Primero escribió "Cartas al Pueblo soberano" y fue un éxito. Después escribió "Cartas al Príncipe" y fue otro éxito... y luego escribió "Cartas al Rey" y fue el libro de más impacto de los años 70. Quizás porque Emilio Romero, por aquellos años el triunfante y todopoderoso Director de "Pueblo", estaba en la cumbre del periodismo español... y sin quizás porque era el periodista político que se atrevía a decir lo que nadie se atrevía sobre Franco y el Régimen, sobre la Dictadura que se diluía y la Democracia que emergía, sobre la soberanía nacional y el heredero a título de Rey... "Don Emilio", que ya se había atrevido a darle consejos al joven Príncipe en sus "Cartas al Príncipe", da un paso más y le escribe a quién va a ser Rey 12 Cartas, que son como 12 fotografías del país con el que se va a encontrar, de los españoles sobre los que va reinar, sobre la España política que va a heredar, sobre las Oposiciones presentes y futuras, sobre los escasos monárquicos que le quedan a la Monarquía, sobre los Principios Fundamentales que va a tener que jurar... y, en fin, hasta de los peligros que le acechan... ¡si es que llega a ser rey!...porque también le habla de las posibilidades que tiene su primo, Alfonso de Borbón  ("Menos mal que la boda con la nieta de Franco se ha producido después de su designación como heredero del 69, porque si no...").
                  Hoy he seleccionado, para este exitoso "El Correo de España", parte de la Tercera Carta por considerar que dada la situación que está viviendo Don Juan Carlos es la más oportuna, "Voy a desollar el rabo", "Todo ha cambiado", "Tiempo de navegar"... ¿Cómo es la política que deja el general Franco sobre el ruedo de España?
                    Bueno, pues pasen y lean. N o sobra saber cómo  fue, de verdad, la Transición y cómo llegamos a esta Monarquía, hoy en dificultades.
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VOY A DESOLLAR EL RABO 

¿Cómo es la política que deja el general Franco sobre el ruedo de España? ¿Cómo deberá ser la lidia? -uti1izando nuestro lenguaje español de la tauromaquia-. ¿Quiénes son actualmente los lidiadores, comenzando por las figuras sobresalientes de-nuestros carteles? ¿Cómo son los toros de nuestros problemas, los viejos toros ibéricos de nuestro destino político que hizo exclamar un día al Conde de Romanones que habíamos hecho trabajar a la Historia más que ningún otro pueblo? Javier de Bengoechea dijo aquello de:

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Toro español, creciéndote al castigo,

a fuerza de valor y de riñones.

Tremendas son, y ciegas, tus razones.

La sangre testifica. Callo y sigo.

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Esto último es una cuestión de las más graves, y que no debe eludirse en unas Cartas como éstas, porque un libro es siempre una tentación de expresarse a todos que tiene la conciencia, y si la tentación fuera como aquellas representadas por el demonio en sus apariciones a los santos, y hasta en el mismísimo desierto como a Jesús, o se le hace frente, con el látigo o con la penitencia, o se le retuerce el rabo a ver lo que da de sí. Yo he hecho esto último. He retorcido el rabo del demonio particular que provoca a mis discreciones, temores y prudencias y denuncia los pecados de mis silencios; por eso he pensado desollarlo. Me he decidido a hablar, pero voy a ver cómo me las compongo para que no se vaya de vacío mi provocador, y que sea de mí lo que Dios quiera.

