En el siglo XIX las montañas de Madrid eran el nido de unos bandoleros que acabaron casi todos igual: detenidos, enjuiciados y, algunos, condenados a muerte. Eran personajes romantizados, queridos en sus pueblos, aunque a veces no pasaban de simples criminales. Sin duda, el bandolero más conocido y mitificado de la capital fue Luis Candelas. Y con razón. Pero en la sierra madrileña también eran famosas las fechorías de ‘Chorra al aire’, Saturnino ‘El Capellán’ o ‘La Tuerta’.

 

«El bandolerismo en la provincia de Madrid, muy desconocido, fue casi tan importante como el de Andalucía y Cataluña», cuenta a este periódico el periodista y escritor José Felipe Alonso. Experto en la historia de Madrid, Alonso se pasó más de un año estudiando el fenómeno en la Biblioteca Nacional y en bibliotecas municipales. El resultado fueron dos libros en los que se basa este artículo: Bandidos y bandoleros (Ediciones La Librería) y El crimen en Madrid. Los casos más famosos y curiosos de la ciudad (SND Ediciones), que dedica el anexo al tema.

El escritor sitúa los primeros casos de bandolerismo en Madrid en la época de la Reconquista. El fenómeno, en cambio, explota a partir del XVII y, sobre todo, en el XIX. En este siglo la imagen del bandolero empieza a tener otro significado. Hasta entonces se les consideraba criminales que desvalijaban a los viajeros sin piedad. Malhechores que robaban en los caminos y en las aldeas, a los que no les importaba mancharse de sangre. Siempre fueron gente rural, que conocían muy bien los caminos y los recovecos de las sierras.

Los bandoleros actuaban en grupo en la zona del Guadarrama y se escondían en La Pedriza

Los bandoleros aprovecharon su conocimiento sobre el terreno para convertirse en guerrilleros durante la guerra de la Independencia contra los franceses. Pero al terminar la campaña, o bien no encontraron un puesto en las fuerzas militares de Fernando VII o no recibieron el pago pactado. La alternativa fue retomar sus carreras de delincuentes. Y lo hicieron durante un periodo convulso, la primera mitad del siglo XIX, en la que en España también se vivió la Primera Guerra Carlista. Fueron los años del apogeo del bandolerismo en España.

Los bandidos ya no eran simples forajidos de caminos montañosos. Sus figuras comenzaron a ensalzarse con tópicos románticos. En sus pueblos se les idolatraba. Realmente, la imagen del bandolero generoso, valeroso y con honor correspondía en todo caso a la del jefe de la banda. Y no siempre. Sus secuaces solían ser vagabundos, inadaptados o gañanes que querían vivir del cuento sin trabajar.

«Un bandolero es aquel que asalta en un camino a una diligencia. Es el de la figura romántica con su trabuco, ese que está en la literatura española, que roba por necesidad o que se lanza al monte porque ha tenido un problema con alguien influyente en su pueblo o comarca y que no tiene más remedio que huir de la justicia, que en su caso es injusticia. Evidentemente hay algunos casos en los que son asesinos que para robar no les importa rajar las orejas a alguno. Luego están los que se dedican al secuestro para pedir rescates», explica Alonso.

En Madrid había un poco de todo. Algunos cumplían más o menos esos clichés y otros no tanto. Podían ser violentos, pero normalmente no eran sanguinarios. Actuaban en partidas de cinco o 10 bandoleros. Se movían a caballo, armados con trabucos, escopetas o navajas. Durante los asaltos cortaban el camino a las diligencias cerrándoles el paso por delante y por detrás. Contaban, además, con espías, posaderos y vecinos del pueblo que les informaban sobre sus objetivos.

Los golpes los daban en cualquiera de los caminos reales que partían desde Madrid hacia el norte, sur, este y oeste. Su escenario favorito era la zona del Guadarrama. El viajero o comerciante que quisiera cruzar las dos mesetas debía pasar por el puerto, el Alto del León, y por los pueblos de sus alrededores: Manzanares el Real, Soto del Real, Miraflores, Guadalix, El Escorial, Los Molinos, Collado o Torrelodones. Luego, después de los asaltos, se escondían en los recovecos de La Pedriza. Por supuesto, había otros puntos de peligro y escondites repartidos por Madrid.

Del ‘Chorra al aire’ a la leyenda de Luis Candelas         

Muchos bandoleros se conocían unos a los otros. Reincidían constantemente. Daba igual las veces que acabaran en prisión. Conseguían escaparse y volvían a las andadas. A veces las penas eran de muerte. En otras ocasiones fallecían a manos de algún compañero de partida que no estaba conforme con el reparto del botín.

