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Por la carretera que conduce de Vitoria al frente marcha una Bandera de la Legión, llevando el paso y entonando sus canciones de guerra; en su aire marcial y en lo brioso de la marcha se acusa una de nuestras más bravas unidades. Al acercarse al campamento, el Capitán Churruca, que manda la Bandera, levanta el brazo en alto para que se detengan los legionarios. Las voces de "¡alto!" de los Capitanes de Compañía van deteniendo las unidades. Churruca, seguido del ayudante y de su ordenanza, montado, sale al galope hacia el campamento; se detiene al lado de una pequeña casa, en la que un pequeño banderín señala la oficina del Estado Mayor. En un cobertizo de ramaje inmediato se encuentran un Coronel y varios Jefes. José para su caballo y desmonta frente a ellos.

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JOSÉ (Interroga a un ordenanza.). -¿La segunda Brigada de Navarra?

UN JEFE. -Aquí es. (Señalando al Coronel.) El señor Coronel la manda. 

JOSÉ (Acercándose y en el primer tiempo del saludo.). -Mi Coronel: soy el Capitán Acuña, que manda la 15 Bandera de la Legión. La fuerza espera órdenes para la entrada en el campamento.

EL CORONEL. -¿Buena Bandera?

JOSÉ. -Como de la Legión, mi Coronel. Tres cuartas partes de bajas en el Pingarrón sin retroceder un centímetro.

CORONEL. -Soberbio; pero pocos hombres.

JOSÉ. -No, mi Coronel; hemos cubierto bajas. Sobran los voluntarios.

EL CORONEL. -¿Cansados?

JOSÉ. -No, mi Coronel, con más gas que antes; la Legión no conoce eso.

EL CORONEL. -Cierto es, hoy no lo conoce nadie. Bienvenido, y suerte.

El Comandante (Señalando a uno de los Jefes que allí están.) le indicará el lugar para el vivac. (Le estrecha la mano.) Descansar. (Los otros Jefes le saludan, estrechándole, a su vez, la mano.) UN JEFE. -¿Mucho hule por el Pingarrón? 

JOSÉ. -Mucho. Más de tres mil muertos quedaron delante de nuestras posiciones.

EL JEFE. -¿Un enemigo duro este internacional?

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JOSÉ. -Sí, lo ha sido en estos primeros días; lo más duro e indeseable del hampa europea; pero no creo le queden muchos ánimos; los hemos deshecho materialmente, han conocido lo que somos los españoles.

EL JEFE. -¿Preferirían ustedes a los otros rojos?

JOSÉ. -Yo, no. Prefiero a los internacionales. ¡Qué alegría que el enemigo sea extranjero; no sentir el dolor de la propia sangre!

EL JEFE. -Sí, es verdad. No había caído en ello.

JOSÉ. -Si usted supiera cuántas veces en los combates hemos cesado el fuego, suspendido la persecución, por ser españoles...

EL JEFE. -De todos modos, parece que son menos duros que los internacionales.

JOSÉ (Con vehemencia.). -No, los españoles son más bravos, y ¡qué satisfacción verlos valientes! Pecan los que los menosprecian: rebajan nuestra victoria e injurian a nuestra raza. Equivocados, sí; pero valientes.

OTRO JEFE (Interviniendo.). -De acuerdo. Aquí también son valientes...

UN CAPITÁN. -¿Sabe usted algo del Capitán Villamartín, de Regulares? Es mi hermano.

JOSÉ. -Ha estado magnífico. Su compañía fue algo extraordinario. Allí lo dejé.

EL JEFE DE E. M. -Vamos, lo acompañaré al vivac. Deberá prepararse en seguida con cuatro días de víveres, la mitad en frío, dispuestos para emprender el avance al primer aviso, tan pronto el tiempo lo permita.

JOSÉ. -A sus órdenes, mi Coronel. Buenas tardes. (Marchando.)

EL JEFE DE E. M. -Aquí tiene usted un plano del sector; desde uno de los observatorios de artillería puede usted familiarizarse con el terreno; es muy conveniente. (Pasan entre las tiendas de campaña. Los soldados falangistas saludan.) Es una de las Banderas de Castilla: la de Burgos.

JOSÉ. -Buena cara tienen.

