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Desde que se supo que Don Luis, el viejo párroco, dejaba el pueblo y que el Obispo había nombrado a un  sucesor en Santa Carteya había gran expectación. Todos se preguntaban cómo sería el nuevo párroco, dado que los tiempos estaban cambiando y los curas jóvenes eran muy distintos a los viejos. Así que aquel primer domingo la misa de diez, la más importante de la semana, la Iglesia se llenó hasta los topes. Todo el mundo quería saber cómo hablaba Don Antonio, que así se llamaba el nuevo párroco. Era un hombre joven, aunque aparentaba más años de los que tenía, y como ya habían comprobado en los dos días que llevaba en el pueblo, era un hombre muy jovial y muy simpático y que hablaba con todo el mundo. Pero todos querían saber cómo hablaba, porque las homilías de Don Luis se habían hecho famosas no sólo en el pueblo sino en toda la comarca. Don Luis hablaba desde el púlpito con una suavidad y con palabras tan sencillas que se ganaba a los feligreses ¿cómo hablaría Don Antonio?

 

Por eso, estuvieron muy pendientes ya desde el comienzo de la misa, y más cuando leyó el evangelio del día, que fue el pasaje de San Juan que dice:

 

Y Jesús se fue al monte de los Olivos.

 Y por la mañana volvió al templo, y todo el pueblo vino a él; y sentado él, les enseñaba.

Entonces los escribas y los fariseos le trajeron

 una mujer sorprendida en adulterio;

y poniéndola en medio,  le dijeron:

Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio.

Y en la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres.

Tú, pues, ¿qué dices?

Mas esto decían tentándole, para poder acusarle.

 Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en tierra con el dedo.

Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo:

 El que de vosotros esté sin pecado

 sea el primero en arrojar la piedra contra ella.

E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo en tierra.

Pero ellos, al oír esto, acusados por su conciencia, salían uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los postreros;

 y quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en medio.

Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo:

Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó?

Ella dijo: Ninguno, Señor.

Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más.”

 

La voz de Don Antonio era muy distinta a la de Don Luis, pero sin saber por qué también cautivó a los presentes. Leía muy despacio, remarcando muy bien las palabras y dando en cada momento la entonación que requería lo que estaba escrito.

 

Tal vez por eso, sorprendió de manera rotunda cuando Don Antonio subió al púlpito y sin micrófono ni altavoces (a Santa Carteya no habían llegado todavía  los micrófonos ni los altavoces) comenzó su homilía, porque sus primeras palabras retumbaron como una bomba que sembró hasta miedo en los feligreses.

 

¡¡¡ Belcebúúúúú… Satanachiaaaa… …………………………….!!!

¡Abrid las calderas! (y subiendo todavía más el tono)

 ¡y encender el fuego!... ¡que ardan los adúlteros,

que sus carnes se disuelvan  entre llantos y lamentos,

 que griten, que lloren!.

¡Impuros! ¡Adanes cobardes! ¡Evas pecadoras!

 ¡Serpientes venenosas! ¡Miserables, pecadores!

 

¡Todos, todos al fuego eterno!

¡ Y que no quede de vosotros ni el polvo!

 (Y grita aún más)

 ¡Los pecados de la carne no pueden tener perdón ni en el Infierno! ¡Malditos! ¡Malditos seáis los que os dejáis llevar por la carne!

¡Malditos esos hombres que sólo piensan en la cama!

 ¡Malditas esas mujeres que hacen ostentación de sus pechos y de todo cuerpo!

 ¡Malditos todos!

 

¡Satanáááááááás!, ¡tú que eres el rey del Infierno!

 ¡Acaba con ellos! ¡Y que de ellos no queden ni los huesos!

 

 

Ni que decir tiene que a esta altura de la homilía todos los que llenaban la Iglesia estaban acobardados. Nadie se atrevía a decir nada, ni a respirar, no se oía ni el ruido de una mosca. En palabras más vulgares, los tenía “acojonaos”. Pero, Don Antonio estaba muy embalado y seguía gritando:

 

¡¡¡ Noooooo!!!, ¡no habrá perdón!

