Boris Gutiérrez Cimorra (firma como Cimorra) nació en 1944 en Moscú, en la antigua Unión Soviética. Se graduó en el Instituto de Aviación de Moscú. Durante años compaginó su trabajo como ingeniero aeronáutico con colaboraciones periodísticas en revistas y programas de radio de difusión tanto nacional como internacional con destino al lector y al oyente de habla hispana. En 1972 pasa a trabajar definitivamente en Radio Moscú, la cadena que emitía programas para América Latina. En 1977 se instaló definitivamente en España con su familia e inició una nueva carrera profesional en el mundo de las finanzas y del comercio exterior, que le situó, en 1985, de nuevo en Rusia, esta vez como representante de una importante empresa financiera española en aquel país en vías de la Perestroika. En 2010 comienza su experiencia en el campo literario con la publicación de su primer libro, La voz que venía del frío, dedicado a su padre, periodista español exiliado en la Unión Soviética, que se convirtió, bajo el seudónimo de Jorge Olivar, a lo largo de 37 años ininterrumpidos ante los micrófonos de la emisora moscovita, en la voz más escuchada en los hogares españoles durante la época franquista.

En 2014 edita su segundo libro, Hasta el último maravedí Las orejas de Oro, esta vez en forma de novela, que, entre lo documental y lo ficticio, con un lenguaje y dinamismo propios del género de suspense, describe una de las más misteriosas y fascinantes historias de cómo las reservas de oro del Banco de España fueron trasladadas a la Unión Soviética pocos meses después del comienzo de la Guerra Civil española. En 2015 publica su tercera obra literaria, Hasta el último maravedí - 2 o La apertura española, una continuación del libro anterior sobre el mismo tema: cómo el oro español se convirtió en el «oro de Moscú». Si en el primer volumen se relataban las peripecias del traslado de las reservas de oro del Banco de España desde Madrid a Moscú, en este se trata de ¿qué recibió la República a cambio del oro entregado a la Unión Soviética? En ambos libros el autor demuestra su perfecto dominio en la recreación de los ambientes y personajes rusos y españoles de la época, a los que conoce muy a fondo, al haber vivido, casi a la par, tanto en Rusia como en España.

¿Por qué un libro sobre la caída del Imperio Soviético?

La idea del libro partió de mi entrañable amigo César Alonso de los Ríos y fue apoyada con gran entusiasmo por nuestro común amigo Agapito Maestre. Un día, bastantes años después de la desintegración de la URSS en diciembre de 1991, César me dijo: "Mira, Boris, para la inmensa mayoría de los españoles sigue siendo un misterio por qué un gran país comunista como Rusia, con su aparente poderío económico y militar, teniendo en su órbita ideológica a muchos países, no sólo en la Europa del Este, sino en la América Latina, África, Asia, de repente, en pleno proceso de la apertura y cambios democráticos, en pocos años, cayó como un castillo de naipes. Sin perder una cruel guerra o sufrir una destructiva revolución o un cataclismo natural, no sé, una caída del meteorito, como fue en la Tungúzca, en Siberia, al principio del siglo. ¿Qué ocurrió realmente, qué fuerza tectónica tan potente destruyó este gran acorazado llamado la URSS, que parecía indestructible y construido para la eternidad? Tú me has comentado y aclarado muchas cosas acerca de aquel cataclismo histórico. Has vivido en la Unión Soviética más de 30 años y, especialmente, los años de la “Perestroika” de Gorbachov, cuando se produjo el derrumbe definitivo del sistema socialista soviético, por qué no escribes un libro para que no sólo tus amigos y la gente que te rodea supiera lo que realmente había llevado a la destrucción del primer país comunista del mundo. Y lo cuentes como un testigo presencial de todo lo que entonces había sucedido. Lo que tú personalmente has vivido, has visto, has sufrido o lo que sea, una realidad pura y dura, sin cuentos “chinos” o rusos o lo que fuesen. Una historia verdadera del fracaso del comunismo en el país más grande y más rico del planeta. Y escríbelo sin caer en un análisis soso, académico, distante. Que sea un relato vivo, con detalles concretos, con episodios de tu vida allí y de los soviéticos que te rodeaban, historia contada desde dentro y no desde un despacho lejano de un historiador profesional o de un periodista circunstancial”.

Pues, así nació este libro. Con la idea de explicar por qué ha fracasado un sistema basado en la ideología comunista en un país, como estaba diciendo César, “más grande y más rico del mundo”. Y de allí yo, como el cronista y un testigo directo, pretendo dar a entender al lector de que si el comunismo había fracasado en el país más grande y más rico del mundo, como la URSS, cómo pudiera haber triunfado en uno el más pequeño y el más pobre, como la Cuba castrista, o en otros clones tipo Vietnam, Camboya, Corea del Norte y otros por el estilo. Como ha demostrado la Historia, el comunismo puro y auténtico, como el soviético, ha fracasado en todos los países donde lo habían intentado construir, independientemente del clima, del idioma, de la nacionalidad, de costumbres culturales y otras diferencias étnicas y geográficas. Y con un resultado común: la miseria y unos enormes sacrificios para los pueblos y un poder absoluto y unos enormes privilegios para las élites gobernantes con el carnet comunista.

