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Y Tomás el “Merinista” cumplió su palabra, porque el lunes se plantó ante la Iglesia de San Pablo y volvió a desplegar su pancarta. Pero entonces sucedió algo imprevisto, porque no llevaba ni cinco minutos con su pancarta desplegada y hablando con algunos curiosos cuando varios jóvenes, chicos y chicas, se acercaron adonde estaba y sin mediar palabra alguna sacaron y desplegaron ellos también sus pancartas, que eran copia de la del ex-seminarista y que habían visto publicada en el periódico.

 

Naturalmente el primer sorprendido fue Tomás, pues no había hablado a nadie de sus intenciones ni de su presencia a las puertas de San Pablo.

 

Y sucedió lo del día anterior. El párroco, avisado por los monaguillos y el sacristán, y esta vez quizás sí porque aquello ya fue en realidad una manifestación por las muchas personas que se congregaron en torno a las pancartas y a los jóvenes, avisó a la Policía y lo mismo que el Domingo había sido detenido Tomás esta vez lo fueron dieciocho jóvenes.

 

Y tampoco ese día el Inspector Jefe pudo detenerlos más del tiempo que tardó en hablar con el ex-seminarista e interrogar a los demás.

 

Pero, la noticia corrió por toda Córdoba y hasta llegó al Palacio Episcopal. El Señor Obispo, que ya se había indignado esa mañana al leer el “Córdoba”, se indignó todavía más, y dogmático cómo era, pensó que “aquello” era ya muchos más que las locuras de un seminarista expulsado y que había que cortarlo en seco. “Al cuervo en el huevo”, se dijo a sí mismo, y sin pensarlo se fue a ver al Gobernador Civil de la provincia.

 

Pero, la bola de nieve se había puesto en marcha y en menos de dos meses el “Merinoteismo” estaba calando entre los jóvenes de toda España e incluso entre algunos sacerdotes y gente mayor. La foto de Tomás y sus palabras comenzaron a rodar por las portadas de todos los periódicos sin que las autoridades pudieran evitarlo, a pesar de las peticiones insistentes de los Obispos y hasta del Cardenal Primado. La bola bajaba implacable por las laderas  y engordaba cada metro y cada centímetro. Era una verdadera revolución… una revolución que sólo estaba dando los primeros pasos.

***

 

 

  • Ea, se acabó –dijo María Fernanda cerrando el manuscrito.
  • Oye, pues me ha gustado. Es una historia curiosa. ¿Y cómo acaba el seminarista?
  • Todavía no lo sé, pero sí, la introducción al menos incita a saber más. ¿Y qué te ha parecido el “Merinoteismo”?
  • Pues, que estoy de acuerdo con ese muchacho. Todo lo que dice es verdad, la Iglesia de hoy ya no es la Iglesia de Jesucristo. Hay muchos Cardenales, Obispos y Curas demasiado gordos, ja, ja, ja –y Don Juan no pudo evitar la risa.
  • No te rías, que la Iglesia es una cosa seria.
  • Está bien, ya me lo contarás. Ahora me voy al agua. ¿Te vienes?
  • No, voy a seguir leyendo un rato más, pero tú vete.

 

Y Don Juan saltó de la hamaca y corriendo se fue hasta las pequeñas olas que se rompían en la playa, y nadó un buen rato.

 

Luego, hizo lo propio María Fernanda y ambos jugaron en el agua como dos niños. Cuando se cansaron era ya casi la hora de la comida y para quitarse la arena del cuerpo se metieron en las duchas cubiertas que había en un lateral de la casa y rodeadas  de cuatro cipreses. Y allí se llevaron otra sorpresa, porque las duchas no eran unas duchas normales, como esas que hay en muchas playas, eran unas duchas sofisticadas, como comprobaron en cuanto abrieron las llaves de paso, ya que el agua salía con gran fuerza por varios grifos, de arriba a abajo, de abajo a arriba y otros laterales .

