Continuamos hoy con el "Diario de una Bandera", la obra que escribió Franco siendo comandante y en la que narra la primera historia de la legión. En estos capítulos se comprueba varias cosas entre ellas que Franco sabe escribir y que Franco en el campo de batalla es el jefe perfecto.  Pasen y lean. 

VII - Sebt y Ulad-Dau

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En la tarde del día primero de octubre se encuentran los jefes de unidad en las Tejas de Nador. Desde allí se domina el llano que se extiende hasta Sebt. En el fondo Atlaten se alza en el horizonte con su negro y cortado espolón, y a la izquierda, entre los montes de Beni-fu-Ifrur, el Uisan destaca su pico cubierto de nubes. En el límite de este llano, entre la mancha verde de las chumberas, aparece como una fortaleza la altura rocosa de la casa de los Chorfas, a cuyo pie se pierde la cinta blanca de la carretera. De los montes del Gurugú, a la derecha, bajan enormes torrenteras, que cruzan la llanada cual enormes trincheras.

Este es el escenario del próximo combate, donde ha de recibir un serio golpe la harca enemiga.

El General nos explica los objetivos de la operación y la misión que a cada uno corresponde en el combate. En Monte Arbós se concentrará la masa de artillería, mientras con las columnas marcharán las baterías de montaña.

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El objetivo señalado a la columna Sanjurjo es, rebasado Sebt por la derecha, ir a ocupar la antigua posición de Ulad-Dau, en la meseta del mismo nombre. La columna Berenguer abordará la posición de Sebt de frente, y la de Cabanellas, a la izquierda, vigilará los pasos de Beni-bu-Ifrur.

Al regreso al campamento circulan las órdenes; a las dos y media han de formar las unidades para concentrarse a la derecha de la posición de Monte Arbós; las tropas formarán sin toque previo.

Esta noche apenas dormimos. Son las once cuando nos acostamos, y a la una y media nos despierta el oficial de servicio. El campamento aparece lleno de pequeñas luces. Las unidades van formando, y los acemileros se desesperan en lucha con sus cargas.

Tenemos que atravesar Nador, operación difícil en la noche; las calles están interceptadas por las otras unidades de las distintas columnas que este día se ponen en marcha, y la extensa alambrada que rodea el poblado limita los movimientos; pero por fin conseguimos llegar a la salida del pueblo y entrar en el camino de Monte Arbós.

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Los escuadrones nos preceden y, después de frecuentes detenciones, ocupamos, a la tres y media, nuestro puesto en la concentración.

Empieza a alborear cuando llega el Cuartel General. Desde hace un rato se encuentra con nosotros el Coronel Castro; los Regulares se han concentrado a nuestra derecha, y a retaguardia se alinean las baterías con el resto de la columna; pero hay que esperar más; la columna de Berenguer ha de salir antes y su concentración aún no ha terminado.

Con los gemelos distinguimos muy bien el campo. En la posición de Sebt y chumberas próximas aparece numeroso enemigo; de allí se destacan unos grandes guerrillones, que en aparente descubierta ocupan los barrancos y trincheras; otros grupos numerosos se descubren en las faldas del Gurugú y de Ulad-Dau El día promete ser movido.

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La columna se pone en marcha Los legionarios desfilan cantando la Madelón. Las compañíasadoptan la formación en la línea de a cuatro, con sus secciones separadas y los primeros soldados despliegan A su frente marcha animoso y alegre el teniente Agulla.

Con la segunda compañía desfilan como agentes de enlace del capitán dos legionarios, antiguos oficiales alemanes, incorporados el día anterior; a su llegada pidieron un puesto en el frente; tienen aspecto aristocrático y sus rostros blancos se destacan entre los curtidos de los demás soldados.

Tan pronto salen las guerrillas de los cercos de chumberas, al pie de Monte Arbós, el combate se entabla. Los Regulares avanzan por la derecha y los legionarios al frente se lanzan a tomar la línea primera del barranco, ocupada por el enemigo. Otras unidades refuerzan la guerrilla y el avance sigue impetuoso.