¿Qué balance podría hacer de 70 años de régimen totalitario?

El balance es muy negativo y en muchos aspectos hasta trágico. El primero y a la vista del todo: una autodestrucción y la desaparición del país que existía dentro de las fronteras del Imperio Zarista antes de la Revolución Bolchevique en octubre de 1917. En diciembre de 1991, o sea, 74 años más tarde, este país dejó de existir y la Rusia de los Zares se vio reducida a la Federación Rusa actual, perdiendo grandes territorios y casi la mitad de la población que antes formaban parte de la Gran Rusia Imperial y luego del Imperio Bolchevique. Me refiero a Ucrania, Bielorrusia, Kazajistán, Turkmenistán, Tadjikistán, Uzbekistán, Georgia, Armenia. Y el otro balance, el de sufrimientos que tuvo que soportar la gente que poblaba la Rusia Imperial, convertida en la Rusia Socialista Soviética, es incalculable. La Guerra Civil, provocada por la Revolución Bolchevique, que había durado 4 años. La industrialización forzosa del país, con su población mayoritariamente agrícola y que se alimentaba no sólo a sí misma, sino que exportaba sus productos al extranjero por lo que recibió la denominación del “granero de Europa”, cargó por completo el tejido agrario ruso, produciendo terribles hambrunas en los años 20 del siglo pasado. La “colectivización” del campo destruyó por completo su productividad, convirtiendo a la Unión Soviética de un granero europeo en un importador de los productos básicos alimenticios, dependiendo del grano norteamericano, canadiense, australiano y de otros países occidentales, que tienen una agricultura “privada”. Esta independencia llegaba en determinados periodos al más de 30% del consumo “normal” de la población soviética. La improductividad de la industria estatal socialista, con una estricta planificación de la producción y del consumo, condenaron al pueblo soviético a vivir en una permanente escasez de los productos y artículos de primera necesidad, con unas humillantes colas en las tiendas en búsqueda de la comida y de otros artículos del consumo básico. El “terror rojo”, desatado por los bolcheviques después de la Revolución, contra todos los que intentaban oponerse o a criticar, aunque fuera mínimamente, la dictadura comunista y las repentinas purgas estalinistas y una paranoica lucha contra los “enemigos del pueblo” dentro del propio pueblo, convirtieron a la Rusia bajo el régimen comunista en un enorme Gulag, con decenas de millones de muertos y víctimas de las represiones, cambiándose sólo los métodos, los del “paredón” en tiempos de Stalin a los de la encerrona en unas clínicas psiquiátricas en tiempos de Brézhnev-Andrópov. Pero siempre con el único objetivo: aplastar cualquier disidencia y crítica al régimen.

Las pérdidas en vidas humanas durante el régimen totalitario soviético son terribles. Varían, según quien las calcule y con qué precisión: entre la guerra civil, el “terror rojo”, la colectivización del campo, las purgas y las represiones estalinistas el número de víctimas directas asciende a 66 millones. Pero hay un dato estremecedor, pero muy fácil de entender y que da una idea general del número de las vidas humanas que tuvo que pagar el pueblo ruso bajo el régimen comunista. En París, justo antes del comienzo de la Primera Guerra Mundial, fue publicado un “Resumen económico de Rusia en 1914”. Edmond Théry, el científico francés, llegó a la conclusión de que, a mediados del siglo XX, Rusia sería una potencia dominante en Europa tanto política como económica y financieramente. Y que su población llegaría a los 343 millones de habitantes (en 1914 tenía 175 millones). Sin embargo, en 1950, la población de la URSS rondaba unos 181 millones de habitantes. ¿Entonces, a dónde se habían esfumado los 162 millones restantes? Se puede decir que este fue el coste de la Revolución Bolchevique y del Régimen Comunista para el sufrido pueblo ruso.

Principalmente la línea más dura, durísima, fue con Lenin y Stalin. ¿Por qué se fue moderando en los últimos años? 

