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La muerte del esclarecido ministro de Hacienda de la Dictadura, D. José Calvo Sotelo, jefe de uno de los partidos de la oposición parlamentaria, llenó a España de vergüenza y de estupor. El asesinato, organizado desde el poder y ejecutado por los propios agentes del Gobierno, vino a arrancar la venda de los que aún dudaban. La situación se agravaba por momentos; las consignas del Komintern ruso estaban en ejecución y la implantación del comunismo era ya cosa decidida. Unos días más tarde, el 18 de julio de 1936, surgió la primera aurora de esperanza.

Desde media mañana toma cuerpo el rumor de un alzamiento de las tropas de Marruecos, a las órdenes del general Franco. La radio de onda corta de Tenerife repite, cada media hora, el texto de su proclama. Y en las últimas horas de la tarde se da como seguro que se ha extendido ya el Alzamiento a Cádiz y Sevilla.

El Gobierno del Frente Popular no cesa, desde las primeras horas de la mañana, en sus angustiosas llamadas a los jefes militares de las provincias, intentando con ofrecimientos y 138 falsas promesas ganar el tiempo que necesita para desencadenar la sangrienta revolución que tiene preparada. La noche madrileña transcurre en medio de una gran zozobra, y mientras el Gobierno intenta vencer el terror presidencial las logias y los comités revolucionarios reparten entre el populacho las armas de los parques militares, hace tiempo confiados a jefes masones.

José, que ha venido desde Toledo a Madrid en una comisión urgente, encuentra las carreteras cortadas por las milicias rojas cuando intenta salir en la madrugada del día 19. Las turbas discurren por los barrios armadas de pistolas y fusiles. Al huir de las guardias el automóvil que lo conduce es tiroteado. Fracasado el intento de pasar a Toledo, decide incorporarse a uno de los cuarteles, eligiendo el de Ingenieros de Carabanchel. El cuartel aparece en estado de defensa: sacos terreros cierran las puertas y las ventanas y forman reductos en los ángulos del edificio. Sobre la carretera guardias de soldados intervienen en la circulación.

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Por la espalda del cuartel se sienten ya algunos tiros. A su llegada es detenido por un oficial, que, con una pareja, lo acompaña ante el Comandante.

JOSÉ. -Mi Comandante, ¡Arriba España!

EL COMANDANTE. -¡Arriba! ¿Qué hay?, Churruca.

JOSÉ. -Vine esta madrugada a traer unos pliegos a Madrid y, cuando intenté regresar, no pude salir ya. Todas las salidas están tomadas, han soltado a los presos y las gentes más criminales son dueñas de la calle y tienen cortados todos los accesos de la capital. No ignoraba que aquí había de encontrar un reducto de defensa, y aquí estoy; usted me manda.

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EL COMANDANTE. -Encantado de tenerle a mis órdenes.

UN OFICIAL (Interrumpe.). -Mi Comandante: no hay teléfono, lo han cortado; lo único que hemos podido saber antes del corte es que se defienden en el Cuartel de la Montaña; lo demás, todo parece perdido. ¡Se han dejado ganar la mano! 

EL COMANDANTE. -Entonces no tenemos tiempo que perder. Hay que establecer enlace con la Montaña antes de que sea imposible. Empieza a hacerse más intenso el fuego de las ametralladoras y la fusilería.

EL COMANDANTE. -Oiga usted, Churruca, ¿quiere prestarnos un gran servicio?

JOSÉ. -Sí, mi Comandante; dedíqueme a lo que considere más útil; cuanto más duro, mejor.

EL COMANDANTE. -Gracias (Estrechándole la mano.); ya lo sabía. Mire, estamos sin enlace, esto empieza a ponerse serio y aislados nada lograremos; es necesario coordinar los distintos núcleos que forman nuestra resistencia, salir de la ratonera de Madrid. Para ello hay que alcanzar el Cuartel de la Montaña como sea; por el Parque del Oeste y por la Casa de Campo podemos unirnos y combatir en campo abierto; en los cuarteles la aviación va a aplastarnos tontamente bajo los escombros. Va usted a llevar una carta mía al general Fanjul.

JOSÉ. -Estoy dispuesto, mi Comandante. 

EL COMANDANTE (Revistándolo.). -Así, no; sería inútil con ese traje; coja usted el traje usado de un mecánico y un mosquetón, que de esta manera será más fácil pasar.