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En los espacios desenfilados de las barrancas se van agrupando los heridos.

La artillería de Monte Arbós concentra sus fuegos sobre la izquierda del frente de combate, mientras las baterías gallegas siguen de cerca la marcha de las guerrillas.

El enemigo se defiende bravamente en las barrancadas y trincheras, en una de las cuales es herido gravísimamente, al frente de sus legionarios, el teniente Agulla.

En la segunda barrancada, un legionario alto y pálido aparece muerto, es uno de los oficiales alemanes; su compañero se bate en la guerrilla bravamente.

El teniente Urzáiz, herido en el vientre, pasa en una camilla cantando:

-¡No es nada, muchachos!, ¡viva la Legión!- les dice al paso a los legionarios. El capitán Franco, de la primera compañía, es herido también en el avance.

Hay momentos en que el fuego de nuestros soldados se suspende; una guerrilla de moros con traje kaki sale de una trinchera próxima.

  • ¡No tiréis, que son Regulares! -ordena el oficial.

Desde unas piedras se vuelven y hacen una descarga, ¡eran enemigos!

Nuestras ametralladoras, desde el pie de Monte Arbós, acompañan a brazo a las guerrillas en sus asaltos. Ahora dirigen su fuego contra la última trinchera, a la derecha de las chumberas, donde el enemigo extrema la resistencia. Los legionarios de dos compañías avanzan sobre ellas, y cuando vamos a alcanzarla, la artillería de Monte Arbós les envuelve en el humo de sus disparos; caen varios soldados heridos con el teniente España, pero la trinchera se ha ocupado.

Este avance nos ha costado más de cien bajas y el enemigo ha abandonado a sus muertos en las barrancadas.

Por la derecha, los Regulares han encontrado la misma resistencia, y, cuando me acerco a ellos para armonizar el avance, veo caer herido al teniente coronel Mola, que los manda en ausencia de González Tablas.

Cumplida la primera parte del objetivo, reanudamos el avance sobre Ulad-Dau. Antes de que el enemigo en huida se apreste a su defensa, nuestras guerrillas trepan por la pendiente de la loma. En la vanguardia, un legionario y un regular se disputan la entrada en el pequeño aduar, una herida grave, recibida por el moro en el vientre, deja el campo libre al legionario, que encuentra ocasión de poder vengarle.

Los legionarios ocupan el frente de la posición y avanzadilla, y los Regulares suben a las peñas del borde de la meseta, donde son más tarde reforzados por nuestra quinta compañía.

El enemigo hostiliza desde las huertas y barrancadas, y el antipático sonido de la "arbaia" enemiga se hace sentir.

Al pie de Ulad-Dau, junto al morabo, ha quedado una sección de la primera compañía; a los pocos momentos avisan que ha sido herido de dos balazos Calvacho, que la mandaba.

Después de una fatigosa ascensión, llegan a Ulad-Dau nuestras secciones de ametralladoras, y cuando ocupan a la derecha de las casas importante posición de fuegos, el teniente Montero recibe gravísima herida en la cabeza. Todos le creen muerto; y con la cabeza envuelta en un saco terrero vemos que lo retiran hacia la ambulancia. Nuestra sorpresa fue grande al encontrarle a los pocos días en el hospital, y hoy curado de su grave herida.

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El combate durante el día se mantiene duro, especialmente en las peñas ocupadas por los Regulares, y la retirada de éstos se avecina difícil.

Cuando fortificada la posición llega el momento del repliegue, el enemigo, que está muy cerca, aparece a pocos pasos de los Regulares. Sólo un mortífero fuego de nuestra fusilería y la oportuna intervención de una de las admirables baterías de montaña del Grupo gallego, colocando en medio sus explosiones, detiene en su avance a los montañeses y facilita la retirada de los valientes Regulares.

En esta retirada es herido grave en la cabeza el teniente De la Cruz.

El día había sido muy duro. La Legión había tenido 143 bajas de tropa y siete de oficiales, los soldados habían luchado incansables y nuestras ametralladoras acreditaron, una vez más, su valor y resistencia.