Efectivamente, el Régimen fue más duro en la época de Lenin y Stalin. Especialmente en la de Stalin. Es que Lenin estuvo en la cúspide del poder bolchevique escasos 5 años. Los últimos dos años de su vida estaba gravemente enfermo y prácticamente apartado del poder ejecutivo, y pronto fue sustituido por Stalin, quien después de la muerte de Lenin, en enero de 1924, estuvo dirigiendo durante casi treinta años, con mano dura y despiadada, el Partido y el país. Lenin todavía respetaba la opinión de sus colegas en los órganos directivos del Partido, y las principales decisiones se tomaban por la mayoría. Mientras Stalin se convirtió en un dictador absoluto, eliminando, prácticamente, en algo más de 10 años, a toda la vieja guardia leninista, la que realmente estaba luchando contra el zarismo y la que hizo factible la Revolución Bolchevique. El Régimen empezó moderándose después de la muerte de Stalin en marzo de 1953.

En primer lugar, fue el famoso “deshielo” de Nikita Jruschiov, con sus denuncias de las represiones de Stalin contra el pueblo soviético, aunque él mismo participaba en estas represiones cumpliendo a rajatabla las órdenes de Stalin. Es que Jruschiov y otros altos dirigentes dentro de la cúpula estalinista, tampoco eran vacunados contra las posibles represalias de parte de su Gran Jefe, que había concentrado en sus manos todo el poder y actuaba a su antojo sin ningún control de ningún órgano ni del Partido ni del Estado. El Estado era él, Stalin. Por tanto, una vez muerto el dictador, sus herederos habían decidido romper este esquema de una dictadura “unipersonal” de dirigir el país y crearon una “dirección colectiva”, sin un nuevo Caudillo. Este esquema, de alguna manera, no del todo, pero funcionó hasta el descalabro de la URSS.

En segundo lugar, las represiones masivas estaban causando enormes pérdidas en vidas humanas, que en realidad eran la mano de obra cualificada, ingenieros, científicos, creadores, todos ellos extraídos forzosamente del proceso productivo, lo que estaba mermando enormemente el desarrollo económico del país, llevando a la población al límite del aguante. Por tanto, los nuevos “viejos” dirigentes han preferido aflojar las cuerdas, dar un respiro al pueblo, “descongelar” un poco el sistema con el calor de unas reformas y aperturas. Fueron las famosas reformas de Kosýguin, las que describo detalladamente en el libro. El Régimen empezaba a comprender que la esclavitud estalinista ya no resultaba rentable, no estimulaba el progreso del país. Había que liberalizarlo de alguna manera, bajo el control, claro está, de la nueva dirección colectiva del Partido.

Y, en tercer lugar, Jruschiov y sus seguidores querían limpiar las manos de la sangre estalinista, cargar al sanguinario Caudillo muerto toda la responsabilidad por el terror rojo y entrar en la Historia como los enterradores del estalinismo y del socialismo con el rostro monstruoso, siendo ellos los creadores del “socialismo con el rostro humano”.

Jruschiov abrió las puertas del Gulag, liberando a los millones de personas injustamente recluidas en los cientos de los campos de trabajos forzados que formaban este “archipiélago” tan magistralmente descrito por uno de sus habitantes, el escritor disidente soviético, Alexander Solzhenítsyn. Jruschiov sacó el cadáver de Stalin del “Mausoleo de Lenin”, donde fue depositado después de su muerte, en marzo de 1953, al lado del Gran Líder de la Revolución Bolchevique. Pero, después del XX Congreso del PCUS, en que denunció los crímenes de Stalin contra el pueblo soviético, dio órdenes de sacar a Stalin de la sagrada tumba de Lenin y enterarlo en un cementerio “común”, en una “necrópolis” para las más destacadas figuras del régimen comunista, al lado del Mausoleo y de la muralla de Kremlin en la Plaza Roja de Moscú.

Cuando a Stalin lo “pusieron” en el mausoleo leninista, yo tenía 9 años y cuando lo sacaron, en noviembre de 1961, cumplí ya 17 años, recientemente acabado el bachillerato soviético, y me encontraba sorprendido, confundido y estupefacto.

La primera parte está dedicada a lo que bautiza usted como el “quinquenio de los fastuosos funerales. ¿Podría hablarnos de la importancia de este periodo en la caída de este imperio?

Fue el preludio de la agonía del Régimen soviético. Como si la providencia tomara las cartas en el asunto. En un quinquenio habían muerto, una tras otra, las principales figuras del Politburó del PCUS, un órgano compuesto por 15 miembros, que realmente gobernaba la Unión Soviética y el Bloque Socialista en su conjunto. Estaban “cayendo” los pilares más importantes del Régimen: Kosyguin, Suslov, Brezhnev, Pelshe, Andropov, Ustinov, Chernenco, todos ellos miembros del Politburó. Así que, en cinco años han desaparecido de la cúpula del poder casi la mitad de sus miembros. Quizás, para el lector estos nombres no digan gran cosa, pero en la realidad soviética de entonces eran figuras que a lo largo de muchísimos años de la época post-estalinista estaban marcando la política interior y exterior de la URSS.