JOSÉ. -Comprendido.

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COMANDANTE (Al Capitán ayudante.). - Ramírez, acompañe al Capitán al garaje, escoja allí un mono usado y ayúdele a disfrazarse; dele un mosquetón, cartuchos y la documentación de un chofer. En seguida le tendré preparado el pliego. (Se pone a escribir.) Pasados breves momentos, entran de nuevo el Capitán ayudante y Churruca, vestido ya de miliciano.

JOSÉ. -A sus órdenes, mi Comandante.

COMANDANTE. -Bien. Aquí está el pliego. Léalo usted, por si tiene que deshacerse de él, poder transmitir su contenido.

JOSÉ (Lo lee, medita un poco y lo cierra.). - Bien (Dice.), dispuesto.

COMANDANTE (Abrazándolo.). -Buena suerte le deseo.

JOSÉ. -Gracias, hasta pronto. Sale hacia el exterior saltando el muro del cuartel; se queda un rato echado en el suelo y pronto se pierde de vista tras la cerca de la Casa de Campo, que también salta, y atraviesa el parque que conduce a la zona del Manzanares. Allí lo llaman desde una guardia.

UN MILICIANO. -¡Eh, tú, compañero!...

JOSÉ. -¿Qué hay?

EL MILICIANO JEFE. -Ven aquí, quédate con estos en el control, que son unos atontaos, que yo tengo que hacer en el Centro.

JOSÉ. -Bien; pero por poco tiempo, pues yo también tengo faena; para registrar, basta una vieja.

EL MILICIANO. -¿Prefieres los tiros?

JOSÉ. -Sí, es más fructífero.

EL MILICIANO. -Bien, pues ven, que se quede este otro. (Y coge a uno que pasa con una pistola.) Tú, muchacho, permanece aquí en el control hasta que volvamos, y si pasan fachistas, no dejéis uno con vida. En la calle hay algunos cadáveres tendidos en las aceras. El tiroteo, que al principio era intermitente, se hace más intenso. 

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EL MILICIANO. -¿Qué te parece? Tanto tiempo esperando, temiendo a los fantasmones, y ya ves con qué facilidad hoy semos los amos.

JOSÉ. -¿Pero está ya todo limpio?

EL MILICIANO. -No. Esos perros fachistas se han metido en el Cuartel de la Montaña, pero durarán poco. JOSÉ. -Vamos allá, ¡que debe de haber hule!

EL MILICIANO. -No seas idiota; deja que lo hagan los guardias, que al fin son enemigos, no nos vayan a quitar de en medio ahora que semos los amos.

JOSÉ. -No te falta razón; podemos verlo sin comprometernos. Al doblar una esquina encuentran un grupo de milicianos y milicianas saqueando a los transeúntes.

EL PRIMER MILICIANO. -¿Qué hacéis?, compañeros.

OTRO MILICIANO (Con aire cínico.). - Estamos empezando el reparto. (Sacando del bolsillo un puñado de relojes.) ¿Veis? Cinco con leontina aquí (Señalando el bolsillo.), y 800 pesetas con una cartera en este otro. (Señalando otro bolsillo.) En el suelo hay varios cadáveres. Se acerca un automóvil con un "U. H. P." trazado groseramente con pintura blanca. Uno, que parece jefe, con gorro, mono y correaje y unas estrellas en el pecho, dice con aire autoritario:

MILICIANO JEFE. -¿Qué hacéis aquí? ¡Ya habrá tiempo para eso! Primero hay que apagar los focos, ir a la Montaña. Se necesita gente.

EL PRIMER MILICIANO. -Deja a los guardias que se arreglen, luego iremos nosotros.

EL JEFE LLEGADO. -No; hay que prevenirse, pueden traicionarnos. ¡Vamos! ¡Arreando!, ¡vivos! (Amenazándolos.)

EL PRIMER MILICIANO. -¿Y tú?; ¿no vienes?

EL JEFE. -No, yo soy el jefe. Yo dirijo. Me han hecho coronel. (Con petulancia.)

Remoloneando se dirige el grupo hacia el cuartel. El fuego se oye más intenso. Marchan uno a uno por la acera, pegados al muro, delante de todos el Capitán Churruca. Este se para al llegar a las bocacalles, que hace cruzar al grupo corriendo. De repente, al desembocar  frente al cuartel, un tiro hiere a José en el brazo. Al oír el quejido, todos se paran, la sangre chorrea por la mano y se extiende por la manga.