 

  • ¡Qué barbaridad! ¡qué duchas! –dijo la sorprendida María Fernanda.
  • ¡Y que lo digas, joder, qué sibarita era mi madre, porque estoy seguro que esto sería cosa suya! –dijo él.

 

Después, y andando sobre una esterilla que unía las duchas con el porche, entraron en la casa, y allí estaba ya la señora Remedios con su sonrisa humilde.

 

  • ¡Bona tarda, Don Juan! ¡bona tarda, Doña María Fernanda!
  • Hola, Remedios ¿está ya la comida?, tengo hambre, ¿qué nos has preparado?
  • Don Juan, com no conec els seus gustos els he preparat un menjar típic valencià, però, si vosté prefereix una altra cosa, jo la hi faig de seguida.
  • No, por favor, Remedios, nosotros comeremos lo que usted nos prepare.
  • El senyor Juan, per a hui els he preparat com a entrants una saladura de moixama i un altre d’abadejo sec, molt típics de Valè De primer una ensalada de verdures de l’horta, tomaca, encisam, ceba i tàperes. De segon un plat de “all i pebre” és un guisat tradicional de L’Albufera que es fa amb creïlles, pebre roig i anguiles i de postres “arnadi”, un pastís fet de carabassa i ametla. Quant als vins, els que vosté prefixa.
  • Está bien, Remedios, pero por favor háblenos en castellano. La lengua valenciana es preciosa, pero para quien la conozca.

 

 

Y sin más se sentaron dispuestos a comer, en el salón grande del edificio antiguo, tal vez porque era el más fresco de la casa con sus anchas paredes y los dos enormes ventiladores que colgaban de los techos. Era una mesa de madera alargada con diez sillas de respaldo alto, también de madera, a su alrededor. Desde allí también se veía el mar.

 

En cuanto estuvieron sentados entraron Remedios y sus dos hijas con los primeros platos y dos cervezas. Las chicas se habían vestido incluso con un uniforme igual para las dos.

 

  • ¿Y vosotras como os llamáis? Que anoche tu madre ni nos presentó.
  • Sí, es verdad, Don Juan, con las prisas ni me di Estas son mis hijas Pilar y Lourdes.
  • Pues, me alegro de conoceros, chicas… y no tengáis miedo que Doña María Fernanda no se come a nadie, y yo menos.

 

Y así transcurrió la comida. Juan y María Fernanda, al terminar, no pudieron evitar felicitar a la señora Remedios y a sus hijas. Todo les había encantado. Sobre todo  el guiso “all i pebre” era una cosa muy sencilla pero exquisita y les encantó el “arcadi”, el pastel hecho de calabaza y almendras… y por si faltara poco al final brindaron con una copa de cava que se fabricaba en Requena.

 

 

Cuando terminaron de comer Don Juan no aguantó más  y dijo:

 

 

  • “Mafe”, me voy a la cama, estoy repleto, hacía tiempo que no comía como hoy ¿te vienes? No olvides que es la hora de Zeus…
  • Sí, sí, la hora de Zeus, ya sé lo que quieres… pero no, me voy a tumbar un poco en la terraza para tomar algo de sol.
  • Pues, ten cuidado, que el sol es un bicho peligroso.
  • ¿Más que tú?, ja, ja, ja –y María Fernanda dejó escapar una de sus más atractivas sonrisas.

 

Sin embargo, no cumplió su palabra y no había transcurrido más de una hora cuando casi en silencio y de puntillas entró en el dormitorio y se acostó al lado de su amor. Él dormía placidamente, y eso la enrabietó un poco, y juguetona comenzó a hacerle cosquillas con la clara intención de despertarlo. Lo cual no le resultó difícil porque su amor no sólo se despertó en cuanto sintió los dedos de ella pasando por su pecho desnudo, y ni corto ni perezoso se abrazó a ella.

 

¡Eran dos tórtolos jugando a quererse!... y tanto fue el cántaro a la fuente  que se rompió, y acabaron haciendo el amor, mientras los ventiladores zumbaban y arrojaban sobre sus cuerpos un aire fresco.

