El cristiano se somete a las más duras condiciones de la vida, pero se echa de ver que cede a ellas obedeciendo a un principio de alta virtud, y que no se dobla sino bajo la mano de Dios, no bajo la de los hombres. (…) Considera cual engañosos sueños las cosas de la vida, y sobrelleva la suerte impropicia sin lamentarse, porque la libertad y la opresión, la prosperidad y la desgracia, la diadema y el gorro del esclavo, se diferencian muy poco a sus ojos. (…) Es de rigurosa certidumbre que dos y dos son cuatro; pero no lo es tanto, que una ley sabia en Atenas sea igualmente sabia en París. Es incuestionable que la libertad es preciosa; pero ¿se deberá derramar torrentes de sangre para establecerla en un pueblo en un grado inconveniente? (…) Mucho hemos encarecido en los últimos tiempos nuestra ciencia política; en vista de ello, pudiera decirse que nunca había oído el mundo moderno hablar de libertad, ni de las diferentes formas de gobierno. (…) No nos detendremos en el análisis de las obras de estos publicistas, de cuyos nombres basta hacer mención para probar que todos los géneros de gloria literaria pertenecen al cristianismo. Todos los grandes principios de Roma y de Grecia, la igualdad y la libertad se encuentran en nuestra Religión; pero aplicados al alma y al talento, y considerados bajo un punto sublime”.

Estas palabras pertenecen a François-René, vizconde de Chateaubriand, escritor romántico, ensayista, político, diplomático y apologista cristiano, nacido en Saint-Malo, Francia, en 1768. Su obra influenció a genios literarios tales como Víctor Hugo, Lord Byron o Stendhal. Pero sin lugar a duda su monumental obra El Genio del Cristianismo -publicada en 1802- fue la que lo inmortalizó y que dejó una huella imborrable en el pensamiento católico y occidental.

En el prefacio de la edición de 1808 puede leerse: “Cuándo El Genio del Cristianismo vio por primera vez la luz pública, la Francia salía del caos revolucionario; todos sus elementos sociales estaban confundidos, pues la mano terrible que empezaba a separarlos no había dado aun cima a su obra colosal: el orden no había brotado aun del despotismo y de la guerra. El Genio del Cristianismo se publicó por decirlo así en medio de las ruinas de nuestros templos, como para devolverles la pompa del culto y los ministros del altar. En un mundo en ruinas fruto de la Revolución Francesa y su reinado del Terror, Chateaubriand puso en valor a la auténtica libertad como pilar de la cristiandad, heredera directa de los principios de Grecia y Roma, y como un baluarte de la Religión con mayúsculas que otorga al Hombre esa gracia divina que lo asemeja al Creador.

En El Genio del Cristianismo, Chateaubriand defiende la sabiduría y belleza de la religión cristiana y sostiene que es la verdadera porque justamente es la más hermosa. El católico no debe sentir vergüenza de su fe sino todo lo contrario, debe sentir orgullo de sus raíces cristianas. Belleza, verdad, fe y cristianismo, entrelazados y unidos como un todo hacen del hombre un ser libre.   

Chateaubriand reivindica la belleza del arte de Occidente a través de su Historia, a partir de los textos bíblicos, la literatura griega de Homero, y la latina de Virgilio, que fueron transmitidas y preservadas en el culto cristiano y en su liturgia. El cristianismo es religión, pero también una estética, un signo de identidad reflejado en el arte de las catedrales románicas y góticas diseminadas en Europa, que hizo cultura y forjó una Civilización, la Occidental.

Para Chateaubriand, la belleza artística es una alabanza a Dios y a su vez un elemento evangelizador como ningún otro. Ninguna otra religión en el mundo ha conseguido crear tanto arte y belleza como la cristiana. Incluso esas ruinas son bellas cuando son obra del tiempo y no como resultado de la acción del hombre que, muchas veces en nombre de una falsa libertad, han derramado sangre inocente y destruido un patrimonio irrecuperable. Esa atracción estética por las ruinas son también el reflejo de ese romanticismo del cual fue precursor, pero sin olvidar el legado y los valores de la cristiandad. En definitiva, para el francés, la religión, el arte, la belleza, la cultura, la fe, la libertad y la Civilización se conjugan y sintetizan en el Cristianismo.   

Seamos como François-René de Chateaubriand, veamos la libertad como algo precioso pero que no todo justifica, sintamos orgullo por nuestro legado y tradición, amemos la belleza y su vínculo con lo Divino, recuperemos el arte mirando al cielo, llevándolo más allá del tiempo y el espacio. Seamos libres, pero de verdad.