PRIMER MILICIANO. -¡Eh, que han herido a mi compañero! (Exclama dirigiéndose a los otros milicianos.)

JOSÉ. -No es nada; sigamos.

PRIMER MILICIANO. -No, es imprudente; yo te llevo a la Casa de Socorro.

OTRO MILICIANO. -Y yo.

OTRO. -Y yo.

OTRO. -Y yo. El grupo de milicianos lo coge en brazos y, contra su voluntad, lo llevan a una Casa de Socorro próxima.

EL MÉDICO (Después de cortar con las tijeras el mono y descubrir la herida.). -Es limpia, no parece haya roto el hueso; has tenido suerte. (Da yodo a la herida y empieza a vendarla.) Llega un practicante, y al acercarse al grupo, exclama: 

PRACTICANTE. -¡Pero si es el Capitán Churruca!

EL PRIMER MILICIANO. -¿Cómo capitán?

JOSÉ. -Ya veis cómo miente; yo capitán y herido por la causa. Te engañas, camarada.

SANITARIO (Con cinismo y seguridad.). - No. Eres el Capitán Churruca. No te despintas; te conozco bien. Fui sanitario en Marruecos y más de una vez te curé tu balazo del pecho. Tú no puedes ser de los nuestros.

JOSÉ. -Te confundes. Jamás te he hablado. Soy Marcelo García, chofer. (Y saca un carnet de su mono.)

EL MILICIANO. -Falso, yo afirmo es el Capitán Churruca, que en Melilla, herido grave en el pecho, combatió durante toda una tarde.

UN MILICIANO. -Pronto vamos a aclararlo. (Y echándole mano al pecho intenta desabrochar su mono.)

JOSÉ (Se levanta de un salto, como electrizado, y empuña su fusil.). -¡Atrás! ¡Atrás, digo! (Apuntándolos; y mientras los milicianos, sorprendidos, permanecen inmóviles, gana la calle.)  El grupo de milicianos lo sigue, disparando sobre él.

UN MILICIANO. -¡A ése, a ése! ¡Fachista! ¡A ése!

Le hacen fuego de varios lados. El monumento a Cervantes le ofrece un abrigo, se acoge a él y se parapeta. Dispara; hace retroceder a los milicianos; uno es herido por él. Mas, por la espalda, acude un grupo de guardias, despechugados y sucios, que le hace fuego, hiriéndolo; se agarra un hombro, se tambalea, trata de levantar el arma que se le cae pesadamente; no puede. Ocasión que aprovechan los perseguidores para llegar hasta él. Se apoya José sobre el pedestal de la figura de Cervantes y cae bajo la avalancha de los valientes que engrosan el grupo.

UN GUARDIA. -¡Cogerle vivo, cogerle vivo!

Con el brazo sano agarra el mosquetón, intentando todavía mantener a raya a los que lo golpean. Un golpe por la espalda lo derriba. Los guardias le incorporan del suelo. Levantado, sobre las escalinatas del monumento, mira con desprecio a aquella turba.

MILICIANO. -Por fin caíste, Capitán. Ahora no negarás. (La sangre le mancha un hombro, donde parece sufrir el nuevo balazo.)

JOSÉ. -Sí; soy el Capitán Churruca, que defiende a la Patria que vosotros intentáis hundir. ¡Vamos, acabar ya! ¡Valientes! (Las balas silban sobre ellos y encogen las cabezas.) ¡No temblar! ¡Acabar de una vez! (Con energía, retándolos con su mirada.)

UN GUARDIA. -Hay que llevarlo preso.

PRIMER MILICIANO. -Sí, llevémosle al Mando, que éste es un pez gordo y nos valdrá el servicio.

OTRO MILICIANO. -A Gobernación.

OTRO. -Eso es; a Gobernación. Lo levantan y lo llevan a empujones a cubierto del monumento; allí lo atan con sus cinturones. Al paso por la calle se va reuniendo gente y chiquillos que siguen al grupo.

MILICIANO. -¡Ha caído el pez! "¡Un fachista! ¡Canalla!" -gritan los que lo conducen-.