El día 3 acompaña la Primera Bandera el convoy a Ulad-Dau para retirar los heridos y aprovisionar las posiciones. 

VIII- Atlaten

 

La columna del General Sanjurjo se concentra el día 5 de octubre al pie de Ulad-Dau para la operación de Atlaten. Un extenso cortado hace que esta posición sea sólo abordable por la derecha, y una rocosa loma, intermedia entre Ulad-Dau y el cortado, nos ofrece lugar apropiado para proteger la salida.

Desde los primeros momentos el enemigo, oculto en las huertas, nos dirige sus disparos; despliegan las guerrillas y cruzando entre las casas del poblado ascienden a la loma intermedia; a su abrigo se reúnen las otras unidades, y, establecidas en ellas las ametralladoras, se empeña el combate.

Pronto descienden por las rápidas pendientes de la barrancada las secciones de vanguardia, y, pasada ésta, efectúan la penosa ascensión por entre los peñascos de la cañada; aquí se han de concentrar las unidades de la Legión para preparar el asalto de la posición principal.

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Marcha en vanguardia la quinta compañía de la Segunda Bandera, que con rapidez asombrosa va subiendo la gradería de peñascos del acantilado. Cuando se asoman a la meseta las primeras fracciones, entablan empeñada lucha con el enemigo, mientras las demás compañías van cruzando el barranco y concentrándose en lo alto de la cañada.

Al llegar a la cresta, unos soldados conducen el cuerpo inanimado de un oficial. Es el teniente Ochoa; una bala enemiga le había herido en el corazón. ¡Pobre Ochoíta, muerto gloriosamente en plena juventud!

Unos proyectiles de nuestra propia artillería explosionan a pocos metros; el comandante de la Segunda Bandera queda envuelto en humo, al disiparse éste, Fontanes se encuentra tumbado en tierra; acudo solícito a su lado y con alegría veo que es únicamente la conmoción producida por la explosión; tiene sólo ligeras contusiones, pero a su lado yace, con una pierna destrozada, un viejo legionario.

Después de momentáneo descanso avanzan la primera y segunda compañía a reforzar a la quinta para el asalto; de la guerrilla se retira el teniente Navarrete, herido de dos balazos en el cuello y pierna; viene suspendido entre dos soldados:

-¡No he podido llegar, me han herido, me han herido! -nos dice.

El asalto se efectúa, y entran en el fortín central los primeros legionarios; pronto las banderas de las dos Banderas ondean en lo alto de la derruida fortaleza; al pie de ellas un negro y atlético legionario de la segunda compañía se encuentra agonizando; mientras tanto, por los caminos de Uixan y valle del Maxin, se alejan numerosos harqueños.

Atlaten es un precioso mirador rodeado de enorme acantilado: desde él se domina medio Beni-bu-Ifrur y se divisan a lo lejos las antiguas posiciones españolas.

Establecidas las ametralladoras y baterías, persiguen con sus fuegos los grupos enemigos.

Tomado Atlaten, la calma reina en todo el campo; sólo en la posición, sobre un parapeto, los ojos vidriosos de unos muertos nos recuerdan el horror de la guerra; son los últimos defensores de Atlaten, los que nos ocasionaron las más sensibles bajas.

Desde Ulad-Dau apoyaron nuestro avance los Regulares de Ceuta; es su última acción en este territorio, días después había de reembarcarse aquel puñado de magníficos indígenas. Estos tabores habían perdido en dos meses la mayoría de sus soldados, Con dolor vemos marchar a los queridos compañeros, algunos de los cuales habían de encontrar en la otra zona muerte gloriosa.

 

OCUPADO ATLATEN en un paseo militar, se conviene la ocupación del antiguo campamento de Segangan. La Primera Bandera, que ha quedado destacada en Atlaten, descuelga unas secciones a ocupar los fortines, y la columna entra en el poblado sin ser hostilizada; sólo delante, hacia el servicio de protección de los blocaos en construcción, suena algún paco.

