Vivir es amar

Por Manuel Pérez-Petit

De vez en cuando la vida nos besa en la boca –permítanme que comience con el primer verso de aquella canción maravillosa de Joan Manuel Serrat, “De vez en cuando la vida”–, pues en días como éste uno es besado, en la boca, en la frente o en la mano, que es lo mismo, por la magia con mayúsculas que nos alumbra, y quizá por ello querría haber comenzado hoy con otra frase. Muy parecida, pero otra… En fin, lo intentaré…

            De vez en cuando la magia nos besa en la boca… 

            Queda bien. 

            Sigo adelante, y me pregunto: ¿Qué diferencia hay entre la magia y la vida, y más en días como éste, en la que la vida a colores se despliega/ como un atlas,/ nos pasea por las calles/ en volandas…?

            —¿Que te pasa hoy, Manuel?, ¿tan enamorado estás? Si yo ya lo sé...

            —Pues sí, la verdad, pero lo que tengo sobre todo es alegría de vivir.

            —A ver, lo nuestro marcha, corazón, no te preocupes, aunque no te entiendo bien del todo. Tú mismo vienes escribiendo últimamente artículos llenos de pesimismo y alerta ante lo que se nos viene encima…

            —Es verdad, y después de mucho meditar he llegado a la conclusión de que hay que recuperar eso, la alegría de vivir, enamorarse hasta los tuétanos, como la clave para enfrentarse a los efectos del nuevo orden de la Era distópica que nos aflige.

            —¡Qué lindo eres! Sigue, sigue, a ver a dónde nos llevas.

            —Pues verás. Yo creo en los milagros, creo en la vida, y en que la vida es un milagro y en que el milagro es la magia, y por eso entiendo que entre magia y vida en realidad no hay diferencia… Y creo que la magia es encontrarnos, vernos sin habernos mirado, escucharnos sin llegar a oírnos, sentirnos abrazados a miles de kilómetros, llorar juntos y convertir nuestras lágrimas en alimento del alma, reír como descosidos sin razón aparente en gestos espontáneos llenos de sentido, conocernos… Eso, conocernos es la vida, el milagro, la magia…

            —Ay, mi vida…

            —Pero también llamamos magia a otras cosas que son solo fruto de la Providencia, que tampoco tienen truco, pues no te hablo de la prestidigitación sino de la misma vida, de los milagros, del fuego que nace en nuestras manos por las buenas, sin aviso, de las perlas irrompibles de tus ojos, de que por nuestro amor hasta Dios se hace presente en nosotros, pues en Dios no hay ilusión ni ensoñación sino realidad palpable y tangible, e incluso aunque no lo queramos en nuestras existencias Dios se hace presente… Ay, mi amor precioso, ¡qué difícil lo hacemos todo!, ¡cómo nos complicamos! ¡Cómo nos hemos complicado siempre…! 

            —Pues sí. Pero nos queremos tal como somos y nos tenemos el uno al otro...

            —Es una seguridad, desde luego…, pero uno no desea tanto la seguridad como la plenitud. Y de eso también estamos servidos, milagro de mi vida, y, con todo, mira, mi anhelo, recién en estos días he recuperado varios fragmentos de lo que yo llamo mi carpintería y los leo y me quedo perplejo con cómo antes me lo planteaba todo. Fíjate cómo fue, en parte, mi 2010. El 28 de enero escribí: “El pecado es enamorarse. Lo que nos queda es vivir. Y a algunos a los que ni casi eso, nos queda, al menos, escribir, y seguir luchando... Y enamorarnos…, ay…”

            —¿”El pecado es enamorarse”? Qué fuerte, Manuel, ¿por qué?

            —Espera, espera, que continúa. En mis cuadernos no hay nada desde ese día hasta el 17 de marzo, en que anoté: “En la isla en que el águila devora a la serpiente, sobre el lago que ya no existe pero tiembla, mi Anáhuac, mi también posible patria prometida, estará en la tierra, en el agua, en el aire, en el fuego, en lo inasible... En la dignidad, que nace de uno mismo, en la fe, que es el motor que me impulsa en este trasiego en que arrastro por el mundo mis escombros de luz y lo que soy, en la capacidad de amar y ser amado…”

           —Claro, fue poco después de que llegaras a México....

