harem

Y allí estaba ya Don Juan a las diez de la mañana, como un niño que espera la llegada de los Reyes, dispuesto a trabajar con Amparo. El estómago le hacía chiribitas, como siempre que se enfrentaba a algo desconocido. ¿Eso le recordó lo que sentía cuando la Guerra antes de iniciarse la batalla? “¡Es tan guapa la cabrona!”, pensó.

 

Y allí se presentó a las once en punto la señorita Amparo, que venía acompañada de un joven que traía la máquina de escribir embalada en una caja.

 

  • Don Juan, buenos días, aquí estoy y aquí está la Underwood que nos deja Doña Patricia para los días que hagan falta.
  • Buenos días Amparo, y gracias.

 

El muchacho se marchó nada más dejar la máquina sobre una mesa y Amparo ocupó el sitio que le había reservado Don Juan. Ya estaban solos. Eso sí, Don Juan ya la había mirado de soslayo de arriba abajo y de abajo a arriba... y ya se había fijado en dos detalles curiosos. Amparo, al contrario que el día anterior, se había recogido el pelo en una especie de coleta que le dejaba el cuello a la vista y se había puesto un jersey de manga corta muy ajustado, lo que, naturalmente realzaba sus pechos. No le dio tiempo a más, porque ya casi le temblaban las piernas.

 

  • Bien, Don Juan, yo estoy lista, cuando quiera podemos empezar a escribir.
  • Sí, escribe, pon en el primer folio los títulos: Arriba Tesis Doctoral. Universidad de Madrid. Debajo, todo en mayúsculas “SOBRE LOS EFECTOS NOCIVOS Y POSITIVOS DE LA NICOTINA EN EL CEREBRO HUMANO Y EL “SHIREMUFRIOL” COMO REMEDIO CONTRA LA ADICCION”. Y abajo en una letra más pequeña mi nombre: Juan Sarramayor y García de Cortá

 

Y así comenzaron las relaciones laborales de Don Juan y Amparo García Redondo. Durante los dos días siguientes no hablaron de otra cosa que no fuese el trabajo y la Tesis Doctoral. Los suficientes para que el farmacéutico fuera releyendo el cuento de la lechera, porque cada vez que detenía su mirada en aquel cuello que tenía ante sí y las hermosas tetas de la “viudita” se encendía. Pero al tercer día, y cuando llegó la hora acordada le pidió a Amparo que se quedara un rato más, dado que, y eso era verdad, se había embalado y ya casi estaba terminando la Introducción: “De las adicciones y sus consecuencias”.

 

Así que eran más de las doce de la noche cuando, incluso sin cenar, lo dejaron para el día siguiente.

 

  • Por cierto, Amparo ¿dónde vives?, es tarde para que vayas sola.
  • Vivo cerca, en la calle Hortaleza, no se preocupe Don Juan. A estas horas todavía hay gente en las calles.
  • A pesar de eso, si no te importa, te acompaño.

 

Y ambos salieron del laboratorio y por Gran Vía se dirigieron a la calle Hortaleza y resultó que la secretaria vivía en el viejo Palacio de los Duques de Pastrana, convertido en un inmueble de pisos.

 

Esa noche sólo hablaron del tiempo, de Madrid y del trabajo.

 

  • ¿Es pesado lo que estoy escribiendo? –le preguntó Don Juan a Amparo.
  • No, yo lo encuentro interesante.
  • Pues, ya verás más adelante. La Tesis, mi Tesis, es un estudio sobre la influencia de la nicotina del tabaco en el cuerpo humano y especialmente en el cerebro.
  • Pues sí que me va a interesar. Porque yo soy una fumadora empedernida.
  • Yo no la he visto fumar estos días.
  • Ya, ya, porque no sabía si a usted le gustaba, tampoco yo le he visto fumar a usted.
  • Es verdad, también yo fumo, aunque muy poco.
  • Bien, Don Juan, ya hemos llegado, muchas gracias por acompañarme.
  • Ha sido un placer y para mí la noche todavía es joven, suelo acostarme mucho más tarde.
  • Bueno, pues hasta mañana, si Dios quiere.