A la media hora de encontrarnos en este campamento, una enorme explosión se deja oír hacia las laderas de Uixan; una gran columna de humo y tierra se eleva en el espacio nublando el horizonte. El polvorín de las minas había sido volado por los moros; habían, sin duda, calculado lo que tardaríamos en subir la ladera, pero nuestra permanencia en Segangan les había hecho fracasar en el intento.

El campamento y poblado se encuentran destrozados, los edificios, sin puertas ni ventanas, están llenos de escombros, y en algunos barracones ha sido quemada la techumbre.

El poblado de San Juan de las Minas parece haber sido respetado las pequeñas y bonitas barriadas de obreros se ven blancas y alineadas, pero al acercarnos comprobamos el destrozo causado por el enemigo; las puertas y ventanas habían sido arrancadas, destrozando las paredes, y algunos de los pequeños árboles de sus calles estaban cortados.

Los legionarios, desde su llegada, se han extendido por los poblados, de los que traen mil baratijas; platos, cucharas, sillas, todo lo que los moros habían anteriormente saqueado; un sinnúmero de puertas y ventanas son conducidas al campamento, y con ellas se van tapando los huecos de los barracones.

IX - Taxuda 1. (Gurugú)

 

El día 10 de octubre es glorioso en la historia de la Legión. Mientras varias columnas, desde la plaza, escalarán el Gurugú, la columna Sanjurjo, saliendo de Segangan, debe cortar el paso al enemigo en Taxuda.

La empresa se creía fácil. La harca había abandonado los picos del Gurugú y las confidencias señalaban su presencia en la meseta de Telat y de Ras Medua; los poblados parecían inclinarse a nuestro lado y se esperaba que la resistencia fuera escasa.

La noche anterior a la operación se tuvieron noticias más concretas. El Alto Comisario comunicaba que la harca se concentraba en el Telat y que tal vez tuviéramos un serio encuentro con el enemigo; la actitud de los poblados era dudosa.

En la oscuridad de la noche y en el mayor silencio se concentra la columna en las huertas de Segangan y media hora más tarde la vanguardia se reunía delante del Blocao de Atlaten.

El día empieza a clarear. Con los gemelos se observa un gran movimiento de moros en las esponjas de peñas que forman horizonte y que debemos ocupar, Y en la larga espera que precede a la concentración de la columna, los comentarios giran alrededor del próximo encuentro.

Lo estrecho del camino y la oscuridad de la noche retrasan un poco las llegadas de las baterías, y ya el sol lucía cuando, establecidas éstas, el Coronel Castro nos ordena el avance. El General Sanjurjo, con su típico pijama a rayas, presencia a caballo el desfile de la columna.

La Legión avanza en columna doble, Las banderas marchan inmediatas. Sus vanguardias han desplegado y muy alto se escucha el maullido de las primeras balas.

En dirección a Telat se ve bastante enemigo, pero en las esponjas del frente el movimiento de moros ha desaparecido; sólo alguna cabeza asoma entre las peñas de la izquierda y desaparecen después de dirigirnos sus disparos.

La cuesta que tenemos que subir es muy penosa. Un crestón o esponja intermedia facilita nuestra reunión antes de dar el asalto a la esponja alta y peñas del frente. En estos momentos el enemigo hostiliza poco, y con gran facilidad se han ocupado los objetivos; los moros se han retirado, pero al llegar a las crestas el fuego que nos hacen es muy intenso.

Conforme van llegando las unidades se refuerzan los distintos puntos del frente; las ametralladoras se establecen; el fuego se intensifica y las camillas van y vienen de las guerrillas al puesto de socorro. El combate se empieza a poner serio. El enemigo ocupa un extenso anfiteatro, donde las cresterías de peñas le ofrecen un abrigo natural. La meseta de Taxuda, a nuestra derecha y a tiro de fusil, nos domina un poco, está cortada a pico por este lado y el acceso a ella está al Norte, por una estrecha senda.