EL JEFE. -Mejores hechos. Un grupo de requetés en otras tiendas.

EL JEFE. -El Tercio de Montejurra. También canela fina. (Señalando a otro grupo de tiendas:) El segundo de Flandes... No se dejan aventajar por nadie... Buena solera.

JOSÉ. -Les disputaremos el puesto.

EL JEFE. -Eso me gusta. Un grupo de oficiales en la puerta del puesto de mando del batallón de Flandes, que ya es conocido.

UN COMANDANTE. -Mi Teniente Coronel, ¿alguna novedad?

EL JEFE. -No. Sólo la llegada de la 15 Bandera de la Legión. Va a ponerse a su izquierda. Desde mañana le entregará la mitad oeste de su frente.

EL COMANDANTE. -Muy bien.

EL CAPITÁN ANGLADA (Observando a José.). -¿Cómo? ¡El Capitán Churruca!... ¿Tú? (Abrazándolo.) ¡Qué alegría!

JOSÉ (Emocionado, se deja abrazar; mas, reaccionando inmediatamente, murmura en voz  baja.). -Calla, por Dios... (En alta voz.): Me confundes; soy Acuña, algunos me confunden.

EL CAPITÁN (Murmurando y encogiéndose de hombros.). -No entiendo.

JOSÉ. -¿Quieres acompañarnos?

EL CAPITÁN. -Desde luego. Te enseñaré el frente.

JOSÉ. -A sus órdenes. (Dirigiéndose. al Comandante de Flandes.)

EL CAPITÁN. -¿Puedo hablar?

JOSÉ. -Sí, habla. Usted, mi Teniente Coronel, conviene que se entere y me ayude.

EL CAPITÁN. -¿Qué ocurre?

JOSÉ. -El Capitán Churruca fue fusilado en Madrid; allí quedó muerto. Desmentir este hecho, darle nueva vida pública, costaría vidas preciosas; yo soy Acuña. Así tiene que ser. Confío en ti, en ustedes; una indiscreción mataría a los que me salvaron.

EL JEFE. -No tema; comprendo. Será usted Acuña para todos.

EL CAPITÁN. -Y si fuese necesario, yo juraría que eres Acuña. ¿Cómo sucedió el milagro? 

JOSÉ. -Fui fusilado, mas una mano amiga quiso honrar mis restos... darles cristiana sepultura... Dios premió su bondad... vivía. Eso es todo.

EL CAPITÁN. -¡Qué lástima que tengamos que callarlo! ¡Cuánta alegría para los compañeros!

EL JEFE. -Ahí tiene usted el lugar para el campamento. Cubrirán el frente hasta la carretera, incluida ésta; en ella confrontarán. Adiós y buenas tardes, Capitán Acuña. (Se despide y, al separarse, le vuelve a mirar.) ¡Qué majo! (Exclama.)

JOSÉ. -¿A qué distancia está el frente?

EL CAPITÁN. -El nuestro, a 500 metros. El enemigo, a 1.000 del nuestro.

JOSÉ. -¿Está cortada la carretera?

EL CAPITÁN. -Sí, el enemigo la tiene barreada con unos muros a la revuelta.

JOSÉ. -¿Y nosotros?

EL CAPITÁN. -Aprovechamos y batimos la defensa de ellos. Está batida por los dos lados.

JOSÉ (Al ordenanza, que le sigue con los dos caballos.). -Vaya al Capitán y guíe la Bandera hasta aquí.

EL CAPITÁN. -Oye, Chu..., digo, ¡Acuña! ¿Te acuerdas de aquel chico, tan amigo nuestro, sobre todo tuyo, Luis Echeverría, de la Academia...?

JOSÉ (Inquieto.). -Qué..., ¿qué sabes de él?

EL CAPITÁN. -Nada... Estaba con nosotros, mandaba nuestra primera Compañía.

JOSÉ. -¡Cómo!, ¿muerto?

EL CAPITÁN. -No. Algo extraño. Desapareció de aquí una noche, hace cinco días.

JOSÉ (Extrañado.). -¿Desapareció?... (Con vehemencia.) Dime cuanto sepas. Lo creía en Bilbao; había salido de Madrid el día 18. ¡Cuenta, cuenta!

