Vivimos en tiempo de paz: algo que no habría sido posible sin el paso de cientos de años que dejaron a su espalda innumerables muertes perdidas y olvidadas a lo largo de todos los campos de batalla imaginables: “¡Y tú, Emblema que flotas por encima de todo!/ Una palabra para ti, belleza frágil (palabra que tal vez te resulte saludable)/ Recuerda que no siempre estuviste tan cómodamente instalada en tu soberanía,/ Pues otrora te vi en distintas circunstancias, querida bandera,/ Y no estabas tan pimpante ni tan floreciente en tus pliegues de seda inmaculada,/ Porque te vi convertida en raquítico ornamento hecho jirones en tu asta entablillada,/ O incluso desesperadamente apretada contra el pecho de un joven abanderado,/ Envite de una lucha salvaje a vida o muerte, una lucha interminable,/ Entre el estruendo de los cañones, la avalancha de los juramentos, los gritos, los gemidos, el chasquido seco de las descargas de los fusiles,/ El confuso asalto de las muchedumbres como demonios enfurecidos, el derroche de riesgos corridos por la vida,/ Sí, por tu pobre reliquia mancillada de barro y de humo, empapada en sangre,/ Sólo por eso, sí, hermosa mía, y para que un día puedas volver a ondear fogosamente allá en lo alto,/ He visto desplomarse a más de un hombre” (Walt Whitman, Hojas de hierba). Sin embargo, somos hijos de una época que reniega del sacrificio de sus padres pero que se oculta cobardemente tras sus consecuencias: que está condenada a detestarlo, a pesar de vivir cómodamente instalada sobre lo que otros forjaron con sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas: un tiempo de paz.

Sobre esa brecha generacional se puede leer en La vida en tiempo de paz: “Es la primera vez en la Historia que se da una brecha generacional tan profunda entre generaciones. Ellos, los padres y las madres, han pasado la Guerra, han pasado hambre, han comido pan negro, han vivido como refugiados, han reconstruido el país. Nuestros padres, cuando eran jóvenes, iban a los burdeles. Era la única manera de follar que se conocía entonces, además de casarse”. Después vendría el Estado como garante de unos derechos ínsitos a las personas solo por el hecho de nacer; un avance que hizo infinitamente más cómoda la vida pero que, al tiempo, terminó de delimitar los bordes de la jaula autoimpuesta que conforma todo tipo de vida burgués: “Una dictadura perfecta tendría la apariencia de una democracia, pero sería básicamente una prisión sin muros en la que los presos ni siquiera soñarían con escapar. Sería, esencialmente, un sistema de esclavitud en el que, gracias al consumo y al entretenimiento, los esclavos amarían la servidumbre” (Aldous Huxley, Un mundo feliz).

Cualquier espectador de Ciudadano Kane (1941) o todo lector de La muerte de Iván Ilich (1886) saben que, una vez muerto el hombre, es cuando se puede comenzar a trazar la biografía. Vida: así podemos resumir el contenido de esta “gran novela italiana” que ha escrito Francesco Pecoraro; novela de un personaje, Ivo Brandani, trazado con morosidad y gran cantidad de matices a lo largo de casi setecientas páginas para conformar una de las grandes creaciones de la novela europea contemporánea: la narración épica de un antihéroe o no-héroe que se abre paso, a base de ansiolíticos y adicciones venidas a menos, en un mundo marcado por la pulsión catastrofista, el detrito y la inminencia apocalíptica que reduce todo aquello en lo que una vez mereció la pena creer a la categoría de mero fragmento tan inútil como carente de sentido. Un hundimiento, en definitiva, tan cotidiano como el narrado por Don DeLillo en su novela corta Cosmópolis (2003).

