Lo ven llegar a la playa

hacia las tres de la tarde.

Ni un solo día falla.

 

Cincuentón y bronceado,

el pelo gris plateado,

con bermudas y alpargatas

y una camisa de lino.

 

En la orilla su toalla

extiende junto a la raya

que en la arena traza el mar

y tras darse un chapuzón

a tomar el sol se tumba.

 

Hasta aquí, todo normal.

 

Pero entonces hace algo

llamativo y peculiar:

en voz bajita el Rosario

tendido empieza a rezar,

sosteniendo en una mano

el preceptivo collar.

Media hora más o menos

su rezo puede durar,

que interrumpe con un baño

si el calor vuelve a apretar.

 

Una vez una mujer

curiosa se le acercó

en el agua y le inquirió

sobre aquello que rezaba.

«¿Es un mantra?», preguntó

un tantico desnortada,

a lo cual nuestro bañista

sonriente contestó

que él no hacía cosas raras

y después de forma clara

su plegaria le explicó.

 

Lo ven llegar a la playa

hacia las tres de la tarde.

Ni un solo día falla.