           —Exacto, pero ese mismo día publiqué otra cosa. Te la leo: “No habrá bestia que me tumbe, ni conjuro ni alquimia que pueda turbar mi caminar seguro y firme hacia la muerte, el momento en que el amor se hace inhumano por gigantesco, por entrar en Dios definitivamente... Y así he de morirme –y no corre prisa–: en la condena de amar, loco reloco de amor sin medida... Y así es como vivo, y ésa es mi fuerza y mi victoria sobre el daño: amo, y porque amo soy invencible…”

           —Estabas enamorado ya entonces.

           —Mucho. No recuerdo hasta ahorita, mi amor, haber estado tan enamorado en toda mi vida como entonces. Pero fíjate en la secuencia que continuó, y todas son publicaciones de Facebook que hoy ya no existen: El 2 de abril : “Te quiero porque me quiero y soy en y contigo más yo que en mí mismo”. El 4 de abril: “Eres la Geografía, nuestra fertilidad; este milagro nuestro, la tierra prometida... Y resucito en ti para que nazca el Fuego... Eres yo y en ti soy y para vivir muero…” 

            —Es muy bello…

            —Fíjate que yo vivía varios metros sobre el suelo, ido y viviendo una fantasía, hipersensible e inmaduro, como el 5 de abril, que pasó algo que ni recuerdo por lo que escribí: “La nada es una realidad y una condena. La nada es lo que hay... Reconocer la nada es un espanto... Cada día es más terrible la palabra, cualquier palabra que tenga vocación de vida... ¿Cuántas veces ha de tener uno que bajar a los infiernos? ¿Cuántas levantarse? ¿Cuántas resistir esta galerna que se repite y repite y que no cesa?” 

            —Pues sí que estabas neurótico.

            —Como la mayor parte de mi vida, y así nunca pude ser un hombre adecuado para ninguna mujer. ¿Ahora comienzas a comprender lo que te digo? Verás, el 9 de abril, repuesto, por lo visto, de la contrariedad del día 5, escribí: “... por elevación te encuentro y en el silencio lleno de palabras que sólo nosotros conocemos ya somos uno..., y un instante es, desde siempre, siempre en cada uno de tus besos…”, y el 18: “Soy un hombre y un escritor lleno de gozo que cree, crece, crea, muere y renace continuamente, creyendo, creciendo, creando y volviendo a morir en cada uno de tus besos... Nuestra lluvia nos empapa de fuego desde el 5 de marzo de 2010, fecha de nuestro nacimiento. Te amo. Y hasta conocerte no he sabido nunca qué era amar y ser amado... Tu Manuel”. 

            —Ya eras “minero” entonces, como bien dices…

            —Sí, pero aquella historia pasó, y por eso la puedo recrear. El 11 de mayo alguien puso en el muro de ella: “El amor, a quien pintan ciego, es vidente y perspicaz, porque el amante ve cosas que el indiferente no ve, y por eso ama (José Ortega y Gasset)”. La verdad es que no cotejé la cita, pero me sirvió para declararle definitivamente mi amor de la manera más cursi y ñoña que puedas imaginar… Sí, sí, no te rías, que aún apenas 5 días después, volví a publicar: “En ti soy el hombre más dichoso, más feliz, más completo y grande que pueda imaginarse..., en nosotros... En nuestro siempre, que es el siempre más siempre que nunca ha sido…” Y la verdad es que hoy me resulta hasta ridículo haber sido el autor de esas frases, que me parecen de esas que escriben las adolescentes en sus carpetas de apuntes de clase…

            —No seas tan duro contigo, amor, son etapas por las que uno pasa…

            —Ya, pero luego, el 14 de junio, publiqué: “ Mas no debo mirar al cielo, porque al verte me vuelvo ciego, y no es la ceguera que anhelo, pues ya siendo tu prisionero sólo tus ojos ser yo quiero (Coplilla improvisada y sin medir. M. P.-P., junio 2010)”

            —Estabas contento entonces…

            —Claro que lo estaba, y mucho, como un perdido, y, sin embargo, el 5 de julio publiqué: “Hoy me declaro en huelga de emociones”. No sé qué pasaría, pero algo pasó, sin duda.

            —Alguna discusión. El amor tiene esas cosas.

            —Pues no, fíjate que tengo una teoría. Hace once años yo no era capaz de amar, ni como ahora ni de ningún modo. No tenía ni la madurez ni la entidad como ser humano para ello. Aunque la tenía presente al menos en teoría, ni percibía la magia inherente a la vida. No era capaz de asirla con mis manos.