EL CAPITÁN. -Tú ya le conocías de la Academia, lo seriote y formal que era; lo encontré muy pesimista.

JOSÉ. -¿Pesimista? Tal vez...

EL CAPITÁN. -Sí, estaba desesperado con las paradas. Todo lo veía a través de su contrariedad por no estar ya en Bilbao. En el combate tiraba para delante que era un primor. Tenía allí a los suyos.

JOSÉ. -Sí, mi hermana Isabel, su esposa... dos niños...

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EL CAPITÁN (Sorprendido.). -Lo ignoraba. Nunca habló de ti. ¡Bueno!; cuando yo llegué ya habías muerto. Sólo se te recordaba cuando se citaban los valores perdidos.

JOSÉ. -Sigue. ¿Cómo fue?

EL CAPITÁN. -Aquella tarde le había apostado una comida a que antes de quince días estaríamos en Bilbao. Al contestarme le noté algo extraño. ¿Amargura...? No sé. "Acepto -me dijo-; con gusto la pagaría."

JOSÉ. -¡La pagaré yo!

EL CAPITÁN. -Aquella misma tarde había recibido un nuevo recluta, un gran ejemplar de la raza... Improvisé en una tienda un festejo para la noche. Lo invité y no aceptó... En realidad, estaba de servicio. Me aconsejó que no alborotásemos... Tuvimos cantos, coplas, y, es extraño, no nos molestó.

JOSÉ. -¿Cuál fue la última hora en que se le vio?

EL CAPITÁN. -Las once y diez; a esa hora le encontró la última patrulla. Él era muy minucioso, recorría todos los puestos. Desde ese momento nadie lo vio. Se hizo una minuciosa descubierta, se registró todo... ¿Se perdió en la noche al recorrer el frente?... Nadie lo sabe, ni las radios rojas acusaron anormalidad.

JOSÉ. -¿Decías que estaba pesimista?

EL CAPITÁN. -Sí, había sido un día gafe de noticias. Pérdida del España, combates muy duros en el Pingarrón, detención del avance sobre Guadalajara. Precisamente para distraer a los muchachos organicé yo el festejo.

JOSÉ. -En el Pingarrón estaba yo esa noche; muy dura fue; allí perdí muchos de mis mejores soldados. ¡Qué lástima no haber podido enterarle de mi vida! ¡Qué optimismo le produciría! Nada sabía de él; lo creía en Bilbao, muerto o escondido. ¡Pobre hermana mía!... Ella, con tanto temperamento, y él, bueno, pero tan caviloso. Tenme al tanto de lo que sepáis y guarda mi secreto.

EL CAPITÁN. -No temas. Siento habértelo dicho. Perdóname, no conocía tu parentesco.

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JOSÉ. -No te preocupes. Te lo agradezco. Tenía que saberlo; cuanto antes, mejor. Pero, dime, ¿dudan de él?

EL CAPITÁN. -No. Nadie se lo explica. Su compañía le quería. Era buen militar; se había portado con valentía; eso sí, muy rígido, excesivamente. Esto aleja todo temor. Sin duda una patrulla enemiga lo sorprendería.

JOSÉ. -¿Hubo tiros aquella noche?

EL CAPITÁN. –Todas las noches suenan algunos aislados, en especial del enemigo. Centinelas que se asustan; milicianos que desertan. Hubo algunos durante la noche.

JOSÉ (Inquisitivo.). -¿Y tú (Mirándole fijamente.), dudas de él?

EL CAPITÁN. -Yo, no. (Con firmeza.)

JOSÉ. -Yo tampoco; era un soldado... Voy con mi gente. Adiós.

Llegan las fuerzas que manda José, mientras se estrechan las manos, despidiéndose, los dos capitanes. 2En la villa de Bilbao se viven días de emoción inenarrable. La batalla que se libra desde hace dos días en el cinturón de hierro repercute en todos los hogares; para los más es preludio de liberación, para otros es el éxodo con la casa a cuestas.

