Sonó el teléfono en casa de Antón, de madrugada. Sonó y sonó. Sonó muchas veces hasta que dejó de sonar. Después, enseguida, vuelta a empezar. Entonces Antón saltó de la cama y lo descolgó. Oyó los sollozos de una mujer y esa mujer resultó ser Flora. Flora trabajaba de au pair en casa de Celia, una prima de Antón.

Antón, por –sollozo– favor, ven –sollozo– enseguida.

Pero me quieres decir qué pasa –dijo él–. Me quieres decir por qué lloras.

Se me ha –sollozo– se –sollozo– se me ha –sollozo– se me ha quemado –sollozo– la cocina.

¿Cómo dices?

Que se me ha quemado la cocina –repitió Flora de un tirón, y después reanudó su lloriqueo.

Tranquilízate, Flora, haz el favor. ¿Y ellos, dónde están ellos?

No están, se –sollozo– se fueron –sollozo– a Alemania.

¿Estás tú sola?

No, estoy –sollozo– estoy con Adolfito –sollozo–. Antón, por –sollozo– favor, ven –sollozo– ven enseguida, por –sollozo– favor.

Ahora mismo voy para allá –dijo, y colgó.

Se vistió rápidamente y salió en dirección a casa de su prima. Aunque le quedaba muy cerca de la suya, apenas a cuatro manzanas, prefirió coger el coche a caminar. No tardó nada en estar allí. Flora, que lo vio aparcar desde la ventana, le abrió la puerta del portal antes de que él tuviera que llamar. Cuando llegó arriba, ella lo estaba esperando en el corredor. Ofrecía, la pobre, un aspecto no menos jocoso que conmovedor, bañada su cara en lágrimas y cubierta de hollín, como si llevase una mascarilla de camuflaje. De los agujeros de la nariz le colgaban sendos renegridos moquitos, y también su melena, sus manos, su pijama daban cuenta de una negra expedición. Antón, al verla, no pudo evitar sonreír.

No sabía que trabajases en la mina –comentó.

Me quiero morir –dijo ella–. Me quiero morir.

¡Anda ya! –le dijo Antón intentando tranquilizarla–. Tampoco será para tanto.

Pero cuando acto seguido visitó “el lugar del crimen”, Antón no pudo menos que pensar que, si bien no era como para desear la muerte, según le acababa de decir Flora, tampoco era como para desear encontrarse en su lugar. Y es que vaya cuadro el que tenía ante sus ojos: ahí no quedaba ni rastro de una cocina; tan sólo un amasijo de escombros, entre desvencijados armarios y trastos de hojalata con una vaga reminiscencia de electrodomésticos. Diríase el resultado de un atentado terrorista. Antón no pudo encontrar –¿y quién las habría encontrado, a la vista de aquello?– palabras de consuelo para su amiga, que ahora lloraba a mares, presa de un ataque de histeria. Se limitó a pasarle un brazo por los hombros y la acompañó al cuarto de baño para que se lavase. Después entraron en el salón, donde se sentaron los dos en un sofá. Incluso ahí, en esa parte de la casa, podían apreciarse los efectos de la catástrofe: las paredes habían adquirido una tonalidad grisácea, los muebles estaban cubiertos por una pátina de hollín, un fuerte olor a chamusquina lo impregnaba todo. Pasado un rato, y luego de que Antón consiguiera calmarla un poco, Flora le contó lo sucedido.

Ella estaba en la cocina friendo unas patatas cuando oyó el llanto del bebé que tenía a su cuidado (el llamado Adolfito). Dejó al fuego la sartén y fue hasta el cuarto del niño para ocuparse de él. Adolfito se había desvelado y berreaba en su cunita como sólo los niños de esa edad saben hacerlo: berreaba a pleno pulmón, ¡y menudos pulmoncitos tenía el niño!, sin que Flora lograse callarlo ni con sus arrullos ni con sus carantoñas ni con el chupete ni con el biberón ni con nada... En esa lucha denodada estaba Flora cuando oyó una fuerte detonación proveniente de la cocina.