¡No habrá perdón para los esclavos de la carne!

¡La carne es la perdición de las almas!

¡La carne es la perdición del mundo!...

¡¡¡Miserables!!! ¡¡¡Traidores!!! ¡¡¡Judas!!!

¡Que vendéis a Dios nuestro Señor por unas tetas o un culo!

 

¡Dejad toda esperanza de perdón porque

no habrá perdón para los esclavos del sexo!

 

¡Y yo os aseguro que donde yo estééé no habrá ni perdón

 ni misericordia para los pecadores de la carne!...

¡Y el que esté libre de pecado que tire la primera piedra!

¡Porque todos sois adanes y todas sois evas,

que por una manzana os vendéis al diablo!

¡¡¡Satanás, Belcebú, Satanachia…………..!!!

¡No tengáis piedad de ellos!

Y así, siguió Don Antonio un rato más, parecía un iluminado, que disfrutaba oyendo sus palabras y hasta el eco de sus palabras.

 

Naturalmente, la homilía de Don Antonio, el nuevo párroco de Santa Carteya, fue la comidilla del pueblo aquel domingo y de todos los domingos, porque las homilías de Don Antonio acabaron haciéndose celebres.

 

  • Rosa ¿qué te ha parecido la homilía de hoy?
  • Don Antonio, creo que hoy se ha pasado.
  • Rosa, te he dicho muchas veces que no me llames Don Antonio, que me tienes que llamar siempre “Tío”.
  • Bueno, eso será en público, pero aquí, entre nosotros, creo que le puedo llamar Don Antonio, ¿o no?
  • No, porque así te puedes equivocar en la calle, y todo el mundo tiene que saber y aceptar que tú eres mi sobrina.
  • Está bien, “Tío”, y ahora ¿qué quiere?
  • Que te traigas el reclinatorio.
  • ¿Cuál de ellos?, le recuerdo que tenemos tres, el bajo, el de pie y el encorvado.
  • Ahora, el bajo, quiero que me la chupes.

 

Y la “sobrina” Rosa, que en realidad era una putilla que había contratado para llevársela con él al pueblo, salió de la habitación y volvió enseguida con un reclinatorio muy bajito que arrastró hasta situarlo ante las piernas abiertas del Señor Párroco, y la pobre mujer realizó como mejor supo lo que Don Antonio le había pedido.

 

  • Ahora, te llevas este traste y te traes el encorvado. ¿Llevas las bragas puestas? Pues, quítatelas.

 

Y la pobre Rosa volvió con el que ellos llamaban el encorvado, que era un reclinatorio hecho de tal manera que quien se hincase de rodillas dejaba su espalda en posición casi horizontal. Y Don Antonio, sin miramiento alguno, perforó a Rosa por el ano, después, eso sí, de darle veinte latigazos en el culo.

 

Y esta era la vida diaria del párroco Don Antonio. En su vida pública, en el pueblo, era un hombre simpático, dialogante, que se conquistaba a todos, porque lo mismo se tomaba unas copas en el Casino con los ricos que se subía a la Almeina y se tomaba otra con los pobres, que se iba a charlar con los albañiles que trabajaban en una obra, o con los operarios de la Cooperativa, o con los viejos de la Residencia de Ancianos … y luego estaba el Don Antonio de las homilías del domingo, el látigo, el terror de los pecadores, el que los asustaba a todos con sus gritos y sus demonios.

 

Y a escondidas estaba el golfo del “Tío”, el sádico, el enfermo del sexo, el animal que no podía pasar sin “sobrina” y en cuanto entraba en casa se transformaba y se olvidaba de su sacerdocio y sólo mantenía la sotana como un objeto más de su sadismo, aprovechándose de una pobre chica que tenía que hacer lo que hacía por necesidades de la vida.

 

Pero, un día sucedió algo que sorprendió al “Tío” y le buscó su ruina y su perdición...