‘Chorra al aire’ era el mote de Antonio Sánchez. Fue el ejemplo más claro de esa reconversión guerrillero-bandolero. También fue uno de los más sanguinarios y violentos. Nació en Torrejón de Ardoz en 1792 y tenía una habilidad especial para huir cuando no le quedaban escapatorias. Primero se zafó de los soldados franceses. Luego de las autoridades españolas. Junto a su banda, atracaba a los viajeros y caminantes que intentaban atravesar los puertos de montaña hacia el norte de la provincia. Un día se le ocurrió robar unas piezas de tocino a unos arrieros en el Alto de León. Su error de cálculo estuvo en hacerlo no muy lejos de un grupo de soldados. Fue su final.

A Pablo Santos lo conocían como ‘El Bandolero de la Sierra’. Era codicioso, violento y sanguinario. Amenazaba a sus víctimas con un trabuco que ocultaba bajo una manta. Se contaba que tenía un pacto tácito con Luis Candelas para repartirse los lugares donde realizar los atracos. Santos actuaba en La Cabrera, Mataelpino, Moralzarzal, el Boalo, Navacerrada, Manzanares y La Pedriza. Entre sus hazañas, la recompensa conseguida tras el secuestro del hijo de una rica dama de El Boalo. ‘Isidro el de Torrelodones’, un miembro de su banda, lo asesinó por ciertos desacuerdos en el reparto de un botín.

Los bandoleros reincidían constantemente. Daba igual las veces que acabaran en prisión. Conseguían escaparse y volvían a las andadas

La historia de Paco ‘El Sastre’, alias de Francisco de Villena, y la de Mariano Balseiro, están ligadas a las de Luis Candelas. Los dos se cruzaron varias veces en el camino del famoso bandolero y acabaron bajo sus órdenes. Luis Candelas era distinto al resto. Tuvo oportunidades para abandonar la delincuencia, pero no podía remediarlo. Se cree que nació en 1804 o en 1806 en el barrido de Avapiés, ahora Lavapiés. En vez de trabajar en la carpintería de su padre, de adolescente capitaneó a un grupo de muchachos del barrio que se enfrentaban a los de otras zonas de la capital.

   Con 14 años asestó un navajazo en la mejilla al jefe de una banda, a Paco ‘El Sastre’. Candelas era indómito, soberbio, pendenciero y juerguista. No tardó en hacer migas con uno de los principales ladrones de Madrid, Mariano Balseiro, y en arreglar las cosas con ‘El Sastre’. Los registros policiales describen a Candelas como un joven moreno, recio y de estatura media. Era un artista del timo y el robo: atracaba a plena luz del día en lugares concurridos de la capital y evitaba la sangre. Le condenaron varias veces y con poco más de 20 años logró fugarse de la cárcel del Saladero, donde encerraban a muchos bandoleros. Su golpe de suerte llegó con la herencia de 62.000 reales que le dejó su madre al morir.

Gracias a ese dinero, Candelas construyó un personaje que le encumbró como el bandolero madrileño más singular. Se instaló con todo lujo en una calle de la ciudad y adoptó un nuevo nombre, Luis Álvarez de Cobos, para entrar en los círculos de la élite social madrileña. Por las noches seguía siendo el ladrón y bandolero de siempre. Esta dualidad le permitió dar uno de sus mayores golpes. Entre 1836 y 1837, Candelas y su banda se hicieron durante unos asaltos cometidos entre Las Rozas y Torrelodones con unos papeles que comprometían al embajador francés en España. Aprovechando su identidad aristócrata, la de Álvarez de los Cobos, se ofreció al embajador para mediar con los criminales y recuperar los documentos. La jugada le salió bien: no sólo se ganó el afecto del embajador, sino que recibió una buena suma de dinero.

Candelas casi siempre actuaba en la capital. Su leyenda se debe a su habilidad como ladrón y a su otra identidad de aristócrata

A lo largo de su carrera le detuvieron al menos 11 veces y escapó de prisión en cuatro ocasiones. En 1837, después de un último arresto, lo condenaron y ejecutaron con 32 años.

En aquellos tiempos, otra conocida bandolera fue ‘La Tuerta’, una gitana que se vestía de hombre para asaltar a los viajeros que cruzaban el Alto del León. No hay muchos datos sobre este personaje. La bandolera presumía de haber robado sola con su escopeta y a caballo en el puerto de Guadarrama. También aseguraba haber desvalijado sin ayuda a un grupo de veinte gallegos.

El periodista Luis Candelas describe a Manuel Saturnino como un bandolero que se comportaba como un Robin Hood. Hacía eso de robar a los ricos para dárselo a los pobres. A Saturnino lo llamaban ‘El Capellán’ porque llegó a seminarista, pero no a sacerdote. El último gran bandolero romántico de la comarca de Guadarrama se llamaba Fernando Delgado y era segoviano. Nació en 1846. Actuó en una época en la que la Guardia Civil aplicaba la ‘Ley de Fugas’, que mitigó la presencia de bandoleros en Madrid. Delgado, apodado como ‘El Tuerto de Pirón’, falleció en prisión a los 68 años.