Cada uno era responsable de un determinado sector: la economía centralizada y planificada, la agricultura colectivizada, la policía secreta y seguridad nacional (la KGB), la defensa y la industria militar, la ideología y la censura. O sea, eran los principales pilares que sostenían el totalitario sistema socialista soviético. Y, de repente, estos pilares empezaron a caer, con lo cual, en el tan rígido edificio del Sistema aparecieron las primeras grietas y una cierta inclinación al derrumbe. Figurativamente hablando.

En el libro estoy describiendo puntualmente a estos personajes, cuento unos detalles de sus biografías, sus características personales, por qué se afiliaron al Partido, cómo hicieron sus carreras políticas y qué cualidades eran necesarias para llegar al escalafón más alto del Partido. O sea, intento demostrar de qué “material” estaban hechos estos “pilares” humanos que sostenían más de 70 años la “Catedral del Comunismo Mundial” (una expresión acuñada por mi padre, exdirector del periódico del PCE, el “Mundo Obrero”, quién vivió exiliado en la URSS a lo largo de 38 años). Al mismo tiempo, a través de sus retratos se puede ver y comprender mejor cómo funcionaba el Sistema y qué se necesitaba para triunfar en él.

Claro, enseguida, el lugar de los jerarcas fallecidos lo ocupaban otras personas del así llamado grupo de los “candidatos a los miembros del Politburó”. Pero los sustitutos ya no eran tan ortodoxos y puristas como los que han marchado al otro mundo. Eran más jóvenes, con unas ideas nuevas para mejorar el estancado sistema socialista, corregir los errores y la inoperancia de los viejos bonzos en el Olimpo soviético. Y cuando el número de los nuevos miembros del Politburó llegó casi a la mitad, se abrió una real posibilidad de empezar a reorientar la política del máximo órgano del poder en la URSS hacia unos cambios que el país estaba necesitando desde hacía tiempo, pero que la “vieja guardia” brezhnevista no se atrevía hacerlo. Así surgió Gorbachov y los que le apoyaron en el Politburó renovado y rejuvenecido, para que encabezara los cambios y las reformas dominadas como la “Perestroika” (“reconstrucción”).

Por tanto, sin la desaparición física y en un periodo más bien corto, de los que protagonizan el capítulo de “los fastuosos funerales”, la “Perestroika” y las reformas en la URSS, podían haberse retrasado unos años más y con una explosión social que quizá no hubiera hecho posible el cambio tan pacífico con que, generalmente, había transcurrido la “Perestroika”.

Ya en la segunda parte habla de Gorbachov y la Perestroika… ¿Qué podría decirnos de esta nueva etapa en la historia de la Unión Soviética, que muchos veían con esperanza?

Los cambios iniciados por Gorbachov fueron recibidos con gran entusiasmo por el pueblo, que estaba cansado de vivir tantas generaciones en la escasez, en la represión, en todo tipo de limitaciones de los derechos y libertades personales, de no poder protestar y criticar a sus dirigentes que habían llevado el país a una enorme crisis económica y social. Aplaudieron a los cambios, a la “glasnost” (libertad de expresión) los intelectuales, los escritores, los científicos, los cineastas, la gente que en su trabajo necesitaban la libertad no sólo como forma de vida, sino como un instrumento imprescindible para la creación. La gente esperaba que los cambios democráticos en el Sistema iban a permitir mejorar la situación económica, acercar el nivel de vida de los soviéticos al que existía en los demás países libres y democráticos occidentales. Para todos ellos, la libertad era una barita mágica que transformaría todo para lo mejor. Así lo pensaba Gorbachov, sus seguidores y la inmensa mayoría del pueblo. El artífice de la “Perestroika” estaba seguro de que al socialismo soviético le faltaba la libertad para ser el mejor sistema del mundo. Que todas las desgracias que habían sucedido hasta ahora, fueron por falta de la libertad. Ahora ha llegado el momento de construir un “verdadero” socialismo con el rostro libre y humano.

Pero dentro del propio Partido y en el mismo Politburó no todos estaban recibiendo las ideas de Gorbachov con tanto entusiasmo. Algunos, no pocos, tenían miedo de que con tanta libertad y tantas aperturas se perdiera el control del Partido sobre los principales resortes del Estado Socialista: economía centralizada y planificada, partido único en el poder, el PCUS, con todos los privilegios que este poder les daba a sus dirigentes de distintos rangos, desde el más bajo, el secretario de la agrupación fabril, hasta el más alto del Secretario General del Comité Central y del Politburó.