 

Y Don Juan se volvió por el mismo camino hacia su casa, aunque un poco cabreado consigo mismo por no haberle pedido subir con ella. “Es el mono –se dijo con rabia– sí, el mono, llevo cuatro días sin follar y ya no aguanto más”.

 

Y así se acostó esa noche, con la almohada entre las piernas, como le había sugerido “Mafe”, aunque ya no sabía si deseaba a su “Mafe”, o deseaba a la viuda Amparo. “No tengo remedio, soy un ninfómano”.

 

A la mañana siguiente nada más entrar en el Laboratorio marcó el teléfono de “Mafe”.

 

  • Hola –dijo en cuanto la oyó al otro lado del teléfono. Buenos días, amor mío ¿cómo estás?, yo no he podido dormir pensando en ti y te aseguro que he dormido con tu almohada.
  • Ja, ja, ja, aunque te lo mereces.
  • “Mafe”, no te rías, tengo el “mono”... ¡te echo mucho de menos!... y no paro de pensar en el Saler.
  • Pues, te aguantas ¡y a escribir! Por cierto ¿cómo te va con la señorita Amparo?
  • Oye, muy bien, no sabes cómo escribe a máquina, y lo hace con todos los dedos, incluso va delante de mí cuando le dicto.
  • ¿Y?
  • ¿Cómo qué “y”?
  • Sí, ¿qué cómo se porta además de escribir bien?
  • No seas mal pensada, que ya te veo venir. Es una chica muy formal, ya sé que tiene cuarenta y dos años y que tiene una hija de doce. Su marido murió cuando la Guerra.
  • Pero, me ha dicho Doña Patricia que es muy guapa.
  • Claro que lo es, pero no como tú... Venga, y déjate de tonterías, ¿y tú cómo lo llevas?
  • Yo muy bien, ya tengo escrito todo lo relacionado con la “Barrera hematoencefálica” y ahora me queda lo del “tegmento pontino”.
  • Pues yo estoy ya terminando la Introducción, que va a ser larga, sobre la “adicción”, y ahí necesito que me aclares algunas cosas. ¿Nos podremos ver hoy?
  • Por mí sí, pero no sé si Amparo te dará permiso.
  • “Lupe”, déjate de bromas.
  • Vaya, ahora ya soy “Lupe”, ¿qué, la echas de menos?
  • “Mafe”, no seas niña, y ya está bien, han llamado a la puerta. Será Amparo, luego te llamo.
  • Adiós, adiós hombre, adiós Don Juan.

 

***

 

 

  • Buenos días, Don Juan.
  • Buenos días, Amparo.
  • ¿Comenzamos?
  • Sí, enseguida... porque, hoy antes de ponernos a trabajar me gustaría que me contaras algo de tu vida. No sé nada de ti y a mí me gusta saber cosas de las personas que me rodean. Sólo sé, y porque lo dijo Doña Patricia, que eres viuda y que tienes una hija.
  • Don Juan, ¡ay!, mi vida ha sido muy complicada, tanto que me duele recordar.
  • Eso me intriga más, por favor Amparo, cuéntame algo, dónde naciste, dónde estudiaste, quién fue tu marido...
  • Verá, Don Juan, yo nací en Toledo, en el seno de una familia muy católica, mi padre era militar y estaba destinado en la Academia, mi madre era Maestra y fuimos cuatro hermanos. Yo estudié con las Hermanas Carmelitas Descalzas, y a los dieciocho años ya era una de ellas. Tomé los hábitos en 1930 y me trasladaron al convento que la orden tenía en Madrid y en Madrid me cogió la llegada de la República. Fue entonces, cuando la quema de Iglesias y Conventos del mes de mayo de aquel año, comencé a vivir el Vía Crucis de mi vida, porque en medio de aquella vorágine de violencia y locura se produjo algo que me conmovió. Mis compañeras y yo fuimos violadas por un grupo de bárbaros que asaltaron el convento y lo arrasaron todo. Fue una tragedia. Pero, aquello pasó y aunque todo el mundo quiso echarle tierra encima al asunto yo no lo pude soportar y abandoné los hábitos.
  • ¿Y qué hiciste entonces? -preguntó Don Juan muy interesado y perplejo.
  • ¡Ay!, entonces, me fui a vivir con unos familiares y me puse a trabajar, yo me había hecho en el convento una gran bordadora y a ello me dediqué al dejar de ser monja. Hasta que un día se presentó en el taller donde trabajaba un joven, bien puesto, incluso educado, que al parecer vivía casi al lado del taller y me dijo:
  • Oye, Amparo, y no te extrañes que sepa tu nombre, porque llevo días preguntando por ti y siguiéndote por la calle... ¿Tú estabas en el convento de la calle Leganitos cuando lo del año 31? ¿Eras tú por casualidad, una de aquellas monjas que fueron maltratadas?

