Felicitémonos de que el viñedo francés […] no haya sido subvencionado por el Estado, ni obligado por el genio de las camarillas ‘culturales’ a producir vinos de vanguardia” [1]

En 1991, el profesor de la Sorbona Marc Fumaroli publicaba un libro titulado El Estado Cultural. Una obra necesaria y valiente en la que analizaba un problema francés extensible a toda Europa: la politización y devaluación de la cultura. Cultura subvencionada, degradada y pervertida en la misma instrumentalización del término “cultura” como “palabra-percha, palabra-pantalla”[2]. Convertida en herramienta ideológica, empleada, en definitiva, como arma de combate: “La cultura es otro nombre de la propaganda”[3].

Dejando a un lado el cargante chovinismo del autor –exacerbado en algunos pasajes– y su apego hacia algunos prejuicios negrolegendarios[4] , hay que reconocer que Fumaroli enfoca y disecciona bien una cuestión que, por desgracia –aunque no por casualidad–, llevaba décadas escapando a la crítica francesa, europea y occidental en general, cómplice de su propia deriva. Si exceptuamos la temprana respuesta de Tom Wolfe a las corrientes “culturales” disolventes en los Estados Unidos, el problema “cultural” ha venido siendo ignorado y alejado del debate público a pesar de su importancia capital o, precisamente, por ello. Y, desde luego, el libro de Fumaroli supone un caso extraordinario de autocrítica en nuestras depauperadas, corruptas e ideológicamente homogeneizadas instituciones académicas.

Señala el autor el origen de la estatalización de la Cultura en la encrucijada francesa tras la II Guerra Mundial. De Gaulle pretendía, en primer lugar, devolver al país la posición perdida en el terreno cultural en favor de los Estados Unidos. De ahí la creación de un Ministerio de Asuntos Culturales. Pero también, y sobre todo, la elección al frente del mismo del viejo comunista Malraux, era una concesión a la izquierda que tenía por objeto la paz social en Francia. El mismo general, presidente de la República, lo sugirió al primer ministro Michel Debré: “Le será útil quedarse con Malraux. Hágale un ministerio, por ejemplo, un reagrupamiento de servicios que podrías llamar ‘Asuntos Culturales’. Malraux dará alivio a su gobierno”[5].

Fumaroli recoge así la propia posición de André Malraux: “Para el primer ministro de Asuntos Culturales (Malraux entre 1959 y 1968), en busca de una ‘tercera vía’ entre estalinismo y americanismo, la cultura debía ser la religión laica de Francia […]”[6]

Ahora bien, como sabemos, la cultura siempre fue para la izquierda una herramienta política, quizá la más importante, para ahormar la sociedad según sus postulados. Un eficaz instrumento de ingeniería social al que nunca renunció, como se han encargado de demostrar los socialistas y comunistas franceses constantemente. Cita Fumaroli al respecto alguna bibliografía muy interesante y esclarecedora: Pour une politique de la Culture (1971) y Révolution parallèle (1975), de Pierre Emmanuel (1916-1984); Rêver chacun pour l’autre (Soñar cada uno para el otro) (1982) de Catherine Clément –donde, bajo la máscara de la inocencia y la emoción, renueva la vieja ilusión de “un mundo nuevo”, socialista, “naturalmente” –; o L’Élan culturel: la France en mouvement (El impulso cultural: Francia en movimiento) (1987), de Jacques Renard.

Por descontado, Fumaroli se detiene en la acción del socialista Mitterrand y su ministro de Cultura Jack Lang en los años 80, a través de eventos multitudinarios de carácter festivo, concebidos como altavoz para las consignas del Partido: “Las fiestas culturales de Estado […] muchas veces adquieren un sentido directamente político y entran en la estrategia de intoxicación de la opinión, que es uno de los objetivos principales del Ministerio de Cultura”[7]. Exponiendo el caso francés con meridiana claridad: “En Francia, al ser la esfera cultural, en su conjunto, responsabilidad del Estado, hay que vérselas con un Estado cultural que goza de un monopolio de hecho sobre la educación y la televisión, y que practica, además, una política cultural”[8]. O, dicho de otro modo, “es difícil disociar la enseñanza, la televisión y la cultura”[9], dado que tanto la enseñanza como la televisión, junto al ministerio de Cultura “son órganos del Estado cultural”[10].