 

 

Al llegar aquí sonó el teléfono y María Fernanda soltó el manuscrito. Era su madre y la verdad es que no le hizo mucho caso, porque su cabeza no estaba ni en Madrid, así que abandonó incluso la lectura del manuscrito de su pariente y se volvió a la cama. Y allí el que estaba era Don Juan, y peor todavía, que “su” amor no estaba sólo. “Vio” que con él estaba “Lupe” y haciendo el amor. Y esa “visión” la enrabietó y la puso furiosa. “Cabrón, ya me está poniendo los cuernos y sólo hace unas horas que me prometía fidelidad eterna. Este hombre no tiene remedio, y sin embargo lo adoro, me tiene loca”.

 

¡Eran los celos,  un verdadero ataque de celos!... Y eso la disgustó, nunca había entendido a los celosos, porque siempre consideró que los celos eran producto de mentes descarriadas. Pero, a pesar de eso, no pudo evitar abrazarse a la almohada como si fuese “su” Don Juan y lo tuviese allí, sobre ella y entre sus piernas.

 

Don Juan se levantó muy temprano y con Felipe se fueron directos a la casa solariega “La Isabela” y allí dejaron el coche y cogieron dos de los cuatro caballos que había en la cuadra. Don Juan no era un buen jinete, pero sabía mantenerse encima de un caballo, de algo le habían servido los largos paseos que de muchacho había dado por estas tierras con su padre y su abuelo.

 

Y siguiendo el curso del Tiétar, por su orilla izquierda, fueron recorriendo la zona de regadío y estudiando el posible aumento, si se ampliaba la presa familiar y casi tosca que levantó su abuelo cuando decidió aprovechar la buena tierra que había y que era idónea para la plantación de melones y tabaco. En esa misma orilla había cercadas más de 30 hectáreas en las que pastaban las vacas, dado que una de las principales fuentes de ingreso de “La Isabela” era la venta y comercialización de carne de ternera. Casi a continuación de la cerca de los vacunos se concentraban, en otra casi igual de grande, las piaras de cerdos. Era la zona de los encinares centenarios. Había otras zonas sembradas de olivos y viñedos.

 

Después de recorrer la orilla izquierda cruzaron el río y se pasaron a la derecha, y allí Don Juan pudo comprobar la gran extensión  que se dedicaba a los cerezos, a los almendros y a las higueras. Era también la zona del ganado ovino.

 

  • Felipe, estoy sorprendido. Nunca creí que “La Isabela” fuese tan completa.
  • Juan, esta finca es un tesoro. Ten en cuenta que abarca parte de los términos de La Iglesuela, Almendral de la Cañada, Fresnedillo, Higuera de Dueñas y hasta Piedralaves. No olvide que son mil hectáreas.
  • ¿Y esto lo llevas tú sólo?
  • No, por favor, “La Isabela” da trabajo a casi todos los pueblos de los alrededores. Hay momentos del año, en tiempos de recolección, que usted puede ver trabajando a más de trescientas personas.
  • Bien, esto quiere decir que aunque yo no entienda nada de campo le tendré que dedicar alguna atención más de la que le he dedicado hasta ahora. Ya sabes que mi objetivo es mejorar en lo que pueda lo que he heredado de mis padres y de mis abuelos. Así que lo que te dije ayer te repito hoy, contrata al personal que tengas que contratar y hazme un estudio rápido de todas tus necesidades. Oye, una cosa, Felipe ¿tus hermanos no te podían ayudar?
  • Pues sí, de hecho cuando no tienen alguna obra entre manos, ya sabe que ellos se dedican a la construcción, siempre encuentro algún trabajo para ellos aquí.

 

 

En resumen, que Don Juan y Felipe se pasaron toda la jornada recorriendo la finca de extremo a extremo, y que Don Juan volvió a la Casa Grande encantado de su finca. Tanto que le pidió a Felipe que renovara la casa solariega que mandó construir su abuelo para hacer su presencia más constante.

 

Ya por la tarde, casi al anochecer, los dos se fueron a la Iglesia para hablar con Don Domingo de la boda de “Lupe”.

