Mas no sólo hay ya demasiados libros, sino que constantemente se producen en abundancia torrencial. Muchos de ellos son inútiles o estúpidos, constituyendo su presencia y conservación un lastre más para la humanidad, que va de sobra encorvada bajo sus otras cargas.

(…) ¿Es demasiado utópico imaginar que en un futuro nada lejano será vuestra profesión la encargada por la sociedad de regular la producción del libro, a fin de evitar que se publiquen los innecesarios, y que, en cambio, no falten los que el sistema de problemas vivos en cada época reclama?

(…) No se venga con la tontería de que tal organización sería atentatoria a la libertad. La libertad no ha aparecido en el planeta para desnucar al sentido común. Porque se le ha querido emplear en esta empresa, porque se ha pretendido hacer de ella el gran instrumento de la insensatez, la libertad está pasando en el planeta un mal cuarto de hora.

La organización colectiva de la producción libresca no tiene nada que ver con el tema de la libertad, como no tiene que ver con ella la necesidad que se ha impuesto de reglamentar la circulación en las grandes urbes.

Sobre que esa organización -dificultar la emisión de libros inútiles o necios y fomentar la de determinadas obras cuya ausencia daña- no había de tener carácter autoritario, como no lo tiene la organización interior de los trabajos en una buena Academia de Ciencias.

(…) Por otra parte, tendrá el bibliotecario del porvenir que dirigir al lector no especializado por la selva selvaggia de los libros, y ser el médico, el higienista de sus lecturas”.

Estas palabras pertenecen a José Ortega y Gasset y fueron leídas en el paraninfo de la Universidad de Madrid en 1935 y recogidas en el texto “Misión del bibliotecario”.

Ortega se refirió con ellas a la misión personal y profesional del bibliotecario, no solo como un cuidador o clasificador del libro material, sino como un orientador y servidor social, cuya misión es la de preservar y difundir la cultura.

Pero en este caso sus palabras, típicas del pensamiento orteguiano, van más allá de su objetivo inicial y llegan a lo profundo del ser, perdurando en el tiempo, e inclusive, pudiendo ser aplicadas en otras esferas de la vida del hombre y la sociedad.

El bibliotecario se ocupó siempre del libro como de un objeto material y propuso que en realidad debería de “atender al libro como función viviente”. En esa propuesta y búsqueda de esa función advirtió, que la libertad no había aparecido para acabar con el sentido común y que dificultar la emisión de libros necios e inútiles no era algo de carácter autoritario, sino una necesidad para la preservación de la sensatez y la razón. 

Ortega, polémico, audaz y controvertido, creyó en una libertad que va de la mano con el sentido común, algo que hoy en día parece haberse perdido en eso que dio en llamarse la producción cultural, que sí va de la mano con la corrección política que carece de razón y verdad.

Escuchemos una vez más a Ortega, atreviéndonos a poner las cosas en su sitio, recuperando la razón y el sentido de lo humano y de la libertad. Seamos audaces y controvertidos como Ortega y Gasset, seamos libres, pero de verdad.