 

Por la tarde volvieron a la lectura y al mar. Don Juan ya se había enfrascado con el “Doctor Arrowsmith” y ella seguía con el manuscrito “Tomás, el Merinista”.

 

  • Te veo muy embebido con tu ¿Por qué no me lo presentas?
  • Bueno, tú mandas… mira, te voy a leer la primera página donde el autor presenta a su protagonista y luego te leeré la página de su gran fracaso, cuando ya era un investigador reconocido en los Estados Unidos.
  • Pues, lee, ahora mismo me siento como “Robinson Crusoe” en su isla perdida.
  • Sí, pero Robinson vivió solo su aventura y yo te tengo a ti, que eres mi tesoro.
  • No seas pelotas, yo sólo soy la “tercera” mujer.
  • No digas tonterías, tú ya eres la primera y lo seguirás siendo mientras yo viva.
  • Anda, bobo, y lee ya.

 

Y Don Juan se puso a leer: “En la consulta del Dr. Vickerson, sentado con las piernas cruzadas en el sillón de reconocimiento, había un muchacho leyendo la Anatomía de Gray. Se llamaba Martín Arrowsmith, de Elk Mills, en el estado de Winnemac.

 

En Elk Mills (entonces en 1897, una población desangelada de edificios de ladrillo rojo que olía a manzanas) se sospechaba que aquel sillón ajustable de cuero marrón que utilizaba el doctor Vickerson para operaciones menores, para las infrecuentes extracciones dentales y para las frecuentísimas siestas, había iniciado su vida como sillón de barbero. Existía también la creencia de que su propietario había recibido en tiempos el nombre de doctor Vickerson, pero hacía años ya que era solo el Médico y era bastante más casposo y mucho menos ajustable que el sillón.

 

Martín era el hijo de J.J. Arrowsmith, que llevaba la tienda de ropa Nueva York. A base de puro descaro y obstinación se había convertido, a los catorce años, en el ayudante extraoficial, amén de decididamente no pagado, de El Médico, y cuando El Médico tenía que salir a hacer una visita en el campo quedaba al cargo del consultorio él (aunque nunca se pudiese saber de lo que iba a tener que hacerse cargo). Era un muchacho delgado, no muy alto; cabello e inquietos ojos negros, pero piel de una blancura excepcional, un contraste que le otorgaba un aire de versatilidad apasionada. La cabeza cuadrada y los hombros razonablemente anchos le libraban de cualquier apariencia de afeminamiento o de esa timidez quejumbrosa que los jóvenes caballeros de tendencias artísticas llaman Sensibilidad. Cuando alzaba la cabeza para escuchar, la ceja derecha, un poquito más alta que la izquierda, se enarcaba y temblaba en su expresión característica de energía, de independencia y de una insinuación de que podría luchar; una mirada de interrogación impertinente que había quedado demostrado que enojaba a sus profesores y al director de la escuela dominical.

 

Martín era, como la mayoría de los habitantes de Elk Mills antes de la inmigración eslavo-italiana, un típico americano anglosajón de pura cepa, lo que significa que era una mezcla de alemán, francés, escocés, irlandés, quizás un poco de español, posiblemente un poco de las cepas englobadas como “judío” y una gran cuantía de inglés, que es por su parte una combinación de britano primitivo, celta, fenicio, romano, alemán, danés y sueco.

 