A la llegada de los batallones, el Coronel Castro ordena el relevo de nuestro flanco izquierdo, con objeto de reunir la Legión por si se continúa el avance; fuerzas de tres batallones ocupan posiciones en este flanco, compañías de la Legión reciben orden de reunirse a retaguardia. Una de ellas no llega a cumplimentarla, porque el enemigo arrecia en el ataque, y en aquel preciso momento se recibe noticia de que las fuerzas peninsulares necesitan apoyo.

¿Se ha de seguir avanzando; subiremos a Taxuda? Nosotros estamos preparados. YO recordaba en estos momentos mi visita el año 12 a las ruinas romanas de la meseta y el estrecho sendero por el que desmontados tuvimos que subir. El camino de la meseta no es por este lado, pero está bajo el fuego de nuestros fusiles.

Un aeroplano, volando sobre las tropas, arroja un parte con gallardete rojo, que cae a nuestro lado; avisa "la presencia de numeroso enemigo en el frente y flanco izquierdo, al que no puede batir nuestra artillería, por ocultarse tras las esponjas rocosas". A los pocos momentos las bombas de los aeroplanos suenan en la barrancada y su negro humo asoma detrás de los peñascos.

El Gurugú ha sido tomado sin resistencia y la harca está entretenida en combate duro El general Sanjurjo ha llenado cumplidamente su misión y el Alto Comisario aprueba que no se avance más y se mantengan las posiciones ocupadas hasta que esté el Gurugú fortificado.

Las bajas se multiplican. El Batallón de la Princesa ha perdido en los primeros momentos a muchos de sus oficiales. El capitán Cobos, de la Legión, cae herido muy grave: "no es nada", nos dice, "un balazo en el vientre", ¡Pobre as de las ametralladoras! Su herida le había de causar la muerte.

Al pie del cortado de la izquierda, y a cubierto de los fuegos enemigos, un capellán de un Cuerpo auxilia a los heridos. A su lado se detienen breves momentos las camillas y se agrupan los guerreros ensangrentados, que reciben la absolución, mientras los camilleros legionarios, rígidos y descubiertos, contemplan el emocionante cuadro.

En el ángulo de la línea, la sexta compañía de ametralladoras se porta bravamente; en mi visita a aquel lugar me pide una protección de legionarios. Ya una vez en la mañana ha llegado el enemigo a pocos metros de sus máquinas, y las tropas peninsulares inmediatas no están para días tan duros. Una sección de la Legión es enviada, que más tarde había de ser utilísima.

El combate en la izquierda sigue muy áspero. De las peñas bajan a un oficial muerto; es el teniente Rodrigo, de la quinta compañía; el enemigo está muy cerca y el fuego de fusilería es intensísimo.

Unos harqueños que se han corrido por la izquierda disparan varios tiros desde retaguardia; dos soldados son heridos en los sostenes; esto produce cierta confusión entre las reservas, y al mismo tiempo el enemigo, concentrado en las barrancadas del frente, efectúa enérgica reacción sobre nuestras líneas.

Las compañías de la izquierda ven aparecer de pronto a pocos metros las cabezas enemigas; el enemigo, con gran arrojo, ataca por todos lados; el coeficiente moral de las tropas peninsulares es sobrepasado y el frente de la izquierda vacila en algunos puntos.

Los momentos son de gran emoción, y en el sector amenazado volcamos nuestros hombres y nuestro espíritu; los sostenes de las unidades dé legionarios acuden al lugar en peligro y acometen al enemigo; los acemileros de nuestras compañías de ametralladoras y tren de combate, abandonando sus mulos, se suman a la reacción, y el ataque es rechazado en todo el frente.

En las peñas, los legionarios rivalizan en entusiasmo; se han registrado mil episodios: unos retiran en medio del fuego dos ametralladoras de otro Cuerpo que, por muerte de sus apuntadores, estuvieron en peligro de caer en manos del enemigo; otros avanzan a la contrapendiente, y a pecho descubierto aguantan la reacción; un acemilero ha rebasado bastante las guerrillas, y de pie en la ladera dispara sobre los moros, su camisa blanca se destaca notablemente y está en el lugar en que el fuego enemigo es más mortífero.