En la frontera de un período de la Historia que agoniza -sin que ello quiera decir que haya de interrumpirse el proceso fecundo de reformas que ha significado- con otro período que abre distinto capítulo, aunque sea dentro de la deseada continuidad, es el momento conveniente de meditar sobre lo que somos en estos instantes, sobre cómo estamos, en una identificación para esta circunstancia y para saber lo que puede esperarse de vuestro reinado, que si ha de tener dentro gérmenes activos de evolución y de transformación, que es la exigencia inescamoteable del Tiempo –el gran protagonista invisible de la Historia-, con estas mimbres que tenéis habréis de hacer el cesto. El tiempo, señor, es la más grande exigencia de la Política. ¿Y cómo se averigua el tiempo? Simplemente abriendo los ojos a lo que pasa. No os metáis en ninguna torre de marfil. No os dejéis cercar por quienes os puedan ofrecer un panorama de realidades excitantes, sin averiguar si esa efusión no está relacionada con el interés de quien os lo dice; o porque no ve las cosas como son, y en este caso tampoco serviría que les pusierais anteojos. Tenéis el deber de forzar la barrera de vuestros sitiadores.

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TODO HA CAMBIADO

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Los acontecimientos han probado suficientemente que la idea del poder con un ejecutivo fuerte, independiente, funcionalista y hasta eficaz; una representación pública y hasta purísima, articulada exclusivamente por las agrupaciones de intereses (familia, municipio, sindicato y demás corporaciones), y una Constitución escrita con los factores ideológicos del Estado y de la Sociedad dentro, son realidades útiles, necesarias, modernas, buena receta para españoles que venimos de discordias múltiples y antiguas. Pero insuficientes. Durante estos años hemos oído reiteradamente que si el Estado moderno llegaba con sus competencias a todas partes (porque todos los Estados modernos son ya comunitarios), simplemente con que se obtuviera la eficacia se conseguiría un consenso de adhesiones, aunque fueran pasivas, y una realidad sociológica de avenencia y de paz. Servan-Schreiber se ha aventurado, certeramente, por este horizonte, y no ha encontrado la injustificación de la política.

Es también verdadero que asistimos al crepúsculo de las ideologías, con tal de que se nos deje añadir que nos referimos al crepúsculo de las ideologías crepusculares. Y es también cierto que la vieja política correspondiente a otras estructuras sociológicas y mentales, a otro tiempo, aunque sea invocada por célebres espiritistas nacionales, está bien muerta. Pero concluir por todo esto que la política se ha acabado, es llegar demasiado lejos.

En primer lugar hay un fenómeno misterioso, como de conciencia, que hechizaría al filósofo francés Enrique Bergson, y que consiste en que la guerra civil de 1936 no ha sido enterrada. Contrariamente a la lentitud de las cosas que ocurrían en el siglo XIX, las contiendas políticas y las ideologías de aquel tiempo morían o perdían vigencia más de prisa. Las distancias entre los dos generales progresistas de aquel tiempo, Espartero y Prim, eran siderales y no habían pasado más que veinte años. Ahora los restauradores de la democracia liberal dicen las mismas cosas que los de 1931, con la excepción, dicho sea con justicia, de don Salvador de Madariaga, cuyos últimos descubrimientos ponen a la escuela liberal clásica del revés. La supervivencia de los años treinta será porque, como recordaba José María Massip, nuestra contienda fue «la última guerra románti­ ca», como fue calificada por Herbert Matthews, y es más difícil arrancarse los sentimientos que los intereses; pero, además, esta supervivencia y los condicionamientos de ella no son solamente nuestros, sino que forman parte de la mentalización contemporánea del mundo. La guerra civil española, y acaso la guerra de Vietnam, son las dos únicas guerras locales que han polarizado sentimientos universales en este siglo. Contra esta realidad son de difícil aplicación los esquemas políticos futuribles. Lo lógico es que el desenlace de la guerra civil española, treinta años después, con dos o tres generaciones superpuestas, y una vuelta profunda al país en las realidades económico-sociales, nos debía hacer gozar, en buena praxis histórica, de un distanciamiento del pasado, como la Revolución francesa, o la rusa, o la guerra de Secesión americana. Pero no es así todavía. Ni los comunistas se resignan, que fueron los grandes derrotados de 1939, y menos ahora con dos potencias nucleares como escudo y apremio; ni el mundo del Occidente evacúa definitivamente desfiguraciones y nostalgias. A España, por unas cosas o por otras, no se la deja cerrar una puerta de su Historia, con un millón de muertos en el quicio. Pero precisamente por esto a los españoles, durante mucho tiempo, más allá todavía del agotamiento de las generaciones residuales de 1936, nos está prohibido el licenciamiento de todas aquellas movilizaciones políticas activas, aunque no fueran necesarias nada más que para impedir otra «guerra romántica» proveedora de heroísmos y de crímenes, para amasar nuevas nostalgias y excitaciones universales al Occidente democrático, y ofrecer otra oportunidad al Oriente autocrático.