            —Pero ya tenías más de cuarenta años.

            —Pues ni aun así. Y por eso antes me preguntaba; ¿Qué diferencia hay entre la magia y la vida?, en tanto tomaba prestados los primeros versos de la famosa y hermosa canción de Serrat... Yo no sabía andar de puntillas, y, por tanto, no me podía aplicar a mí mismo aquella estrofa de la canción que dice: De vez en cuando la vida/ se nos brinda en cueros/ y nos regala un sueño/ tan escurridizo/ que hay que andarlo de puntillas/ por no romper el hechizo, claro, y rompía el hechizo, éste y todos, una y otra vez, con tanta facilidad como idiotez manifiesta. Por eso yo no podía ser feliz como un niño/ cuando sale de la escuela, ni podía tomarme un café con la vida, ni darme cuenta cuando ésta se soltaba el pelo y me invitaba a salir con ella a escena, y me sobraban palabras por todas partes...y sin saber qué pasaba, yo me encontraba a mísmo, chupando un palo sentado sobre una calabaza, porque nunca tuve en cuenta que De vez en cuando la vida/ afina con el pincel:/ se nos eriza la piel/ y faltan palabras/ para nombrar lo que ofrece/ a los que saben usarla.

            —Pero ahora es diferente. Eres un gran hombre, y por eso te amo.

            —Uno setenta y cinco, que tampoco es para exagerar. Cincuenta y cuatro años, que ya me vale y aún no aprendo. Un irredento soñador, por si fuera poco. Empeñado en hacer lo que todos desaconsejan. Y casi acabo de nacer, pues siento que por fin me ha llegado la hora, aunque siento que aún estoy en el camino. No sé, lo que sé es que te amo.

            —Yo también te amo…

            —Allá tú, mi cielo precioso. Espero que no quieras que te escriba un poema o algo así, porque cuando uno ama es cuando es menos fecundo de verdad. Tan cerca está de la magia y de Dios que se vuelve estéril. En fin, que de vez en cuando la magia –perdón, la vida– te besa en la boca y es tan colmadora que no hay poema que pueda compararse con vivir, pues vivir es amar. 

 

Reflexiones

El texto, de una belleza y hondura que abruman, resume, en forma de diálogo -tal vez consigo mismo- lo que muchos de nosotros, lectores, hemos sentido a lo largo de nuestras vidas. A lo que nos enfrentamos día a día en este indeseable mundo donde pareciera que el amar y el vivir estuviesen prohibidos.

El autor nos habla de conceptos amorecidos como la magia y el vivir y se pregunta si se trata de lo mismo y concluye que sí, que son dos maneras de encarar el día a día. Lejos de la abulia, Manuel recurre a la Voluntad de ser, donde este ser es consciente de todo. Pasa por algunos momentos donde declara abiertamente, con una seductora prosa poética, los vaivenes que uno siente a través del Tiempo; también pregunta al Dios que todo lo puede y a la fe para continuar rompiendo esta distopía que nos engulle con la fuerza hercúlea de la creencia.

Dice que la clave de todo es conocernos; abre, de este modo, la puerta a la compasión y a dedicar una porción del día a reflexionar sobre lo irracional que nos rodea y conforma.

Estamos ante una inmarcesible declaración de Amor a la Vida. Con todos sus defectos y vicisitudes, con todas las emergencias efímeras que nos pone por delante y nos ciega.

Misterio de vivir. Alegría por vivir. ¿Colmar una potencia, como se pregunta Deleuze, o el placer de la conquista, como letreaba Nietzsche?

Enamorarse, ¡ah!, de todo, del cielo y la tierra, de los índigos impetuosos, de la desesperanza y la recuperación, de sentirse Ser, imaginando un platonismo actual, como si aquel filósofo anduviera distraído y confuso con su celular…

La lucha de Manuel es como la de Sísifo: eterna, ciega, absurda, pero inmanente a su forma de entender el caos.

Como Kafka, nos anuncia La Condena de amar, saltando al río después de haber esperado paciente el silencio, cuando por fin, el autobús a sus espaldas clarea el cielo de leche y su conciencia.

Dice que la Nada es un espanto. Tal vez el secreto que nuestro autor nos oculta es que este caos, además de simbolizar un esperpento ondulado, como lo previó Inclán en Luces de Bohemia, se nos presenta como la salvación para levantarte cada mañana y seguir con la eterna roca del mito.