El maestro Rafael es, como todos ustedes saben, Rafael García Serrano, de cuyo fallecimiento se cumplen treinta y tres años este día 12 de octubre.

Al hilo de la reciente muestra de incultura del ministerio del señor Illa -asunto del que escribí hace unos días aquí mismo-, he recordado la pasión de Rafael García Serrano por los toros. Él mismo lo cuenta en Los tranquilos veranos de Manolete, relato incluido en el libro que se publicó con el título general de Las vacas de Olite (y otros asuntos de toros), al menos en la edición que tengo, que es la de Planeta de 1981:

 

Yo no me había colado en una plaza de toros jamás, con excepción de una tarde del Corpus Christi en la de Pamplona, que me deslicé hacia el interior en el revuelo que produjo la banda de «La Pamplonesa» al entrar. Protegido a babor por un bombardino y a estribor por la amplia gabardina de un aficionado a quien le hizo gracia eso de que yo tratase de colarme, conseguí llegar hasta un tendido. Tenía yo siete años, y aquella mañana había ido en la procesión con una vela y un ramo de flores, vestido con un traje nuevo, porque siempre estrenaba el día del Corpus, y a veces también zapatos.

 

Me parece justo, ahora que el Gobierno declara la guerra -bueno, digamos que arrecia en sus arremetidas, porque la guerra antitaurina viene de antiguo- a la fiesta de los toros, recordar esta faceta de Rafael García Serrano, porque en su obra está siempre presente. No solo en los relatos puramente taurinos o directamente relacionados con ello, sino en toda su obra. Incluso -me atrevería a decir- en su vida, porque siempre tuvo que soportar las arrancadas de manso con que los envidiosos trataron de empitonarle.

No es que Rafael García Serrano escribiera de toros como primer motivo. Es que, como español de raza, siempre supo -siempre sintió- que los toros estaban íntimamente ligados al ser hispano. En otro relato, Los toros de Iberia, nos cuenta la lucha de los viejos bisabuelos íberos contra el invasor cartaginés, con los toros del campo y la fiesta convertidos en brigada acorazada en la primera línea, y el Gran Toro Rojo -el abuelo de los carriquiris- poniendo orden entre los astados recelosos y cumpliendo su deber para con el hombre que trabaja con ellos, que juega con ellos y que, a veces, muere ante ellos.

Tiene, sin embargo, otro fabuloso libro Los Sanfermines, donde de la mano de fantásticas fotos de Ramón Masats nos introduce en la fiesta pamplonesa cuando los Sanfermines eran una cosa alegre, llena de vida -también de muerte-, de educadas cogorzas y de aguardientes de buena mañana, justo después del encierro, y no esta cochambre grosera, zafia, vulgar, en que la giliprogresía la ha convertido. Los Sanfermines es un espléndido relato, una introducción para el visitante extranjero -está traducido al francés, inglés y alemán- y para el español. Visitantes que, en aquella Pamplona, nunca eran extraños.

Pero además, como buen aficionado, Rafael García Serrano comprende al toro, lo valora en lo que es, le da su lugar en la fiesta y en la esencia española. Sabe que el toro nace para morir en la plaza, con la dignidad del destino cumplido; que el toro bravo ni es ni puede ser un animal doméstico, una mascota, aunque a veces el toro -como cualquier humano- de por bueno el giro que le lleva a campear libre, lejano del ruedo, convertido en turista y en donjuán en busca de la Vaca Blanca, como en el delicioso relato Cronicón de «Borrego» Tenorio:

 

Borrego, junto a sus cinco compadres, apuntaba con el cuerno a la luz como quien apunta al destino. Sentía en la sangre esa impaciencia que es el augurio de la aventura, ese escozor, ese desasosiego que da la certeza de una vida nueva. Oscuramente se preparaba a morir. Esta conformidad que nos falta a los hombres la tienen en la sangre los animales. La tienen los toros porque el sol y el pasto, el agua y la carrera, les preparan para el trance. Los únicos que no nos hemos enterado de que la vida es una enfermedad mortal, somos nosotros, los reyes de la creación, los inventores de la penicilina. Saben los toros que su vida madura con una buena muerte, que sólo una buena muerte les salva del olvido y les da acceso a la celeste pradera donde no hay ni pastores ni cabestros.

(...)

Su cabeza estaba pregonada como la de un bandolero de tronío, y como a éste, le protegían los humildes negándose a facilitar pistas a la autoridad competente. Esta no era una postura suicida ni una burla saboteadora. Ni abundan los suicidas, ni abundan los chungones. Ni siquiera abundan los sentimentales en la Barranca. Pero con Borrego, galante guerrillero, los aldeanos se ahorraban el semental.

 

Y también Rafael García Serrano, nos da -a través de una prosa que se hace poesía en cada giro, en cada metáfora fluida del portentoso relato que titula Diosecito rapta a Europa la certera explicación de qué son los toros:

 

¿Sabes que los taurobolios iniciadores se celebraban en abril? Todo esto es el origen. Todo esto se ha perdido. Dios nos trajo a mandamiento y gracias a Él somos cristianos. En nuestra vida cristiana, en nuestra vida española, los toros son como una vigorosa religión subterránea, lejana pero perfectamente comprensible, bautizada ya por las capillas, en las plazas y por los escapularios milagreros, en los pechos de sus sacerdotes. Hay fiesta de toros con la fiesta de los Santos Patrones. Siempre en torno a las fiestas religiosas: el Corpus, la Ascensión, la Virgen Blanca, la Virgen de Agosto, San Pedro, San Fermín, San Mateo, San José, San Juan, San Marcos, Santiago, San Roque... Pero queda la capa roja de los legionarios, queda el culto popular del valor, queda el desdén por la muerte. Y queda, aquí, el que los toros aguarden entre murallas a que la gente se divierta, perdón, se inicie, con un arriesgado taurobolio en el que a veces corre la sangre de los hombres.

 

Y este es mi homenaje de este año al maestro Rafael. Recordar esta faceta de su obra -que incluso yo, para mi propio asombro cuando me he dado cuenta, había olvidado mencionar-, y ofrecer estos párrafos que anteceden y que, una vez más, demuestran la razón por la que afirmo, sin la menor sombra de duda, que Rafael García Serrano es uno de los mejores escritores -para mi el mejor- en lengua española.