España ha hecho en estos treinta años grandes reformas, seguramente incompletas como todas las reformas: la administrativa, la económica y la social. Pero había que hacer, con parecido rendimiento, la reforma política del viejo Estado inservible de entonces. Pero los caudales convocados para esta reforma se dirigieron y utilizaron, casi exclusivamente, en completar la Constitución, en la actualización de las Leyes Fundamentales proclamadas en distintos años, y en la creación de la Ley Orgánica del Estado, con todas las leyes menores, aunque relevantes, de su desarrollo. Se construía la legalidad del Estado como gran objetivo de la Revolución nacional; pero se producía, simultáneamente, un desarme político. La política hecha desde abajo es siempre incómoda e incordiante, pero si tiene acequias verdaderas, y el torrente tiene caudal y ritmo conveniente, es útil y hasta imprescindible. Hay que ponerse la mano en el pecho con humildad y señalar que esto no se ha hecho bien. También hay que decir que los españoles somos difíciles para hacer estas cosas bien. El Movimiento Nacional empezó a ser muy pronto más una realidad ministerial y administrativa que una fuerza política integradora y activa obligada a hacer una «nueva política».

Mientras tanto, se politizaba la Universidad, la base laboral, el mundo intelectual y artístico, y hasta la Iglesia. El Estado totalitario tiene su fuerza política activa en el Partido. Pero nosotros no éramos un Estado totalitario, ni contábamos con el Partido. Tampoco éramos un Estado democrático liberal, porque este sistema político se había agotado trágicamente en 1936. España, por el contrario, había instalado un Estado nuevo, original, diferente a los Estados del Este y del Oeste, a quien solamente le faltaba hallar una forma política de concurrencia, que no podía ser ni como la del Este ni como las del Oeste, y que, como digo, no resultaba suficiente con la constitución y el dinamismo del nuevo Parlamento, y con los mecanismos de representación y actividad de la vida local.

No seríamos objetivos, ni verdaderos, si dijéramos que este proceso de politización extra-régimen se había producido de la noche a la mañana. Esta politización descuadriculable, dialécticamente poco sugestiva, y con muchos factores de resentimiento, tenía más de una década de actividad y de puesta a punto. Hasta recibió sus credenciales para hablar en Madrid con un ministro extranjero. Se trata del ministro alemán Scheel, y nuestros compatriotas Areilza, Tierno, Ruiz-Giménez y Satrústegui, llamados festivamente «los cuatro muleros».

Al final, en los últimos tiempos, ante las agitaciones subversivas, el Estado se veía obligado a comparecer a pelo, como los intrépidos guerreros, con la «legalidad»; pero en la calle estaban voces no familiares, a las que se veía obligado a reprimir y acallar. La realidad no era que el Estado estuviera solo, sin adhesiones o sin consenso; lo que sucedía es que en el ejercicio de su fecundidad administrativa estaba asumiendo mucho deseo y mucha voluntad de la «mayoría silenciosa», y las «mayorías silenciosas» no aportan nunca ni acompañamiento ni voz. A los Estados legítimos que no contaran con otra cosa que con «mayorías silenciosas» les derribarían fácilmente las minorías audaces.

