(Acto único)

(Murmullo en las gradas del teatro, bajo las estrellas que observan, ansiosas, lo que está a punto de ocurrir)

(Salen a escena Risístrata y Pleonica, cada una por uno de los párodos)

Risístrata (observando la claridad lechosa del cielo): Es extraño. La isla de tierra roja como la sangre llegó a nuestras costas esta mañana y los helenos se volvieron locos, ¿¿qué significará?

Pleonica: No te apures, querida, los astros ya lo auguraron, “llegará el día de las locuras y nadie estará a salvo”, eso dijeron. Creo que ya se acercan nuestros últimos remansos de paz.

(Silencio. Sólo algún espectador interrumpe con su voz cascada)

(Por el centro aparecen diez hombres que portan sobre sus hombros unas pesadas parihuelas y, sobre ella, un hombre coronado de manera ridícula, como un payaso sin gracia, y llorando como un niño enrabietado)

Risístrata (encogida y con los ojos como platos: ¡Es Él! Los astros lo anunciaron en mis sueños. ¡La Paz sea con nosotros!

Pleonica (arrodillada, muestra un respeto incomprensible y temeroso ante el mismísimo Rey que llega): ¡Dios que vienes a nosotros de las tierras lejanas y sin nombre, ayúdanos!

(Los esclavos apoyan, no sin esfuerzo, las parihuelas sobre el suelo. El hombre, sin embargo, retira ligeramente el humedecido pañuelo de su rostro y el público comprueba que todavía los regueros de lágrimas bajan hasta su barbilla). 

(Se oye el murmullo del volar de una mariposa atrevida e insomne)

Presidente: No os he ordenado que me bajéis a la Tierra de los Débiles. ¡Mirad, Inconsolables Creídos, Ilusos Salvadores! ¡Ni siquiera vosotros sois capaces de poneros de acuerdo! ¡Observad el maravilloso ejemplo de esos metecos miserables!

Esclavo 1 (el jefe de todos los esclavos, acariciando su coleta y con la rodilla en tierra y el rostro compungido): Lo que usted necesite, Señor, Excelentísimo Presidente, lo que usted nos mande.

Marrano (es el nombre del Presidente que se cree Presidente): Perdí mi avioncito (el recuerdo de esta enorme tragedia le torna más taciturno y las lágrimas intentan de nuevo brotar. Su voz es apenas perceptible). Lo perdí por vuestra incompetencia. Ahora lo que deseo es…

Esclavos del 1 al 10 (Todos se sientan sobre el suelo, sacan pequeños artefactos de sus abultados bolsillos y cada uno comienza, nervioso, a construir un avión para su Amo, el Presidente).

(Coro de Viejos, antiguos Presidentes. Sale por los párodos y comienzan a entonar un canto triste. El punto final será la melodía angustiosa del Flautista).

Presidente (llorando): Perejil navegó por los mares ignotos, en busca de este archipiélago lejano y cargado de misterio. ¡Ay, mísera tierra que me vio nacer! ¿Por qué nadie me comprende?

(Los diez lacayos, con las espaldas arqueadas e incapaces de alzar las miradas, entregan sus construcciones al Comisario, que los mira con asco y desprecio. 

Comisario (con voz aterrada y sumisa): Excelentísimo Presidente de la Hermosa e Inigualable Tierra de Perejil, aquí le muestro los diez prodigios, ¡elija!

Presidente (se limpia las velas de mocos que le caen sin remedio, luego toma sus avioncitos y los va arrojando al aire, uno a uno): ¡Malditos! ¡Ninguno es perfecto! ¡Yo quiero el que perdí, no una quimera compuesta por lameculos y chupaflautas!

(El Coro canta de nuevo alzando el tono de sus apesadumbradas gargantas)

Risístrata (a Pleonica): Este hombre se cree el Dios del Olimpo. 

Pleonica (responde): Sí, mi señora, deberá estar con la cabeza trastornada, que los Dioses se apiaden de él.

Arqueros: Lanzan flechas al cielo y el mundo sobre sus cabezas se inflama, dejando ver la verdadera caricatura de lo que sucede.

(El público comienza a abuchear. Los metecos patalean desollando sus talones sobre las rugosas piedras) 

Niño (del público, desconocido y sin nombre, se aproxima con un dedalito encerrado en su pequeña mano, va sonriendo. Intentan impedirle el paso pero el Presidente, con una voz impostada, ordena que lo dejen): Señor, tome, yo mismo lo hice, pero se lo regalo. Me han dicho que usted es alguien muy importante y quiero que nos ayude a acabar con las guerras entre los helenos.

Marrano (descompuesto y sin saber cómo reaccionar, al fin habla): Trae, pequeño. Tu avioncito es muy hermoso. Y estoy seguro de que vuela como la libertad con la que siempre he soñado. Deja, deja que pruebe.

(El Excelentísimo Presidente baja de la litera, lanza el avioncito al aire de las gradas y el artefacto comienza una loca peripecia, hermosa y lábil)

Marrano (de nuevo, emocionado, aunque todos sospechan que se trata de una mascarada): ¡Mirad, mirad, estúpidos de ambos lados, mirad hasta que a vuestro Presidente se le cansen los ojos! ¡Y aprended un nuevo nombre, inútiles! ¡Falcon, Falcon! ¡Nuestra Famosa Tierra de Perejil se llamará, a partir de hoy, la Tierra de Falcon! ¡Que su nombre sea escrito, para los restos, en letras de oro! 

(Creídos, Salvadores y Metecos, se levantan con los ojos desorbitados, incrédulos ante el prodigio que están viendo. A los pocos segundos todos arrancan a desollar las palmas de sus manos. El pequeño sonríe y vuelve con su madre, Lisístrata, que le acaricia los cabellos y esboza una leve sonrisa de triunfo. Por fin se han puesto de acuerdo estos imbéciles de la Famosa Tierra de Perejil).

(Los esclavos se miran avergonzados y comprenden que cada uno vale lo que vale. Se van retirando, cabizbajos y humillados, por los párodos. El coro y los dioscuros hacen acto de presencia. Sobre la felicidad del pueblo flota la intensa melodía de un estásimo largamente esperado)

Agradecimientos: esta pequeña sátira no habría sido posible sin la preciosa ayuda de Aristófanes (Lisístrata) y Eurípides (Helena). Va por ellos.