Las  nociones de culpa y remordimiento siempre han obsesionado a cualquier ser humano. Mucho más desde que la naturaleza humana comenzó a comprenderse a sí misma a través de las eternas y poliédricas variantes del bien y del mal. La gran pregunta. ¿Pagarán por todo el mal que han hecho y pretenden hacer los creadores de la falsa pandemia?

Iniciando la perdición

Desde el inicio, la repugnancia que sintió Raskólnikov hacia la vieja resultó insuperable. Lo rocambolesco brota a su mente. Su ánimo es vencido ante el posible homicidio. La racionalidad se ofusca, la sentimentalidad totalitaria se señorea "como pollito que sale del huevo". Madre y hermana, fáciles coartadas para una mente que se cree/sabe superior, se apodera de él un antagonismo y una inquina hacia  Aliona que adquiere un punto de no retorno.

Tal vez creyendo hacerle un favor a la sociedad, decidió que debía asesinarla.  Realizar un favor “costara lo que costara, debía decidirse a hacer lo que fuese”.  Asesinar y robar a la vieja. Asume su perdición. La inicial pusilanimidad se lo impide. Al inicio. En un momento dado Dostoievski afirma que “todo está en manos del hombre, y por cobardía deja que todo se le escape; sólo por cobardía... ¿Qué es lo que más teme el hombre? Un nuevo paso, una nueva palabra suya, eso es”.

Todo crimen merece un castigo

Locura y tortura interior. El mismo protagonista lo expresa de manera insuperable. “¡Qué locura! ¡Ya sabía que no lo resistiría! ¿Por qué, pues, me he torturado hasta ahora? Ayer mismo, cuando quise hacer el... ensayo, ayer comprendí que no lo resistía... ¿Por qué hago esto? ¿Por ventura he dudado hasta el momento? Si ayer, al salir a la escalera, me dije que era vil, repugnante, bajo, muy bajo; si, estando despierto, la mera idea me dio náuseas y me llenó de horror... ¡No! ¡No lo resistiré, no lo resistiré! Supongamos, supongamos incluso que mis cálculos no tienen una sola falla; supongamos que cuanto he decidido este mes es claro como el día, exacto como la aritmética... ¡Qué más da, Señor! ¡Si no voy a decidirme! ¡No lo soportaré, no lo soportaré!...”.

La angustia es absoluta. Incluso sin creer en el Altísimo, y mucho menos temerle, lo invoca. Solicita/exige su auxilio. “¡Señor! ¡Muéstrame el camino y renunciaré a  este maldito sueño mío”. Cada vez más ido de la propia realidad, algo le susurra que el crimen es algo malo. Se autoflagela, con razón.  “¡De qué bajeza no es capaz mi corazón! ¡Es vil, bajo, repugnante, repugnante...!”.

Coda

Crimen y castigo, transgresión y expiación, idea obsesiva, perturbando y colapsando concluyentemente el alma de nuestro protagonista. Y de parte de sus lectores. Novela magistral, sin más. En fin.