacional merece respeto, independientemente del país al que represente. Afortunadamente, no todos somos como el mentecato de Zapatero que se mantuvo sentado al paso de la Enseña de los Estados Unidos, toda vez que, en nuestras casas, nuestros padres, nos enseñaron educación.

También me acordé de aquellos textos que estudiábamos tanto en primaria como en el bachillerato. El “Libro de España”, “Vela y Ancla”, “Cartas a mi hijo”, “Aprendiz de hombre” etc., constituían una buena herramienta para avivar en nuestros corazones y en nuestras almas el amor a la Patria y ese sentimiento de orgullosa pertenencia a nuestra Nación que deberíamos sentir todos los españoles.

Sin embargo, todo eso queda muy atrás. Tras la llegada de lo que pomposamente llaman democracia que, a la vista de lo que esta sucediendo con este gobierno canalla, no tiene nada que ver con lo que nos imaginamos en aquel lejano 1978, el objetivo primordial al que se empeñaron sin recato, especialmente los partidos de izquierda y nacionalistas, fue en desarmar ideológicamente al pueblo, ofreciéndonos a cambio un pretendido estado de bienestar por el que, a la postre, somos capaces de sacrificar cualquier cosa, incluida la libertad.

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Con ella, con la democracia, vinieron las autonomías, elemento de desvertebración donde los haya -por cierto, ensayado ya, a mucho menor nivel, por la “idílica” II República con el resultado que todos conocemos-, capaz de devolvernos a los trasnochados reinos de taifas lo que contribuyó a la promoción de partidos separatistas cuyo único fin, merced a su ancestral odio, es la destrucción de España y todo lo que significa.

Así, comenzó a reescribirse la historia a la medida de esos grupúsculos separatistas cuyos dirigentes, con una capacidad intelectual más que limitada, comenzaron a sacarse de la manga costumbres y tradiciones, inventando supuestos hechos históricos que jamás tuvieron lugar y si lo tuvieron, el sentido que los animó en aquel momento nada tiene que ver con el que quieren darle ahora. Todo, con la única finalidad de crear una especie de épica local.

Sin embargo, los medios empleados para la demolición de España no concluyeron ahí. De los planes de estudios se eliminó cualquier asignatura que ensalzase el patriotismo y propiciase el amor que todo joven debe profesar a su Patria y a su Bandera. Incluso, el estudio de la Historia de España quedó relegado a un tercer plano, prestando más atención a que los estudiantes conozcan la independencia de Norteamérica, eso sí, obviando la decisiva participación de España con Gálvez a la cabeza, que nuestra guerra contra el gabacho.

Nosotros, crecimos estudiando aquellos legendarios primeros héroes hispanos -Viriato, Indivil, Mandonio, Indortes, Orsión o Istolacio-, nombres que, estoy por asegurar no le suenan a la mayoría de jóvenes españoles. Tampoco creo que sepan mucho de Sagunto o de Numancia, bueno, ese enclave soriano puede que sí, pero seguro que lo asocian más al equipo de fútbol que milita en la 2ª División B del fútbol español, que a otra cosa. Aunque tampoco creo que tengan muy claro lo que sucedió en las Navas de Tolosa, en Lepanto, en Bailén, en Igueriben, qué fue aquello de la Gran Armada, qué sucedió en la defensa del Alcázar de Toledo o quienes fueron Núñez de Balboa, Churruca o Alvarez de Castro, por citar, tan solo, algunos ejemplos.

Para colmo, hicieron desaparecer cualquier elemento cohesionador, por ejemplo, la Organización Juvenil Española (OJE) con sus campamentos que permitían que jóvenes venidos de cualquier rincón de la España urbana o rural, conviviesen y confraternizasen con otros del otro extremo del territorio nacional, aprendiendo, además del amor a la Patria, disciplina, orden y compañerismo.

Sin embargo, el colmo del dislate fue cuando aquel “simpático de los bigotes”, el que ponía los pies sobre la mesa, a instancias del delincuente catalán de enorme cabeza y baja estatura, eliminó el Servicio Militar obligatorio, último bastión que quedaba como elemento vertebrador de España. A partir de ese momento, dejó de existir lugar alguno donde se enseñase la más elemental lección de cultura patriótica.

Además de todo esto, la izquierda, vil y malvada como siempre, se empeñó en propalar su mensaje de que el sentirse español, el lucir la Bandera de España en la solapa, el escuchar con respeto el Himno Nacional, eran sinónimos de “facha”, encargándose de señalar con el dedo a todos los que presumimos de nuestra españolidad y eso provocó que más de uno se amilanase para evitar problemas.

Fruto de todo ello, si nos fijamos en nuestra juventud actual, veremos que en usos, formas y modas se cuidan, en la mayoría de los casos, de que nadie pueda atisbar en ellos el mínimo sentimiento hispano y así no hay más que verlos luciendo sobre sus prendas todo tipo Banderas -USA, Alemania, Inglaterra, Noruega, Jamaica o Sierra Leona-, cualquiera menos la nuestra, no sea que la idiocia izquierdosa pueda tildarlos de fascistas.

Ciertamente, todo esto sucede merced a ese estúpido complejo de querer ser más demócratas que nadie, ese mismo que permite que un tipo o una tipa juren o prometan un cargo público sin hacerlo realmente, aduciendo aquello de “por imperativo legal”, cuando si fuésemos una Nación fuerte, como lo fuimos, se exigiría el juramento o promesa sobre la base de una fórmula clara e igual para todos, sin subterfugios, y aquel que no se atuviese a lo requerido no podría tomar posesión de su cargo y, por tanto, no se posesionaría de la poltrona con todo lo que ello entraña.      

¿Qué se puede esperar de un clase política -la basura podemita- que jura lealtad al Rey y, a reglón seguido, además de insultarlo, manifiestan que su intención es traer una nueva República? Nada, no se puede esperar nada y así nos va.

Obvio referirme a proetarras, golpistas catalanes, separatistas vascos y gallegos y demás ralea ya que esos, persiguiendo los fines que persiguen en las normas programáticas de sus partidos, ni tan siquiera deberían ocupar cargos públicos, ni ostentar representación alguna.

Pero tampoco se puede esperar mucho más de sociatas y peperos que, además de permitirlo por acción u omisión, tampoco constituyen ejemplo alguno. No hay más que verlos cuando presiden un acto u ocupan una tribuna y pasa delante de ellos la Bandera, que ni tan siquiera hacen el gesto de agachar la cabeza en señal de respeto, aunque solo sea porque por delante de ellos pasa el símbolo de lo que les da de comer, por cierto, dos platos y postre cada día. 

Que distinto sería si aquellas madres y padres que tomaban café, la otra tarde, en una terraza cerca de la vieja Capitanía General coruñesa, hubiesen aprendido de pequeños que cuando se arría la Bandera o se rinde un tributo de recuerdo a nuestros caídos, hay que deponer toda actitud y, puestos en pie, llenos de orgullo presenciar la ceremonia en silencio y con respeto.  Ellos, se encargarían de inculcárselo a sus hijos como a mí me lo enseñaron mis padres, seguí aprendiéndolo en la Organización Juvenil Española y terminó de inculcármelo nuestro glorioso Ejército. 

Entonces, España, volvería a ser grande como en sus mejores tiempos.