Una entrevista al autor de La ruta del odio: una guía total del terrorismo

El terrorismo apenas forma parte, según los sondeos demoscópicos, de las preocupaciones más apremiantes de los españoles. Desaparecida ETA –más bien reconvertida, diríamos nosotros- y con un terrorismo islamista en estado latente, otras son las cuestiones que nos angustian cotidianamente: el poliédrico impacto de la pandemia del CoVid-19, la crisis económica, el futuro de las pensiones, la creciente inseguridad ciudadana, la “okupación” de viviendas y otras propiedades, la corrupción entre los políticos, la “precarización”; pero también, aunque no siempre recogidas por los sondeos oficiales, el deterioro de la salud mental individual y colectiva, el declive demográfico, el separatismo musulmán en tantos barrios y pueblos españoles, la persistencia del secesionismo en Cataluña…

No obstante, determinadas noticias –caso de los homenajes a los terroristas de ETA, el acercamiento de muchos presos de la banda a prisiones vascas y su entorno, o la impunidad que siguen disfrutando los autores y colaboradores de trescientos asesinatos- vienen generando no pocas quejas por parte de sus víctimas y desde sus asociaciones, sin embargo, tan divididas. En suma: el terrorismo, algunas de sus dinámicas y, mayormente, sus efectos más perversos, siguen aquí; entre nosotros.

Para reflexionar sobre estas cuestiones tan incómodas, que por otra parte tanto “aburren” a muchos de nuestros compatriotas y que los políticos tratan de eludir en profundidad, hoy entrevistamos al navarro Fernando José Vaquero Oroquieta; autor entre otros, del libro La ruta del odio. 100 respuestas claves sobre el terrorismo. Un libro del que acaba de ver su segunda edición actualizada y revisada.

¿Qué sentido tiene lanzar al mercado una nueva edición de un libro ya publicado hace 10 años?

Efectivamente son muchos los libros que vienen publicándose en España, especialmente en los últimos dos o tres años, abordando diversas perspectivas de la historia más reciente del terrorismo. Sin duda, el transcurso del tiempo está facilitando nuevas líneas de investigación del fenómeno, así como testimonios de víctimas, que habían mantenido silencio hasta ahora, o por parte de protagonistas de la lucha contra esta lacra que ya pueden empezar a hablar.

Por ello, un texto –es el caso- que aborde tan dispares perspectivas, resumiendo sus principales interrogantes, historia y efectos, es más necesario que nunca; pues su estructura y contenidos permiten ordenar, sistematizar y profundizar en un panorama sectorial aparentemente tan disperso como plural y voluminoso.

¿Por qué una segunda edición? En los años transcurridos desde la primera han acaecido muchos episodios que, si bien cualitativamente no aportan novedades decisivas, sí han generado enormes sufrimientos y constantes informaciones y temores que nos han acompañado cotidianamente. Estoy pensando en novedades tecnológicas como es el empleo de los drones en estas coyunturas, la aparición del concepto de “guerra híbrida”, la reconversión de ETA, la consolidación de una supuesta “disidencia radical” en la periferia de la autodenominada “izquierda abertzale”, la salvaje eclosión de Estado Islámico, el impacto en la adormecida Europa de los “lobos solitarios” islamistas… Todo ello lo estudiamos, eso sí, con la mirada siempre puesta en los orígenes ilustrados y modernos del terrorismo y su desarrollo a modo de “ciencia” por el marxismo-leninismo; sin caer en confusiones o tipologías facilonas.

¿Confusiones facilonas? ¿A qué se refiere?

Es muy común incurrir en narrativas simplistas de “buenos” y “malos”, “blanco” o “negro”. En ocasiones las cosas son más complejas. Así, considero que es necesario recordar siempre que el primer terrorismo moderno fue “de Estado”; el desarrollado por los jacobinos en Francia y que llegó hasta el genocidio de la población civil de la Vendée. Pero también hay que poner sobre la mesa que el terrorismo que sufrió España antes de la guerra civil fue de carácter “táctico”, subordinado, por tanto, a las estrategias de levantamiento de masas impulsadas por partidos de izquierda y anarquistas, o de golpe de estado marxista; sumado todo ello al fenómeno, entonces “normal” de las milicias de partido. En este contexto hay que traer a colación al olvidado “derecho a la defensa y a la represalia” bajo el que se ampararon muchos católicos, de diversas formaciones políticas, ante el riesgo de ser aniquilados por sus declarados enemigos mortales; quienes, no lo olvidemos, eran fieles imitadores de los modelos marcados por los genocidios comunistas. No obstante, soy consciente de que esta perspectiva entra en colisión con los dogmas de la mal llamada “Memoria Histórica” y sus efectos, según los casos, orientados a la equidistancia o la extirpación de la historia de sectores enteros de población.