A mí me duele, en mi condición de escritor, la defección de mucho mundo intelectual. Un artículo de Cándido, un irreprochable intelectual joven, decía esta cosa tremenda: «La abdicación de un buen número de intelectuales en lo que toca a la defensa del Estado puede crear un vacío político imposible de rellenar con emociones o con burocracia. Nuestra "intelligentsia", diluida en el sueño de la democracia liberal, que es, a su vez, el sueño del capitalismo, carece de la sensibilidad necesaria para darse cuenta de que el Estado debe ser defendido, porque únicamente si existe puede ser transformado.»

El rearme político debe proponerse encontrar los mecanismos de acceso a las responsabilidades públicas para ese día en que no se cuente con la capacidad y presencia decisorias de Franco; y para evitar los espacios vacíos a merced del más grande de los peligros que corremos: el revisionismo histórico, en cuyo proceso ya se sabe quién iba a ser el ganador, nunca esa alegre, burguesa y refitolada élite que se desplaza en sus automóviles, en protesta y en retiro moral, hacia un fin de semana, desde el famoso «Bocaccio» de Barcelona a la hospedería conventual de Montserrat.

España ha cambiado sustancialmente en su propia conciencia de vida. Podría parecer que los cambios se habían producido en lo político, donde un genial dibujante dijo una vez, con la exageración propia del humorista, «ahora todos los políticos coinciden en lo fundamental». El cambio más importante, sin embargo, ha sido el de las gentes. Por los años cincuenta se estaba dando en el escenario la representación política de los años cuarenta, y resultaba que entonces una buena parte del público ya no era de 1940. Diez años más tarde el público era ya nuevo en su mitad; y ahora mismo, la nueva gente ocupa más de tres cuartas partes de las localidades. Hay quien se empeña en mantener el texto como fue escrito, y el mismo modo de decir de los intérpretes. No se dan cuenta que existen gentes que se ríen de eso, y otros se indignan. Por eso Franco, que cree moderadamente en el Tiempo, empezó a cambiar la representación por los años cincuenta. Su gran preocupación es la de no alterar los basamentos y la intención de la obra. Así podrían justificarse algunos de sus actos que se comprenden menos.

Los que hemos conocido la España de los años cuarenta, los textos y las actitudes de entonces, sabemos que ha habido muchos cambios en el escenario. Pero todo esto es normal. Cuando se ha querido dar la vida de ahora mismo al teatro importante del mundo, y de otra época, la tarea de los autores y directores de los arreglos, o de las versiones nuevas, ha consistido en acercar los textos, y su presentación, a las conciencias actuales, y dentro de la circunstancia moral, o espiritual, o cultural, y hasta política, del presente. Para acercar a Lorca a las inquietudes políticas de los jóvenes, el director Víctor García tuvo que montar una gigantesca lona en el escenario para hacer valer sobre ella, en su dificultad azarosa de camino y de ascensión, la nula fertilidad de la España de entonces. El actor Fernán Gómez hace a Ibsen en la conciencia de un hombre puro y valeroso, acosado por los intereses particulares, que tanto resuena en nuestro tiempo. El actor Marsillach y el adaptador Enrique Llovet ofrecen un Tartufo de Molière para mostrar la corrupción con sonido de ahora mismo; y yo mismo, con el director Vergel, he puesto a Büchner en un escenario con La muerte de Danton, para que las pugnas ideológicas y los comportamientos personales de la Revolución francesa en el Terror golpeen la propia conciencia renovadora de nuestro tiempo, en la intención de que todo lo que nos proponemos los españoles gane en humanismo lo que debe perder en dogmatismo excluyente.