Y hay que decirlo que en el Politburó la mayoría que tenía Gorbachov era bastante frágil y en cualquier momento podría haberse cambiado contra él. Por eso, desde los primeros pasos de la “Perestroika”, Gorbachov tuvo que andar con cuidado, no asustar demasiado a algunos de sus colegas “conservadores” del Politburó y de los Jefes del Partido regionales, reacios a las reformas tan radicales que proponía el nuevo Secretario General. Tuvo que mirar mucho a sus espaldas, para que sus camaradas no le hicieran algo parecido a lo que en su momento hicieron a Nikita Jruschiov sus colegas, descontentos con las reformas que él estaba llevando a cabo en el país, después de las tres décadas del reinado de Stalin.

Pero, aparte de intentar apaciguar el ala “conservadora” de la cúpula del Partido, Gorbachov tuvo que enfrentarse con sus propios seguidores, los que apoyaban la “Perestroika” sin tapujos, y los que le criticaban por la lentitud en la aplicación de las reformas por el temor a los conservadores. A estos críticos, llamados “demócratas”, los encabezaba Boris Yeltsin, otro destacado líder de las reformas. Gorbachov y Yeltsin fueron dos caras y dos visiones opuestas de cómo se deberían realizarse los cambios. Gorbachov era partidario de hacerlos paulatinamente, para no provocar a los que resistían a las reformas, intentando convencerlos, dialogar. Mientras Yeltsin consideraba que las reformas se debían llevar a cabo con la máxima celeridad, para que la gente, cuanto antes, pudiera apreciar sus efectos positivos y no perdieran la confianza. No bastaba proclamar la “glasnost”, se necesitaba liberalizar urgentemente la economía, aflojar el control por parte de los órganos estatales a las empresas productoras, incentivarlas para que produjeran más y con mayor calidad, para reducir el déficit crónico de los productos y artículos del consumo popular.

La lentitud de Gorbachov en la aplicación de las reformas económicas llevó a un caos y a la crisis económica adicional, ya que las medidas orientadas a mejorar el sistema productivo socialista, introduciendo ciertos elementos de la economía de mercado, chocaban frontalmente con la planificación centralizada que también seguía funcionando. Y la situación económica se empeoraba. Lo describo en el libro con muchos detalles y unos ejemplos simples, para que el lector entendiera mejor las discrepancias y el caos que reinaba en aquellos 6 años del gobierno de Gorbachov, antes del descalabro definitivo del Sistema.

En el plano de la liberalización política, Gorbachov, consciente de su dependencia de la cúpula del PCUS, el partido único gobernante en el país, permitió la creación de otros partidos políticos, incluso opositores al PCUS e hizo cambiar el sistema electoral al Parlamento, haciéndolo más libre, con la presentación de los candidatos de varios partidos, rompiendo la hegemonía que hasta entonces tenía el Partido Comunista, presentando solamente a sus candidatos. Y para romper totalmente el cordón umbilical que le unía con el PCUS, introdujo el cargo del Presidente del país, al que elegía el parlamento plural y no, cómo hasta ahora, cuando al líder del país, el Secretario General del PCUS, lo elegía un selecto grupo de los dirigentes del Politburó.

La “Perestroika”, finalmente, fracasó. El socialismo “libre”, con el “rostro humano”, del que estaba soñando Gorbachov, resultó ser totalmente incompatible con la libertad y con la democracia. No en vano tenían tanto miedo los conservadores comunistas contrarios a las reformas liberalizadoras de su entonces Secretario General. La libertad ha destrozado el Sistema Socialista. Ha destruido los principales pilares que lo sostenían. La liberalización de la economía ha dañado gravemente la centralizada y planificada economía socialista; la liberalización política y el pluralismo han acabado con la dictadura del único partido comunista en el poder, que controlaba y dirigía todos los eslabones del Sistema Socialista; la “glasnost” (la libertad de expresión) y la supresión de la censura, han acabado con el dominio de una doctrina comunista, con sus dogmas del pensamiento único e indiscutible, que durante más de 70 años era la única que alimentaba la mente de los soviéticos. Al quedarse el Sistema sin sus principales resortes se quebró.

Gorbachov no quiso comprender que el Socialismo no podía mejorarse. Que o lo era como había sido durante 70 años, totalitario, controlado y administrado por el Partido Comunista en el poder, prohibiendo y aplastando con mano dura cualquier crítica y protesta contra el Régimen o que cualquier intento de mejorarlo acabaría con él. Yeltsin, sí, lo comprendió rápidamente y estaba apostando por unas reformas más rápidas y efectivas a fin de desmantelar cuanto antes esta tremenda criatura leninista-estalinista, para encaminar a Rusia hacia la democracia y el mundo libre. Lo que él hizo cuando la URSS se desintegró por completo y Yeltsin se convirtió en el Presidente de la Rusia independiente y libre de las cadenas de la anterior Unión Soviética. 