Gritos, improperios de furias y marimachos: "¡Hay que matarlo!" En la calle de Bailén un camión se ofrece a llevarlos a Gobernación, donde entra el vehículo por la puerta lateral. Al poco rato sale para la Cárcel Modelo, donde lo ingresan en la enfermería. Allí el médico del establecimiento procede a reconocer las heridas, entre varios milicianos armados.

MÉDICO. -No es cosa muy grave; en algunos días espero esté curado. Hay juventud, que es lo principal.

JOSÉ. -Sí, juventud, ¿para qué?

Pasados unos días lo trasladan a la primera galería. Otros presos se interesan por él.

JOSÉ.-He fracasado (Les dice.); no tuve suerte, no pude hacer llegar el pliego.

UN PRESO. -Has hecho cuanto humanamente pudiste; nadie podría haber pasado. JOSÉ. -Pero aquí se perdió la causa.

EL PRESO. -Dicen que las fuerzas de Marruecos vienen sobre Madrid.

JOSÉ (Alegrándose.). -Entonces triunfarán. Estoy seguro.

En la Cárcel Modelo se reúne el Tribunal popular encargado de juzgar a José; un jefe, dos oficiales y varios paisanos se sientan en el estrado. Milicianos con armas, en pie, jalonan la estancia pegados a los muros. Una chusma llena el resto de la sala, separada del reo por una barandilla de madera.

UNA VOZ (Gritando.). -¡A ver el Tribunal cómo se porta!

OTRA. -¡Vaya pez!

OTRA. -¡Aquí queremos ver la justicia!

OTRA. -¡No te escaparás!

OTRA. -¡Ahora hay pueblo que haga justicia!

El defensor se levanta, habla con el Presidente. Este toca, tímidamente, la campanilla. Termina la lectura de los autos.

PRESIDENTE. -Que pase el procesado. Por una puerta lateral penetra el procesado, arrogante, entre cuatro milicianos con los monos desabrochados. En la sala se escucha una clamorosa oleada.

UNA MUJER. -¡Es guapo el mozo! 

OTRA. -¡Poco le queda! ¡Pronto, calvo!

El Presidente agita de nuevo la campanilla.

EL PRESIDENTE. -¿Es usted el Capitán José Churruca?

EL PROCESADO. -Sí, soy yo. PRESIDENTE. -¿Confesáis haberos alzado en armas contra la República?

PROCESADO. -Sí, estaba decidido a alzarme.

PRESIDENTE. -¿Confesáis haber hecho resistencia a las fuerzas que os han detenido?

PROCESADO. -Sí, he hecho resistencia a los asesinos que me detuvieron. (Rumores.)

PRESIDENTE. -¿Por qué los ultrajáis llamándolos asesinos?

PROCESADO. -Porque esos que tituláis fuerzas, y que me detuvieron, constituían una partida que acababa de asesinar en la Cuesta de San Vicente a varias personas para robarlas. (Clamor en. el público.)

VOCES. -¡Esa es la justicia republicana!

PRESIDENTE. -¿ No estáis arrepentido del daño que habéis podido causar? (Clamor en el público: ¡¡Ah!!...)

PROCESADO. -No; veinte vidas que tuviera, veinte veces las ofrendaría a mi Patria.

EL PRESIDENTE. -No tengo más que preguntar. ¿Quiere alguno de los miembros del Tribunal interrogarlo? (Todos mueven la cabeza en sentido negativo.)

EL FISCAL. -Yo deseo interrogarlo.

EL DEFENSOR. -Y yo.

EL PRESIDENTE. -El Fiscal tiene la palabra.

EL FISCAL. -¿El procesado promovió, hace un mes aproximadamente, una agresión contra una manifestación popular de buenos republicanos?

EL PROCESADO. -Si se puede llamar agresión a tapar la boca del que ultraja su Patria, sí; le tapé la boca con la violencia que pude.

UNA VOZ. -¡Qué cinismo!

EL FISCAL. -Está bien. No deseo más. Que conste este hecho. 

EL DEFENSOR. -Antes de interrogar he de manifestar mi extrañeza de que se traten aquí sucesos pasados ya debidamente corregidos.

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OTRA VOZ. -¡Es otro fachista! ¡Al paredón con él!