El viejo público de nuestro teatro político, del Régimen del 18 de Julio, «dejó hacer» a los equipos de gobernantes. Nunca había tenido un político o un estadista español, como el general Franco, un caudal tan abundante de confianza pública. Tenía una rara magia para la seducción popular, sin que haya sido un orador, y sin concesiones de gesto, donde son tan maestros los políticos profesionales. El Régimen, como toda obra humana, tenía errores, pero no se adjudicaban a Franco. De eso no se ha librado ninguno de sus grandes contemporáneos: Churchill, De Gaulle; Adenauer o Stalin. Pero el nuevo público es más crítico de la obra del Régimen que antes. La tolerancia propia abierta por la evolución o el desarrollo político ha hecho pulsar las liras, ha armado las facciones y ha afilado las plumas. La pasión crítica empieza a correr por el país. Nadie otorga ya a los políticos, o a los gobernantes, patentes de corso. Las propias instituciones del Régimen, en mayor o menor grado, registran esta sacudida. Hay un afán de los gobernantes de dar cuenta de lo que hacen. Las Cortes son, acaso, quienes producen más críticas y tienen ya su cuadro de parlamentarios activos; los juristas y los técnicos dominan la situación; Rafael Díaz-Llanos, Serrats Urquiza, Lamo de Espinosa, García Hernández, Dionisio Martín, Fernando Suárez, Sanz Orrio, Pío Cabanillas, Cruz Martínez Esteruelas, Iglesias Selgas, Pedrosa Latas, Meilán, Escudero Rueda, Esperabé, Cabello de Alba, Baldomero Palomares, Belén Landaburu, Mónica Plaza, y dos docenas más, dan tono a un Parlamento necesitado de actitud crítica, apagado hasta el máximo por el terror no desaparecido al «parlamentarismo», el gran reproche a la vieja democracia liberal. El Presidente, Alejandro Rodríguez de Valcárcel, tiene una ilusión tan bien intencionada por la tolerancia, que no padece su fina inclinación dialéctica por el abuso parlamentario de los menos dotados. Las Cortes arrancaron el «asunto Matesa» de los sigilos oficiales y judiciales, y lo arrastraron a un debate. El más fogoso parlamentario de los meandros del Derecho, Cruz Martínez Esteruelas, llevó la voz cantante. En cualquier circunstancia, o proyecto de ley, hay siempre una docena de procuradores que acorralan cortésmente al Gobierno, y hasta pueden hacer su aparición los megaterios políticos, agazapados en la expectación o en la política de «cinco tenedores»; y como decían los viejos cronistas del Congreso de Diputados, «el viento de la Historia da portazos en la sala».

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Los colegios profesionales están removidos. Surgen en todas partes las minorías activas acosando a las mayorías silenciosas. Pretenden apoderarse del gobierno de estas entidades para desalojar los tufos oficiales. Muchas de estas gentes están implicadas en actitudes contrarias al Régimen, y las autoridades tratan de contenerlas, o impedirlas. Recientemente, la evolución del Régimen estuvo bien expresada en el incidente ocurrido en el Colegio de Abogados de Madrid, donde dos monárquicos notorios (aunque en los comienzos, de distinta dinastía), Lucas María Oriol y Jaime Miralles, llegaron a las manos, y a los cuerpos, pues el primero sigue siendo del Régimen y el otro ya no lo es; y si esto ocurre con los apellidos históricos de la derecha española, es que aquí se han removido hasta los cimientos. Hay un nuevo movimiento para colocar a «lo oficial» en su sitio, que es, exclusivamente, lo que podría llamarse el «campus» del Gobierno, que se extiende más allá de la Administración pública y del Consejo de Ministros, pero no ha de invadir las áreas de «lo privado»; en tanto que las «minorías intrépidas» aspiran a alzarse con el santo y la limosna.

La Universidad, a la que voy a referirme en una Carta por entero, es la más alta institución crítica. Los profesores, prácticamente, tienen cierta libertad de cátedra, aquella concesión de Sagasta que dio un vuelco a todo. Y los alumnos, mediante asambleas, coloquios, carteles, «sentadas» y conflictos ejercen, o extreman, la discusión de todo lo divino y lo humano.