Y lo más gracioso del caso –remachó Flora permitiéndose al fin una pequeña nota de humor– es que entonces el muy cabrito no sólo dejó de berrear sino que hasta se le puso carita de alegría.

Ese niño hará carrera como militar –dijo Antón, y los dos se rieron. Y menos mal que Flora aún era capaz de reír, porque el panorama que le esperaba no inducía a la risa precisamente. ¿Qué iba ella a decirles a los dueños de la casa, cuyo regreso tendría lugar al día siguiente, cuando se encontrasen con semejante percal? Sólo de pensar en Dietrich, el padre de Adolfito, Flora se echaba a temblar. Tan severo él, tan recto y disciplinado, tan alemán, ese señor le imponía un respeto rayano en el miedo desde que había entrado a trabajar ahí. Otra cosa era Celia, la prima de Antón; ella, seguro, sería más indulgente y comprensiva.

Yo creo que lo mejor que puedes hacer –dijo Antón– es llamarlos mañana temprano y adelantarles lo que ha pasado. Prepararlos un poco, en fin, amortiguarles el golpe; que no se lleven la sorpresa al llegar aquí.

Sí, pero ¿qué les digo? ¿Cómo se lo digo? A mí se me cae la cara de vergüenza.

Más se te va a caer si tienes que decírselo cuando ya estén aquí. Tú eliges: o dos malos tragos, o uno solo pero infernal.

No sé, Antón, no sé qué hacer. Si no fuese por el niño, haría las maletas y saldría corriendo de aquí.

Guardaron silencio unos instantes. Después, de repente, dijo Antón:

¡Ya lo tengo! Ya sé lo que vamos a hacer. Los llamaré yo, ¿de acuerdo? Yo les contaré lo que ha pasado.

¿Harías eso por mí? –dijo Flora casi con lágrimas de emoción.

No lo haría, lo voy a hacer.

Flora se abrazó a él y empezó a darle besitos en la cara, al tiempo que le decía:

Te adoro, Antón, eres un tesoro.

¡Quita! –dijo él, y se la desasió del cuello–. Lo hago porque no me cuesta nada hacerlo, no tienes nada que agradecerme.

Te lo agradeceré toda mi vida –dijo ella, y notó cómo una lágrima le resbalaba por una mejilla.

En fin, que el día siguiente llegó y Antón se aprestó a cumplir su palabra. Consideró que la mejor hora para llamarlos era las diez de la mañana: ni demasiado pronto, no fuesen a desayunarse con semejante noticia, ni tampoco demasiado tarde, lo cual habría restado carácter de urgencia (su razón de ser) a la llamada. A las diez en punto, así pues, Antón marcó el número aquel con prefijo de Alemania. Era el teléfono de la madre de Dietrich, o de la suegra de Celia, como gustéis, en cuya casa estaban alojados. Contestó una voz de mujer, en alemán, claro está, aunque claro-claro, para Antón, en verdad no lo estaba nada. Él habló en inglés, que era el idioma en el que se comunicaban Dietrich y Celia.

¿Podría hablar con Celia, por favor?

Sí, soy yo –dijo ella.

¿Y tú hablando en alemán?

Ya ves –dijo Celia–. Donde fueres haz lo que vieres. ¿Y tú llamándome a Alemania?

Entonces Antón se bloqueó. Comprendió, en ese momento, que no iba a serle tan fácil ejercer de mensajero.

Verás, Celia –dijo al fin–, te llamo porque..., bueno, te llamo para...

¿Ha pasado algo? –dijo ella.

Sí, bueno, ha pasado algo. Verás, en tu casa...

¿NO SERÁ NADA DE ADOLFITO, VERDAD?

No, no, Adolfito está perfectamente. Es por Flora. Es que..., bueno, le ha... sucedido un accidente.