En las montañas que dominan la ría, por el oriente, las continuas explosiones de las bombas de aviación, batiendo los emplazamientos de la artillería, han levantado ingentes penachos de humos negros y terrosos, que, extendiéndose hacia la ciudad, lo envuelven todo, sumiéndola en una densísima humareda que, al nublar el sol, produce una apariencia crepuscular, contribuyendo a hacer más impresionantes las últimas horas del dominio rojo. A la afluencia de las fuerzas rojas hacia el frente con aire fanfarrón, confiados en la propaganda del Cinturón de hierro, sucede el desfile desordenado de unidades derrotadas que llevan en sus rostros el terror de los vencidos y que, a su paso, van arrojando cuanto puede estorbarles en su carrera. 

Algunos jefes, entre ellos, intentan contener lo incontenible. En algunos momentos parece que los esfuerzos de organizar la resistencia en la ciudad van a conseguir algo, pero basta la caída de un proyectil largo para que la explosión dé al traste con los bélicos propósitos. La gente, encerrada en sus domicilios, espera el momento de la liberación.

A la aparición de las siluetas de los nacionales entre las explosiones del horizonte sucede la voladura por los rojos de los hermosos puentes sobre la ría, ilusiones y trabajos de varias generaciones destruidos en unos momentos por la barbarie roja... La consigna es la de una completa destrucción; para ello se han minado, premeditada y perversamente, los grandes edificios y establecimientos industriales; pero la orden de Prieto, el cabecilla rojo de Bilbao, queda desbaratada por la rápida entrada de las tropas nacionales.

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Los acontecimientos se precipitan. No se han repuesto todavía los espíritus de la alegría de ver a los soldados sobre las alturas inmediatas, 240 cuando se acusa su presencia por las avenidas de la población. Pasan rápidos, sin ocuparse de lo que queda atrás, a tomar las salidas hacia el campo y posiciones al oeste de la ría. Soldados del Requeté y de Falange avanzan en desfilada para ocupar las plazas y lugares importantes; los siguen muchachos y mujeres que los vitorean y los abrazan; vienen luego compañías sueltas en orden cerrado, llevando el paso, pero sin la rigidez de las formaciones formales, sino con ese aire tolerante de los triunfadores a su entrada en las poblaciones dominadas. En pocos instantes las aceras y plazas se pueblan de una alegre muchedumbre que aclama sin cesar a las fuerzas victoriosas.

Las tropas llevan a sus costados una verdadera procesión de madres y de esposas que interrogan a los recién llegados por sus deudos. Entre ellos, ansiosa y jadeante, marcha Isabel Churruca, acompañada de sus hijos, de un pelotón a otro, interrogando con angustia a los oficiales:

ISABEL. -¿El Capitán Echeverría?

UN OFICIAL. -No sé; no pertenece a este batallón.

ISABEL. -¿Sabe algo del Capitán Echeverría?

OFICIAL. -Aquí no viene.

ISABEL. -¿El Capitán Echeverría?

OTRO CAPITÁN. -Debe de pertenecer a la 2.ª Brigada de Navarra; esta es la primera.

ISABEL. -¿La 2.ª de Navarra?

EL COMANDANTE.-Esta es.

ISABEL. -¿El Capitán Echeverría?

EL COMANDANTE. -No lo conozco. Vaya al Estado Mayor. ISABEL. -¿Dónde está?

COMANDANTE. -Creo que en el Hotel Carlton. Corren alocadamente Isabel y su hija hacia el Hotel Carlton.

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Un grupo de requetés guarda la puerta del edificio.

ISABEL. -¿El Jefe de Estado Mayor?

UN REQUETÉ. -En el primer piso. Suben Isabel y su hija.

ISABEL. -¿Puedo ver al Jefe de Estado Mayor?

UN OFICIAL. -Pase por aquí. Aquí es (Dirigiéndose hacia el interior de la sala): mi Teniente Coronel, esta señora quiere verle.

JEFE. -¿Qué desea?

ISABEL. -¡Perdóneme! Soy la esposa del Capitán Echeverría, que creo pertenece a la 2.ª de Navarra, y quiero saber dónde está.

EL JEFE. -¿De qué batallón?

ISABEL. -No sé. Me ha dicho un Capitán que creía saberlo en la 2.ª de Navarra. Entra el Capitán Anglada.

EL JEFE. -Capitán Anglada, ¿conoce usted al Capitán Echeverría? Esta señora es su esposa. Dice que estaba en la 2.ª de Navarra.

EL CAPITÁN. -Yo..., (Titubeando.) sí..., lo conocía; hace tiempo no lo veo... El Capitán Acuña, de la Legión, debe de saber de él.

