Escribió Homero que los dioses brindan desgracias a los hombres para que los aedos tengan algo que cantar. Rafael García Serrano fue, ante todo, el aedo de su generación, el cantor de una guerra que no era la de Troya pero donde también se batían en duelo los pueblos hermanos. ¿Acaso no se trataba del Jünger español, del Hemingway patrio? Más bien era un escritor extraído del Siglo de Oro; un soldado entregado a la literatura y un poeta entregado a la guerra, como sus maestros literarios, en la mejor tradición barroca de “dar la vida y el alma a un desengaño” y de proclamar “soy un fue, y un será, y un es cansado”. Su idealismo quijotesco le hizo desear ser Eugenio Lostau Román, su amigo y su Eneas, o alguno de los otros muchos mártires a los que conoció y en cuyo honor cantó, pero en su lugar acabó viviendo lo suficiente como para ser maldecido por Franco, que en 1957 le expulsó del diario Arriba pero al que, sin embargo, defendió con gallardía tras su muerte; por el acomplejado y semi-analfabeto Suárez, que en 1980 le expulsó de Prensa de Estado; y por el clero, que prohibió su novela La fiel infantería justo después de que le otorgaran el Premio Nacional de Literatura que no ganó La familia de Pascual Duarte.

Fundador del SEU, el “hecho extraordinario” que cambió el destino de su vida fue escuchar a José Antonio Primo de Rivera, su mayor objeto de admiración y su Julio César, por el que más tarde decidiría alistarse en el Bando Nacional como falangista, para acabar herido de gravedad en una de las batallas más cruentas de la guerra, la de Teruel —muchos creen, equivocadamente, que fue en la del Ebro—, de la que surgirá su primera obra Eugenio o la proclamación de la primavera. García Serrano era, ante todo, un católico, un patriota y un cronista de efigie romana en la mejor estirpe de Tácito o de Bernal Díaz del Castillo. Su serie novelesca sobre la Guerra Civil, al estilo de unos “Nuevos Episodios Nacionales”, es un canto a la guerra y a la época; a la reconciliación nacional y al recuerdo de los caídos. Cuando se cumplió el centenario de su nacimiento en 2017 y los treinta años de su muerte justo un año después, se recomendaron distintas obras suyas —Plaza del Castillo, Las vacas de Olite, La ventana daba al río, Bailando hasta la cruz del sur, Concierto para máquina de escribir y cinco toques de corneta—, pero yo prefiero antes que todas ellas Diccionario para un macuto, su obra más voluminosa, más vitalista y que quizás suponga la mayor sinfonía escrita sobre la Guerra Civil a pie de frente.

Diccionario para un macuto ofrece una perspectiva “de trinchera” o, mejor dicho —dado que la Guerra Civil fue muchas cosas pero en ningún caso una guerra “de trincheras”—, “de frente”, en la que además se recopilan todas las grandes obras sobre la contienda escritas hasta la fecha —1964 en la primera edición—, muchas de las cuales hoy resultan del todo inencontrables. Diccionario para un macuto compone un caleidoscopio que bien puede pasar por novela, la Gran Novela sobre la Guerra Civil, en la línea de lo que Michael Shaara hizo con la Guerra de Secesión americana en Ángeles Asesinos, donde tampoco hay desquite ni resquemor alguno. Diccionario para un macuto supone un texto de raigambre galdosiana o barojiana, pleno de un lenguaje cuartelero y jalonado de expresiones populares cargadas de gracia y de ingenio, y que adereza en su conjunto un anecdotario tabernario digno del gran conversador que debió de ser Rafael García Serrano. El talento visual y verbal de su escritura, cercano a la vanguardia tanto en la forma como en el fondo, era capaz de atravesar las décadas de distancia con el momento evocado para volver a insuflar vida a esos días de guerra que el autor recrea, al más puro estilo cervantino de quién entrega su existencia a un ideal, con un humor desenfadado y acogedor. La variedad de nombres, imprecaciones, motes y chascarrillos recolectados acercan Diccionario para un macuto al costumbrismo de Larra, maestro de articulistas. La propia idea de escribir un Diccionario de argot bélico que en este caso no sigue el orden del abecedario sino un orden más sugestivo elegido por el autor —y que acerca el libro a esas novelas “de protagonista colectivo” como Las noches del Buen Retiro, Petersburgo o Manhattan Transfer—, supone el culmen estilístico de un autor que amaba el lenguaje, sobre todo el de uso popular, a la manera de Cervantes; un lenguaje que recogía y ampliaba, también como Homero, y que acabó construyendo un uso propio e inimitable del idioma español que amplió y dominó como pocos han sabido hacer en las letras hispanas del siglo XX.

Tanto en Diccionario para un macuto como en La gran esperanza, su autobiografía —y Premio Espejo de España—, mis dos obras preferidas del autor, Rafael García Serrano se encuentra, en el momento de escribirlas, condenado al ostracismo. Ya no es el joven prometedor cargado de talento y de trabajo que brilla en sus obras tempranas. Se trata de un autor resignado a haber amado un imposible, a haber dado “la vida y el alma a un desengaño”, el proyecto español de la falange, que sabe que no se materializó y que quizás nunca existió como tal. Pero no se arrepiente en absoluto y volvería a tomar el mismo camino en caso de tener que volver a hacerlo. Esa paradoja barroca y profundamente hispana es la que contagió a su hijo Eduardo —llamado así por un amigo de su padre asesinado y torturado a manos del Frente Popular—, a la sazón un Sancho Panza “quijotizado” en esa escena final ocurrida en 1988, donde, tras pedirle un trago de vino tinto a su hijo, García Serrano perdió la vida en el hospital militar Gómez Ulla de Madrid. El autor navarro de Cuando los dioses nacían en Extremadura murió con 71 años el 12 de octubre, Día de la Hispanidad y Fiesta Nacional de España. Hoy más que nunca es necesario volver a libros como Diccionario para un macuto para combatir la farsa histórica de ánimo revanchista y el español diarreico de importación anglosajona que nos quieren hacer tragar a los jóvenes españoles.