La posmodernidad sólo puede ser narrada desde un lugar despojado de toda identidad y tradición; puesto que así es el propio mundo en el que se encuadra. Como ya hiciera Haruki Murakami en Tokio Blues (1987), Pecoraro escoge ese lugar de paso, aséptico y despersonalizado que es el aeropuerto —“El aeropuerto es el único espacio de descompresión mística que se le concede a quién no cree en nada”, se lee en la novela—, para situar a su personaje protagonista, un ingeniero de edad avanzada, a la espera de tomar un avión que lo devuelva, después de un viaje de negocios, a su ciudad natal, Roma. Una Odisea imposible que dura lo que un día; solo que, a diferencia de lo que ocurriera en el nóstos narrado por Homero e incluso en el de Joyce, la vuelta a casa será imposible, porque no existe la concepción de hogar en un mundo hipertecnificado donde han perdido sentido los afectos y las identidades. A las puertas de todo aeropuerto debería quedar grabada la misma inscripción que Dante Aligieri situaba en el umbral para franquear el Infierno de su Divina Comedia: “Abandonad toda esperanza, quienes aquí entráis”.

Una de las características principales de la novela moderna, en contraposición a la novela clásica, es la desconfianza hacia el narrador. Mientras que ya Cervantes nos hacía dudar de la credibilidad de los materiales por los que se nos narraba la vida de Don Quijote, el narrador decimonónico omnisciente parecía saber tanto sobre sus personajes como lo haría el propio Dios; así, Flaubert introdujo en Madame Bovary (1856) —tal y como apunta Maro Vargas Llosa—, una paranoia lectora que nos condena a dudar de la objetividad de lo narrado al tiempo que, por falta de otras posibilidades, nos aboca a creer ciegamente en ello. (Se trata de algo parecido a lo que ocurre con los medios de comunicación y la información de actualidad en nuestros días.)  Aquello que William Makepeace Thackeray narraba desde la perspectiva divina de un narrador clásico en Barry Lyndon (1844), es lo mismo que Francesco Pecoraro nos cuenta con la perspectiva de un narrador fluido —esto le gustaría a Irene Montero, si de verdad leyera libros— que pasa con facilidad de la tercera persona a la primera para terminar, en el tramo final de la obra, hablando a su personaje principal en segunda persona; una vida de la cuna a la sepultura en sus capítulos fundamentales.

Entre el Viaje al fin de la noche (1932) de Louis-Ferdinand Céline y La muerte de Virgilio (1945) de Hermann Broch, dos grandes novelas europeas del siglo pasado, La vida en tiempo de paz nos narra la historia reciente de Europa y, más concretamente, de Italia, a través de la historia de un hombre, Ivo Brandani, que es hijo de una época que ha visto nacer y morir, y que abarca desde la postguerra mundial en 1945 al 11 de septiembre de 2001, pasando por la revolución estudiantil y cultural que se produjo a lo ancho del mundo en el significativo año de 1968. El libro está concebido como una imperial sinfonía autobiográfica, filosófica, moral e histórica a través de una estructura de contrapunto basada en la alternancia entre capítulos que desparraman, como un monólogo interior, el flujo de consciencia de un Brandani que espera a coger su avión, y capítulos que nos guían hacia los momentos esenciales en la vida de ese hombre que hará de Virgilio para entender la deriva del mundo en el último medio siglo. El propio autor, nacido en 1945 como su protagonista, ha ido testigo y sujeto pasivo en ese “fin de un sueño” —Gabriel Albiac hablaría de “fin de fiesta”— del que se puede decir sin miedo a equivocarse que hemos despertado, tras la bruma utópica de unas cuantas películas y canciones americanas deglutidas al tiempo que una enorme cantidad de teoría marxista que hoy resulta estéril y hasta hilarante, en un mundo dominado por el mercantilismo y la técnica, y que ha convertido a los hombres en mero valor intercambiable entre sí, y a sus relaciones en meras transacciones de producción perfectamente tasables en aquello en lo que todos nos hemos convertido, tras haber renunciado de forma colectiva a la concepción de un mundo mejor para la mayoría: expertos en la comparación de precios y en saber aprovechar las ofertas. Es decir, que somos hijos de un Tiempo de Paz dentro de la Era Cristiana: una época sintetizada con brillantez e ironía en la psique y en las peripecias biográficas del protagonista, Ivo Brandani.

