Fernando Calvo González-Regueral (Madrid, 1971) es Licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales por la Universidad de Alcalá de Henares y ha trabajado en distintos campos profesionales, que abarcan desde los servicios financieros y la formación para trabajadores a la publicidad y los servicios culturales. En la literatura, fue finalista del Premio Feria del Libro de Madrid con su poemario La soledad matemática y publicó su primera novela en 2009, Queridísima Elena: Desde el frente de batalla (Editorial Galland Books). También ha publicado ensayos históricos, entre los que destacan un Atlas ilustrado de batallas de la Guerra Civil española (Susaeta) y La Guerra Civil en la Ciudad Universitaria (La Librería, tres ediciones). Es colaborador habitual de varias publicaciones periódicas -Ilustración de Madrid, Revista de Historia Militar-, ponente en diversos foros -Cursos de verano de El Escorial, convenciones de empresas- y monitor del taller Literatura y Vida, que imparte en una asociación radicada en Madrid.

En esta ocasión nos habla de su libro Homo Bellicus. Una historia de la humanidad a través de la guerra (Arzalia Ediciones, 2021)

¿Por qué decidió escribir un libro de historia de la humanidad a través de la guerra?

La violencia está en la naturaleza; la guerra en la Historia. La historia militar ha bordeado siempre dos precipicios: la exaltación del fenómeno bélico, por un lado, y por otro un pacifismo que los hechos se empeñan en desmentir.

El ser humano debe comprender la guerra en toda su extensión para extraer conclusiones que permitan evitar los errores del pasado y buscar juntos, de forma esperanzada pero realista, fórmulas de convivencia y de resolución de conflictos para un futuro mejor. Porque el único denominador común a todas las guerras es la muerte y la destrucción.

Este libro nace de la necesidad de explicar por qué ese maravilloso ser llamado Homo Sapiens, espiritual, creador, infatigable buscador de nuevos horizontes, decidió muy pronto ceñirse una terrible máscara, la que le convierte precisamente en Homo Bellicus.

¿Hasta qué punto el hombre es un ser para la guerra, un Homo Bellicus?

El ser humano es, ante todo, un animal. Un animal inteligente y espiritual, pero una criatura animal que, como todas, tiene instintos agresivos. La propia naturaleza de la evolución impone esta agresividad dado que los recursos son escasos y la supervivencia está en juego.

Lo que es más difícil de determinar es el origen de la guerra como fenómeno organizado. En ese sentido, el hecho bélico tal y como lo conocemos hoy comparece en la historia justo cuando se produce el despegue de la Revolución del Neolítico. El hombre se sedentariza, domestica animales, domeña cultivos, comercia y aparece un fenómeno removedor: el excedente económico.

En la lucha por esos excedentes, por mejores tierras, por rutas comerciales más ventajosas, es cuando el ser humano, primero en Mesopotamia y Egipto, luego en Grecia y Roma, organiza grandes formaciones armadas que devendrán en poderosos ejércitos. Son fuerzas que valen tanto para la defensa como para el ataque, la conquista, el dominio.

San Agustín define la paz como la tranquilidad en el orden, pero a veces para obtener la paz hay que prepararse para la guerra...

El viejo adagio latino afirma que “si quieres la paz, prepara la guerra”. Esta máxima contiene una trampa, pues en sí misma encierra un germen de militarismo peligroso. Si bien los ejércitos se han mostrado necesarios a lo largo del tiempo, las sociedades militaristas (Esparta, Prusia) terminan por desaparecer, pues no hay sociedad que aguante la presión bélica y los sacrificios que esta conlleva durante periodos prolongados de tiempo.

En el siglo XX, uno de los mejores tratadistas militares de todos los tiempos, el británico sir Basil Liddell Hart, cambió la sentencia a otra con una formulación más acertada: si quieres la paz, comprende la guerra. El estudio de la guerra ha de tener un fin didáctico, precisamente el de mostrar sus horrores en demanda de una utopía que ha de guiarnos a todos: anhelar la paz como bien supremo.

¿Por qué esta historia militar mundial la ha querido escribir desde España?

La literatura militar ha estado dominada tradicionalmente por los anglosajones, dicho en mérito suyo y en demérito de escritores de otros países, como Alemania, Francia o España, que no han sabido o no han podido competir con autores británicos y estadounidenses a la hora de explicar el fenómeno bélico.

Realizar una obra universal sobre lo que se ha dado en llamar Arte Militar desde España era un reto que había que afrontar. Más allá de motivos patrióticos, la historia militar debe ser explicada desde un punto de vista no exclusivamente anglosajón, sino español o, si se prefiere, hispano.

No se puede comprender la guerra sin las diferentes aportaciones de las Españas a lo largo de la historia: la guerra de guerrillas, la escuela militar del Gran Capitán, los Tercios, las grandes Armadas del imperio o la importancia geoestratégica de la península Ibérica en la lucha contra Napoleón y su derrota final. Ni se puede entender sin las grandes aportaciones teóricas realizadas en español: las obras espirituales de Francisco Suárez, las más técnicas de Santa Cruz de Marcenado o las del comandante Villamartín, ese Clausewitz español. Todo ello debe ser puesto en valor y en la historia militar universal deben hacerse un hueco las interpretaciones realizadas desde España, pues la cosmovisión hispánica es muy diferente a la anglosajona.

De hecho hay mucha literatura bélica en lengua inglesa...

