El Proceso, una de las grandísima novelas del siglo XX, fue escrita por Franz Kafka y publicada tras su óbito en 1925. A pesar de haber acontecido casi un siglo, la alegoría que refiere posee una eficacia estremecedora. Y más en tiempos de falsa pandemia. El argumento, fue inspirado directísimamente por otra prodigiosa historia, Crimen y Castigo del ruso Fedor Dostoievsky, 1866. En ambas obras la limpia Justicia se opone al inhumano derecho. En Dosteievsky, abisal hiato.

Ultrahombres

Crimen y castigo, fraccionada en seis partes, agregándose un epílogo. Obra difícilmente superable, perfección plástica que la convierte en una novela única. Al principio se nos narra el particularísimo infierno de Raskólnikov. Reducido a la extrema pobreza, anhela dejar esos mundos tan sórdidos. Alcanzar, también, bienestar material. Un crimen puede ser el medio conveniente. Nuestro protagonista, aguda inteligencia, confrontable tan solo a su total ausencia de escrúpulos. Raskólnikov posee la certidumbre de que se halla por encima de los mortales. Una suerte del übermensch nietzscheano. Más que superhombre, ultrahombre. Posee la certeza de que  "quien es dueño de su voluntad y posee una inteligencia poderosa consigue fácilmente imponerse a los demás hombres; que el más osado es el que más razón tiene a los ojos ajenos; que quien desafía a los hombres y los desprecia conquista su respeto y llega a ser su legislador".

Ideas firmes y voluntad de acero. Teoría y praxis. Obrar interrogándose ya que " entonces habría que admitir que nos dominan los prejuicios, los temores vanos, y que uno de debe detenerse ante nada y ante nadie. ¡Obrar: es lo que hay que hacer! Y también sabiendo que "el hombre lo tiene todo al alcance de la mano, y, como buen holgazán, deja que todo pase ante sus mismas narices, esto ya es un axioma".  En su progresivo delirio,  las homicidas cavilaciones pisoteándose, incrementándose en cada página. En ese sentido, magistral bosquejo de Dostoievski acerca de cómo germina y se forja: delicado escalpelo, exactitud de cirujano, genialidad indudable. Montaña rusa interior, desde el empíreo del arraigado e innegociable orgullo hasta pudrirse en el averno de la culpa. Y alcanzando, finalmente, la cúspide de la expiación.

La conciencia, juez supremo

Ejecutada su atrocidad, mantenerla en la oscuridad. El remordimiento comienza a torturarlo. A partir de entonces, todo adquiere una nueva porosidad. Añoraría el arrepentimiento. Se desgarra solicitando "un arrepentimiento candente, que le desgarrase el corazón, un arrepentimiento cuya espantosa tortura hace pensar en la soga y en las aguas oscuras… ¡Oh, con qué deleite lo hubiera acogido! Porque el tormento y las lágrimas también son la vida… Pero no se arrepentía de su delito". Alma cada más quebrada, sobre la culpa prevalece la inmodestia. Está al corriente nuestro estudiante que "el que sufre reconociendo su error, recibe un castigo que se suma al del penal".

Corolarios éticos del mal hecho, cada vez se halla más vulnerable. Legalmente, sobre todo. Raskólnikov se aproxima a la policía como quien se allega a un difuso limbo, cubiletea con el riesgo, consciente de que un paso equivocado lo descubriría. En el fondo, necesita ser desenmascarado para arrancarse sus cadenas. El suicidio, siempre presente, sobre todo "para huir del deshonor; pero en el momento de ir a arrojarme al agua me dije que un hombre fuerte no debe temer a la vergüenza". Poco a poco, se embrolla el tormento psicológico, ribetes filosóficos, existencialismo avant la lettre: el hombre derrotado por su propia conciencia. Brutalmente abatido por ella.