 

  • ¡Ay, Juanito, Juanito … ¡Cómo te recuerdo de aquellos difíciles años de la República cuando todavía eras un niño!
  • Yo también, Don Domingo, y hasta recuerdo el día que hice la Primera Comunión.
  • ¡Claro, aquel día que casi tuve que darte un pescozón porque me tiraste al suelo el Cáliz con las hostias y tuve que recogerlas una a una y casi besando el suelo! ¡Qué travieso eras!... Luego, es verdad que cuando creciste y ya eras un mocetón te volviste serio, incluso muy serio… ¡Y muy estudioso, siempre llevabas contigo libros y lo leías todo!
  • Sí, Don Domingo, sí pero todo aquello cambió con la Guerra.
  • ¡Ay, la Guerra, aquella terrible Guerra entre hermanos! ¿Cómo no voy a recordar si me salvé gracias a que tus padres me tuvieron escondido más de dos meses? ¿Cómo no voy a recordar lo que pasó con el padre de Felipe y con tu propio padre?
  • Bueno, Don Domingo, aquello, todo aquello, ya es Historia y ahora España es muy distinta. Don Domingo, si Felipe y yo hemos venido a verle es porque queremos casar a su hermana “Lupe”, mi ahijada, cuanto antes.
  • ¿Cuánto antes? ¿Por qué tanta prisa?
  • Don Domingo, a usted no le vamos a ocultar la verdad. “Lupe” está embarazada.
  • ¿De cuántos meses?
  • Yo creo que de seis.
  • Joroba, eso se nota ya mucho.
  • Pues sí, Don Domingo, pero la chica se merece una boda digna. Verá, y le voy a decir toda la verdad, en el mes de febrero tuve que hacer un viaje a Alemania y me llevé conmigo a “Lupe”, como premio a lo bien que se estaba portando en Madrid, si hasta se había hecho de la “Sección Femenina” y había estudiado para enfermera... Pues allí, en Colonia, una de las ciudades más importantes de Alemania, un día que había salido con una amiga con la que había hecho buenas migas, la hija de un español que se había casado allí, fueron asaltadas por un grupo de maleantes y salvajes (en todas partes hay maleantes y salvajes) y por la fuerza violaron a las dos jóvenes. “Lupe” tuvo la desgracia de quedarse embarazada. Ahora, un joven del pueblo quiere casarse con ella y acepta ser el padre  del niño que va a n..
  • ¿Y quién es él?
  • Sebastián Miranda –dijo entonces Felipe que se había mantenido callado.
  • ¿El “Sebas”? Pues sí, ese muchacho es buena gente y muy trabajador.
  • ¿Entonces?
  • Entonces, que los caso cuando ustedes lo dispongan. Eso sí, dado el estado de “Lupe” no convendrá darle mucha notoriedad a la boda. Pero eso tiene fácil arreglo, una noche, cuando ya esté el pueblo dormido, vienen los novios con los padrinos y al menos dos testigos y los caso y aquí paz y después gloria.
  • Pues no se hable más, Don Domingo, ya sabe que mi familia fue siempre católica, apostólica y romana.
  • Nada, pues ya me diréis cuándo y qué noche.
  • No se preocupe por eso, Felipe le informará cuando los novios se pongan de acuerdo... y gracias Padre –y Don Juan remarcó mucho la palabra “Padre”.
  • ¡Ah, pillín, todavía no se te ha olvidado que yo os exigía que me llamaseis “Padre”!

 

Pero, todavía antes de separarse le dijo a Felipe.

 

  • Felipe, bueno, como ves ya está. Creo que tú debes ser el padrino y la madre de él la madrina, ¿vive la madre?
  • Sí, sí vive.
  • Vale, pues habla con ella y la convences. Testigos pueden ser tus hermanos, aunque sería mejor que no fuesen de la familia, así todo el pueblo se enterará de la boda... porque no sabrán guardar el secreto.
  • De acuerdo. Eso está hecho.

 

Cuando llegó a la Casa Grande ya le esperaban para la cena.

 

  • “Lupe”, ya está arreglado lo de tu boda. Os casará Don Domingo el día que acordéis. Así que ponte de acuerdo con tu hermano Felipe y él se encargará del papeleo y de todo, ¿vale?
  • Si no hay otro remedio... –dijo “Lupe” con cara de circunstancias y seria.

