Supongo que la aparición en mi lista de este libro habrá desconcertado a bastantes, y habrá pillado en blanco a algunos. En una sociedad abatallonada –véase el Diccionario para un Macuto referido ayer, si hace falta-, donde lo que se lleva es flagelarse con panfletos de autoayuda o comprar colecciones de libros como el que compra patatas, al peso, un filósofo como Oswald Spengler no puede estar de moda.

Evidentemente, yo no conocía de nada a Oswald Spengler hasta que Rafael García Serrano me lo presentó en sus obras, a través de algunas citas. Pero eso fue suficiente para que me interesara en él, y este El hombre y la técnica cayó en mis manos en una de aquellas búsquedas, como de explorador en la selva de las librerías, a que me dedicaba en mis años universitarios.

No diré que Spengler sea una lectura fácil. Pero la estructura de su discurso es perfecta, y ya en aquellos años 20 y 30 del pasado siglo -precisamente en este ensayo- nos advirtió de lo que se nos venía encima aproximadamente un siglo después.

Tiene más renombre La decadencia de Occidente, pero en El hombre y la técnica Spengler nos avisa del cansancio del hombre europeo -que él denomina fáustico- ya agotado en el devenir de siglos de imaginación, investigación y realizaciones- y el acceso del resto del mundo -lo que él llama hombre de color, más como simple adjetivación geográfica que como connotación racista- a la técnica conquistada por Europa.

Y además, tiene frases realmente maravillosas; de esas que valen para justificar un ensayo, un libro o una tesis. Una de ellas, la que me puso sobre la pista de este ensayo, la cita un personaje de Rafael García Serrano, y me parece increíblemente hermosa y definitoria de nuestro presente y nuestro futuro:

"Hemos nacido en este tiempo y debemos recorrer violentamente el camino hasta el final. No hay otro. Es nuestro deber permanecer sin esperanza, sin salvación en el puesto ya perdido. Permanecer como aquel soldado romano, cuyo esqueleto se ha encontrado delante de una puerta en Pompeya, y que murió porque al estallar la erupción del Vesubio olvidáronse de licenciarlo. Eso es grandeza; eso es tener raza. Ese honroso final es lo único que no se le puede quitar al hombre."

Las tesis de Spengler -la consideración de las civilizaciones como algo vivo, que nace, crece, se desarrolla y muere- y el concepto de la Historia cíclica, me parecen innegables. Mi camarada Arturo Robsy, que está en los luceros, me decía que no es que se repita la Historia, sino que se repiten los imbéciles que, al cometer las mismas estupideces, obtienen los mismos resultados. Sea lo que sea, nadie medianamente versado en esa "maestra de la vida" que es la Historia podrá negar las concordancias profundas, fuera de los detalles del momento, que se reiteran en todas las grandes civilizaciones que en el mundo han sido.

Lamentablemente, eso nos lleva a observar en la actualidad las mismas corrientes profundas, los mismos síntomas definitorios que nos sitúan hoy al borde del cataclismo del que nacerá otra Humanidad -tal vez mejor, probablemente peor, en todo caso distinta- y enterrará lo que hoy, acaso muy generosamente, seguimos llamando civilización occidental.

Todo esto lo previó Oswald Spengler. Hace más de un siglo, si; pero es que la Historia tiene su propio ritmo.

Escritor, historiador, filósofo injustamente postergado porque los cretinos de la "inteleztualidad" -que siempre es de izquierdas y bastante ramplona- lo catalogaron como precursor del Nacional Socialismo alemán. No lo era, pero para saberlo habría que haberlo leído -y entendido-, y eso está muy lejos de la capacidad media del infrarrojo.

Lo que si defendía Spengler era la característica fundamental de la civilización fáustica -fundamentalmente europea y occidental- que persigue el ideal, que lucha por conseguir una solución a los retos, por descubrir, por encontrar; y que fija su interés en ese camino hasta el logro, sin preocuparse después de explotarlo.

Algo realmente muy aplicable al pueblo español.

EL_HOMBRE_Y_LA_TECNICA