En la izquierda, un soldado de Guipúzcoa acaba de ser herido; un moro se echa encima, intentando rematarle, y un legionario se arroja sobre el moro, clavándole el machete en el corazón. Un francés, agente de enlace, muere gloriosamente, gritando:

 

-En avant, en avant. ¡Viva la Legión!. 

 

En el frente, el comportamiento de las baterías gallegas es, una vez más, admirable. Ven llegar al enemigo a corta distancia y siguen su fuego sin que se separe ninguno de sus soldados. Todas las alabanzas me parecen pocas para esos oficiales y soldados que como verdaderas baterías de acompañamiento siguieron durante toda la campaña a las guerrillas de la Legión.

En esta fase del combate la densidad de la guerrilla ha aumentado mucho, y, restablecida la situación, se hace preciso retirar del frente las fuerzas sobrantes y evitar la mezcla de soldados. Poco a poco se repliegan las unidades peninsulares y quedan sólo en el frente los legionarios; los batallones van formando en orden cerrado y desfilando hacia retaguardia.

La retirada está un poco difícil; el chorreo de heridos continúa; el enemigo está muy próximo; hay que dar tiempo a evacuarlos; se dan dos veces las órdenes de retirada y los soldados que caen muertos retienen el repliegue de la línea.

Cuando ya parece el momento apropiado, un parte del capitán que se encuentra en el flanco izquierdo nos trae la noticia de que las baterías de Atlaten han colocado sus proyectiles en la guerrilla propia, causándonos sensibles bajas, y que el teniente Moneo está gravemente herido; esto origina un nuevo y pequeño retraso.

A retaguardia, y en la Segunda Esponja, se hallan colocadas nuestras ametralladoras con fuerzas de otro Cuerpo para apoyar el repliegue y, por fin, a una señal, las guerrillas abandonan sus puestos.

En estos momentos cae con la cabeza atravesada mi fiel ayudante; el plomo enemigo le había herido mortalmente; desde la guerrilla dos soldados conducen su cuerpo inanimado, y con dolor veo separarse de mi lado para siempre al fiel y querido Barón de Misena.

En estas peñas intermedias hay que detenerse para dar tiempo a que se alejen los heridos. El coronel Castro, jefe de la vanguardia, dirige la retirada, y el comandante Abriat, ayudante del general, nos acompaña entusiasta en todos los momentos.

En este segundo escalón el teniente Echevarría, ayudante de la Segunda Bandera, acaba de ser herido; le vemos alejarse con la cara ensangrentada cubierta de algodones.

Se ha prolongado tanto la retirada, que las municiones escasean; hay que tirar muy poco y reservar los cartuchos, y aquí nos aguantamos hasta recibir un mulo con municiones. El enemigo se mueve entre las peñas que nosotros ocupábamos, y en seguida sigue la retirada por la pendiente e interminable cuesta.

Por fin llegamos a la meseta de Atlaten; el enemigo sólo nos dirige algún disparo, y nos detenemos esperando el interminable desfile de los distintos elementos de la columna.

Anochece cuando atravesamos las huertas en dirección al campamento; en estos momentos recibimos orden de adelantarnos en apoyo del Batallón de Toledo, que, delante de Atlaten, protege la retirada de las baterías ligeras; para ello cruzamos por delante del campamento; unas cajas de municiones sobre el camino nos permiten amunicionarnos al paso, y es de noche cuando empezamos a subir la carretera.

En las lomas del fondo se ven las explosiones de nuestra artillería. A mitad de la cuesta nos detenemos; el Batallón de Toledo no necesita apoyo y se retira con las baterías después de haberse sostenido en fuego con el enemigo durante todo el día; ha tenido cincuenta bajas. Es uno de los batallones que más se han distinguido en la campaña.

Nuestras bajas en este día han sido 25 muertos y 91 heridos; muertos: el capitán Cobo y tenientes Moore y Rodrigo; herido grave el teniente Moneo y leve el teniente Pérez Mercader. 

Continuará

Por la transcripción: Julio MERINO