 

Y fue decirme aquello y su cara se me vino de golpe a la memoria, y lo reconocí, era el que me había violado aquel triste día.

 

  • ¿Y qué hiciste entonces? –y Don Juan estaba ya hasta nervioso.
  • Pues, pasó algo increíble. El joven, que me dijo llamarse Adolfo, en cuanto le dije que sí, se arrodilló ante mí en plena calle y llorando me pidió mil perdones. La verdad es que me sorprendió tanto que reaccioné de manera instintiva y le ayudé a levantarse. Y nos hicimos amigos. Adolfo, a partir de ese momento, venía todos los días a buscarme y me acompañaba a casa, al final nos enamoramos y nos hicimos novios... y novios éramos cuando estalló la Guerra. Adolfo se incorporó rápidamente a las Milicias que se estaban formando y a los pocos días ya lo mandaron a la Sierra para luchar contra los rebeldes que venían a tomar Madrid.
  • ¡Qué curioso, también yo estuve esos días en Madrid y viví la locura del cuartel de la Montaña!
  • Yo seguí trabajando como bordadora, aunque también yo me tuve que incorporar a las Milicias de Mujeres. A los pocos meses en un permiso que le dieron a mi novio nos casamos por lo civil y yo me quedé embarazada. Él se incorporó al famoso “Quinto Regimiento”, y desgraciadamente murió en la Batalla de Brunete. Luego, nació mi hija y yo pude subsistir gracias a la dueña del taller y a mis familiares.
  • ¿Y qué pasó cuando terminó la Guerra? ¿Qué hiciste?
  • Ahí llegó lo peor, porque cuando los Nacionales entraron en Madrid y comenzó la represión fui detenida porque alguien me denunció por haber sido la mujer de un comunista.
  • Pero tú habías sido monja...
  • Sí, y gracias a eso pude escapar de aquello, porque entonces la Orden se portó muy bien y declararon a favor mío. Pero pasé cuatro meses en una cárcel de mujeres que nunca olvidaré. Luego, y para intentar rehacer mi vida me apunté e ingresé en la Sección Femenina, donde por cierto, y todo hay que decirlo, se portaron y se siguen portando muy bien conmigo. De entrada me acogieron más como víctima de la Guerra que como miliciana y me formaron como mecanógrafa para poder ser un día secretaria... y gracias a ellos, a la Sección Femenina, nunca más he tenido problemas.
  • ¿Y no pensaste en casarte de nuevo?
  • No, por favor, yo ya tenía a mi hija y a ella me he dedicado por entero. Los hombres ya no me interesan.
  • ¡Qué barbaridad! Pues sí, una vida bien sufrida. Pero me alegro de que todo te vaya bien y te aseguro que te ayudaré en todo lo que pueda. ¿Trabajamos?
  • Cuando usted mande, Don Juan.

 

Y eso hicieron durante lo que quedaba del día, pues a la hora de comer Don Juan no la dejó que se fuera a casa y la invitó.

 

¡Ay!, pero la historia de Amparo había calado hondo en Don Juan y su mente ya estaba revolucionada.

 

Tal vez por eso en un momento, ya cuando anochecía, sin pensarlo se acercó por detrás y con mucha suavidad le puso las manos sobre los hombros y tras apretarlos los fue bajando hasta ponérselas sobre los pechos.

 

Amparo se quedó paralizada, totalmente quieta, sin respiración, sin saber qué hacer... hasta que Don Juan apretándola contra si bajó la cabeza y la besó en el cuello... y la naturaleza, Dios, el destino o quien fuese, impulsó a la viuda que se levantó, se volvió y sin mediar palabra le ofreció sus labios. Y se abrazaron y se besaron.

 

Fue el comienzo de un romance romántico y de cuento de hadas.