A propósito, por mucho que Gorbachov intentaba apaciguar a sus camaradas, disgustados con las reformas, ellos, finalmente, intentaron apartarlo del poder y parar las reformas, mediante un Golpe de Estado, en agosto de 1991. Y Boris Yeltsin, el eterno rival de Gorbachov, tuvo que aplastar el Golpe y rescatar a Gorbachov del cautiverio a donde él fue recluido por sus “amigos” golpistas. Dedico al Golpe una información muy completa con unos detalles y episodios poco conocidos hasta ahora.

Pero quisiera subrayar una cosa muy importante. La quiebra del Socialismo en la URSS, no tenía por qué acabarse destruyendo al propio país. Podrían haberse seguido las reformas hacia una economía de mercado y un sistema democrático propio de la mayoría de los países occidentales. La peculiaridad consistía en que la URSS, heredera del Imperio Zarista, era un país multiétnico, con unas cuantas nacionalidades amplias y considerables.

Durante el régimen zarista todas estas nacionalidades convivían en los territorios marcadas administrativamente (las gobernaciones) y no por las señas étnico-nacionalistas. Los bolcheviques, cuando llegaron al poder, lo primero que hicieron fue reorganizar de nuevo el territorio del Imperio, creando unas autonomías del destino rango, en cuyos territorios predominaba una determinada nacionalidad la que daba el nombre a la propia autonomía: Federación Rusa (máxima población rusa), Ucrania (máxima población ucraniana), Bielorrusia (máxima población bielorrusa) etc. El rango máximo de la autonomía era una República Socialista Soviética. Así nacieron las 15 Repúblicas nacionales, con sus propias constituciones, idiomas oficiales, banderas y otros atributos “nacionalistas”, que formaron, en 1922, lo que se llamaría en adelante la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).

A lo largo del régimen soviético en estas repúblicas se iban formando unas élites nacionalistas en todos los eslabones del poder “regional”. Por supuesto, todas ellas estaban controladas y dirigidas férreamente por el poder “central”, el Kremlin, y estaban llevando a cabo en sus Repúblicas la política de Moscú. Cualquier posible discrepancia o una mínima desobediencia al “Centro” se castigaba con dureza. Pero esto fue posible hasta que el Sistema, basado en el dictad desde arriba y en la obediencia desde abajo, funcionaba con eficacia, teniendo el Centro a su disposición un enorme aparato represivo (policía política, ejército, policía urbana y militarizada). Las reformas liberalizadoras de Gorbachov aflojaron suficientemente esta total dependencia de los poderes regionales (republicanos) del poder central, para que las élites nacionalistas regionales empezaran a jugar su propio juego político, distanciándose de Moscú más y más, hasta buscar la independencia total del gobierno central.

Gorbachov ya no podía reprimir estos intentos por la fuerza policial y militar, como lo hubieran hecho los líderes anteriores, intentaba dialogar con las élites republicanas. Pero ellas consideraban el diálogo como signo de la debilidad del Kremlin y seguían sus políticas separatistas con más fuerza e ímpetu.

Describo este proceso muy detalladamente en el libro, ya que esta rebelión nacionalista fue una de las causas principales de la desintegración de la URSS como un país “común” de todas estas etnias y nacionalidades que poblaban el viejo Imperio de los Zares.

¿Por qué vino el descalabro del bloque socialista?

El descalabro del Bloque socialista se ha producido por la misma razón que el propio descalabro de la URSS. Gorbachov quiso hacer la “Perestroika” no solo en su país, sino también en los países socialistas que formaban el Bloque Socialista y se encontraban bajo la tutela y el control total por parte de la URSS. Todos estos países centroeuropeos fueron ocupados por la URSS durante la Segunda Guerra Mundial y, al terminar esta, con la victoria del Ejército Rojo y de las Fuerzas Armadas aliadas (EE.UU y Gran Bretaña), se quedaron como una zona de la “influencia soviética”, con el beneplácito de los aliados occidentales (los famosos Acuerdos de Yalta en 1945).

Stalin instaló en todos estos países los regímenes comunistas-socialistas, calcados de los de la Unión Soviética. Las idénticas dictaduras comunistas, con la economía centralizada y planificada, que seguían las instrucciones de Moscú tanto en sus políticas interiores como exteriores. Cualquier intento de no seguir las pautas del Kremlin se castigaba y se aplastaba con los tanques del Ejército soviético (Alemania Oriental en 1953, Hungría en 1956, Checoslovaquia en 1968). Así funcionaba el Bloque, hasta que llegara el reformista Gorbachov al poder en la URSS y decidiera, por un lado, liberalizar las relaciones de la URSS con sus satélites y, por otro, reformar los sistemas políticos en los países del Bloque, siguiendo las mismas pautas de la “Perestroika”: glasnost, pluralismo político, elecciones libres con los candidatos alternativos. Y con este fin, Gorbachov estaba apoyando y potenciando a los políticos y las corrientes críticas dentro de los partidos comunistas locales que entonces se encontraban en el poder en los países del Bloque.

