Hacerse como niños. Es la encomienda de Jesús a quienes le reconocen y confiesan, como Señor y Dios. Al respecto de este encargo, de esta elevada aspiración, don Miguel de Unamuno compuso un entrañable poema, ideal para recordar en el día de la Epifanía de Jesús a la humanidad, esto es, cuando los Magos de Oriente le rinden pleitesía al Niño, entregándole varios regalos: oro por su condición de rey; incienso por su persona divina; y mirra por su segunda naturaleza mortal.

La mayor parte del poema, incluido en su Cancionero, se titula Agranda la puerta, Padre, y empieza así:

 

Agranda la puerta, Padre,

porque no puedo pasar;

la hiciste para los niños,

yo he crecido a mi pesar.

Si no me agrandas la puerta,

achícame, por piedad;

vuélveme a la edad bendita

en que vivir es soñar.

(...)

 

Así pues, en un tiempo en que los niños se convierten en monstruos y los padres sólo saben malcriar; en un tiempo en el todos queremos recibir regalos y nos olvidamos de qué ofrecer a Dios por su infinita bondad, qué esperanzador resulta saber que los que tienen sentimientos nobles, es decir, los limpios de corazón, alcanzarán el Reino de los Cielos y verán a Su Majestad, el Dios creador del cielo y de la tierra, es decir, la Santísima Trinidad. 

¡Feliz día de Reyes! Y para los de la sinagoga de Satanás, carbón.