No es seguro que Martín estuviese, al vincularse al doctor Vickerson, edificantemente poseído del todo por el deseo de convertirse en un Gran Curador. Se ganaba el respeto de la pandilla vendando heridas de pedradas, diseccionando ardillas y explicando asuntos secretos y asombrosos que podían descubrirse en el patio trasero de la fisiología, pero no se hallaba del todo libre de la ambición de disfrutar entre sus amigos de una gloria comparable a la del hijo del ministro episcopaliano, que era capaz de fumarse un puro entero sin ponerse malo. Sin embargo, esa tarde, leía con toda atención la sección correspondiente al sistema linfático y murmuraba entre dientes las palabras largas y totalmente incomprensibles, en un tarareo que hacía que la polvorienta habitación en la que estaba resultase más letárgica aún”... “Cuando el trabajo sobre el Principio X llevaba ya prolongándose seis semanas seguidas, el personal del instituto empezó a sospechar que estaba pasando algo y a ofrecer ayuda a Martín. Él les eludió. No deseaba que le atraparan en ninguna de las facciones de ayuda mutua, aunque se sintiese a veces solo pensando en Terry Wickett, que aun seguía en Francia, y en su compulsiva y descortés entrega a la sinceridad.

 

No se sabe cómo se enteró el director de que Martín estaba encontrando oro. Al doctor Tubbs ya no le hacía ilusión ser un coronel (había demasiados generales en Nueva York) y llevaba dos semanas sin tener una idea que revolucionase ni una pequeña parte  del mundo siquiera. Una mañana irrumpió en el laboratorio de Martín, con los pelos del bigote encrespados  le reprochó:

 

  • ¿Qué misterioso descubrimiento es ese que está haciendo usted, Arrowsmith? Le he preguntado al doctor Gottlieb, que me elude; dice que quiere usted estar seguro primero.¡Debo saber de qué se trata, no solo porque me tomo un interés muy amistoso por su trabajo sino porque soy, después de todo, su Director!

 

  Martín tuvo la sensación de que estaban arrebatándole su única ovejita, pero no veía medio de evitarlo. Sacó sus cuadernos de notas y las placas de agar con sus manchas disueltas de bacilos. Tubbs se quedó boquiabierto, se atascó los bigotes y, tras un instante de teatral consideración, clamó:

 

  • ¿Quiere usted decir que cree que ha descubierto una enfermedad infecciosa de las bacterias, y que no me ha hablado a mí de ello? Mi querido muchacho, no creo que se dé usted cuenta del todo de que puede haber dado con el medio supremo de matar bacterias patógenas… ¡Y no me lo contó!
  • Bueno, señor, quería asegurarme...
  • Admiro su precaución, pero debe usted comprender, Martín, que el objetivo básico de esta institución es la derrota de la enfermedad, ¡no redactar bonitas notas científicas! Debe de haber dado usted con uno de los descubrimientos de una generación; precisamente lo que el señor McGurk y yo estamos buscando... Si sus resultados se confirman... Le preguntaré su opinión al doctor Gotttlieb.

 

  Tras decir esto, estrechó la mano de Martín cinco o seis veces y salió precipitadamente de allí. Al día siguiente, llamó a Martín a su despacho, le estrechó la mano un poco más, le dijo a Pearl Robbins que era un honor conocerle, y después le condujo a la cima de una montaña y le mostró todos los reinos de este mundo:

 

  • Martín, tengo algunos planes para usted. Ha estado trabajando brillantemente, pero sin una visión completa y más amplia de la humanidad. El instituto, sabe usted, está organizando siguiendo las directrices más flexibles. No hay departamentos definidos, sino solo unidades formadas alrededor de hombres excepcionales como nuestro querido amigo Gottlieb. Si cualquier hombre nuevo tiene realmente lo que hay que tener, le proporcionaremos todos los medios, en vez de dejarle trabajar agotadoramente en una tarea individual. He dedicado una consideración muy detenida a los resultados que ha obtenido usted, Martín; he hablado de ellos con el doctor Gottlieb... aunque he de decir que el no comparte  del todo mi entusiasmo respecto a los resultados prácticos inmediatos. Y he decidido someter al Consejo de Directores un plan para un Departamento de Patología Microbiana, ¡con usted como jefe! Tendrá un ayudante (un doctor con auténtica formación) y más espacio y técnicos, y me informará directamente a mí, comentará las cosas conmigo a diario, en vez de con Gottlieb. Será dispensado de todo el trabajo de guerra, por orden mía... aunque puede conservar usted el uniforme  todo lo demás. Y su sueldo pasará a ser, creo yo, si el señor McGurk y los demás directores me lo confirman, de diez mil al año en vez de cinco.

