Javier de Miguel Marqués (1984) es Licenciado en Administración de Empresas, Graduado y doctorando en Derecho y Máster en Asesoría fiscal. Casado y padre de cuatro hijos, a su carrera profesional como asesor fiscal une una década de estudios privados sobre la Doctrina Social de la Iglesia. También acostumbra al estudio asiduo de las infiltraciones de la filosofía moderna en otros campos distintos de la economía, como la Teología, el Derecho, la política y la pedagogía. En el ámbito editorial, es articulista colaborador en medios como Verbo, Periódico La Esperanza, Empenta y Marchando Religión. Asimismo, en su canal de Youtube aglutina vídeos explicativos de determinados aspectos de moral social cristiana. En esta entrevista analiza el libro De Lamennais a Maritain del P. Julio Meinvielle.

¿Cuál es el doble progreso de la humanidad y el doble cristianismo del que habla el libro?

Lamennais es el prototipo de liberal católico; Maritain va más allá, pues al contrario de lo que se cree habitualmente, es, ante todo, un progresista, y no precisamente moderado. El gran drama de las teorías de estos dos autores es que pretenden un cristianismo puramente naturalista, dando carpetazo a la bíblica y tradicional dicotomía Iglesia-mundo, entendiendo este último, no como el simple contexto secular en que se desarrolla la historia sostenida por la Providencia, sino como el mundo caído y corrompido por el pecado. Por eso, como dice el propio Maritain, “No es sobre el cristianismo como credo religioso y camino hacia la vida eterna la cuestión que aquí se plantea, sino sobre el cristianismo como fermento de la vida social y política de los pueblos y como portador de la esperanza temporal de los hombres”, “energía histórica accionando en el mundo”, al servicio de la evolución de los pueblos”.

¿Cuál sería la fe básica común naturalista?

Maritain tuvo un peso no despreciable en la redacción de la Declaración de Derechos Humanos de 1948. Por supuesto, en su “cristiandad” naturalista, la libertad de conciencia es un derecho básico e inviolable. Lo mismo con las libertades lamennaisianas, que son las libertades liberales condenadas por la Iglesia: de religión, prensa y palabra.

Por otro lado, Maritain abraza un falso providencialismo, cuando defiende que la revolución liberal y anti-cristiana, en cuanto permitida por Dios, ha de proveer necesariamente de bienes mayores fundados precisamente en esa misma revolución. El P. Meinvielle, en otra obra, nos recuerda “que haya una ley divina que permite el mal en vista del mayor bien no se sigue que necesariamente todo progreso del mal que se cumpla en la tierra debe tener también un correspondiente progreso del bien cumplido en la tierra”.

Para Maritain, el Evangelio se pone al servicio de fines meramente naturales, arrancándolo del orden de la Gracia. Es una fe mundana y puramente terrenal, en el progreso del hombre, con el cristianismo naturalizado como motor.

¿Cuál sería por tanto para Maritain la nueva cristiandad, la ciudad natural?

Como el propio Maritain define, es “el nombre profano del ideal de cristiandad”, “un mundo de hombres libres, penetrados en su substancia profana por un cristianismo real y viviente, un mundo donde la inspiración del Evangelio oriente la vida común hacia un humanismo heroico”. Es decir, una ciudad que ignora su estado caído, pues confía en sus propias fuerzas, para dar a luz un ideal que ni siquiera es cristiano. Ya no hablamos siquiera de un mal medio para un buen fin. Tanto los fines (ciudad profana, no cristiana), como los medios (propias fuerzas humanas) están gravemente desviados de la doctrina cristiana.

El Papa Gregorio XVI, reprueba en Mirari Vos “los deseos de aquellos que intentan separar la Iglesia y el Estado y romper la mutua concordia del sacerdocio con el imperio. Consta en verdad, que los amadores de la falsa libertad se estremecieron ante la concordia, que siempre dio magníficos resultados, entre las cosas sagradas y civiles”. Esta reprobación es perfectamente reproducible en el caso de Maritain.

¿Quiénes serían, por tanto, los constructores de la nueva cristiandad?

El P. Meinvielle afirma agudamente que, mientras que “La ciudad cristiana es obra del Estado –entendido latu sensu como autoridad política, no como Estado moderno- y de la Iglesia felizmente concertados”. Pero Maritain concibe una ciudad meramente temporal, que incumbe exclusivamente a los laicos, no desempeñando la Iglesia ningún papel en la misma, y contradiciendo así la afirmación de San Pío X, “No se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la sociedad si la Iglesia nο pone los cimientos y dirige lοs trabajos”. La nueva cristiandad, así, se auto-santifica. La Gracia se convierte en la “energía interna”, es decir, es inmanente y procede del propio hombre.

¿Cómo concibe la democracia Maritain?