EL DEFENSOR. -Soy el defensor y mi obligación es esclarecer los hechos. La única prueba que aquí tenemos es un hombre herido. ¿Cómo fue herido? Es lo que interesa. Lo fue a nuestro lado. (Con. firmeza.) ¿No es verdad (Dirigiéndose al procesado.) que habéis derramado dos veces vuestra sangre por nuestra causa en...?

EL PROCESADO (Interrumpe.). -¡Falso! No tenéis derecho a ofenderme; basta que me ofenda esa canalla. ¡Mi sangre es de España, no de esa causa vil!... (Gran clamor en el público: ¡Oh!)

UNA VOZ. -¿Lo ves?, idiota.

EL PRESIDENTE (Toca la campanilla.).

Ha terminado el juicio. El Tribunal se retira a deliberar. (A un cabo de milicianos:) Despejad la sala.  Sale primero el procesado, con la cabeza alta, arrogante y sereno. A la llegada a la galería de la Cárcel todos lo rodean.

UN PRESO. -¿Qué ha pasado?

JOSÉ. -Lo que esperamos: creían que iba a defenderme, que les daría esa satisfacción.

OTRO PRESO. -¿No te has defendido?

JOSÉ. -Sí; he defendido la Causa. Eso es lo importante. ¿Dónde está el padre Palomeque? Lo necesito. (Dirigiéndose a un preso.)

EL PRESO. -Está paseando con uno: debe de estar confesando; pero tú eres antes. ¡Padre Palomeque, Padre Palomeque! Lo precisamos; es urgente.

PADRE PALOMEQUE. -Bien, voy. Hola, Churruca, ¿qué tal le ha ido?

CHURRUCA. -Bien, muy bien. No puedo pedir más. Dios me ayuda, concediéndome minutos tan preciosos. Necesito de su auxilio.

PADRE PALOMEQUE. -Bien, hijo. (Y cogiéndole del brazo se aleja bajo las miradas llenas de emoción de los compañeros.) 

Mientras esto sucede, en otro sitio, en un piso situado en uno de los barrios aristocráticos de Madrid, llora una muchacha sobre el periódico del día. Es Marisol, la amiga de Isabel, la pareja de José en la boda, su mejor amiga en los días de vacaciones. Retuerce el diario entre las manos y las lágrimas surcan sus mejillas. "¿Qué podría hacer?" (Discurre unos momentos.) Y se levanta, se seca con el pañuelo, mira la lista de teléfonos, apunta unas señas y sale hacia la calle. En la puerta, el viejo portero le dice:

PORTERO. -Señorita Marisol, ¿va usted a salir sola? ¿Quiere que le acompañe?

MARISOL. -No, Tano, no es necesario.

PORTERO. -Sí, sí, voy por la gorra.

(Pero cuando sale, ya ha desaparecido la muchacha.) En fin, no ha querido. (Y, moviendo la cabeza, entra de nuevo.) Entra la muchacha en un portal donde aparece una placa dorada: Pedro Churruca, Abogado, después de consultar la nota que hace poco ha escrito. Sube y llama. Un criado abre.

MARISOL. -¿Don Pedro Churruca?

CRIADO. -Está ocupado, no podrá recibirla. Si es cliente, venga de cuatro a seis.

MARISOL. -No; se trata de algo grave de su familia. (Entrando resuelta.) Anúncieme: la señorita Marisol Mendoza. (Espera en el vestíbulo hasta que sale Pedro.) ¿No me recuerdas? Soy Marisol Mendoza, la amiga de Isabel.

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PEDRO. -¡Ah, sí, perdona! Pasa. ¿Qué quieres de mí?

MARISOL-He conocido la condena de José y hay que salvarlo. Tú puedes hacerlo... Es tu hermano... (Con angustia.) ¡Van a matarlo! (Pedro escucha con la cabeza baja.) ¡Hazlo por tu madre, Pedro!

PEDRO. -Es inútil... (Meneando la cabeza.)

MARISOL (Que ha permanecido mirándolo, pendiente de sus palabras mientras las lágrimas bañan sus mejillas, se levanta hacia Pedro, cogiéndolo por la solapa con vehemencia.). -¡No! ¡No es posible! No podemos abandonarle. ¡No lo harás, no! ¡Por ella, Pedro, por ella!