¿Que le ha sucedido un accidente?

Sí, bueno, en la cocina. Se le ha quemado la cocina.

No me lo puedo creer –dijo Celia casi cantarinamente, y de ese tono de voz Antón dedujo que su prima estaba muy lejos de imaginar la magnitud del accidente al que él se refería.

Celia, creo que no me has entendido. Cuando digo que se le ha quemado la cocina me refiero a que se le ha quemado toda la cocina.

¡Ay Dios mío! –exclamó Celia, ahora sí más alarmada–. Pero ¿qué ha pasado? ¿Cómo ha sido? ¿Y a Flora, le ha pasado algo a Flora?

Antón le dijo que no, que a Flora no le había pasado nada, salvo que estaba muy nerviosa y asustada. Le dijo que estaban ahí los dos, en su casa, y que habían pasado la noche en vela. Por último, le contó cómo había ocurrido “el accidente”, poniendo especial énfasis en eso, en que había sido un accidente.

¡Ay Dios mío! –volvió a decir Celia, y luego–: A ver ahora cómo se lo cuento a Dietrich.

Colgaron y entonces Flora, que había escuchado a su amigo con los ojos cerrados, como no queriendo “ver” lo que escuchaba, le preguntó:

¿Qué te ha dicho? ¿Estaba muy enfadada?

No, no estaba nada enfadada. Preocupada sí, claro, aunque yo creo que más por Dietrich que por la cocina.

Pobrecita –dijo Flora imaginando el papelón que a Celia le esperaba. Y al imaginarlo sintió escalofríos.

A todas éstas, hacía rato que el bebé se había despertado y que estaba ahí con ellos, en el salón, sentado en su sillita. Ajeno a todo, el angelito, y quién sabe si pidiéndoles a esos dos gigantes, por medio de su indescifrable lenguaje, que hicieran otra vez un ruido como aquél de la víspera que tanto le había gustado. Flora le hacía arrumacos a la vez que se dirigía a él diciéndole cosas como: «¿Verdad que le vas a decir a tu papá que yo no tuve la culpa? ¿Verdad que la culpa fue tuya, que te pusiste a chillar como un loco mientras yo cocinaba?». Antón la miraba y se sonreía, pensando que si Adolfito pudiera hablar tal vez le contestaría: «¿Verdad que pudiste apagar el fuego antes de venir a mi habitación? ¿Verdad que a nadie más que a ti se le ocurre dejar al fuego la sartén?».

De pronto, sonó el teléfono. A petición de Flora, respondió Antón. Era Dietrich, el temido, el temible Dietrich. No hacía ni media hora de la conversación con Celia. En un inglés duro, marcial, alemanizado, y sin hacer preámbulo ninguno, dijo:

Salimos para Bruselas inmediatamente. Estaremos ahí dentro de dos horas. No quiero que toquéis nada –y colgó.

¿Quién era? –preguntó Flora, sorprendida por la brevedad de la llamada.

Era él, “papá” Dietrich.

¡Ay Dios mío! –dijo la au pair, y se llenó de angustia.

Dos horas más tarde, en efecto –ni un minuto más, ni un minuto menos–, llegaron Dietrich y Celia. Él fue derecho a la cocina, sin pronunciar palabra, y ella se dirigió al salón, donde tomó en brazos a su Adolfito y seguidamente habló con su primo Antón, eso sí, mediante bisbiseos. Flora, mientras tanto, lloraba.

Al poco tiempo entró Dietrich en el salón. El más duro de los duros cinematográficos, por no decir el más malo de todos los malos, no habría igualado la expresión de su rostro. Ni siquiera miró a Flora y Antón. Se dirigió a su esposa, en un inglés si cabe más teutónico que el que había empleado antes para darle a Antón sus instrucciones telefónicas. Lo que dijo fue:

Dile a tu primo que se la lleve de aquí inmediatamente. OUT!