ISABEL. -¿El Capitán Acuña? ¿Dónde puedo verlo?

EL CAPITÁN. -Está con sus tropas; he de encontrarlo. Deje sus señas; yo la respondo que irá a visitarla.

ISABEL (Mirando recelosa.). -Gracias, muchas gracias, pero no se olvide. Tome mi dirección. (Saca y entrega una pequeña tarjeta de visita sobre la que escribe sus señas.)

EL CAPITÁN. -Irá en seguida; no lo dude. Cuando sale Isabel con su hija, se vuelve el Capitán al Jefe de Estado Mayor:

EL CAPITÁN. -¡Pobre mujer!...

EL JEFE. -¿Qué ocurre? ¿Ha muerto?...

EL CAPITÁN. -Eso creemos. Desapareció el día 16. El Capitán Acuña puede compensarla con otra alegría.

EL JEFE. -¿Cómo?

EL CAPITÁN. -Acuña es un hermano que ella cree muerto. Fusilado en Madrid, salvó la vida milagrosamente y adopta este nombre para no comprometer a los que le salvaron.

EL JEFE. -Vaya usted a su encuentro, que bien lo merece.

Cuando Isabel regresa a su casa, escucha desde el vestíbulo la voz de su hijo jugando a los soldados: "Un-dos, un-dos..." Alguien parece que lo dirige. Corre hacia el comedor, cuando el niño, que ha sentido sus pasos, acude presuroso a su encuentro:

EL NIÑO. -¡Mamaíta! ¡Mamaíta! ¡El tío José! José, al que no veía porque estaba desenfilado de la puerta, aparece.

JOSÉ. -¡Isabel! Isabel se echa en sus brazos.

ISABEL. -¡Tú, tú! ¡Qué alegría!

JOSÉ. -Sí, yo. Un resucitado.

ISABEL (Continúa abrazada y apoyada sobre él. De pronto, se separa inquieta y lo interroga.). -José, ¿y Luis?

JOSÉ. -No sé. Desaparecido.

ISABEL (Agitada.). -Dime cuanto sepas.

JOSÉ. -Poco puedo decirte. Desaparecido una noche recorriendo el frente... Pensamos que puede estar prisionero. Los niños lo miran asustados.

EL NIÑO. -¿No viene papaíto?

JOSÉ. -No. Está en el cielo...

EL NIÑO. -Como abuelito, ¿verdad?

ISABEL. -Mira, nena. Quédate con tu hermano, que yo tengo que hablar con el tío José. Quedan solos José e Isabel.

ISABEL. -Tengo que hablarte, José. Hace un mes que ni vivo ni duermo. Sin ti, hoy me hubiera vuelto loca.

JOSÉ. -Vamos, serénate. Tú siempre fuiste mujer animosa. Yo haré de padre para tus hijos.

ISABEL. -Gracias, José; pero no es eso. Escucha. Necesito desahogarme contigo.

JOSÉ. -Habla.

ISABEL. -Sólo el recordarlo me produce espanto. Era el 16 del pasado; a las tres de la madrugada sonó el timbre de esta puerta. El timbre era el terror: el registro, la persecución... lo demás; no sabéis lo que representaba un timbrazo. Cuando pregunté quién era, oí claramente la voz de Luis. Abrí asustada. Me dominaba una mezcla de alegría y de temor. ¿Cómo había llegado? Su respuesta heló mi sangre; lo miré con espanto. Por nosotros lo había abandonado todo... Algo subía de mi corazón hasta mi garganta; algo que me ahogaba. Un solo pensamiento me obsesionaba: deshacer lo hecho, volverlo con los nuestros. Le pedí que se fuera; antes lo preferiría muerto. Me miró con amargura, y, sin una palabra, sin un gesto, se perdió en la oscuridad de la escalera, oí batirse el portón y caí anonadada, deshecha, sin fuerzas para nada. Días horribles de desesperación; más tarde, de esperanza. Sólo pedía a Dios que me lo volviese con Honor.

JOSÉ (Con calma.). -Sin duda ha perecido en el empeño.

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ISABEL. -Es horrible, José. Yo lo eché de aquí, yo. Y su hija también... Durante muchos días, creí que había hecho bien, que ese era mi Deber, el nuestro; pero hoy dudo y vacilo. ¡Es espantoso!