La Prensa, desde la supresión de la censura previa en 1966, dejó la uniformidad y el silencio por la variedad y la locuacidad. Son muy raros los periódicos sin actitud crítica hacia las distintas formas de poder, tanto políticas como sociales. Pero la oposición intelectual, con mayor o menor radicalismo, se refugia en las revistas; existe una tribuna intelectual de gran porte, como es Triunfo, con cuatro firmas de primera clase: Vázquez Montalbán, Haro Tecglen, Carandell y Miret Magdalena. Destino, de Barcelona, tiene su aroma catalanista y. liberal inconfundible -en el mejor sentido-; y Gaceta Ilustrada congrega la variedad de Pemán, Laín, Tovar, Marías y Lázaro Carreter. Cuadernos para el diálogo, a la sombra del paraguas romano de Ruiz­ Giménez, ofrece el abanico más claramente, más decididamente, más sistemáticamente contrario a «la situación». El artículo 2.º de la Ley de Prensa, que trata las limitaciones a la libertad, se administra con amplitud, con tolerancia, con parsimonia y con escasos deseos de trepidación. No hay fuego; solamente chisporroteo. La izquierda intelectual se ve obligada a ser reticente, amarga y perifrástica. Se adiestra en un ejercicio que antes pertenecía exclusivamente a la derecha católica: escribe para ser leída «entre líneas». El artículo de Gregorio Peces-Barba sobre el levantamiento militar de Chile es una maravilla de encubrimiento agresivo y de fidelidad a sus ideas; su pluma estaba al escribirlo en la Casa de la Moneda de Santiago, con el cadáver todavía caliente de Allende; y el corazón en Madrid, al lado de su padre, aquel Peces-Barba de la Causa general. En esto realiza la izquierda verdaderas obras de arte; está en posesión de todas las claves; los servicios jurídicos de vigilancia, y el fiscal del Tribunal Supremo, no encuentran materia objetiva para meter el diente. La infracción es inaprehensible, gaseosa, volatizable; es una polución.

Los grandes comentaristas políticos son los humoristas. Hay una generación espléndida de dibujantes políticos de humor, como Máximo, Forges, Mingote, Chumy Chúmez, Summers, Ramón, Perich, Quesada, que ponen todos los días petardos bajo las sillas. Y se ríe, complacido, el país.

La nueva crítica está en las canciones; Serrat y Raphael son como Sagasta y Cánovas. Raphael, para credencializar más su condición de cantante de «la situación», se ha casado con la nieta del Conde de Romanones. No se sabe nada del «establishment» matrimonial de Serrat. Los conservadores españoles han sido rígidos de cabeza y liberales de bragueta, mientras que los liberales han sido más puritanos consigo mismos, y despilfarradores con los fondos públicos; es una tradición.

Se nota menos la posición crítica en la poesía; un poco en la novela; y más que en ninguna parte, en el teatro y en el cine. De entrada, vais a tener un país con actitud crítica, y todavía se espera que vuestra persona abrirá la mano. Ésa es otra de nuestras graves clasificaciones políticas. Los que abren la mano y los que cierran la mano. Estamos fabricados para estas pavorosas síntesis de la actitud política. Si os pudierais librar de ambas cosas, vuestros asuntos, y los de todos, irían mejor.

Pero, como os digo, el cambio sustancial de la gente tiene repercusiones directas y profundas en la vida política. Lo que se llamaba antes «la moral», refiriéndola a un código de las buenas costumbres para entonces, es hoy otra moral. No contradice los valores permanentes o inmodificables de aquélla, pero tiene otras motivaciones; ha podado hipocresías y ha prescindido de morales epidérmicas. La visita de treinta millones anuales de extranjeros; nuestras propias salidas fuera; las dos piezas en las playas; el hábito diverso de las gentes; más grados en las bebidas; separaciones numerosas de matrimonios, sin divorcios; huelgas laborales, sin permiso de huelga; el amor en estado de contacto, sin callejas oscuras, sin quicios de puertas, o sin rejas andaluzas; barbas; conciertos sinfónicos llenos de chicos sin corbata y abiertas las camisas; la muerte de las ciudades por la noche; la crisis y la quiebra de los cabarets; la dispersión de toda la familia en el trabajo; la insaciable voracidad de lectura de todos los credos, y de todos los ensayos, y de todas las fábulas.