La concibe manteniendo todos sus aspectos propios adquiridos del pensamiento ilustrado y liberal, pero pretendiendo dotarla de un “espíritu” cristiano, espíritu que se construye al margen de la Iglesia, y que por tanto, puede abrazar sin problema la heterodoxia, y que es el pretende inspirarse en la mezcolanza entre creyentes, herejes e impíos, haciendo creer que todas estas fuerzas, opuestas por definición al cristianismo, están en realidad informadas por ese mismo espíritu. La herejía y la apostasía no importan si somos capaces de aflorar el “alma religiosa” de estas gentes. Es, por tanto, una democracia liberal e indiferente ante las creencias concretas, simplemente espiritualizada.

¿Qué sería por tanto la ciudad democratista?

Es la ciudad privada voluntaria y conscientemente de la unidad religiosa, es decir, la unión meramente natural de hombres de diversas religiones y creencias, incluido el ateísmo.

Nótese que aquí se habla de democracia como filosofía y fundamento del orden político, a saber, que se pretende dotar a la sociedad de unidad al margen de la religión verdadera, es decir, fundándose en el indiferentismo, porque el foco de cohesión social es otro; en el caso de Maritain, como el hombre habría alcanzado la “mayoría de edad”, ya no requeriría de una espada temporal sólida y recta, mucho menos subordinada a la Iglesia. La cohesión social se construye a partir de la libertad y auto-conciencia individual y a la vez común, sumada a la idea de justicia y felicidad propia de la Ilustración americana. En definitiva, la vivencia de la propia democracia. A largo plazo, se pretende prescindir, no solo de la autoridad de la Iglesia, sino también en gran medida, de la del Estado.

El propio Le Sillon consideraba que la Iglesia“bendice la democracia y la considera como la eflorescencia de sus propios principios de igualdad, de fraternidad, de libertad de todos los hombres delante de Cristo y por Cristo”. Maritain, por su parte, considera la democracia como una inspiración del Evangelio.

¿Qué relación hay entre la justificación de la revolución en Lamennais y el liberalismo católico?

El profesor Francisco Canals pone de manifiesto, con otros estudiosos como Havard de la Montaigne, que Lamennais es unánimemente reconocido como el padre del liberalismo católico, que no es otra cosa que la actitud de conciliación de la Verdad católica con los dogmas revolucionarios de la modernidad. En una carta, Lamennais escribió: “Se tiembla delante del liberalismo; catolizadlo y la sociedad renacerá”. También coincide plenamente con lo que años después profesará Maritain, cuando dice que “Dios ha querido que la sociedad avanzase perpetuamente hacia un término que no pueda alcanzar sobre la tierra, pero al que debe acercarse siempre...” “la ley primera y fundamental, en virtud de la cual la humanidad tiende a desprenderse progresivamente de los lazos de la infancia a medida que por el crecimiento y desarrollo de la inteligencia, emancipada por el cristianismo, alcanzan los pueblos, por así decir, la edad de hombre”. El cristianismo es el motor profundo de ese progreso.

¿Por qué la nueva cristiandad es la ciudad de la Fraternidad Universal?

Cuando dije que la idea de evolución de la persona humana contradice la doctrina tradicional de la Iglesia sobre la autoridad política, me referí a que se considera que el progreso de la persona humana exige que se disminuya y elimine el poder del Estado y deje paso a la amistad fraternal. En otras palabras, el hombre evolucionado, auto-consciente y emancipado podrá prácticamente auto-gobernarse, coincidiendo en esto con el pensamiento marxista que pretende que el hombre individual real absorba al hombre abstracto. El hombre habría alcanzado, pues, su mayoría de edad en el mundo contemporáneo.

Maritain obvia una verdad básica cristiana: que la fraternidad se da entre bautizados, pues solamente el bautizado es hijo de Dios (CIC 1213, 1243), de manera que esa fraternidad universal, por el producto del pecado, sin conversión, es irrealizable. Lógicamente, a lo que se refiere Maritain, es a la fraternidad adámica, que nada tiene que ver con la caridad cristiana. Por tanto, como lo que propone Maritain es irrealizable bajo los dogmas de la fe, es por ello anti-cristiano. No obstante, para él, los tiempos de la revolución han dado como fruto la auto-conciencia de los derechos y libertades del hombre, y la mayoría de edad antes citada.

¿Por qué la nueva cristiandad es la ciudad de la revolución? ¿como justifica Maritain la revolución en nombre del cristianismo?

Es, como dice Maritain, “la marcha delante de la humanidad”. Se trata, esencialmente, de un Evangelio secularizado, o mejor dicho, naturalizado, es decir, apartado del orden de la Gracia, y por tanto, corrompido. Es un progresismo gnóstico y espiritualista, fideísta, iluminista, pelagiano… habría muchos términos que la caracterizan, todos ellos de cariz revolucionario. La llamada es a la santidad por la libertad, la libertad moderna, democrática.

¿En qué consiste, esencialmente, la famosa separación entre individuo y persona que propugna Maritain?

Este es uno de los ejes del pensamiento personalista, que por lo general, no es individualista en el plano de los principios sociales, pero al tiempo se focaliza en la auto-realización espiritual individual del hombre. De esa paradoja surge la famosa separación entre individuo y persona. El hombre, en cuanto ser mortal, puede supeditarse al bien común de la comunidad política. Pero en cuanto ente inmortal, dotado de espíritu, es absoluto respecto de cualquier otra realidad material – como recordaba Mounier-, y por tanto, esas realidades no tienen sentido sino en tanto en cuanto están a su servicio.