En relación a la educación, no puede ser más escéptico: “[…] la enseñanza está por los suelos. De vez en cuando se encuentra un bufón para difundir el rumor de que el nivel sube”[11]. (pp. 323-324). En línea con lo ya afirmado por Tom Wolfe a finales de los años setenta respecto a la universidad americana: “Los chicos llegan hoy a la universidad, se matriculan, se sacan el carnet de estudiante, […] y automáticamente cargan con un fardo de posturas culturales y políticas. […] El estudiante sale de la universidad con un arsenal de ideas preconcebidas, intactas, no contaminadas por la experiencia directa”[12].

Así mismo, Fumaroli desnuda la convergencia del capitalismo y socialismo en la instrumentalización de la cultura para el embrutecimiento de la población. Dándose una alianza entre la visión doctrinaria socialista que concibe la cultura como vía para la difusión de sus eslóganes, y una perspectiva capitalista para la que la cultura es explotable como objeto de consumo a través de la publicidad. De forma que: “So pretexto de eficacia democrática en la gestión del patrimonio, la barahúnda de las grandes superficies comerciales pasa a ser el ideal museológico. […] Al dar a las multitudes la ilusión de que visitar un museo, o un monumento, o una exposición, es del mismo orden que hacer sus compras […] son otros tantos electores y contribuyentes a los que se cuenta persuadir de la infinita solicitud del Estado-Providencia socialista”[13].

Por último, ante tal panorama, Fumaroli advertía al final de su libro del peligro de importar el dirigismo francés en cuestiones culturales: “Pocos errores habría más graves para Europa […] que adoptar el modelo francés de Estado cultural”[14]. Sin embargo, en 1991, ya era tarde. Sin salir de Madrid, ahí está nuestro “Pompidou particular”: el Museo Reina Sofía reformado por Jean Nouvel, carísimo vertedero estatal de “arte” moderno y contemporáneo para la propaganda partidista. O, a nivel autonómico, ese “espacio de construcción de atención crítica"(sic) llamado CA2M o Centro de Arte Dos de Mayo. Por citar sólo dos entre los centenares de “espacios” subvencionados que, de igual manera a como sucede en nuestro país vecino, se dedican a lo largo y ancho de España a adoctrinar al personal con el dinero de todos. “Casas de la cultura” siempre sensibles a los “colectivos minorizados”, “ecofeminismos” y cualquier iniciativa divisiva y entontecedora de la izquierda bajo el bonito pero falso manto de la “inclusividad” o de la “pluralidad”.

¿Pues no habla el risueño majadero que dirige el Dos de Mayo de “matrimonializar” el “patrimonio”[15]? … Y cobrando de nuestros impuestos.

 

 

[1] Marc Fumaroli, El Estado cultural, Editorial Acantilado, Barcelona, 2007, p. 230.

[2] Op. Cit., pp. 213-224.

[3] Ibíd., p. 24.

[4] Ibíd., p. 310; p. 382.

[5] Michel Debré, Mémoires, tomo III, Gouverner (1958-1962), Ed. Albin Michel, París, 1988, pp. 13-14.

[6] Op. Cit., p. 239.

[7] Ibíd., p. 242.

[8] Ibíd., p. 24.

[9] Ibíd., p. 25.

[10] Ibíd., p. 323.

[11] Ibíd., p. 323-24.

[12] Los años del desmadre. Crónicas de los 70, 1979, “La guía de América para universitarios/as inteligentes”, Anagrama, Barcelona, 2018, pp. 137-38.

[13] Op. Cit., p. 250.

[14] Ibíd. p. 379.

[15] Youtube. Manuel Segade, director de CA2M, entrevistado sobre el proyecto “Públicos”, el 17 de julio de 2020: https://www.youtube.com/watch?v=OloUApjJOdc