Sólo la belleza puede salvarnos. Aserto heideggeriano, éste, que parece llevar esculpido en la mirada —si la viéramos— el protagonista del célebre óleo Caminante sobre un mar de nubes (1818) pintado por Caspar David Friedrich. Ahora bien, ese hombre cuyo rostro se halla perdido en el horizonte, ¿es acaso un romántico o un reaccionario? Con un libro estándar de Historia del Arte en la mano se suele contestar lo primero; sin embargo, huérfanos de cualquier referente académico la respuesta no resulta evidente. Tratemos de entender primero lo que de idéntico y de dispar tienen ambos términos.

Friedrich Nietzsche define al romántico de la siguiente manera: “Un romántico aparta la mirada de sí y de su mundo, mira hacia atrás”. Por su parte, Nicolás Gómez Dávila hace lo propio con el reaccionario: “El reaccionario no es el soñador nostálgico de pasados abolidos, sino el cazador de sombras sagradas sobre las colinas eternas”. Los respectivos anhelos de románticos y reaccionarios acostumbran a confluir en su intento por trascender el decadente panorama ofrecido por la modernidad. El romántico mira lo que fue y se perdió; el reaccionario sueña lo que no podemos concebir pero aún somos capaces de imaginar. Ninguno de los dos puede permitirse caer en ese vicio intelectual tan extendido —la pereza del pensamiento— que es el estatismo.

Pensadores europeos como Adalbert Stifter, Otto Weininger o August Strindberg; y personajes literarios tales como Martin Eden, Harry Haller o Andrés Hurtado, ¿son, entonces, románticos o reaccionarios? De Cervantes a Houellebecq (pasando por Dostoievski), los grandes escritores de los últimos siglos han sido sin excepción reaccionarios. Lo mismo puede decirse de las más memorables criaturas de la literatura: románticos con nostalgia del absoluto como Don Juan, Josef K. o David Lurie. Perdidos en los vericuetos del pasado u ocupados cazando la eternidad, su sino resulta idéntico. No importa tanto la categoría que se quiera adoptar como la espontánea necesidad de salir a buscar algo mejor que la uniformidad que nos rodea.

La verdad es popular, llana, inconfundible. Aparece siempre bajo la apariencia de lo simple. La verdad está a la vista de quien sabe mirar lo concreto sin caer en los trampantojos de la falsedad. La belleza, sin embargo, se encuentra igualmente expuesta pero resulta mucho más difícil de apreciar. Sólo los espíritus aristocráticos saben encontrarla. Porque el arte va más allá de la simple verdad: sublima su esencia a través del ingenio. Embriaga nuestro espíritu, que apenas si se despereza con la verdad. Por eso es cierto que la verdad nos hará libres pero sólo la belleza puede salvarnos.

La guerra en la que románticos y reaccionarios comparten estandarte es contra la fealdad monocromática del presente. Más que una batalla cultural, se trata de una lucha por el imaginario. Porque podemos mirar al pasado o soñar con la eternidad somos humanos. Porque podemos conjugar con el lenguaje aquello que hemos observado allende la frontera delimitada por nuestras ruinas, decimos que aún hay esperanza. Para que el paseante del citado óleo no se convierta en otro protagonista más de una estampa añeja, hay que evitar la comodidad caricaturesca del tópico inmovilista. La belleza hay que salir a encontrarla al borde de un acantilado.