Al margen de que esto contradice la doctrina tradicional de la Iglesia sobre la autoridad política, lleva a consecuencias macabras y seguro que muy poco deseadas por muchos personalistas. La más extrema, que esta idea de espiritualización de la persona conlleva el desprecio de la materialidad de la persona, y dirige a un gnosticismo espiritualista que coincide con el que fundamenta las llamadas bio-ideologías, como el trans-humanismo o el post-humanismo. A quien esto le parezca exagerado, puede leer la obra “Mi deseo es la ley”, de Gregor Puppinck, que desarrolla minuciosamente el tema.

Refutemos lo anterior desde la doctrina católica: ¿Por qué podemos afirmar que el hombre actual se halla en un estado de enfermedad?

Cristo dijo: “Sin Mí, no podéis hacer nada” (Jn, 15). La Iglesia ha recordado siempre que, desde la primera caída, el hombre necesita de la redención para alcanzar la bienaventuranza eterna. Me resulta especialmente clarificadora la expresión que emplea el Concilio de Quiersy, que considera a la humanidad caída como “masa de perdición”. Otra verdad de fe es que los actos buenos, si no son realizados en estado de Gracia o con intención de confesarse, no son meritorios para la salvación. Son cuestiones nucleares de la fe católica, pero que casi nadie tiene en cuenta hoy en día, y eso es muy preocupante. Es uno de los motivos por los que prosperan, dentro del catolicismo, doctrinas tóxicas como las de Lamennais y Maritain.

¿Por qué solo la Iglesia es el gran medio de salud?

La misión de la Iglesia, como recuerdan, entre otros, el Concilio Vaticano I el Papa León XIII en Satis cognitum, es derramar y difundir la salvación que nos adquirió Jesucristo a todos los hombres de todos los tiempos: para ello fue fundada por el mismo Cristo. Fuera de la Iglesia, y salvo ignorancia invencible, muy difícil de juzgar por quienes habitamos en este mundo, no hay salvación. Pío XI recuerda que “La Iglesia ejercita su ministerio de la palabra por los sacerdotes... a quienes envía por todas partes como pregoneros infatigables de la buena nueva, única que puede conservar o implantar, o hacer resurgir la verdadera civilización”.

¿Por qué la Iglesia tiene potestad indirecta sobre todo lo temporal?

Como consecuencia de lo dicho antes, todas las realidades creadas, y las actividades del hombre, necesitan de la sanación que nos ofrece gratuitamente Cristo, para ser realmente medio de salvación. Y como la Iglesia posee, por mandato divino, la potestad sobre las almas, por ello posee potestad sobre todo lo temporal, a fin de que se ordene al fin último del hombre. En ocasiones se denomina a esta potestad “indirecta”, para poner de manifiesto que el poder civil y la Iglesia no se confunden, y que la potestad de la Iglesia es directa en lo espiritual, pero el primero está subordinado a ésta en todo lo que atañe a la fe, la moral y las costumbres, pues el gobierno de la ciudad no tiene un fin último diverso del de la Iglesia, difiriendo solamente en los medios de que dispone, naturales en el caso del poder político, y sobrenaturales en el caso de la Iglesia. Y como los medios naturales necesitan redención, esa es la función de la Iglesia en las sociedades.

¿Por qué la cristiandad de Maritain no adora al Dios de la Iglesia católica?

Esencialmente, porque es un dios al que se niega su reinado sobre lo temporal. Al contrario, es una ciudad que promueve la libertad de religión; que se propone una mera amistad fraternal adámica; Como recuerda el P. Meinvielle, “si no adora a Jesucristo y reconoce la divinidad de la Santa Iglesia, será teísta, pero no cristiana; y si, en cuanto ciudad, no adora a Dios, será simplemente neutra y atea”. Lo que Maritain llama “energía interna” de la civilización no tiene nada que ver con la Gracia, sino con los valores caídos y envenenados de libertad, igualdad y fraternidad.

¿Cuál es la postura oficial de la Iglesia respecto al pensamiento de Lamennais y Maritain?

Respecto a Lamennais, a su indiferentismo, seguido después por Maritain, dedicó Gregorio XVI su EncíclIica Mirari Vos, condenando asimismo varios de los errores en que incurrían los promotores de la revista L’Avenir, entre los que se encontraba Lamennais, y que el Papa consideró una locura peligrosa, “deliramentum”.

Respecto a Maritain, voy a ser conscientemente severo: una Iglesia vigorosa y más celosa de la doctrina de Jesucristo, como era la de los tiempos de Mirari Vos le hubiese condenado solemnemente, aunque solamente fuese por la evidencia de que los errores condenados por Gregorio XVI son continuados y amplificados por él. En cambio, lejos de esto, y lo que es más grave, en muchos ambientes católicos, tanto conservadores como progresistas, se le tiene por referente intelectual… ¡nada menos que del neo-tomismo!