JOSÉ. -Has hecho muy bien, Isabel. No había otro camino. Ese era el Deber. Otra cosa hubiera sido el deshonor y, tras él, también, la muerte.

ISABEL. -¡Qué peso me quitas!

JOSÉ. -Eres la misma. Fuerte y valerosa, como una Churruca: como nuestra madre. ¿Y tu hija?

ISABEL. -Se despertó con la llegada, escuchó mis palabras y me acompañó en mi actitud. Rogó a su padre que se fuese. Jamás ha vuelto a hablar de ello. Sólo reza mucho por su papá, y, cuando lloro, intenta consolarme.

JOSÉ. -¡Pobrecilla! Llámala. Isabel se acerca a la puerta y llama a la niña.

Isabelita se acerca presurosa...

JOSÉ. -Isabelita. Tu madre me acaba de referir cómo tu padre, arrastrado por el amor hacia vosotros, cruzó las líneas para veros. Al regresar, no tuvo suerte. Encontró la muerte. Sólo los tres conocemos este hecho. En todas las operaciones había destacado por su valor y su pericia. Desde hoy, sólo debes recordar que os quería mucho y que fue un gran soldado. Guárdale el culto que merece y olvida la noche en que su cariño lo arrastró al loco empeño de visitaros. El Deber os impuso, a tu madre y a ti, el más grande de los sacrificios. Cayó por su Patria, y esta es la verdad histórica.

ISABELITA. -Sí; tío José.

EL NIÑO (Entra corriendo.). -Mamá, mamá. ¡Me han dejado solo!...

LA MADRE. -Anda, Isabelita, ve con él; entretenlo, que en seguida acabo con el tío José. Salen, contrariados, los dos niños.

ISABEL. -Mis dolores me han hecho olvidarme de ti; la alegría de tu vida me compensa de otras amarguras; pero, dime: ¿cómo has podido salvarte? ¿Cómo ha sido posible este milagro?

JOSÉ. -Ya sabes cómo. Herido y fracasado en mi intento de ganar el Cuartel de la Montaña, fui a caer bajo la avalancha de la canalla, en las gradas del monumento a Cervantes. Su figura caballerosa presidió nuestra lucha desigual; el sublime cantor de la caballería la vio a sus pies hecha pedazos. En el granito de los escalones quedó la huella sangrienta de otra triste aventura. Después comparecí ante un simulacro de tribunal, que unas veces justificaba el asesinato de los vencidos y otras el horrendo crimen de los inocentes. No admití disculpas ni atenuantes. Defendí a España y reclamé mi pena. Dios me ayudó mucho, pues en la cárcel no me faltó el consuelo divino de un sacerdote ejemplar, que me prestó el auxilio que el trance requería y el calor de una criatura ejemplar que, despreciando los peligros, me llevó el humano consuelo de su cariño.

ISABEL. -¿Marisol?

JOSÉ. -Sí, Marisol. ¡Qué buena! ¡Y qué sublime!... ¡Qué bien me hacía y qué amargor me dejaba!... Qué hermosa se presentaba la vida en el momento de dejarla... Y, sin embargo, ¡qué consuelo el saber que había quien llorase y pidiera por mí! Cuando al amanecer vinieron a buscarme, mi ánimo estaba dispuesto: había logrado superar el dulce recuerdo de lo que aquí quedaba. Sólo al salir, cuando los rayos del sol ponían una nota de vida en el albor de la mañana, algo en mí quería rebelarse; me pareció más bello todo al abandonarlo. La presencia de los verdugos me trajo a la dura realidad, y rogando a Dios que me acogiese... Me vestí de gala... Luego, un recuerdo vago de susurros a mi alrededor; una cara bondadosa de mujer del pueblo que saciaba mi sed y me cuidaba como amorosa madre. Una consigna de silencio. Un santo protector en forma de médico, y, por fin, una emocionante marcha bajo la noche burlando las guardias enemigas, y al término... ¡España! ¡Nuestra España!

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ISABEL. -¿No has visto a Marisol después?

JOSÉ. -No me fue permitido. Ella lo exigía así y yo no tenía derecho a ponerla en peligro.