El artífice de la “Perestroika” estaba apostando por los líderes más jóvenes, con las ideas renovadoras, como él mismo y sus seguidores en la URSS. Con este apoyo explícito desde Moscú, las fuerzas opositoras en los países del Bloque empezaron a quitar del medio a los viejos jerarcas comunistas que gobernaban con mano dura, ininterrumpidamente, con el apoyo de la URSS, durante los últimos 15-20 años (según el país). Muy pronto los nuevos líderes políticos en estos países abandonaron el manual socialista-comunista y empezaron las transformaciones hacia la economía de mercado y el sistema político democrático, como en sus vecinos occidentales.

Así se derrumbó el Bloque Socialista, con sus revoluciones pacíficas, “de terciopelo”. Dedico a este descalabro una buena parte del libro.

Pero queda clarísima una cosa: sin las reformas de Gorbachov en la URSS el Bloque Socialista hubiera seguido intacto. El Bloque Socialista fue disuelto el 1 de julio de 1991. Lo que no imaginaba en aquel momento el artífice de su destrucción, Mijail Gorbachov, que a su propia Patria le quedaba solo medio año de vida.

Tras el descalabro sobrevino luego la agonía y el fin de este imperio comunista. ¿Pudo evitarse su caída?

Creo que el descalabro de la URSS era inevitable, aunque Gorbachov hasta el día de hoy sigue afirmando que no. Es que el Régimen soviético cayó por el peso de sus propios errores, fallos, incongruencias, ineficacia económica, despotismo, desprecio a las vidas humanas, odio a la libertad, por practicar un totalitarismo despiadado, que había causado enormes daños y sufrimientos al pueblo soviético en su conjunto, a todas las etnias y a las nacionalidades que poblaban este enorme país.

Como ya he comentado, Gorbachov pensaba que a este “Monstruo” se lo podía humanizar, lavarle la cara, mejorar sus conductas y actuaciones. Pero resultó que no. El monstruoso Sistema Socialista agotó sus recursos, tanto económicos, como ideológicos. Sin los cambios a corto plazo, a mediados de los años 80 del siglo pasado, en la URSS podía haberse producido el históricamente famoso “motín ruso – absurdo y despiadado” (palabras del gran poeta ruso Alexander Púshkin) y también sangriento y destructivo.

Gorbachov, con sus reformas, salvó a Rusia (URSS) de este motín. Prometió mejorar la vida de la gente, liberar al pueblo del yugo comunista, y la gente le creyó, apoyó sus reformas y aguantó la Perestroika. Creo que este es el gran mérito de Gorbachov, como el líder de un gran imperio en el pleno declive histórico, por lo cual merece ser reconocido en los anales de la historia ruso-soviética.

Los bolcheviques siempre llamaban a la Rusia de los Zares “la cárcel de los pueblos”. Pero, precisamente, la propia URSS, durante los 70 años del régimen bolchevique-comunista se ha convertido en una auténtica cárcel de todos los pueblos que la habitaban. Y cuando la Perestroika les había brindado la ocasión de separarse de la URSS, la aprovecharon todas las Repúblicas nacionales que formaban parte de la Unión Soviética. De allí viene aquel rotundo rechazo por parte de los líderes de las Repúblicas a cualquier propuesta de Gorbachov para formar una “nueva Unión”, libre y democrática, de las repúblicas ex soviéticas, ya separadas de la URSS. Así que, sigo creyendo que la desintegración del Imperio Comunista Soviético fue inevitable y lo explico con muchos detalles en el libro.

De todas formas quiero destacar que gracias a la responsable conducta tanto de Gorbachov, como de los líderes de las principales Repúblicas soviéticas en aquel periodo de la historia rusa, el divorcio entre los miembros de la gran familia llamada URSS se produjo sin serios enfrentamientos y grandes derramamientos de sangre, salvo algunas pequeñas excepciones. Sin una guerra civil con numerosas víctimas, como fue, por ejemplo, en el otro país comunista desintegrado como Yugoslavia.

¿Qué supone para la historia reciente la caída definitiva de este Imperio?