Todo lo que se edita en el mundo se adquiere en las librerías, o en los libreros de libros prohibidos; todo lo que se canta de trepidante o de melódico se oye aquí; la televisión ha despertado a los pueblos aburridos de trabajo, y de sol, y de buenas costumbres; el sexto mandamiento, único de nuestra moral antigua, ha sido apagado de sus resplandores del infierno y de la condena social, mientras que el nuevo público ha encendido el segundo y el séptimo; el auge del litigio social, cuando antes lucían con esplendor infame el penal y el civil; el afán de ganar, de invertir, de consumir; la prisa por realizarse; la búsqueda de Dios por otros caminos; el descrédito del demonio, del mundo y de la carne, como peligrosos enemigos del hombre; la crisis de la prostitución; la desaparición progresiva del servicio doméstico interno, esclavo, y en ocasiones con derecho de pernada para las crías adolescentes de la familia ; los weekend masivos de las grandes ciudades; el alejamiento de la política de las grandes masas, reducida la política a minorías, a grupos, a grupúsculos, a clanes, a familias, o a personas, puesto que el país ya no está dramatizado, ni es clamoroso como el de hace veinte años, ni es catastrófico como en el pasado, sino que desea un poder magnificente, estable, tolerante, con autoridad y que se deje censurar. 

TIEMPO DE NAVEGAR

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Todo esto, señor, es una imagen plástica del nuevo país, pero tenéis que deducir de ella una mudanza esencial, denunciada por los filósofos y los sociólogos, que ha sido siempre una planta insigne de nuestro país, como inútiles han sido sus prédicas, aunque si bien se mira, ni la Filosofía, ni la Sociología, ni la Economía han sido doctrinas indiscutibles, sino plurales maneras personales de ver nuestra realidad; y las mismas Ciencias, como las fisicoquímicas, son polémicas, y la Medicina en su esplendor terapéutico antiinfeccioso, y ante los misterios del organismo del hombre, y de enfermedades insuperables, se echa a veces de bruces, desconsoladoramente, sobre el bicarbonato y la aspirina. No se me va a pedir ahora rigores exploratorios más intensos. Pero vuestro tiempo es otro tiempo, señor. Vuestro tratamiento tiene que ser otro. El tiempo ofrece un tipo y un número de circunstancias a las que hay que acoplar la política; y todo lo demás es suicidio. El arte del político, embarcado así en la nave del tiempo, tiene confiada la seguridad de todos, y su reacción no debe ser la de no enterarse, sino la de proveerse de velas, motor, remos y balsas. Sois, por lo que dicen, un buen navegante, y el nombre de vuestra nave deportiva es nada menos que Fortuna. El viento debéis conocerlo muy bien; y la constitución de la nave: el babor, el estribor, la proa, la popa, las cuadernas, las líneas de flotación, los cabos y los palos. Todo esto sabéis para qué sirve, y su manejo, lo que es de manejar.

A Franco le ha bastado la caza y la pesca, que son dos ejercicios para un pueblo que sale de una catástrofe, y hay que adiestrarse en la puntería y en la paciencia. Pero ahora son otros asuntos. El país empieza a navegar por mares difíciles, por mares cantábricos, por los de sus problemas del desarrollo, que son la ambición y los conflictos. Pero, sin embargo, tenéis a favor el que, en función de todo lo que se ha alcanzado, no es un país «de guerra civil» como aquel de vuestro abuelo, el último Rey. Ahora es tiempo de navegar. Ésta es vuestra oportunidad. Calaos el gorro de mar, alzaos la cremallera hasta arriba, y buena «fortuna».