 

  Sí, la mejor habitación para usted sería esa grande de la planta de arriba, a la derecha de los ascensores. Ahora está vacía. Y su despacho estará al otro lado del vestíbulo.

 

Y toda la ayuda que necesite. Sí, hijo mío, no tendrá  ninguna necesidad de pasarse las noches despierto utilizando sus manos de ese modo inútil, podrá dedicarse solo a pensar las cosas y ocuparse de posibles ampliaciones que cubran todos los campos. ¡Extenderemos esto a todo! Dispondremos de montones de médicos en hospitales ayudándonos y confirmando nuestros resultados y complementando nuestros esfuerzos... Podemos tener una reunión semanal con todos esos médicos y ayudantes, presidida conjuntamente por usted y por mí... Si hombres como Koch y Pasteur hubiesen tenido el respaldo de un sistema así, ¡cuánto mayor alcance podría haber tenido su obra! Cooperación universal eficiente... esa es la clave de la ciencia hoy... ya ha quedado atrás la época de esa investigación individual estúpida, celosa y chapucera.

 

Hijo mío, es posible que hayamos encontrado la verdadera solución...  ¡otro Salvarsán! ¡Publicaremos juntos! ¡El mundo entero hablará de ello! ¡Ay, he estado despierto toda la noche pensando en nuestra magnífica oportunidad! ¡En unos cuantos meses podemos estar curando no solo infecciones de estafilos sino el tifus, la disentería! Martín, como colega suyo, no deseo ni por un momento restarle el gran mérito que le corresponde, pero debo decir que si hubiese estado usted más estrechamente aliado conmigo habría ampliado su trabajo a pruebas y resultados prácticos mucho antes.

 

Martín volvió con paso inseguro a su despacho, mareado con la visión de un departamento propio, ayudantes, los vítores del mundo... y diez mil al año. Pero tenía la sensación de que le habían arrebatado su trabajo, de que  le habían arrebatado su propio yo; no iba a ser ya Martín, y discípulo de Gottlieb, Jefe del Departamento de Patología Microbiana, que llevaría varios cuellos y daría charlas y no maldeciría jamás.

 

Las dudas le debilitaron. Tal vez el Principio X no se desarrollase más que en el tubo de ensayo; tal vez no tuviese  gran valor para la curación humana. Él quería saber... saber”… “A la mañana siguiente Gottlieb acudió pausadamente al despacho de Martín. Se quedó parado junto a la ventana; parecía evitar su mirada.

 

  • Ha sucedido algo un poco malo –dijo con un suspiro- ...quizá no del todo malo...
  • ¿De qué se trata, señor? ¿Puedo yo hacer algo?
  • No se refiere a mí. A ti.

Martín pensó irritado: ¿Va a empezar otra vez con todo eso del peligro del éxito rápido? ¡Me estoy hartando ya!

 

Gottlieb se acercó a él.

 

  • Es una lástima, Martín, pero tú no eres el descubridor del Principio X.
  • Que …
  • Hay otro que lo ha descubierto.
  • ¡No es posible! He investigado toda la literatura científica y salvo Twort, nadie se ha aproximado siquiera a prever … Pero bueno, Dios Santo, doctor Gottlieb, eso significaría que todo lo que he hecho, todas estas semanas, ha sido una pérdida de tiempo y nada más, y que soy un imbécil...
  • Bueno, en fin D´Herelle, del Instituto Pasteur, acaba de publicar en los Comtes Pendues, Academie des Sciences, un informe... es tu Principio X, no hay duda. Solo que él le llama “bacteriófago”. Así que...
  • Entonces yo …

 

Martín continuó la frase mentalmente: “Entonces yo no seré jefe de departamento ni famoso ni nada parecido. Vuelvo otra vez al arroyo. Y perdió toda la fuerza y todo el propósito, y la luz de la creación pasó a adquirir una tonalidad grisácea.”

