YA saben: el avestruz, cuando las cosas vienen mal, en lugar de afrontarlas, mete la cabeza debajo de la tierra (o del ala) y espera que el peligro pase. El sistema puede valer algunas veces; por lo general y a la larga, tan sólo sirve para no enterarse de nada y acabar en el puro desastre.

 

Tenemos un Gobierno de avestruces (dicho sea exclusivamente por vía de metáfora), empeñado en no dar la cara a la realidad y en negar todas las evidencias. Después del batacazo que se llevó en la votación del Estatuto valenciano, ha continuado tan campante (al menos, en apariencia) y las explicaciones dadas por sus egregios principales, los señores Cavero y Abril Martorell, entraron en el terreno de los monólogos de Gila; ni siquiera tuvieron la habilidad para el equilibrio de la inolvidable Pinito del Oro. Porque un político puede intentar justificarse, sosteniéndose en la cuerda floja a base de habilidad e inteligencia. Lo que no resulta de recibo es que caiga en la patochada ni en la grotesca ridiculez.

 

Está ya claro que tenemos un gobierno incapaz de ejercer el poder sin la colaboración de otros grupos parlamentarios. Tal ha sido, en realidad, su situación desde un principio. Pero en tiempos de Suárez, tenía más votos en sus escaños y la capacidad maniobrera de don Adolfo le permitía contar con alianzas insospechadas, aunque fuera a trueque de aceptar las más vergonzantes claudicaciones. Ahora, la espantada de los tránsfugas ha dejado en cuadro a UCD y los recientes hechos parlamentarios demuestran que el Ejecutivo nada puede decidir, si las demás fuerzas políticas no aceptan los casi siempre infamantes pactos.

 

En semejante situación, un político serio (y en estos momentos, por paradójico que resulte mirándole a la cara, está ya claro que don Leopoldo no lo es) hubiese optado por retirarse honorablemente. Las retiradas no siempre suponen una derrota: la historia está llena de pruebas en contrario. En ocasiones, los ejércitos se retiran para evitar un descalabro, reagrupar fuerzas, ordenar una estrategia nueva y sorprender al enemigo con una ofensiva espectacular y definitiva. El señor Calvo-Sotelo, sin embargo, ha preferido aguantar por encima de todo. En este caso, la impavidez de su rostro sí que coincide con la de su actitud política.

 

Sin embargo, ¿qué va a conseguir España (que es lo único que debe importar) con semejante empecinamiento? Por mucho que se esfuercen los periodistas y comentadores que abrevan en el pesebre, la situación se deteriora cada vez más. Aumenta el paro día a día; sigue la caída en picado de la peseta; la economía no se reactiva, pese a tantas declaraciones enfáticas y mentirosas; los problemas separatistas se agudizan, con infinito descaro; está latente el terrorismo. Consecuencia de todo ello es la absoluta desesperanza de los ciudadanos, inhibidos de la política oficial, ausentes de toda inquietud pública colectiva. El fracaso de los partidos sólo es comparable al de las centrales sindicales, abandonadas por su base y abocadas a ridículos tan tremendos como los cosechados en las recientes (y fracasadas) convocatorias de las huelgas de Hostelería y Grandes Almacenes, en Madrid.

 

Pero, naturalmente, todas estas realidades negativas, exigen fórmulas positivas que saquen adelante la democracia, tan jaleada, pero tan poco asistida por sus más exaltados exégetas. En puridad democrática, el Gobierno debía haber hecho mutis, una vez comprobada la falta de asistencias parlamentarias que padece. Bien es verdad que la credibilidad del Parlamento, como depositario de la voluntad popular, quedó también seriamente dañada con la negativa votación al proyecto del Estatuto valenciano. Resulta que en Valencia, el pueblo, en una mayoría abrumadora, quiere que se le reconozca lo que en ese proyecto se decía: su denominación como Reino, su senyera con franja azul y la identidad de su idioma. Entonces, los señores diputados (que teóricamente representan al pueblo y hablan en su nombre), echan atrás esa aspiración casi unánime del pueblo valenciano. ¿Dónde está la representatividad? ¿Dónde, los cauces de manifestación de los ciudadanos?

 

Da lo mismo. Aquí todos siguen jugando a los avestruces, negándose a admitir los hechos, aún los más clamorosos. Se trata de ir tirando, de aguantar como sea, por si llega el milagrito. El milagrito pueden ser los Mundiales de fútbol; quizás, la visita del Papa. ¿Pero, de verdad y en serio, puede gobernarse así? ¿Pueden olvidarse con semejante contumacia las necesidades de España, el tremendo drama de España, el horizonte negro de España? Pues sí; no sólo pueden olvidarse, sino que se olvidan. Y el gobierno continúa tan pancho, ajeno al rechazo popular, y la llamada oposición (es decir, el PSOE) acredita sus insuficiencias políticas antes, incluso, de acceder al Poder (lo cual resulta gravísimo) y la gran masa, que es de derechas (para entendemos) ve con desesperación cómo se frustra una ocasión única para tomar el timón y enderezar los rumbos.

 

Sucede que también los líderes de esa derecha, atomizada y dispersa, no quieren mirar de frente. Se niegan a bajar de sus pedestales, para agarrarse del brazo y, despreciando diferencias, iniciar la marcha en unión hacia el Poder. Con lo cual, hete aquí que padecemos una clase política ciega (los avestruces que mandan) o miope (los que están dejando pasar su oportunidad). Entre unos y otros, los españoles, solos en plena tormenta...

 

VIZCAÍNO CASAS

(Heraldo Español Nº 92, 24 al 30 de marzo de 1982)