Además de esa lectura sociológica evidente, La vida en tiempo de paz se abre a una lectura mítica representada a través de la tensión entre los arquetipos de dos personajes cruciales de la novela, Madre y Padre, que aparecen como representantes, respectivamente, del afecto versus la rigidez; del amor frente al deber; del caos frente al orden; de la deconstrucción frente a la integración en la sociedad. Dos filosofías de vida que parecen irreconciliables pero que están encarnadas por igual en el protagonista, un ser dual y contradictorio cuyo debate personal es el de un hombre que comenzó a estudiar filosofía para acabar escogiendo, tras las revueltas estudiantiles del 68 en las que se vio atrapado, una carrera más pragmática como la del ingeniero y que, a pesar de repetir constantemente para sí, en esta nueva vida, “yo no soy como ellos”, no puede dejar de sentir admiración por la belleza de un puente bien construido, por el talante fascistoide de su jefe, un despótico empresario, frente a la frivolidad de todas las reflexiones filosóficas imaginables y a la inacción de sus compañeros intelectualoides. Capturado entre la técnica y las humanidades, entre el burgués y el revolucionario, Ivo Brandani ocupa también la posición del universo en una cosmogonía compuesta por una lucha constante entre la entropía y la predestinación. La paz y la vida, en ese sentido, trascienden su concepción histórica para adentrarse en categorías más inasibles y se muestran como dos conceptos irreconciliables, puesto que solo en la muerte se alcanza la ansiada serenidad que pone fin a una existencia marcada por el egoísmo, la contradicción y, por encima de todo, la constante y desesperada lucha despiadada por la supervivencia; una fuerza, la vida, que no se detiene ni nos permite descansar en su implacable avance, hasta que abruptamente finaliza.

La vida en tiempo de paz es una novela barroca —ruego me disculpen el pleonasmo—, perfectamente encuadrada dentro de una posmodernidad literaria que ha encumbrado de forma definitiva el arte de la narración por medio de la ficción desatada como la forma más eficaz de pensamiento en un tiempo donde la filosofía oscila entre el academicismo estéril y la irrelevancia social. Precisamente porque la literatura permite una visión total, absoluta, ambiciosa y maximizada de la realidad y de la condición humana en un tiempo donde cada vez más los discursos se encuentran encajonados en una baldosa del mapa; por eso es que la narrativa de nuestro tiempo debe incorporar, como hace en el caso del texto de Francesco Pecoraro, el lenguaje de la economía, el de la ciencia, el de la tecnología, el de la publicidad, el de la política, el de la historia o el de la ética al tiempo que las referencias constantes a la propia historia del arte pasada y presente para, así, mejor poder ensamblar un discurso que permita comprender y, más importante aún, dirigirse con garantías, las particularidades del siglo XXI y de un arte a la altura de ese tiempo nuevo: “La Humanidad, que antaño, en Homero, era un objeto de espectáculo para los dioses olímpicos, se ha convertido ahora en espectáculo en sí misma. Su autoalienación ha alcanzado un grado que le permite vivir su propia destrucción como un goce estético de primer orden” (Walter Benjamin, La obra de arte en la era de su reproducibilidad técnica). No podemos hablar con garantías y sin caer en el falseamiento más hipócrita o en el delirio más imbécil de algo que no sea nuestra propia decadencia como civilización.