El actual Presidente de Rusia, Vladimir Putin, la calificó como “una de las mayores catástrofes geopolíticas del siglo XX”. Claro, según cómo se mire. Para un gobernante o una clase gobernante, tener bajo su mando un enorme Imperio como era la URSS es mucho más preferible que ser el Presidente de sólo una parte - la Federación Rusa - que se había quedado después de la desintegración de aquel Imperio Soviético. Putin no solo lo lamenta, sino que a lo largo de muchos años está intentando en sus relaciones con ex repúblicas soviéticas hacer todo lo posible para devolverlas de nuevo bajo la influencia y el dominio de la Rusia actual, resucitando, de alguna manera, la idea de formación de un nuevo Imperio “ruso-asiático” en las fronteras de la extinta URSS. Y, desde el punto de vista estratégico y geopolítico, puede tener su razón. Desde luego, la desaparición de las URSS ha dejado un gran vacío en el mapa geopolítico mundial, fortaleciendo el papel y la influencia en la palestra internacional de otras grandes potencias como EEE.UU y China. Todo esto está llevando a la reconstrucción de las relaciones y las alianzas que existían hasta ahora para que se restableciera un nuevo equilibrio, multilateral, y no como antes basado en el equilibrio “bipolar” entre los dos Bloques, el totalitario socialista Oriental y el democrático capitalista Occidental.

Pero, desde otro punto de vista, la desaparición del Imperio Soviético se puede considerar como un factor positivo. Con su descalabro se acabó el constante enfrentamiento ideológico, político y militar entre los dos Bloques. Muchísima gente en el mundo entero ha respirado con alivio que los enfrentamientos, como el episodio con los misiles soviéticos en Cuba, se quedaban en el pasado y difícilmente podrían repetirse. La Rusia postsoviética abrió sus fronteras, quitó el “telón de acero”, emprendió el camino hacia el mundo libre occidental, reduciendo sus arsenales del armamento nuclear y firmando los acuerdos de amistad y cooperación con sus antiguos “enemigos” occidentales.

También hay que destacar el duro golpe que habían recibido todas las dictaduras comunistas en el mundo, que antes tenían el apoyo de todo tipo de parte de su tutor e inspirador la URSS. Y, quizá lo más importante, la quiebra del Imperio Comunista Soviético ha demostrado al mundo entero la inviabilidad de la doctrina comunista como el concepto y el método para solucionar los problemas sociales y mejorar la vida de la gente en las sociedades libres y democráticas.

Desgraciadamente, la memoria humana es olvidadiza y hoy en día estamos viendo como el “virus” comunista de nuevo está rebrotando en los países democráticos. A pesar de la nefasta experiencia comunista en la URSS y en otros países con la misma ideología. Por tanto, espero que mi libro refresca la memoria a los que ya han olvidado cómo era y por qué había caído el Imperio Comunista más grande y más poderoso del planeta.

Le digo con toda la sinceridad y con cierta preocupación: no me gustaría nada de nada que en unos cuantos años, viendo como están evolucionando las cosas en España, me tocara a revivir de nuevo aquí mi nefasta experiencia soviética. No lo desearía a nadie.

¿Qué ha supuesto para usted ser testigo de excepción de estos hechos?

Personalmente para mí, el poder vivir en la URSS durante muchísimos años, primeramente como un ciudadano soviético cualquiera y luego como un “extranjero” – un español que había venido a trabajar en la Unión Soviética – , me dio una oportunidad única de conocer a fondo lo que representaba en sí, realmente, la “tierra prometida” del Comunismo Mundial. Este “paraíso” terrenal, donde la gente no podía ser propietaria de nada y el único Amo y Dios era el Estado; donde la Libertad como un concepto de la vida humana fue tachado del Talmud comunista soviético; donde la desigualdad era una práctica habitual, con las enormes diferencias en el nivel de vida entre la gente trabajadora y la “nomenclatura” dirigente; la clase trabajadora no se podía quejarse y criticar al Régimen de manera ninguna bajo la amenaza de represalias y persecuciones; se podía leer los libros y escritos, ver películas y escuchar la música, pero sólo los que habían pasado previamente los minuciosos filtros de la censura y con el permiso del Gobierno. Por ejemplo el comunista Picasso, durante muchos años estaba prohibido en la URSS por pintar en el “abstracto” y no de acuerdo con los cánones del “realismo socialista”; donde cualquier ciudadano no podía salir de su país al extranjero, sin permiso explícito de las autoridades competentes; y donde habían otras maravillas de un “paraíso al revés”.

Hay una definición que dice: “La libertad es cuando uno puede hacer todo lo que no está prohibido. Y la dictadura es cuando uno puede hacer sólo lo que está permitido”. Es difícil de caracterizar mejor el Régimen en que yo tuve “la suerte” de vivir y, gracias a ello, he podido contar en mi libro, siendo un testigo presencial, cómo fue realmente este “paraíso” comunista.

Lean, por favor, el libro, todo en él es una verdad y nada más que la verdad. Como me lo había pedido el entrañable Cesar Alonso de los Ríos.

Me replicarán los admiradores del socialismo-comunismo que la URSS también era un país de la enseñanza gratuita, de la medicina gratuita, de la vivienda gratuita, de los salarios igualados, sin ricos y sin pobres. Lean, por favor, el libro. También hablo de ello. Les prometo que no se quedarán defraudados.

9788497392037