Estamos rodeados de demasiados juguetes tecnológicos, con Internet, los iPod… La gente se equivocó. Yo no traté de prever, sino de prevenir el futuro. No quise hablar de la censura sino de la educación que el mundo tanto necesita”.

Estas palabras pertenecen a Ray Bradbury, escritor de cuentos y novelas, ensayista, poeta, guionista de numerosas películas y series de televisión, entre ellas la adaptación de Moby Dick para la película dirigida por John Huston en 1956. Bradbury sobre todo es recordado por ser uno de los padres de la ciencia ficción del siglo XX.

El querido y afable Ray, se consideraba “un narrador de cuentos con propósitos morales”. Sus relatos fueron muy populares, disfrutables, entendibles y sobre todo entretenidos, sumergiendo al lector incluso en cuestiones metafísicas, y todo ello casi sin que se diera cuenta de ello. De su extensa obra literaria podemos destacar “Crónicas Marcianas”, “Las Doradas Manzanas del Sol”, “El Hombre Ilustrado” y especialmente “Fahrenheit 451”, novela publicada en 1953 y llevada al cine por François Truffaut en 1966.

Fahrenheit 451” se convirtió en un paradigma distópico donde los bomberos ya no apagan incendios, sino que queman libros. En esa sociedad futura, el Estado impide que los ciudadanos posean libros, porque al leer los hombres comienzan a pensar, a reflexionar y a cuestionar el sentido de la vida y la realidad. Al poder estatal le interesa que la población sea feliz, que no se cuestione ni plantee nada que le provoque angustia o los distraiga de sus obligaciones, obedeciendo dócilmente a las normas y las leyes.

Bradbury, un auténtico genio de la cultura popular del siglo XX, afirmó: “En mis obras no he tratado de hacer predicciones acerca del futuro, sino avisos. Es curioso, en mi país cada vez que surgía un problema de censura salía a relucir como paradigma de la libertad Fahrenheit 451. Los intelectuales, ya sean de derechas o de izquierdas, siempre tienen miedo a lo fantástico porque les parece tan real ese mundo, que creen que estás intentando engañar y, evidentemente, así es. (…) Vivimos en un mundo que nos absorbe con sus normas, con sus reglas y la burocracia, que no sirve para nada. Hay que tener mucho cuidado con los intelectuales y los psicólogos, que te intentan decir lo que tienes que leer y lo que no”.

Bradbury trabó una amistad fraternal con otro genio, otro Ray que con su arte casi mágico logró que monstruos y seres mitológicos cobraran vida en la pantalla y permanecieran por siempre en la memoria colectiva de generaciones: Ray Harryhausen, el maestro del stop motion. En una ocasión, cuando percibieron que la inocencia, la alegría de infancia, la vida cotidiana en familia, los sueños, la imaginación y la fantasía se desgradan, descomponen y desaparecen, los Ray hicieron un pacto, y acuñaron una frase legendaria: “Envejeceremos, pero nunca creceremos. Y siempre amaremos a los dinosaurios”. La simpleza e ingenuidad de esas palabras y mutuo compromiso, muchas veces han servido de refugio para quienes en algún momento sintieron la necesidad de coger fuerzas y seguir adelante en un mundo cada día más infame. Su amistad perduró en vida y continúa en la eternidad.

Bradbury nos avisó de lo que podíamos padecer: la censura, la perdida de la libertad, la burocracia, de las consecuencias en la fe ciega en la tecnología sin alma y de su dependencia, también del totalitarismo que elimina la libertad.

Como dice Ray Bradbury, no preveamos, prevengamos el futuro, no nos equivoquemos endiosando a la tecnología, volvamos a los libros y a la educación. Cuando los bomberos están quemando libros como hoy en día sucede, seamos rebeldes como Sontang, el protagonista de “Fahrenheit 451”, leyendo El Quijote y La Biblia. Seamos libres antes que felices por obligación. Seamos libres, pero de verdad.