En un momento dado, Ivo Brandani lanza una jaculatoria, desde su asiento en la sala de espera del aeropuerto, nihilista y cansada: ”Todo está condenado a deteriorarse, a marchitarse, a degradarse, a estropearse y a joderse para siempre”. Es el comienzo de una larga reflexión que avanza hacia un viejo tópico latino: “Ubi sunt qui ante nos in hoc mundo fuere?”. Así pues, los familiares, los recuerdos de los muertos y de los vivos que desaparecieron de nuestra vida, el propio Brandani o incluso las mayores obras de arte de Roma, están condenadas a la extinción; se trata de una desintegración inexorable de todo; de una descomposición total y paulatina de la sociedad hasta alcanzar su esencia mínima de átomos disgregados y de partículas elementales inconexas. En eso consiste, en buena medida, la globalización de un mundo “turistificado”, que vende las ruinas del pasado como reclamo comercial del presente y que ha convertido un patrimonio nacional como la pizza en algo alejado de su receta original, abierto a todo tipo de modificaciones a la carta de cada consumidor que, como la propia receta, ha devenido en producto líquido, huero y prostituido, carente del significado, frente a aquello que una vez engendró la idea de hombre o, sí, de pizza, pero que todos, salvo los viejos —y Brandani sabe que él lo es—, han olvidado sin esfuerzo. Las ruinas del pasado, patrimonio inmarcesible de la humanidad, han dejado paso a la obsolescencia programada, a la sustitución constante de productos y relaciones humanas con fecha de caducidad, a la mierda que producimos masivamente a diario, a los objetos sin entidad propia que nos rodean y que nos reducen a nosotros también a la mera categoría de objetos, a los vertederos cada vez más infestados de toneladas de basura diaria que crecen a las afueras de cada gran ciudad como un monstruo en constante ampliación que espera el momento de atacar. El agotamiento del planeta —tratado desde una óptica no tan ecologista como conservadora— amenaza el futuro del hombre sobre la tierra y contrasta con la resistencia de los virus y las bacterias como formas de vida dominantes, que se hacen fuertes cuando todo lo demás está amenazado; en cierto momento, Ivo Brandani se preguntará si no serán ellas, las bacterias que habitan, gozosas, entre nuestras heces, las verdaderas reinas de la creación.

Escribe Pecoraro sobre la clase media y el devenir de la cultura en nuestro tiempo: “La Gran Clase Media Uniforme del Occidente Democrático, la que ha devorado y englobado en sí misma todas las demás clases, incluida la trabajadora… No, no todas: cada vez se expulsa con mayor determinación de los confines del conglomerado social a los marginados, a los inclasificables, cada vez más apartados de su uniformidad… En resumen, cada día me da más la impresión de que esta Clase Media se siente perdida en la razón activa… Parece completamente dedicada a una especie de razón pasiva… Parece deleitarse en la que finalmente es una subrealidad mundial, donde todo es imagen de un original desaparecido, ilocalizable o demasiado caro… El Mundo se ha convertido ya en un parque temático… Piensa en Marx: la cultura como superestructura, como adorno que desvía la atención de las relaciones de producción… Aunque eso era antes del advenimiento de las democracias mediáticas, antes de que el poder lograse llegar directamente a las mentes de los hombres, una por una. Esa gente que hace cola, esos alemanes, los rusos de ahí abajo los suecos que salieron hace una hora, los peninsulares vociferantes, en conclusión, todos, todos nosotros, conformamos la cultura… En ese sentido, nuestra era es hiperbarroca. Al igual que en el barroco, el ornamento se convierte en estructura, como pasa hoy con la cultura, que ha pasado de superestructura a asumir un papel central, logrando establecer el consenso a costa de la realidad. ¿Qué no ganas una mierda? ¿Qué no tienes trabajo? No importa, eso no forma parte de la verdad mediática, por tanto no te afecta, es más, no existe. Normalmente, cada uno de nosotros vive en su propia parcela del imaginario, pero lo que cuenta es el imaginario de masas: el que tenga los medios para construirlo gana…”.