ISABEL-Es verdad. Ahora comprendo una carta que nunca comprendí. Vas a verla. (Y de un armario escritorio la saca.) Toma.

JOSÉ (La lee en silencio.). -¡Cuánta bondad y cuánta prudencia!... Dice mucho y... no dice nada.

ISABEL. -La prensa estaba terminante.

JOSÉ. -Sí. Sólo a Marisol debemos este bien. Expuso su vida por enterrar mis restos y esas buenas gentes, el portero y su hermana, coadyuvaron con su caridad. Y esto es lo desesperante, Isabel. Haber salido de allí sin verla; sin saber lo que la llevó a las rejas de la cárcel; la causa real de su intensa emoción. Unas veces pienso que son mi fantasía o mi deseo los que exageren el recuerdo de su aparente dolor; otras, lo razono como una sensibilidad femenina ante la muerte fría del mártir de una causa amada... Pero, en otras ocasiones, mi anhelo me habla de algo más profundo y grande... "Está ahí su prometida" -me dijo el odioso carcelero-; reí al oírle... ¡Mi prometida! Pero cuando pasé de nuevo la cancela traía en el corazón un eco de promesas. Todo había cambiado para mí. En vísperas de muerte, algo me llamaba a la vida...

ISABEL. -Y aún dudas, José... Siempre te demostró su simpatía, me atrevería a decir que siempre te ha querido.

JOSÉ. -¿Te lo dijo acaso?...

ISABEL. -No necesitaba decírmelo. Eras su mejor amigo, su pareja tantas veces, y nunca le prestaste la atención que merecía. ¿Te parece poco?...

JOSÉ. -No, Isabel; siempre me agradó. Pero la vida no me ofreció un remanso de paz para detenerme. ¡Y hoy, que veo claro, no me creo con derecho para pedirle nada!

ISABEL. -No será necesario. Todo llegará y mucho me alegra. Ella es digna de ti y tú de ella... Y qué gozo si Jaime viviera y pudiera uniros (Con ansia.). ¿Has sabido de él? Aquí nos engañaban. Yo pregunté muchas veces; escribí a Cataluña y siempre el silencio. Sólo me decían: "No puede pasarle nada; ya ve usted, aquí los frailes están en su hospital..."

JOSÉ. -Por muerto lo he llorado. Cuando salí, he intentado buscar noticias, averiguar algo. En Roma saben de la muerte santa de la comunidad. Como los antiguos mártires, cantando a nuestro Dios y perdonando a sus enemigos.

ISABEL. -¡Pobre Jaimito!... J

OSÉ. -EI santo. ¿Te acuerdas de su promesa? Él pediría por nosotros. Él es, sin duda, el que nos ayuda.

ISABEL. -Así debe ser.

JOSÉ. -¿No te atreves a preguntar por Pedro?

ISABEL. -Es cierto, no me atrevía.

JOSÉ. -Sé que ayudó a Marisol en su empeño. Con ellos está. ¿Hasta cuándo?...

Se oyen a través de las ventanas los ecos de una música con aire de zorcico: es el Oriamendi. Los chicos se precipitan en la habitación.

EL PEQUEÑO. -¡Mamita! ¡Mamita! La música.

JOSÉ. -Sí; el himno de los Requetés.

EL CHICO. -¡Abre! ¡Abre!...

Lo alzan hacia la ventana. Una muchedumbre llena la plaza y ante el Ayuntamiento canta los himnos nacionales. Cuando la ventana se abre, se escuchan los últimos compases del Oriamendi y empieza el himno de la Falange. Todos levantan el brazo, y José, acompañado de los chicos, canta en la ventana. Isabel, mientras saluda con su brazo, se lleva el pañuelo a los ojos.

EL NIÑO. -¡Qué bonito!

LA NIÑA. -Sí; tenemos que aprenderlo.

Isabel, cogida del brazo de José, sonríe a los chicos con dulce amargura.

Agradecimiento.

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Como transcriptor de la novela “RAZA” de Francisco Franco que “El Correo de España” viene publicando por entregas no tengo más remedio que agradecer a José Manuel Nieto y a Belén Rocío Bernete López la ayuda que me han prestado y me siguen prestando, sin la cual me hubiera resultado imposible. Gracias a ellos.