PEDRO. -Me juzgas mal. Es inútil; le mandé a un amigo abogado que lo defendiese y se negó a escucharlo. Se ha confesado autor de todo. Ha defendido sus ideas y ha atacado al Tribunal. Los hechos son públicos. No cabe siquiera la gracia. ¡No puedo, no puedo!

MARISOL (Dejándose caer sobre una silla, anonadada, exclama con amargura.). -¡Y eres tú su hermano!...

PEDRO. -Sí, lo soy; pero nada puedo y a él le ofendería...

MARISOL (Levantando la cabeza.). -Es verdad. (Resuelta.) Entonces quiero verlo, acompañarlo, llevarle algo de calor, de amistad; que vea que no está tan solo.

PEDRO. -Puedes comprometerte; te perseguirán.

MARISOL.-No me importa. Que muera con el consuelo de que no todo es cobardía.

PEDRO (Cogiendo el teléfono, resuelto.). - ¿Quién digo que eres?

MARISOL. -Su hermana, su esposa, algo suyo.

PEDRO. -No. Esa falsedad podría comprometernos. (Piensa un momento.) Diré que se trata de su prometida.

MARISOL. -¡No!... (Reacciona.) Bueno, ¡sí! Eso; lo que quieras.

PEDRO (Llama al teléfono.). -¿El Director de Prisiones? Soy Pedro Churruca. Usted supondrá por lo que le llamo. (Pausa.) No; no se trata de mí, sino de su prometida. (Pausa.) Sí, Marisol Mendoza. (Pausa.) Le daré una carta. (Pausa.) Ahora, ¿eh? (Pausa.) ¡Gracias! (Cuelga el teléfono. Dirigiéndose a Marisol.)

Toma, vete a la Dirección de Prisiones y entrega esta tarjeta. (Escribe dos líneas en una tarjeta.)

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MARISOL. -¡Gracias!... (Insistente.) ¡Pedro!... ¡Piensa!... ¡Haz algo!...

PEDRO. -Es inútil, Marisol. MARISOL (Saliendo.). -Es tu deber. (Con energía.)

PEDRO (Retirándose con la mano en la frente, repite en voz baja:) ¿Mi deber?... 

En la galería de la Cárcel.

UN GUARDIÁN (Llama a través de la reja.). -¡Churruca, Capitán Churruca!

CHURRUCA. -¿Qué hay, ha llegado la hora?

EL GUARDIÁN. -No, comunicación; dice el Director que le espera su prometida.

CHURRUCA. -¿Mi prometida? (Sonriendo incrédulo.)

GUARDIÁN. -Sí, eso ha dicho el Director.

CHURRUCA (Se encoge de hombros.). - ¡Bien, abre!

(Sale hacia la sala de visitas.) El departamento de visitas, con doble reja. Otras dos personas, una mujer y una anciana, agarradas a las rejas, conversan con dos cautivos. Un miliciano armado pasea por el estrecho pasillo enrejado. En el espacio destinado al público una muchacha se acerca con ansia.

MARISOL. -¡José, José! ¡Soy yo, Marisol!

CHURRUCA. -¿Tú? ¿Tú, Marisol?

MARISOL. -Sí. Perdona. No tenía otro medio de llegar a ti, no sabía qué hacer, quería que no te sintieses solo. Aquí estoy... y pobre de  mí, que nada puedo. ¡Es horrible! (Con desesperación.)

CHURRUCA. -Gracias, muchas gracias. ¡Qué buena y qué leal!... (Ella, agarrada a la reja, deja correr sus lágrimas.) ¡Qué hermoso hubiera podido ser!

MARISOL. -¡Sí, tan hermoso!...

CHURRUCA. -Vamos, nena, me has hecho mucho bien; pero vete, vete pronto de este infierno, podría perjudicarte. ¡Vete, por Dios!...

MARISOL. -Intentaré volver a verte.

CHURRUCA. -No, es inútil. ¡Vete, te lo ruego! Tu pensamiento me acompañará. Lo poco que me quede de vida será para Dios y para ti.

MARISOL. -¿Podríamos hacer algo?...

CHURRUCA. -¿Sigue Tano con vosotros?

MARISOL. -Sí, tan leal. Quería acompañarme.

UN GUARDIÁN. -¡Vamos, es la hora!

CHURRUCA. -Mira: en casa de mi hermana están mi uniforme y mis medallas. ¿Quieres mandármelos por Tano? No quiero morir así. (Señalando su mono.) 