Pocas veces se ha contado el proceso mental de Mayo del 68 desde dentro con tanta lucidez y honestidad como en la obra de Pecoraro: “Tiempo de Paz significó la universidad y todo lo que sucedió allí. Y lo que vino después y después… Tiempo de Paz significó toda mi vida. Nosotros, nativos de la paz, no nos damos cuenta de cómo la no-guerra nos ha marcado y hecho diferentes de los que vivieron antes que nosotros… Paz, paz, paz, para nosotros, organismos filtradores, que nunca sabremos nada de nosotros mismos, porque la paz te hace precisamente eso, pone a prueba la peor parte de ti, te va agotando lentamente durante toda la vida y, cuando llegas al final y no falta mucho, sigues planteándote las mismas preguntas que te planteabas al principio, cuando te preguntabas si tú también habrías sido capaz de pilotar un Sagrado Spitfire en la guerra, de no huir despavorido al ver que se te echaba encima un Me-109… Con todo, he descubierto algo sobre mí mismo: soy un no-héroe, un no-valiente, un no-dominador, alguien que no cree en nada, que nunca ha creído en nada, ni siquiera cuando pensaba lo contrario… Soy alguien-que-se-conforma, alguien para el que no hay nada importante más allá de vivir en las mejores condiciones posibles… Eso es lo que he descubierto de mí, como organismo específico producto del Tiempo de Paz. Otros, pocos, no eran como yo: ellos luchaban. Algunos murieron y mataron, pero creían en una causa y, aunque todos los vituperen ahora, yo los respeto. No actuaron por interés personal, sino en nombre de sus convicciones, y muchos de ellos han pasado décadas entre rejas, a lo mejor sin haber matado a nadie. Incapaces de aceptar el Tiempo de Paz, actuaron como solían hacerlo los revolucionarios profesionales, matando y muriendo movidos por la fe en la llegada de la Era de la Justicia… La Era de la Justicia no llegará nunca y nadie la ha deseado jamás… Aquí, el capitalismo nos convenía a todos: a los patronos porque eran patronos, a los trabajadores porque en la segunda mitad del siglo XX el bienestar les había embestido también a ellos, mientras que en el Este las empresas nacidas de la Revolución implosionaban lentamente… Ser terroristas ayudaba al ego, compensaba su desaparición, les impedía caer en la nada por la falta de objetivos, los resarcía de un fracaso inminente, de la juventud… Tú, en lo más profundo, siempre los has admirado, Brandani… Ellos se habían puesto a prueba, ellos habían comprendido de qué pasta estaban hechos y lo habían pagado muy caro… La lucha por/contra un comunismo que nadie quería nos fue útil a todos como sucedáneo de la guerra… Mucho tiempo antes de los años de sangre existía una especie de línea divisoria que servía para sirvió para separar nuestra cultura de hijos de la Guerra de su cultura de padres que venían de una realidad histórica remota y que habían hecho la guerra”.

Con la de la desaparición del sexo llega la desaparición de la vida; el límite que marca el final de la existencia —literaria— de Ivo Brandani. El Verano, enmarcado dentro del mediterráneo, es la identificación directa de Brandani con el Paraíso —nótese la ironía que denotan estos conceptos para con el estilo de vida de esa Clase Media europea—, y también ha perdido su razón de ser cuando el pene de Brandani ha dejado de funcionar. Las mujeres ya no le miran y su polla ya no le sirve para follar: es la constatación del fin de todo un “Eros Creador” (Hugo Mujica): el deseo, que fue el verdadero dios del 68 para un mundo que había matado al Dios judeocristiano; y que enseguida fue convertido en doctrina por la publicidad y el consumismo al que esos revolucionarios se entregaron con devoción, reconvertidos a convencidos liberales, al tiempo de prometer su acta de europarlamentarios y dejar atrás, con ello, su pasado como si solo hubiera sido un delirio vacuo, un mal sueño, a pesar de que en su momento también ellos se consideraban convencidos maoístas. En eso consistió la Revolución Cultural del 68: en la incorporación de la mujer en el ámbito laboral, la legalización de los métodos anticonceptivos y la aceptación social de la práctica del sexo —”amor libre”, en la jerga hippie importada de Woodstock y del Greenwich Village— antes del matrimonio. La vida sigue su curso, implacable, hasta que deja de hacerlo; nos arrastra durante décadas, confusos y ofuscados como animales conducidos al matadero, hasta una playa llena de rocas.