Mucha y muy buena. Si el siglo XIX estuvo dominado por un alemán, Karl von Clausewitz, y por un suizo, Jomini, en el siglo XX despuntarían dos de los más grandes estudiosos de la literatura militar de todos los tiempos, los británicos Liddell Hart y JFC Fuller, este último autor de la monumental obra BATALLAS DECISIVAS DEL MUNDO OCCIDENTAL

Ambos habían padecido los horrores de la Primera Guerra Mundial, comprendiendo que una carnicería como la del 14-18 sólo podía ser evitada devolviendo la guerra a su vertiente más luminosa y menos destructiva, la de la movilidad. Leídas hoy, sus obras son un canto, si no a la paz, sí a una contención de la fuerza, porque todo exceso conduce a las guerras totales y, éstas, a una ruptura del equilibrio en la que todos, incluso los vencedores, pierden.

Fuller y Hart crearon, además, escuela y fueron seguidos por grandes autores más modernos, como John Keegan, Correlli Barnet, Michael Howard… A Keegan debemos precisamente un método de estudio de las guerras conformado por su trilogía EL ROSTRO DE LA BATALLA, que analiza la guerra a ras de trinchera; LA MÁSCARA DEL MANDO, que analiza las decisiones de los generales; y SEIS EJÉRCITOS EN NORMANDÍA, que analiza la orgánica de los ejércitos en campaña.

Aunque puede haber guerras por motivo religioso o de ideales, ¿por qué el factor económico está siempre muy presente?

Los recursos económicos –tierra, trabajo y capital– son escasos; los objetivos de una comunidad, por el contrario, tienden al infinito. Esa escasez marca la tendencia a conseguir por la fuerza lo que no se puede conseguir por medios pacíficos: mejores tierras, mano de obra, equipo capital, las rutas comerciales más ventajosas. Aunque la economía no lo explica todo, nada se entiende sin ella. En las guerras, como en los crímenes, hay que buscar por tanto y siempre la pista del dinero.

También dedica un amplio apartado a los Tercios españoles, que no han tenido parangón en la historia.

El estudio de las guerras suele verse eclipsado por la pompa de las grandes batallas. Pero más importante que el valor de los soldados, incluso que el genio de los grandes capitanes, es la orgánica de los ejércitos. Entiendo por orgánica no sólo el armamento o la organización de las unidades militares, sino un conjunto armónico integrado por todo ello más intangibles como la formación técnica y espiritual de las tropas, la cadena de trasmisión de órdenes y los fines políticos que condicionan la elección de un determinado sistema castrense u otro.

 En ese sentido, tres han sido las orgánicas más perfectas de la historia, capaces de imponerse no sólo en una batalla o en una sola guerra, sino de imponer su hegemonía durante largos periodos de tiempo. Son la legión romana, los tercios españoles y la división francesa (creada durante la Revolución y perfeccionada por Napoleón). En las tres, una doctrina de empleo superior y una elevada moral supieron imponerse contra muchos rivales durante mucho tiempo y en muchas circunstancias y terrenos.

Sin olvidar a la Armada: más allá de la gesta del descubrimiento conquista y civilización de América, la empresa imperial española fue un prodigio de organización logística, con grandes flotas que mantuvieron durante casi tres siglos abiertas las líneas de comunicación de las Españas (y Portugal) por todo el orbe.

¿Por qué la mentalidad irenista y materialista del hombre moderno hace que no esté preparado psicológicamente para la guerra?

La prosperidad del primer mundo ha supuesto que ya varias generaciones hayamos olvidado, por fortuna, los horrores de la guerra. Esto nos ha acomodado en las ventajas del sistema del bienestar. Pero conviene no olvidar que el fantasma de la guerra está siempre presente y que al menos otro tercio del mundo –África subsahariana, parte de Asia, Europa del Este, Latinoamérica en menor medida– sigue viviendo en situaciones de conflicto latentes o declaradas. Por no hablar del fenómeno del terrorismo global, que nos sacude de cuando en cuando, recordándonos que toda situación de confort es susceptible de ser alterada en cualquier momento.

 Como decía otro clásico, Sun Tzu, “así como el agua no tiene forma estable, no existen en la guerra condiciones permanentes”. Convendría, por tanto, disfrutar de los dones de la paz y de la prosperidad, pero estar siempre alerta. Los retos del siglo XXI lo requieren.

Sin embargo hay otros tipos de guerra: biológica, cibernética...

Casi todos los avances científicos se caracterizan por una dualidad: sus usos pacíficos y la posibilidad de su empleo militar. Hoy día la tecnología, fundamental para el desarrollo, presenta también un perfil siniestro, al dotar al Homo Bellicus de unas herramientas dotadas con un poder destructivo jamás visto en la Historia.

La energía nuclear es buen ejemplo de ello, y el NO uso militar que de ella hicieron las dos potencias hegemónicas de la Guerra Fría, EE.UU y la URSS, todo un ejemplo de contención vía disuasión. Homo Sapiens sabe que el poder de las bombas termonucleares podría acabar no sólo con la especie, sino con todo el planeta, por lo que al final su tendencia parece a refrenarse… aunque conviene mantenerse alerta.

¿Cuál es la principal contribución de su libro a la historia militar?

Homo Bellicus es un libro de historia militar universal escrito por un español y en español… pero dirigido a un público global.

Homo Bellicus es un libro divulgativo, para el lector general… pero con los suficientes toques irreverentes para que el lector especializado se detenga a reflexionar sobre lugares comunes (por ejemplo, la batalla decisiva de las guerras napoleónicas no es el feo encuentro de Waterloo, sino… la batalla naval de Trafalgar).

Homo Bellicus estudia el subyacente económico, la superestructura ideológica y, entre medias, las mareas cíclicas y removedoras de las guerras, ese mal que ojalá desaparezca en un siglo XXI preñado de retos. Está en juego la supervivencia de todos nosotros.