MARISOL. -¡Lo intentaré! El guardián le toca en el hombro; él se vuelve mirándole airado.

CHURRUCA (Con violencia.). -No me toques. ¡Espera! (Dulcemente.) ¡Adiós, Marisol!

MARISOL. -¡Que Dios te ayude!

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CHURRUCA. -A ti, Marisol. A mí, ya me ha ayudado. Adiós.

Se retira Churruca con el guardián. Ella queda agarrada a las rejas, llorando. Marisol regresa a su casa atribulada; en su desesperación ante la impotencia, reza y llora al pie de una cruz.

MARISOL. -¡Dios mío... ilumíname! (Baja la cabeza.)

De pronto se levanta y va al teléfono, busca en la guía y llama.

MARISOL.-Soy yo, Pedro. Lo vi y quiero hablarte. (Pausa.) Sí; es mejor. Te espero... ¡Pronto! Reanuda su rezo, que pronto es interrumpido por unos golpes dados sobre la puerta.

DONCELLA. -¿Se puede?

MARISOL. -Pase.

DONCELLA. -Un señor que dice que espera la señorita.

MARISOL. -Sí. Páselo a la sala. (Sale, llega a la sala, donde espera el visitante; lo saluda a media voz.)

MARISOL (Entrando.). -Gracias por haber venido.

PEDRO (Con timidez.). -¿Lo has visto? ¿Te ha encargado algo?

MARISOL. -Sí. Me pidió que le enviase del piso de tu hermana su uniforme y sus medallas. No quiere morir con mono.

PEDRO. -¡Es verdad! (Baja la cabeza.) ¿Lo has buscado?

MARISOL. -Sí. Tano, el portero, me lo ha traído. Quiero que se lo lleven; darle esa satisfacción.

PEDRO. -Bueno. Yo hablaré con el Director.

MARISOL (Interrogante.). -¡Pedro! ¿No hay esperanza?

PEDRO (Moviendo lentamente la cabeza.). - No.

MARISOL. -¡Es terrible! (Llevándose el pañuelo a la cara con miedo.) ¿Cuándo?

PEDRO (En voz más baja.). -¡Mañana!

MARISOL. -¡Pedro! (Suplicante.) ¡Quisiera recogerlo! Muerto, no deben negárnoslo.

PEDRO. -Lo intentaré. Mas, ¿quién podrá recogerlo?

MARISOL (Resuelta.). -¡Yo!

PEDRO (Con calor.). -¿Tú? ¡De ninguna manera! No sabes cómo está la calle.

MARISOL. -No importa; no podemos abandonarlo. Yo me arreglaré. El buen Tano... algún amigo.

PEDRO. -Eso es mejor. Alguien que no despierte pasión. A Tano no le faltarán amigos. En fin, voy a gestionarlo. Te enviaré el permiso. No me llames más: me han destinado a Barcelona y mañana partiré. Si algo necesitas, allí me tienes. (Despidiéndose.) ¡Salud! ....

Marisol lo mira con recelo.

PEDRO (Rectifica.). -Perdona. ¡Adiós!

MARISOL. -¡Adiós! (Con firmeza.)

Al rato de salir Pedro entra en la habitación Tano.

MARISOL. -Quiero pedirte algo, Tano. Tú has sido siempre el más fiel de los servidores.

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TANO. -Así es, señorita.

MARISOL. -Necesito de ti.

TANO. -Mándeme.

MARISOL. -Es que es muy peligroso; te expondrás, Tano. No tengo derecho,..

TANO. -No importa, señorita Marisol. Yo soy viejo, y si falto, sé que han de mirar por los míos.

MARISOL (Segura.). -Eso, sí... Se trata... Mañana, al amanecer, matan al Capitán Churruca. Ha estado aquí su hermano; me ha prometido una autorización para recogerlo y quiero que vengas conmigo.

TANO. -¿Usted, señorita? ¡De ninguna manera! No puede ser.

MARISOL. -Acaso me falte el valor para verlo morir, pero no para recogerlo.

TANO. -No. Usted se queda; iré yo... Me ayudará el muchacho.

MARISOL. -No lo expongas; yo voy. 

TANO. -Deje esa idea; no podría. Es cosa de hombres y el chico lo hará contento. Iré a casa de mi hermana a pedirle el carro y con él lo llevaremos al cementerio. Es mejor que usted nos espere en su casita, que está aislada, muy próxima al Este. Ella la acompañará mientras tanto.