Junto a El club de los optimistas incorregibles (2009) de Jean-Michel Guenassia, La vida en tiempos de paz (2013) de Francesco Pecoraro supone la mejor ficción hasta la fecha sobre el 68 o, más precisamente, sobre la generación de idealistas reconvertidos —por las malas— en realistas que, fracasando en la revolución política lograron triunfar, sin pretenderlo, mediante una revolución cultural que sigue estando vigente y que resulta imposible de revertir. El mayor acierto de Pecoraro, en este aspecto sesentayochista de su novela, es que marca muy bien los tiempos históricos, empezando por la inmediata posguerra mundial —cuando incoa el Tiempo de Paz— y finalizando en el 68 con la pulverización de una dicotomía política —comunismo/capitalismo— que se demostró falsa porque, a pesar de las evidentes diferencias entre los dos modelos propuestos, ambos eran estatistas, materialistas y abocaban a la alienación kafkiana al sujeto moderno; tal y como en efecto ocurrió tras la Caída del Muro de Berlín en 1989, cuando el capitalismo ilimitado de vigilancia comenzó una expansión que entraría en otra nueva etapa, que también retrata Pecoraro desde el desencanto más absoluto, a partir de los atentados del 11 de septiembre de 2001 y el desarrollo tecnológico que traía aparejado. Que nuestro mundo está dominado no ya por los estados nacionales sino por las grandes multinacionales internacionales es la constatación de que el revolucionario reconvertido a burgués que fue Ivo Brandani ha visto nacer y morir un mundo que resulta mucho más complejo de entender y más difícil de comprender.

La constatación final y desencantada de Brandani —de Pecoraro, en definitiva— es que de las guerras de los padres y de los abuelos se pasó a la revolución sexual con todo lo que eso conlleva a nivel vital: una vez se deja de luchar por una causa no se puede evitar de creer de manera irremisible en la descomposición de todo. Brandani no puede volver al pasado para ser como su Padre —esclavo del Deber, garante del Orden, enemigo acérrimo del Placer— pero tampoco puede abrazar el mundo de la Publicidad, el Consumo y la Ausencia de Significado; no puede desmontar el sistema social que sus antepasados forjaron y en el que vive cómodamente instalado pero ha sido creado para criticarlo de manera constante y para deconstruirlo con todo el arsenal intelectual de la filosofía moderna en la mano. La Pasión de Ivo Brandani es religiosa en el sentido de que hay que entender la futilidad de su viaje personal y generacional; y es puramente sexual, mundana, al entender que su vida ha sido entregada al deseo y que, con la vejez, se ha visto despojado de él y, con ello, de toda razón para estar vivo. Una crucifixión entre el cuerpo y el espíritu de un hombre que quiso construir puentes para dejar de pensar pero que no ha optado por la ceguera total en el momento en que el derrumbamiento se ha demostrado parte de un proceso interior y no sólo histórico.

Nadie llora, con el fin de la vida. Solo cabe la risa, el comentario irónico, el ademán exagerado del cínico antes de desaparecer en busca de la próxima velada llena de entretenimientos, ruido y furia: “La nuestra era una era esencialmente trágica, de forma que nos negamos a tomárnosla trágicamente. El cataclismo ya ha tenido lugar y estamos ante las ruinas, así que nos ponemos a construir pequeños hábitats nuevos y tenemos pequeñas esperanzas nuevas. Es una tarea bastante difícil: ya no hay un camino allanado que lleve al futuro, sino que damos vueltas o bien trepamos sobre los obstáculos. Tenemos que vivir, da igual cuántos cielos hayan caído” (D.H. Lawrence, El amante de Lady Chatterley). Estamos condenados a la vida y a la libertad; al tiempo que condenados a la muerte y a cualquier forma de servidumbre autoimpuesta. Una condena que a veces aparece como terrible y otras como maravillosa y, casi siempre, como una mezcla inextricable de ambas que, sin embargo, no debe ser suficiente para hundirnos en la infelicidad porque, en palabras de Kafka, “la alegría es nuestro deber diario”; incluso cuando todo conspira para sumirnos en la más profunda desesperación inherente a aquello que se consume a diario.