 

 

 

  • ¡Qué barbaridad! ¡Qué listo eres! –dijo María Antonia a la hora de acostarse y cuando se quedaron solos- ¡Primero te la llevas a la cama, luego le haces una barriga, después le buscas un marido, y un padre para tu niño, le regalas una taberna... y adiós problema! ¡Claro que con dinero se compra todo! ¡Qué listo eres!
  • ¿Qué dices? Siempre igual.
  • Y me falta lo último, porque no creas que yo me he tragado lo de Piedralaves, tú te la llevaste esta tarde porque querías despedirte echándole el último polvo... ¿o me equivoco?
  • ¡No tienes arreglo! –y Don Juan se levantó y se fue a dormir al sofá del salón.

 

A la mañana siguiente volvieron a Madrid.

 

***

 

¿Y qué hizo Don Juan en cuanto llegó a Madrid, dejar a la familia en casa, aparcar el coche y entrar en el laboratorio? Lo que el cuerpo le pedía, llamar a su “Mafe” y quedar con ella.

 

¿Y qué hizo María Fernanda en cuanto oyó por el teléfono la voz de “su” Don Juan? Pues dejarlo todo, irse al baño y ponerse guapa.

Así que media hora más tarde ya estaban sentados en su rincón preferido en la cafetería “Noviciado”.

  • ¡Estás guapísima!
  • Déjate de tonterías y cuéntame cómo te ha ido.
  • Bien –y Don Juan ya le apretaba las manos con ansias.
  • ¿Qué es bien? ¿Qué le pasaba a “tu” “Lupe”?
  • Un problema que ya he resuelto. Había, hay, un muchacho del pueblo que quería casarse con ella y ella no sabía qué hacer.
  • Pero, ¿acepta lo del embarazo ajeno?
  • Sí, sí, lo acepta y de buena gana.
  • ¿Entonces?
  • Lo que te he dicho, convencí a “Lupe” y se casarán en breve.
  • ¿Y cuánto te ha costado el arreglo?, porque tú todo lo arreglas con dinero.
  • Mira “Mafe”, hablemos de nosotros... Y sí, les voy a ayudar que abran un bar en el pueblo, el muchacho es un buen camarero y “Lupe” necesita una ocupación.
  • ¿Y nada más? –dijo con cierto retintín María Fernanda.
  • ¿Y qué más de qué?
  • Bueno, bueno, no te alteres, amor mío.
  • Pues sí, antes de aceptar sólo me puso una condición, que hiciera el amor con ella por última vez.
  • ¿Y tú aceptaste, claro?
  • Pues no, y tú siempre mal pensada, no acepté. Cuando me la llevé para hablar con ella a solas me llevé con nosotros a mis hijos y la charla la tuvimos en la cafetería más concurrida de Piedralaves. Así que no te pases de lista. (Aunque él sabía que estaba mintiendo)
  • Está bien, si tú lo dices.
  • Dime, mi amor, ¿y tú? ¿Me has echado de menos?
  • Pues no, rápidamente te busqué sustituto.
  • ¡No me digas! ¿Me has puesto los cuernos?
  • Sí, con la almohada.
  • Ja, ja, ja –y Don Juan no pudo evitar una carcajada– Oye, pues yo también, pero yo te sustituí por el sofá. He dormido tres noches seguidos en el sofá.
  • ¿Con el sofá? ¿Y eso?
  • Sí. Mi mujer y yo hemos llegado a un acuerdo, dormir en camas separadas, por lo que se ve tampoco ella me aguanta ya. Mejor, así me podré dedicar más a ti.
  • ¡Alto ahí, Juan, alto ahí!... De eso quería hablarte yo, porque ahora toca Tesis y hasta que no las terminemos es mejor que nosotros también durmamos en camas separadas, tú en tu casa y yo en la mía, si hacemos como en el Saler no terminamos nunca.
  • O sea, que quieres que haga el ayuno de los árabes.
  • Ja, ja, ja –y ahora fue María Fernanda la que se echó a reí
  • ¿De qué te ríes ahora?
  • No sé, se me ha venido a la cabeza de pronto lo del Ramadán ¿sabes que los musulmanes ayunan de día pero se ponen “moraos” de noche?
  • ¡Ah, eso me gusta!, de día escribimos y de noche follamos.
  • No seas bobo, era una broma. Lo que te he dicho va en serio.
  • Oye, “Mafe” ¿y tú cómo escribes a mano o a máquina?
  • Yo, a máquina, tengo una Hispano-Olivetti pluma 22 pequeña y muy manejable que la llevo conmigo adonde yo quiera escribir.
  • Pues la cosa es que yo no sé escribir a máquina y eso me va a retrasar mucho.
  • Pues eso tiene fácil arreglo, contrata a una persona que te ayude. Al lado de mi casa hay una señora que ha formado un equipo de chicas para hacer trabajos de máquina, si quieres puedo hablar con ella y que te envíe a la mejor.
  • Estupendo, me parece buena idea. Habla ya con ella y que me envíe a la elegida cuanto antes.
  • Ojo, que puede ser también un hombre.
  • Joder, “Mafe”, ¿ya estamos?... ¿los celos?
  • Bobo, déjate de celos y vámonos a comer, tengo hambre.