 

 

                                                     ***

 

  • Se acabó, no leo una línea más.
  • Claro, ya sé por qué, porque el fracaso de tu “Doctor Arrowsmith” piensas que puede ser el tuyo con tu “Shiremufriol” .
  • Por favor, no menciones la soga en casa del ahorcado.
  • Bueno, pues ¿sabes lo que te digo?, que tú y yo nos vamos al agua –y María Fernanda lo cogió de la mano y lo arrastró hacía el mar.
  • No seas bruta, yo ya he nadado por hoy lo que tenía que nadar.

 

  Pero, no hubo modo de salvarse, y los dos se lanzaron al agua. Y en el agua permanecieron casi una hora, cuando ya el sol se perdía en el horizonte  y la brisa se estaba tornando fría.

 

Por la noche, y después de cenar, Don Juan le propuso a María Fernanda salir en el coche para visitar los pueblos más cercanos y conocer los alrededores de la Albufera. Pero, María Fernanda se negó en rotundo.

 

  • No, por favor, Juan, no rompas el encanto de esta noche. ¡Me siento tan bien! Este cielo, este mar, este silencio, esta tranquilidad me están reconfortando y haciéndome feliz. Ahora me estoy dando cuenta que Madrid es mucho Madrid.
  • Bueno, pues si tú estás bien aquí, aquí nos quedamos... pero, no sin una copa ¿qué quieres tomar?
  • Pues, mira, me apetece una horchata... ¿no dicen que la horchata es el alma de Valencia?
  • Bueno, pues tú te quedas con el alma de Valencia y yo me tomo un wiski. Esta noche quiero ver las estrellas.
  • ¿Estrellas?, pues mira al cielo y verás todas las estrellas del universo, que parecen que han venido a saludarnos.

 

Y contemplando las estrellas y cogidos de la mano se quedaron un rato más en silencio, sin hablar, hasta que “Mafe” se inclinó hacia su amor y le preguntó:

 

  • ¿En qué piensas, Juan? ¿Te has quedado muy callado de pronto?
  • Pues sí, de pronto mi vida se ha venido a mi cabeza y la memoria me está reproduciendo muchas cosas que ya creía olvidadas.
  • ¿Como cuáles?
  • He recordado, estoy recordando aquella matanza que viví en el Cuartel de la Montaña en Madrid. No te puedes imaginar lo que fue aquello, y todavía no me explico cómo pude escapar con vida de aquella masacre.
  • La Guerra fue muy dura, ¿verdad?
  • No sé como la viviste tú, pero yo lo pasé francamente mal... y luego aquella herida que casi me lleva a la tumba... y aquella boda cuando yo estaba prácticamente muerto... ¡Dios, no quiero ni recordar aquello!... ¡Ay, si yo te hubiera conocido antes!
  • Juan, no te tortures, la vida es la vida y si no nos conocimos antes fue porque así lo tendríamos marcado por nuestros destinos.
  • Pues mi destino fue una putada, porque por mi Destino estoy donde estoy.
  • Y donde estás, ¿se puede saber?
  • No seas cruel “Mafe”. Ahora mismo me gustaría estar absolutamente libre y poderme entregar y dedicar a ti en cuerpo y alma.
  • Yo también, pero ya podemos darle gracias a Dios,  de que nos encontremos aquí solos y enamorados.
  • ¡No me basta, “Mafe”! –y casi gritó el farmacéutico- . A mí me gustaría que fueses mía por entero y que no tuviésemos que ocultar nuestro amor.
  • Bueno, yo me conformo con lo que tengo ahora mismo... mañana, Dios dirá.

 

Y la pareja de enamorados, sin pensarlo mucho más, se levantaron y besándose mientras andaban se encaminaron al dormitorio. Fuera, el viento de Levante que se había levantado comenzaba a remover las aguas del azul mediterráneo y el ruido que hacían las olas al estrellarse vencidas contra la arena les meció mientras se amaban en silencio y lloraban lágrimas de placer.