La modernidad es un tiempo de revoluciones dado que el modernismo es, por naturaleza, revolucionario. Desde sus inicios los hombres se han creído con la potestad de transformar su propio entorno desprovistos de todo límite y de transformarse, ellos mismos, al dictado de su única voluntad. Han jugado a ser dioses construyendo castillos de naipes con los cuerpos de sus vecinos: decretando la vida y la muerte; el bien y el mal; la injusticia y el oprobio; la condena y la salvación. Pero, a pesar de los desmanes históricos sembrados en apenas tres siglos por dicha pulsión utópica, no se han dado por vencidos: nuestro mundo sigue plagado de manifestantes con recta vocación de revolucionarios.

Uno de los pensadores más sistemáticos que hay en España es el también poeta —suya es la formidable “Oda a España”— Andrés García-Carro. Si los revolucionarios arman sus guerras con textos de Marx o de Gramsci, García-Carro propone un sistema de pensamiento basado de forma íntegra en las Sagradas Escrituras, en los textos de los Padres de la Iglesia, el Catecismo de Pío X y en algunos autores católicos a modo de complemento adicional. No necesita más —ni menos—, para condenar todas las extravagancias y descarríos de nuestro tiempo como en un nuevo Juicio Universal en la estela del gran Papini.

En su mayor libro de pensamiento hasta la fecha, Escritos de un Contrarrevolucionario, Andrés García-Carro habla de lo divino y de lo humano sin tapujos ni complejos. Podemos resumir el contenido del libro en que se trata de una senda personal para regresar a unos tiempos anteriores a que el pacto entre Dios y los hombres fuera destruido por los segundos en los albores de la modernidad. El primer capítulo del libro está dedicado a la tradición y los tradicionalistas y el propio García-Carro se considera él mismo tradicionalista al punto de que, ya después de la publicación del libro, ha decidido calarse la boina como un buen carlista. Sin embargo, este dato no le impide hacer sangre entre algunos supuestos carlistas coetáneos —al tiempo de reivindicar a otros— sin dejar, eso sí, de poner negro sobre blanco los fundamentos filosóficos de la escuela en la que se encuadra.

Pocas definiciones de lo que es un tradicionalista resultan más acertadas que lo descrito por García-Carro: El tradicionalista no es un nostálgico que quiera volver al pasado […] El tradicionalista es el que preserva lo bueno del pasado, lo perfecciona si es posible perfeccionarlo y lo transmite a las siguientes generaciones”. Como ya ocurriera con su último poemario hasta la fecha, El año del coronavirus, no puedo dejar de mencionar la contundente crítica que hace García-Carro del liberalismo con profundidad intelectual, ingenio y seguridad en su propia postura. No se me ocurre un enemigo más feroz en nuestros días de dicha ideología, cuyo primer representante sería, para el autor, el mismo demonio; y cuyo relativismo democrático habría sido responsable de, por ejemplo, la condena de Jesús a cambio de la puesta en libertad del infame Barrabás.

En el epígrafe “A propósito de la Constitución de 1978”, García-Carro traza una visión de conjunto de la situación política de España poniendo los primeros los problemas espirituales sin desdeñar por ello los problemas sociales: “Que en España no hay stricto sensu una democracia sino una partidocracia u oligarquía de partidos es evidente para cualquiera que abra políticamente los ojos. Sin embargo, el problema de fondo no es éste. El problema de fondo es que el régimen —y a los efectos tanto da que sea democrático que partidocrático— está sustentado en el dogma liberal en virtud del cual se legisla de acuerdo a la voluntad cambiante del hombre y no conforme a la inmutable ley de Dios. Aquí está la verdadera madre del cordero del asunto, de la que en nuestros tiempos es anatema siquiera hablar so pena de ser tachado de fanático religioso e inhabilitado en la práctica para la actividad política”.

Para criticar los males políticos que asolan a España, García-Carro se remonta hasta la propia Constitución de Cádiz, que todos tenemos por liberales sin excepción y en las que el autor encuentra el origen de la decadencia política española. Muy interesante para el lector será la galería de individuos de todo signo y catadura —y hasta de cara dura: de famosos televisivos a importantes pseudointelectuales—, que García-Carro retrata en el epígrafe “Galería de personajes variopintos”. Junto a los distintos diálogos platónicos que describe con sus compañeros de trabajo y que darían para una interesante novela al estilo de los diálogos socráticos, compone sin duda un acertado capítulo de contraste y complemento a las arduas —si bien generosas— disquisiciones teológicas donde nada de lo humano parece ser ajeno al autor.

En el prólogo del libro, el periodista católico Javier Navascués —sin duda uno de los “amigos tradicionalistas” a los que el poeta dedica el libro— apunta como García-Carro tiene la infrecuente virtud de decir lo mismo “en público que en privado”. Esa es una de las más grandes cualidades que, quien escribe estas líneas, valora en una persona, especialmente si está dedicada a las labores intelectuales como ocurre con el autor de Escritos de un Contrarrevolucionario. Y no cabe duda de que esa transparencia personal y esa limpieza intelectual cristalizan brillantemente en las más de cien páginas sembradas de aforismos donde el fuego verbal y la batería intelectual no flaquean un solo instante.

El libro, publicado por SND editores —la excelente editorial dirigida con maestría por Don Álvaro Romero—, es un arma de combate perfecta para, a través de breves pero pulcros y certeros escolios a la manera de Nicolás Gómez Dávila; y con la profundidad doctrinal desde la ortodoxia de un Chesterton, enfrentarse a los grandes males espirituales y morales de nuestro tiempo con la prosa justa y concisa de un autor eminentemente lírico. La Tradición, la Hispanidad y la Contrarrevolución reaccionaria de quienes anhelan regresar a un tiempo pasado tienen en Andrés García-Carro a uno de sus más brillantes representantes contemporáneos. Una vez más, “Tradición o Revolución: ésta es la cuestión”.