 

Y sin más se dirigieron a “La Luna” y devoraron sus “Huevos a la flamenca” de costumbre. Luego se separaron y cada uno se fue a su casa.

 

Al día siguiente sobre las doce se presentaron una señora mayor y una joven, aunque no muy joven. La señora, que dijo venir de parte de Doña María Fernanda Linares, enseguida se presentó.

 

  • ¿Es usted Don Juan Sarramayor? Yo soy Doña Patricia y esta señorita que me acompaña se llama Amparo, ella es la mejor de las chicas que trabajan para mí. Doña María Fernanda nos ha dicho que usted nos explicaría lo que necesita.
  • Pues, encantado de conocerlas. Verá, Doña Patricia, y si no se lo ha dicho María Fernanda se lo digo yo. Tengo que escribir mi Tesis Doctoral y yo no sé escribir a máquina, necesito por tanto una persona que me ayude.
  • Pues, Amparo puede ser esa persona. Dígame ¿qué horarios tendría y cuánto está dispuesto a pagar?
  • Mire, Doña Patricia, y ahí está mi problema, yo soy un hombre muy desordenado y enemigo de los relojes, yo nunca tengo un horario fijo, y menos a la hora de escribir o de investigar, ya sabe que Doña María Fernanda y yo somos investigadores.
  • Eso es complicado, Don Juan, la señorita Amparo, bueno Señora, porque es viuda y tiene una hija, y naturalmente no puede estar disponible las veinticuatro horas del día.
  • No, si yo no quiero que esté aquí veinticuatro horas, yo me conformo con que esté a las horas que yo vaya a escribir. El resto del tiempo estará libre.
  • ¿Tú que dices Amparo?
  • Que sí, que acepto... ya me las arreglaré yo en casa para poder estar disponible cuando el señor me reclame.
  • Entonces, pasemos al asunto económico ¿cuánto le puede usted pagar?
  • Lo que usted diga, Doña Patricia, el tema económico no será problema.
  • Pues entonces vale ¿cuándo quiere usted comenzar?, por cierto, ¿tiene usted máquina de escribir?
  • Sí, ahí tengo una vieja máquina, que era de mi abuelo y que yo nunca he utilizado.
  • Bueno, eso no es problema, yo misma le proporcionaré la mejor que tenga. ¿Le parece bien que empiece mañana? ¿A qué hora puede venir?
  • Mire, de entrada podía venir de once a dos por la mañana y de siete a nueve por la tarde. Luego, ya veremos.
  • ¿Te va bien a ti, Amparo?
  • Sí, me va bien.
  • Pues entonces, aquí mañana a las once y no se hable más. Don Juan, muchas gracias por todo y espero que las cosas vayan bien. A mí me tiene a su entera disposición.

 

 

Y las dos mujeres se despidieron con un simple apretón de manos.