Con todo lo que nos está exponiendo, el panorama del terrorismo se muestra más y más confuso… ¿No podría proporcionarnos una definición de terrorismo que nos ayude a centrar estas realidades?

Me parece una objeción muy cierta. Realmente existen cientos de definiciones de terrorismo que circulan, por escrito o de palabra, por las redes sociales y tantos documentos; muchas de ellas tributarias de prejuicios ideológicos u orientadas al albur del talante del investigador de turno. Por ello, propongo una de las mejores que conozco y que dice que es «el propósito de matar y destruir indistintamente hombres y bienes, mediante el uso sistemático del terror con una intención ideológica totalitaria», entendiendo por terror la «violencia criminal indiscriminada que procura un efecto mucho mayor que el mal causado directamente, mediante una amenaza dirigida a toda la sociedad», lo que se persigue por medio de una «compleja estrategia puesta al servicio de un fin ideológico […] obteniendo una amplia repercusión política, potenciada por la publicidad que obtienen sus nefandas acciones»; todo lo que lleva a sus autores a entenderla como una actividad «rentable» políticamente. Se trata del quinto punto de la olvidada Valoración moral del terrorismo en España, de sus causas y de sus consecuencias, de la LXXIX Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española de 22 de noviembre de 2002. Entiendo que no necesita comentarios.

Hoy ETA no mata. Entonces, se viene alegando, ¿disfrutamos, ya, de una democracia madura, serena y apacible?

¡Para nada! Los efectos del terrorismo perviven entre nosotros, no digamos ya en Vascongadas y Navarra, donde se produjo una verdadera “limpieza étnico-política”, implantándose allí una “ley del silencio” todavía vigente y claramente perceptible; no en vano, en estos espacios, únicamente se escucha hablar de política en voz alta y sin miedo a un único sector: el abertzale. Los demás continúan callando. Y todo ello sin entrar en los trescientos asesinatos sin resolver, los miles de “chivatazos” de los que se sirvieron los terroristas para eliminar a quienes señalaron como enemigos a extirpar. De tal modo, en la sociedad vasca y navarra se instaló una deshumanización del “españolazo”: “algo habrá hecho”, “que no hubiera venido”, “bien pudo haberse largado”, “la política para los políticos”, “es el mejor lugar del mundo para vivir, salvo el problemilla que tienen algunos”, etc. Esa mentalidad, que va de la justificación expresa del terrorismo a la inhibición de buena parte de la sociedad mirando hacia otro lado, pervive. Podríamos resumir la situación de esta manera: ETA se ha ido, se han quedado sus “manadas”, los políticos pasan de largo, la sociedad olvida… Además, falta muchísimo por saberse: “diálogos”, agendas ocultas, origen de tantas filtraciones, razones de tanta inhibición de los poderes del Estado, beneficiarios reales del terrorismo…

¿Y por lo que se refiere al terrorismo islamista?

Persistirá entre nosotros. Ya fuere de la mano de “lobos solitarios”, de activadas “células durmientes”, o de nuevas organizaciones, con la excusa de viejos o nuevos agravios supuestamente sufridos por los musulmanes en cualquier lugar del mundo. Razones político-teológicas no van a faltar: la globalización las difundirá, las modernas tecnologías de la comunicación las sostendrá, y la libertad de movimientos de personas y mercaderías las articulará. Es inevitable: ya han atentado anteriormente y con mucho éxito. Por ello, si somos una sociedad que aspira a tener un futuro, debemos fortalecer nuestras razones para la resistencia ante futuros ataques.

¿No es una perspectiva exageradamente pesimista?

Para nada: ¡es por completo realista! Todo análisis socio-cultural, al igual que cualquier ideología y propuesta de acción política, se basa en una antropología. La que yo asumo, sobre la que sustento mis análisis y reflexiones, es la propia de la decadente y antaño cristiana Europa: que entiende que el ser humano está herido por el mal que, misteriosamente, siempre porta consigo. Las antropologías optimistas –ilustrada, liberal, marxista, vitalista, anarquista, escatológico-islamista, transhumanista o utópica de cualquier signo- son las que nos han llevado a los genocidios, los gulags y, previamente, al terrorismo “científico” que elaboraron los marxistas-leninistas. Unos sujetos cuyos herederos, reconvertidos en “populistas de izquierdas” o ambiguamente como “antifascistas”, también siguen esperando su oportunidad.

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Vaquero Oroquieta, Fernando José, La ruta del odio: 100 respuestas clave sobre el terrorismo, 2ª edición actualizada y revisada, 443 páginas, Ediciones Pompaelo, Pamplona, febrero de 2021.

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