MARISOL. -¡Tano! (Le coge las manos apretándolas con las suyas, mientras llora arrimada a su pecho.) ¡Gracias..., muchas gracias!

TANO. -¡Pobre señorita! (La separa.) Hasta la noche.

MARISOL. -Sí, hasta la noche.

Pasa la noche de este día Marisol en oración; todos los momentos le parecen pocos para rogar al que todo lo puede. Conforme se aproxima el amanecer su intranquilidad va en aumento; busca, sin encontrarlo, un rayo de esperanza. La noche no ha sido para José más descansada; también él desea aprovechar los instantes, y, con un libro de oraciones, se prepara para el gran viaje; hay momentos que su pensamiento va hacia Marisol, hacia sus hermanos, hacia todo lo que aquí deja, y reanuda su meditación para pedir por ellos. Amanece cuando el ruido de pasos y el tintineo de unas llaves le vuelven a la realidad.

El carcelero aparece seguido de un piquete.

EL CARCELERO. -¿Listo?

CHURRUCA (Con arrogancia.). -Listo. (Abraza a sus compañeros.) Buena suerte. (Les desea, y, estirándose la guerrera, en la que ha colocado sus cruces, sale airoso camino de la muerte.)

La angustia ahoga la voz de sus compañeros. Con unas esposas sujetan su muñeca a la de uno de los milicianos, y sale en medio del pelotón, con la cabeza erguida, como si se tratase de un ejercicio. Un hombre de edad madura, que ya figuró en el juicio, los sigue; es el juez, a quien acompaña el secretario, con un rollo de papeles en su mano. Tano, que espera a cien metros de la Cárcel, se acerca al juez y le enseña la autorización. El juez, marchando; la examina. 

EL JUEZ. -Está bien. Podrás recogerlo terminado el acto.

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Un sol de fuego se levanta en el horizonte, dorando el paisaje. En el paseo solitario picotean los gorriones, que se levantan en bandada a su paso. Destaca la belleza del parque en esta hora.

Desciende el pelotón por los caminos floridos hasta los solares que se extienden al pie; a doscientos metros del lugar de la ejecución, un carro pequeño, con toldo, tirado por un asno y conducido por un muchacho, espera. Tano se ha separado del juez y se aleja, aproximándose al carro. Llega el pelotón al lugar escogido, frente al terraplén del parque. Le libran de las esposas. Cuando intentan vendarle los ojos, los rechaza.

CHURRUCA. -No es necesario. (Al intentar ponerlo de espaldas, se vuelve con violencia.) No (Con energía.): me habéis de matar de frente. Unos aviones roncan en el aire. El sonido de una sirena señala la alarma aérea. 

EL JEFE DEL PELOTÓN. -¡Vamos!; ¡rápidos! ¡Apunten!

CHURRUCA. -¡¡Arriba España!! (El brazo derecho en alto.)

EL JEFE. -¡¡Fuego!! (Una descarga hace caer a tierra al héroe.)

La proximidad de las explosiones de las bombas lanzadas por el avión hace correr al pelotón y al juez. Antes, el jefe, desde unos pasos, le dispara el tiro de gracia con su pistola precipitadamente. Cuando la aviación nacional hace huir a los milicianos. Tano corre hacia el caído mientras el muchacho acerca el carro. Tano incorpora el cuerpo de José amorosamente.

La sangre mancha su rostro, extendiéndose, también, por el pecho y pantalones. La cabeza del caído pende sobre su pecho.

TANO (Se santigua y le dice al chico.). - ¡Ayúdame!

(El chico, llorando, coge el cuerpo por los pies, mientras el portero, abrazándolo, lo levanta, lo echa en el carro y lo cubre con una manta. El carro se aleja hacia la Ronda, mientras las explosiones provocadas por la aviación se suceden, llenando el espacio de enormes polvaredas opalinas.)

francobastiagueiro

Agradecimiento. Como transcriptor de la novela “RAZA” de Francisco Franco que “El Correo de España” viene publicando por entregas no tengo más remedio que agradecer a José Manuel Nieto y a Belén Rocío Bernete López la ayuda que me han prestado y me siguen prestando, sin la cual me hubiera resultado imposible. Gracias a ellos.